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Arte

Museo de Arte Popular de Petare Bárbaro Rivas

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No tuvo escuela ni maestros. Nunca aprendió a leer ni a escribir y casi no salió de Petare. Bárbaro Rivas fue un autodidacta en todo sentido. Pintó con vehemencia escenas religiosas y los rituales de la cotidianidad petareña. Por eso también le llamaron y le llaman “ingenuo”. Su pincel retrató escenas de la propia infancia con el mismo fulgor con el que pintó a Jesucristo rodeado de sus doce apóstoles. Así lo descubrieron.

“¡Barbarito!”, le llamó el investigador de arte Francisco D’Antonio cuando vio en la bolsa de papel que Rivas usaba para las compras la imagen de la escena bíblica. Fue su descubridor, aunque el hallazgo fue tardío. Más de 20 años pintando en y con lo que encontrase –cartones y tablas, en vez de lienzos– llevaba el artista, que tampoco se reconoció nunca como tal. Sin importar que su obra fuese incluida en el colectivo enviado a la Bienal de Sâo Paulo en representación de Venezuela en 1957. Allí recibió una mención honorífica adjudicada a título de artista ingenuo. Un año antes, en 1956, fue reconocido con el Premio Arístides Rojas por su obra Barrio Caruto, en alusión al lugar en el que nació un 4 de diciembre de 1893.

Desde 2011 por decreto de la Cámara Municipal el museo lleva el nombre de Bárbaro Rivas. La colección la integran 480 obras. Desde su inauguración se han hecho más de 200 exposiciones y cuenta con más de 180 publicaciones.

“¡Dejad que los niños se acerquen a mí!”, el mensaje formaba parte de un mural pintado en la pared externa de su casa. Una de sus primeras obras. Tiempos en los cuales también llegó a ejercer como banderero en la estación Santa Rosa del ferrocarril central, carpintero, albañil, hacedor de cruces para el cementerio de Petare y pintor de brocha gorda. “Vivía solo, nunca fue a la escuela, ni tuvo un buen empleo. Eso lo hizo caer en depresión y también en el alcoholismo. Su único bienestar era pintar, pero lo hacía en la intimidad. Hasta que D’Antonio lo descubrió”, explica Morelia Ramírez, jefa de Educación y Extensión del museo nombrado en honor a Rivas.

“Él era muy humilde. Aunque ganaba premios y menciones nunca entendió lo que estaba pasando y hubo gente que se aprovechaba y le cambiaba obras por licor”. En el Museo de Arte Popular de Petare Bárbaro Rivas hay una sala dedicada a mostrar las condiciones en las que vivía. Está al final de la casona del siglo XVIII que tuvo diferentes usos hasta que fue destinada a la cultura en 1983, luego de ser adquirida por la gobernación del entonces Distrito Sucre.

Las salas de exposición están conectadas unas con otras y bordean un amplio y soleado patio central. El museo se inauguró el 22 de enero de 1984 como un centro expositivo para las artes visuales en general. No es hasta 1986 cuando se le da el perfil de dedicación exclusiva al arte popular venezolano, siendo que fue en Petare donde hubo la primera exposición de este tipo el 23 de febrero de 1956. Allí precisamente se exhibieron las obras de Rivas: Siete pintores espontáneos y primitivos de Petare, en el Bar Sorpresa. Así pues Bárbaro Rivas es museo y recuerdo petareño.

Emily Avendaño

Dirección: calle Guanche con calle Lino de Clemente
Horario: lunes a viernes de 9:00 am a 12:00 m y de 1:00 pm a 4:30 pm. Sábados y domingos de 10:30 am a 3:30 pm
Metro: estación Petare

Foto: Museo de Arte Popular Bárbaro Rivas

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Tradiciones

Guacamayas

Guacamayas de Caracas

A veces resulta difícil verlas, no porque no estén allí. Sino porque no levantamos la mirada. Entonces perdemos la oportunidad de observar los colores en bandada, extendiéndose por el cielo y dando pinceladas verdes, amarillas, rojas y más azul. Si no es por la intensidad de sus tonos, seguro las apreciarás por sus sonidos.

La vocalización de las guacamayas opacan el ronroneo de cualquier motor, corneta. Un sonido que desvía la mirada para enfocarla en las alturas. Quizás encima de un árbol, de una ventana, en una antena o en las azoteas. Y ahí van en pareja o en familia -pocas veces solas- esquivando edificios y posándose donde consiguen semillas de girasol y cambur.

