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Ciudad Universitaria

Arte

Aula Magna

Aula Magna

El Aula Magna es un nombre propio. Aunque su significado denomina a todos los auditorios universitarios donde los hijos de cada casa de estudio reciben el diploma producto de su esfuerzo, cuando se menciona el Aula Magna la referencia que viene a la mente es el recinto de la Universidad Central de Venezuela, un espacio custodiado por el cielo de las Nubes de Calder.

Desde que Carlos Raúl Villanueva la concibió, el Aula Magna de la Ciudad Universitaria trascendió más allá de un recinto académico: es un espacio de arte y encuentro que se convirtió en la expresión de la idea conocida como Síntesis de las Artes, pensada por Villanueva para hacer confluir la música, el teatro, la cultura y hasta la política.

Este auditorio fue conceptualizado desde lo grandioso. La sala se precia de tener una de las mejores acústicas del mundo, efecto del arte y el diseño creado por el artista estadounidense Alexander Calder con los Platillos Voladores, también conocidos como Nubes flotantes. Para lograr la calibración perfecta, las Nubes fueron instaladas mientras una orquesta tocaba en tarima para ajustar la disposición de cada uno de los 31 paneles.

La luz y el sonido están sincronizados. Para lograr la espectacularidad de una puesta en escena se diseñó una consola especialmente adaptada para que el sistema de iluminación funcionara a la par del teclado de un órgano, así la música y el sonido podían sentirse, escucharse y percibirse en toda su dimensión. De esos dos sistemas que existían en todo el mundo, solo el del Aula Magna funciona.

Todo el concepto por más ambicioso que se proyectaba debía concluirse en cuatro meses. Marcos Pérez Jiménez pidió a los constructores, la empresa Christiani & Neilsen, que la estructura estuviera lista a finales de marzo de 1953, y así se hizo pero la inauguración oficial ocurrió un año después –el 2 de marzo de 1954- con un evento político que permitió que quienes estrenaran la sala fuesen mandatarios internacionales en el pleno de la X Conferencia Iberoamericana de Jefes de Estado y Gobierno.

De allí en adelante, lo demás ha sido histórico. En ese escenario, Fidel Castro dio una célebre alocución cuando hizo su primera visita oficial a Venezuela luego del triunfo de la Revolución Cubana en 1959, el mismo año y lugar en el que también estuvo el poeta Pablo Neruda; años antes el director Igor Stravinsky estuvo al frente de la Orquesta Sinfónica de Venezuela y volvería en una segunda oportunidad en otra gira de conciertos; Marcel Marceau presentó su espectáculo de mímica teatral; la soprano Montserrat Caballé hizo estremecer al auditorio como lo hicieron los Niños Cantores de Viena.

Como gran escenario nacional ha sido la casa de agrupaciones venezolanas como Quinteto Contrapunto, Serenata Guayanesa, Un Solo Pueblo. Fue tribuna del canto de protesta de Alí Primera y de la hija pródiga que siempre vuelve a su tarima, Soledad Bravo. Pero su razón de ser sigue año tras año cada vez que recibe en sus pasillos a las nuevas generaciones que desfilan de toga y birrete, crecidos de orgullo con su título de ucevistas en la mano.

Gabriela Rojas
Foto: Hugo Londoño

Dirección. Ciudad Universitaria. Plaza Venezuela.
Metro: Plaza Venezuela / Ciudad Universitaria

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Personajes

Carlos Raúl Villanueva

Villanueva

Carlos Raúl nació con la modernidad, cuando el siglo XX recién inauguraba. Era Londres, 30 de mayo de 1900. Su padre Carlos Antonio Villanueva era un ingeniero civil y diplomático venezolano. Su madre Paulina Astoul era una mujer de la aristocracia francesa.

Europa forjó la primera parte de su vida. Tuvieron que pasar 28 años para que el quinto hermano Villanueva posara su mirada por primera vez sobre Caracas y fue el único de ellos que decidió quedarse viviendo bajo esta luz, para construir parte fundamental de la identidad arquitectónica y urbanística de lo que hoy es la cotidianidad de los caraqueños.

Villanueva hizo su vida en Venezuela desde 1929, bajo la dictadura de Juan Vicente Gómez. Como no había concluido sus estudios de urbanismo decidió regresar a la Universidad de París en 1937, pero a los pocos meses volvió a Venezuela y, desde ese momento, su visión se hizo concreto. Maracay, Ciudad Bolívar y Maracaibo son algunas de las ciudades que cuentan con obras que llevan su sello. Pero Caracas recibió más que su dedicación.