En Caracas existen 18 especies de aves, de los cuales 4 son guacamayos, el resto se divide entre loros y pericos. Están las guacamayas amarillas con azul, la bandera (amarillo, azul y rojo), las rojas con verde y una pequeña llamada maracaná (verde).

De seguro las han visto y escuchado en zonas como Los Chaguaramos, volando sobre Ciudad Universitaria, en el Parque del Este, en el Círculo Militar o en tu ventana.

Lo que permitió que se quedaran en Caracas es la cantidad de árboles florales y frutales, pues se alimentan de ellos. “La mayoría son introducidas, vienen de todas partes de Venezuela. La amarilla y azul, es Delta Amacuro y Amazonas. No existe un registro oficial de cuando llegaron, pero fue aproximadamente en la década de los 80”, explica la biólogo María de Lourdes González.

Para González, los guacamayos en Caracas no son animales silvestres, se han vuelto mascotas para los ciudadanos: “Ese vínculo de los caraqueños con estas aves es un ejemplo de cuán amoroso somos los venezolanos. Son un símbolo para la ciudad. Las personas se han conectado emocionalmente y comienzan a tener atención en la naturaleza, cuida los árboles alrededor, porque de eso depende la guacamaya”.

Las más grandes son las amarillas y azules. Con las alas abiertas alcanzan el metro de largo y pueden pesar medio kilo. “Son valores estándar, pero las de Caracas son unas gorditas. Intento hacer un muestreo para estudiar el colesterol de estas aves. Ha sido difícil, las personas que tienen comedores son celosas y en ocasiones no permiten el contacto”, asevera.

González sugiere incorporar a la dieta mangos y guayabas, dada la cantidad de grasa y azúcar en las semillas de girasol y el cambur. En la vida silvestre vuelan por comida 30 kilómetros, en la ciudad no superan los 3. “Cada 10 metros se paran a comer. Van de comedero en comedero”, agrega.

González cree que hay cerca de 300 guacamayas sobrevolando Caracas. Mira más seguido hacia arriba, escúchalas. Te llenarán de colores y sonidos.

Carmen Victoria Inojosa
Foto: Alberto Rojas

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Lugares

Nuevo Circo

Nuevo Circo de Caracas

La fiesta brava encontró terreno fértil en la vida caraqueña de principios del siglo XX, una capital que cultivó el arraigo por las corridas de toros. Por eso, la construcción del Nuevo Circo de Caracas se convirtió en una obra de envergadura para la ciudad que fue encomendada al arquitecto Alejandro Chataing y al ingeniero Luis Muñoz Tébar, quienes convertirían el viejo Matadero municipal en una plaza de características monumentales.

A las 4:30 de la tarde del 26 de enero de 1919 se inauguró el Nuevo Circo, que fue construido en tres años. Pero las dimensiones y el diseño de la plaza le daban a Caracas un espacio no sólo para festivales taurinos, sino que la ciudad ganaba un lugar para eventos masivos culturales, de entretenimiento y hasta de índole política.

Fue allí donde Rómulo Betancourt dio un gran mitin luego de la muerte de Juan Vicente Gómez. En esa arena también se contaron los votos de las primeras elecciones populares del siglo XX, en las que se eligieron los miembros del Concejo Municipal de lo que entonces era el Distrito Federal.

Pero también en ese espacio a cielo abierto se llevó su primer triunfo el célebre torero César Girón, en una inolvidable novillada de 1951 para los amantes de la fiesta taurina que vieron al torero enfrentar con maestría a seis de los mejores ejemplares de toros del país. Y en medio de esa histórica arena también se realizó en 1997, la última corrida de toros vista en Caracas con Leonardo Benítez y Alejandro Silveti.

El espíritu del Nuevo Circo fue cambiando según avanzaba el perfil de la ciudad: fue mercado libre, lo demolieron parcialmente cuando el urbanismo capitalino proyectó tanto la avenida Bolívar como la Lecuna, el terminal de pasajeros consiguió lugar en sus inmediaciones, en 1984 lo declararon Patrimonio Artístico e Histórico de la Nación, medida que quedó sin efecto al año siguiente por una disputa familiar de quienes habían sido sus dueños: los Branger y ese litigio legal se prolongó por 20 años, desde 1985 hasta 2005, cuando finalmente fue expropiado por el Estado a través de la Alcaldía Metropolitana de Caracas para que fuera restaurado y convertido en un espacio de desarrollo artístico.