En 1944 comenzó a encargarse de un proyecto que le tenía encomendado el entonces presidente Isaías Medina Angarita: la construcción de lo que sería la nueva sede de la Universidad Central de Venezuela, que estaba destinada a convertirse en su máxima obra, la de su huella indeleble: la Ciudad Universitaria de Caracas. Una conjunción tan perfecta dentro del concepto “síntesis de las artes”, que combinó de manera armónica la luz natural, el espacio abierto, el arte, la cultura y el hábitat. Una creación merecedora de ser Patrimonio Cultural de la Humanidad desde el año 2000.

Su obra estuvo orientada a la construcción del espacio público, a la identidad urbana que se hace desde la vida social, más allá de la contemplación. Para Villanueva el arte era la vida misma. Por eso, los caraqueños pueden sentirse orgullosos en decenas de lugares, muchos quizá sin saberlo, cuando entran al Museo de Bellas Artes o al Museo de Ciencias de estar rodeados de una estructura imponente diseñada por Villanueva. O estar en el medio del tráfico del centro capitalino y encontrarse con la urbanización El Silencio, sus pasillos frescos y sus conexiones perfectamente ensambladas.

Ni qué decir del espíritu irreductible que permanece en el 23 de enero, sus bloques, su vida, su identidad urbana, su marca. Y ojalá cada niño y adolescente que a diario convive en la escuela Francisco Pimentel sepa que estudia en un espacio diseñado por Villanueva. Ellos y todos los que cruzan esta ciudad de este a oeste en algún momento se sentarán bajo una sombra, recibirán la frescura de una corriente de aire perfectamente dirigida, mirarán desde su ventana la armonía del entorno y sentirán que el arte los rodea. Y sabiéndolo o no, nos encontraremos con la mirada de Villanueva hecha Caracas.

Gabriela Rojas
Foto: Fundación Villanueva
Para conocer más sobre su obra: http://www.fundacionvillanueva.org/

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Arquitectura

Ciudad Universitaria

Esos rayos de luz se meten tercos por las rendijas y cruzan por todos lados. Si uno va distraído o apurado, da igual, en algún momento un rayo tímido calienta el rostro de quien camina o cae uno más osado que ilumina tanto que enceguece.

No es un efecto romántico: es el diseño de un artista de la arquitectura que le dio protagonismo al espacio abierto para que el trópico hiciera lo propio y las paredes sirvieran para direccionar el viento. Villanueva y la luz, Villanueva y el aire, Villanueva y la ciudad.

Los muros que guardan la cotidianidad a la vez son murales, galería de arte permanente para el que pasa y observa por primera vez, para el que se sienta y lo hace su sitio de espera, para el que lee apurado por un examen, para quien desayuna solo o acompañado, para quienes se besan, para quienes se ríen.

Muchas veces cuando atravieso la Plaza Cubierta o acorto camino por el pasillo de la Biblioteca pienso en números que se multiplican a cada minuto: cuántas fotografías tendrán de escenario las líneas y colores de Mateo Manuare, Víctor Valera, Pascual Navarro y Víctor Vasarely. Cuántas togas y birretes habrán posado al lado del brillo de bronce del Pastor de Nubes. Cuántos noviazgos habrán comenzado bajo una luz, transformada en prisma, por los vitrales de Fernand Léger o de Braulio Salazar. Cuántos otros habrán terminado furibundos en los rincones de “Tierra de nadie“.

La Ciudad Universitaria alberga un microcosmos urbano que palpita como el centro de otra ciudad que, a veces, le es ajena: una Caracas acechante que la rodea y la convierte en atajo, más que en arteria.
A veces llega a desangrarla, a dejarle heridas, a quebrarla. Otras tantas llega pidiendo ayuda, salud, ideas, conocimiento. Pero aún el visitante más renuente en algún momento se rinde: cuando goza en sus estadios la celebración del béisbol y el fútbol o cuando se sienta a disfrutar conciertos con la acústica perfecta bajo las Nubes de Calder en el Aula Magna, en el mismo lugar donde recibimos primero el título de ucevistas y después el de la carrera.

A veces sus raíces se resecan y se convierte en terreno árido para quien la vive. Pero siempre le están naciendo retoños verdes y frescos que le dan energía y atraen el sol de nuevo.

La UUUCV sabe, como buena caraqueña, que de esa casa de luces nadie se va indiferente.

Gabriela Rojas

Fotos: Hugo Londoño @huguito

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