Doce años después, la fachada restaurada refleja la intención de renovar un espacio y devolverle el sentido popular y masivo con el que nació. Pero a pesar de los intentos, el coso del Nuevo Circo solo acumula piezas y escombros de sucesivos intentos de transformación pero no hay agenda, ni carteles, ni público, ni grandes oradores que le devuelvan a Caracas uno de sus principales centros de encuentro, que por ahora observa silencioso y con luces apagadas el movimiento incesante que ocurre solo de los muros para afuera.

Gabriela Rojas
Foto: Efrén Hernández

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Gastronomía

El Tizoncito

Tizoncito

Fotos del mismísimo Mario Moreno cuelgan en las paredes del interior del local. En una, el comediante mexicano aparece de frente y a su espalda se avista un letrero en el que se lee claramente “El Tizoncito”. En otra, el artista sale estampando su firma en la pared del restaurante de comida mexicana como un registro fehaciente de su visita. Ambas imágenes se exhiben como recuerdo de un momento único en la historia del negocio. Pero, sobre todo, como evidencia de cuán autóctono es la sazón, que hasta el mismo “Cantiflas” hacia un espacio en su agenda para comer los tacos, tostadas y tamales que salen de la cocina de “El Tizoncito”.

Esta anécdota forma parte de los primeros años de este restaurante, que data de 1975. Su primer dueño, Jorge Abad, era de origen mexicano. Lo tuvo por un tiempo, pero después lo vendió a otro compatriota. El local destacaba por la calidad de su comida, pero no así por su administración ni servicio. Los malos manejos llevaron prácticamente a la quiebra. A no ser por uno de los clientes frecuentes del local, que decidió comprarlo y rescatarlo. “Mi papá, José Antonio Vidal, venía mucho a comer para acá, porque la comida le parecía muy buena. Cuando supo que el negocio lo estaban vendiendo, decidió comprarlo en 1983 y rescatarlo. No le varió el menú, porque le parecía que era sabroso y pensó que un local de comida mexicana como éste podía funcionar en Caracas”, comenta Ana Vidal.

Y no se equivocó. José Antonio le sumó a “El Tizoncito” una buena atención, una mejor administración y un local más amplio en el Centro Comercial Paseo Las Mercedes. Del resto, la comida se mantiene exactamente igual desde hace más de 40 años. Incluso, hasta la decoración. “No hemos cambiado nada. Las recetas se han mantenido porque mi papá tiene el recetario antiguo de los primeros dueños, quienes marcaban todo por kilos. Y así lo hemos respetado”.

Ello se evidencia en lo invariable del sabor de su comida. Quienes regresan vuelven a saborear con gusto su plato mixto de 9 piezas, que reúne una muestra de lo más popular de su menú: tacos, tostadas, frijoles con nachos, tamales, quesadilla. De pollo, de carne, con guacamole, queso y su respectivo pico de gallo. Un pedido que no deja mal a nadie y que sale con la rapidez que el volumen de comensales exige.

José Antonio sigue al frente del restaurante, supervisando la calidad de la comida. Su hija le da una mano. Y su equipo de mesoneros, que se mantiene tan invariable como la sazón de su menú, se encargan con una velocidad sorprendente de movilizar platos y bebidas para atender la demanda, que a veces se aglutina en una lista de espera.

Al pie de la foto de Mario Moreno, un pareja degusta su pedido casi sin cruzar palabras. Ya nadie se sorprende que el comediante mexicano haya visitado “El Tizoncito” ni que aquella imagen sirva para avalar la calidad de la comida mexicana. En 40 años, han sido mucho los caraqueños que han comprobado lo buena que es. Lo que no muchos saben es que “Cantinflas” realizó aportes al recetario y que su fama se transpoló a la cocina de El Tizoncito para hacerlo inmortal.

Mirelis Morales Tovar

Dirección: Centro Comercial Paseo Las Mercedes. Sector La Cuadra.
Horario: Martes a sábado 12 p.m. a 7

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Vida Urbana

Avenida Presidente Medina

Caracas Shots

Es una de las arterias viales más dinámicas y polifacéticas de la ciudad, por la comodidad que ofrece tanto a los que la recorren a pie como a los que lo hacen en auto. Y es que su novedoso diseño urbano, entreteje aceras amplias para caminar con puestos cómodos para estacionar, más cuatro canales para la circulación vehicular.

Su fisonomía la construye su hilera de edificios pequeños a ambos lados, de tres a seis pisos máximo, levantados entre las décadas de 1940 y 1950. Ejemplo de arquitectura moderna con aires europeos. Allí, el uso residencial convive en perfecta armonía con lo comercial. Por ello es posible conseguir desde agencias bancarias, abastos, farmacias, restaurantes, autolavados, hasta estaciones de gasolina, ferreterías, locales chinos, librerías, talleres mecánicos, ventas de repuestos. Todo.

Al menos 20 edificios ubicados a lo largo de la avenida Presidente Medina son considerados estructuras de valor patrimonial, por el Instituto de Patrimonio Cultural.

Caminar por ella, de una punta a otra, es reconocer ese rico legado que han dejado los inmigrantes en el país y en varias zonas de la capital. Porque la avenida Victoria, como se le conoce comúnmente, es un espacio donde convergen acentos italianos, españoles y portugueses. Y no por azar.

La construcción de esta avenida contó con mano de obra mayoritariamente extranjera, según lo reseña el catálogo de patrimonio del municipio Libertador. Y es que a mediados del siglo XX, se buscaba personal calificado que pudiera ejecutar obras complejas en poco tiempo. Así es como los inmigrantes italianos, españoles y portugueses con experiencia técnica y constructiva, entran a erigir esta avenida y sus edificios de uso mixto, dejándoles un toque europeo para recordar sus orígenes.

No ha de extrañar que la avenida Victoria sea entonces un lugar para reencontrarse con sabores típicos de esos países. Sobre todo con aquellos provenientes de diversos rincones de la gustosa Italia: dulces, pizzas y cafés conforman la carta.

Dirección: Avenida Presidente Medina o avenida Victoria, Las Acacias. Entre el paseo Los Ilustres y la avenida Nueva Granada.

Patricia Marcano
Foto: Alberto Rojas

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Personajes

Daniel Fernández-Shaw

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Llegaban los años 70, Venezuela vivía la bonanza petrolera y Caracas se perfilaba como una metrópolis de talla mundial. El entonces presidente Rafael Caldera convocó a arquitectos e ingenieros para un plan urbanístico que era prioridad para el Estado: hacer 15 mil viviendas.

Pero los jóvenes arquitectos Daniel Fernández-Shaw, Henrique Siso y el ingeniero Carlos Delfino presentaron un proyecto más ambicioso que iba más allá de solamente construir casas. Fernández-Shaw, que en ese entonces tenía 33 años, conceptualizó un diseño complejo en el que además del área de residencias se integraran espacios de oficina, comercios y museos: vida, trabajo, disfrute y arte conjugados en el mismo espacio, una idea que para el momento marcaba un hito en el urbanismo.

Así nació Parque Central y sus simbólicas torres que detentaron durante 22 años el título de ser los rascacielos más altos de Latinoamérica hasta el año 2003. Sin saberlo, Daniel Fernández-Shaw le daba un perfil determinante a Caracas con el delineado de esos edificios que son parte del motor de la vida urbana de la capital.

Fernández-Shaw había llegado a Venezuela a los 14 años de edad. Nació en Madrid en 1933 y vino a forjar su sentido de pertenencia en Caracas, donde se formó como arquitecto en las aulas de la facultad de Arquitectura de la Universidad Central de Venezuela.

Su foco de investigación y trabajo fue el diseño de viviendas a las que le dedicó buena parte de sus más de 60 años de experiencia profesional. Con el paso del tiempo mantuvo una visión práctica y dinámica sobre el concepto de vivienda y hábitat, así que apuntó hacia la revalorización y proyectos de planificación en barriadas populares de Caracas.

Esta idea persistió en su carrera como arquitecto y docente universitario, por lo que promovió en las nuevas generaciones de arquitectos el desarrollo de propuestas que pusieran en el centro la vida del barrio, cómo mejorarla, cómo integrarla y hacerla eje de su propia transformación. Esa Caracas que conoció, que no era la de los techos rojos y que cambió ante sus ojos crecía y se desbordaba por las barriadas. Allí centró su interés y lo expandió a sus estudiantes.

El último día del año, cuando 2016 se despedía, también dijo adiós Daniel Fernández- Shaw, arquitecto y creador de un emblema que le dio parte de su identidad a Caracas.

Gabriela Rojas
Foto: Jogreg Henriquez. Revista del Colegio de Arquitectos de Venezuela.

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Organizaciones

Cine Jardín

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María Alejandra Vera quería que el oeste caraqueño fuese distinto. Veía El Festival de Lectura de Chacao, los grupos Running que corren en Los Palos Grandes por las noches, las proyecciones de películas al aire libre en Los Galpones, y pensaba que todo eso podía ocurrir también del otro lado de la ciudad. Que no se le podía seguir dejando el camino libre a la delincuencia, porque el oeste tiene mucho que ofrecer y que sus habitantes merecen disfrutarlo.

Era 2013. Ella, que es licenciada en computación, trabajaba en una empresa en el área de sistemas cuando decidió aventurarse y crear la Fundación Cine Jardín. Ese mismo año replicó aquellas actividades en sectores como Catia, Montalbán, La Vega, El Paraíso. “Lo hice porque me di cuenta que para tener el país que queremos hace falta más que ser un buen ciudadano. Hay que hacer todos los aportes que estén en nuestro alcance por el entorno, y este el mío”, dice.

Cine Jardín tiene tres ejes de acción. El primero es la proyección de películas a cielo abierto en la Hacienda La Vega (ahora también en Parque La Paz y en el Parque Morichal) y otros espacios dos domingos al mes. Los equipos se los donaron algunos entes privados y las películas se las facilitan cineastas venezolanos o bien embajadas como las de Italia, España, Francia y Alemania, que organizan festivales en Venezuela.

La fundación, además, coordina actividades con el grupo Running Oeste, que entrena en Montalbán. Hacen, por ejemplo, la ruta de los Siete Templos en Semana Santa: comienzan corriendo en una iglesia de Montalbán y terminan en una de los Chaguaramos. Se detienen en los recintos, hacen una oración y continúan el recorrido.

Y la tercera arista de Cine Jardín es “Pasa la Hoja”, un club de lectura de autores venezolano y clásicos de la literatura universal. Se selecciona un libro, se establece un mes para su lectura y, el último sábado de cada mes, se reúnen en alguna plaza para comentarlo. Hay un plus: a esa discusión, suele asistir el escritor de la obra en cuestión. Además, en agosto Cine Jardín prepara un festival de lectura, en el que se hacen charlas, intercambios de libros, talleres y asisten grupos musicales.

“Con todas estas actividades hemos logrado que mucha gente venga al oeste y pierda el miedo a la calle, porque la idea de esta iniciativa es que los ciudadanos se apropien de sus espacios. Yo me siento en una ciudad del primer mundo viendo una película en un jardín o discutiendo un libro en una plaza. Entonces pienso que es posible, que está en nosotros mismos lograr grandes cosas”, concluye Vera.

Erick Lezama
Foto: Cortesía Cine Jardín

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Lugares

Villa Santa Inés

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De casona presidencial, la Villa Santa Inés pasó a ser la sede del Instituto de Patrimonio Cultural. Su proceso de restauración no fue sencillo, antes funcionaron allí varias oficinas: la Compañía del Gran Ferrocarril de Venezuela (de 1907 a 1943), de la Cartografía Nacional (a partir de 1944) y de la Cartografía Militar (desde 1955). No es hasta 1985, cuando las Fuerzas Armadas Nacionales entregan la casa al Conac para su restauración, que no se ejecutó sino hasta la década de 1990.

Cada una de estas instituciones hizo con la casona lo que quiso, por lo que pese al remozamiento es imposible determinar cuáles eran las divisiones originales y para qué se utilizaba cada salón en los tiempos de Joaquín Crespo. El militar mandó a construir la villa en 1884, justo cuando comenzaba su primer período presidencial y Caño Amarillo era la puerta de entrada a Caracas.

Todo en esa zona es épico. Caño Amarillo se llama así por una estrategia militar en la Batalla de San Fernando de Apure que permitió a los guzmancistas hacerse con la victoria y la casa tiene ese nombre por la Batalla de Santa Inés, uno de los triunfos decisivos de la Guerra Federal. La villa fue concebida a la usanza neoclásica europea, lujosa y rodeada de jardines. Su segundo período de construcción ocurrió en 1894, cuando el caudillo decide convertir la casa de campo en casona presidencial.

Crespo contrata al maestro de obra catalán Juan Bautista Sales y Ferrer para que se encargue. Se le suma entonces la capilla –que hoy funciona como depósito– y cuya entrada, en la parte superior, conserva los relieves que conmemoran la batalla que dio nombre a la finca con las figuras de caballos, cañones, soldados y muertos. De ese período también sobrevive la reja de hierro forjado que rodea la vivienda, que se mandó a hacer en Alemania, con motivos florales y el emblema de la familia.

La fachada de la casa tiene varios mascarones hechos al gusto del presidente que mezclan la mitología griega con las cruzadas de la Edad Media. La entrada tiene forma de exedra –descubierta y semicircular–, remarcada por la ubicación de las columnas pintadas de carmesí. De la entrada se pasa a un patio central, cuya fuente original se dice que está en Miraflores –palacio que también mandó a construir Crespo–. El patio tiene la particularidad de ser ovalado. Hay más peculiaridades: la villa era de dos pisos –la parte de abajo era un sótano– y además tenía un puente colgante, que se conserva, este era el paso entre la vivienda principal y un área que se presume era de servicio.

Dato: Poco de lo que hay en la Villa Santa Inés es original. Las baldosas del piso se mandaron a hacer durante el proceso de restauración, al igual que los techos. En el auditorio hay dos plafones llamados El Día y La Noche, de Antonio Herrera Toro. En los tiempos de Crespo eran cinco los que adornaban el techo justo en el recibidor de la vivienda. Fueron esos dos los que se lograron rescatar.

Emily Avendaño

Dirección: avenida principal de Caño Amarillo, parroquia Catedral

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Gastronomía

Das Pasthellhaus

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A las 6 de la mañana, el pastelero Herman Ross enciende los hornos de Das Pasthellhaus. Aquel ritual lo repite desde hace más de 30 años con el compromiso de ofrecer las delicias que le han dado fama a la Casa de Los Pasteles Alemanes, como se le llamaría en español. A sus 82 años, ya no amasa ni dedica largas horas haciendo strudel de manzana u otras especialidades, pero allí está presente en la cocina supervisando la labor de quienes aprendieron de él.

Ross fue el responsable de darle forma, sabor, textura y olor a la idea que venían cocinando en su mente Javier Toxi y María Patricia Reimpell, luego de un viaje a Alemania donde estuvieron viendo varios cafés y restaurantes. Querían hacer una pastelería de dulces alemanes en El Hatillo. Era 1986. Y en aquel entonces, la oferta de locales alrededor de la Plaza Bolívar del pueblo se reducía al restaurante de comida criolla La Gorda y la pizzería La Grotta. Por tanto, la llegada de una pastelería con un nombre que pocos entendían su significado y con un menú un tanto rebuscado resultó una novedad.

“Por supuesto que al principio era una rareza porque lo que ofrecíamos no eran los dulces tradicionales, sino otros denominados streusel, strudel o florentinas, que están hechas a base de almendras fileteadas y trozos de naranja”, recuerda María Teresa Teixeira, quien está a cargo de la tienda y forma parte del equipo fundador de Das Pasthellhaus. “Pero encontramos mucha receptividad por parte de los vecinos de La Lagunita y para los habitantes de El Hatillo se convirtió en una buena fuente de trabajo”.

Das Pastellhaus comenzó ofreciendo sus pasteles alemanes en un pequeño local en la Calle La Paz, diagonal a la Plaza Bolívar. Hasta que en 1991, sus dueños decidieron diversificar su menú con la incorporación de pizzas y calzones. Aunque ello nada tuviera que ver con Alemania. “Javier es hijo de italiano y es un fanático de las pizzas. Así que probó traer a Das Pastellhaus las recetas de su casa y comenzamos a ser una pastelería-pizzería”.

Pero vale acotar que las pizzas de Das Pastellhaus tienen una particularidad. Algunas no están hechas a base de tomate sino crema de leche. Y aunque puedan resultar a primero vista un poco extrañas por su apariencia, las famosas pizzas blancas han tenido mucha acogida entre los comensales, sobre todo la que lleva tocineta.

Esta nueva etapa vino acompañada de una ampliación de sus instalaciones. Desde entonces, cuentan con una terraza con vista al casco histórico, que le da a la experiencia un toque muy hatillano. Frío incluido. Adentro, el ambiente resulta menos romántico pero más cálido. Un espacio que resalta por su buen gusto, gracias a su colección de obras de arte, esculturas y tallas de maderas.

Suele haber fila en la entrada. Pero los clientes más asiduos a Pasthellhaus prefieren anotarse en una larga lista de espera y conseguir una mesa en su Casa de Pasteles Alemanes de siempre.

 

Mirelis Morales Tovar
Foto: Efrén Hernández

 

Dirección: Calle La Paz de El Hatillo, diagonal a la Plaza Bolívar. El Hatillo.
Horario: lunes a domingo 8 a.m. a 11 p.m.

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Arte

Galería Freites

GaleríaFreites

El artista chino Liu Bolin suele mimetizarse con el entorno que visita. Antes de aterrizar en Venezuela, en noviembre de 2013, investigó sobre la realidad del país y estableció los ejes temáticos que desarrollaría en su estancia de una semana. Pero el proyecto cambió súbitamente de rumbo. Cuando llegó a Caracas, la crisis le abrumó de tal manera que decidió incorporar nuevos elementos a su propuesta. Decidió entonces ampliar su plan de trabajo, del cual surgieron importantes obras como “Harina PAN”, “Cervezas polar” y “Billetes”, un collage del papel moneda de dos, cincuenta y cien bolívares.

El proyecto fue realizado en la Galería Freites, la cual se convirtió en un enorme y dinámico taller articulador de un equipo de pintores hiperrealistas, y de un grupo de voluntarios en cuyos cuerpos se representaba la imagen seleccionada. El artista armó una especie de cartografía iconográfica de la situación venezolana en solo siete días. “El conjunto derivó en un mapa de nuestra idiosincrasia. Liu Bolin sabe dar en el blanco para detectar los elementos que construyen la identidad, y esa habilidad se puso de manifiesto en el proyecto de Caracas”, señala la curadora de la muestra María Luz Cárdenas.

La visita de Bolin fue solo uno de los aportes más recientes que ha realizado la Galería Freites a la indagación en el arte contemporáneo que se ha desarrollado en Venezuela. En sus 40 años de trayectoria, la institución privada se ha dedicado a la promoción de un grupo relevante de creadores venezolanos e internacionales, en sus diferentes manifestaciones.

“La filosofía de trabajo con los artistas se basa en un proceso sostenido de relación, guiada por el compromiso y el seguimiento de la obra, lo cual contribuye al fortalecimiento de la confianza entre ambos”, comenta Alejandro Freites, director de este centro artístico. “Las exposiciones siempre han estado apoyadas con actividades paralelas de eventos de promoción de las artes y producción de catálogos de alta calidad en su edición y diseño gráfico, con textos y ensayos fundamentados en sólidos procesos de investigación”.

La Galería Freites constituye un espacio cuya seriedad y prestigio están avalados por la realización de más de 140 exposiciones, de artistas como Alexander Calder, Arman, Alexander Archipenko, Baltasar Lobo, Manolo Valdés, Jean Arp, Jacobo Borges, Robert Indiana, Lynn Chadwick, Reg Butler, Fernando Botero, Santiago Cárdenas, Francisco Narváez y Carlos Cruz Diez, entre otros esenciales maestros de la creación contemporánea.

La nueva sede de la galería se inauguró en 2006, en el mismo lugar que ha ocupado este centro cultural desde su inauguración en noviembre de 1977. La estructura se levantó con un solo objetivo: que se convirtiera en una obra de arte que enriqueciera el paisaje urbano caraqueño. El imponente edificio fue proyectado por el arquitecto y artista plástico Julio Maragall. Integrado por cinco pisos unidos por un pozo de luz que culmina en una amplia terraza, la estructura fue pensada con un diseño minimalista de amplios y luminosos espacios que otorgan protagonismo a las piezas de arte. Dos amplias salas están dedicadas a las exposiciones temporales y dos a la exhibición de obras de artistas representados por la institución.

Sergio Moreno
Foto: Galería Freites

Dirección: avenida Orinoco de Las Mercedes.
Horario: lunes a viernes de 9:00 am a 1:00 pm y de 2:00 pm a 5:30 pm, sábados de 10:00 am a 2:00 pm, y domingos de 11:00 am a 2:00 pm.
www.galeriafreites.com

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