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Caracas

Lugares

Mansión Borges

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René Borges decía entre sus amigos: “Mi casa no necesita cuadros, tengo el mejor que es Caracas”. El lienzo que enmarca la ciudad es un ventanal de 20 metros de largo, que ofrece la mejor vista panorámica de la capital, desde el salón de la que fue la mansión de los Borges por casi 40 años, una joya de la arquitectura caraqueña, en la que funciona el Centro Simón Díaz de la Alcaldía Metropolitana.

La quinta, de modernas líneas rectas y escasas paredes, está encaramada en uno de los cerros de Petare, esos que realzan la vocación de paila de Caracas —un valle en el que todos pueden mirarse—, como la ha descrito en algunos textos el escritor y arquitecto Federico Vegas. Sobre esa montaña que avistó Borges en un vuelo en helicóptero posó la casa como una dedicatoria de amor a su esposa Nelly Zingg. En 1956, quien urbanizó El Marqués, trajo desde Italia al arquitecto Athos Albertoni para que diseñara su casa.

La mansión tiene tesoros en su interior como las escaleras de mármol de Carrara sin vetas y el plafón florentino “Primavera”, que ilumina el baño principal, y representa un árbol de cristal de Murano iridiscente, en cuya copa anidan pájaros negros. Hay que levantar la cabeza para admirarlo. En el que era el baño de huéspedes está un espejo Italor, que estuvo de moda en los años sesenta “porque hacía verse más joven”, gracias a la tonalidad ámbar que proyectaba, ese color que tienen los recuerdos.

Mansion Borges - Centro Simon Diaz 24.11.2017

En fotos viejas se ven las montañas verdeadas que rodean este caserón sin lo que es hoy uno de los barrios más grandes de América Latina. Para el vecindario, la casa fue un misterio por un buen tiempo. En la barriada algunos creían que la casa, que estuvo casi en abandono por varios años, pertenecía al dictador Marcos Pérez Jiménez.

La familia Borges ocupó la casa hasta principios de la década del 2000. En 2006 la Alcaldía Metropolitana adquirió el inmueble y después de un largo proceso de remodelación se convirtió en el Centro Simón Díaz, que alberga un núcleo del Sistema de Orquestas Infantiles y Juveniles, una biblioteca, presta las instalaciones para la realización de talleres de formación de la Fundación Caracas para la Vida y además es sede de la Gerencia de Ambiente de la alcaldía.

La vista y la arquitectura bien valen el viaje a este lugar, al que se le llega por la vía que conduce a la Universidad Santa María, en la carretera Petare-Santa Lucía. La Alcaldía Metropolitana ofrece visitas guiadas con transporte asegurado desde la estación de Metro La California.

El espacio aún espera por el desarrollo de todo su potencial. Está por abrirse una escuela de gastronomía en el lugar, aprovechando la amplia cocina que construyeron los Borges para su casa de 26 habitaciones. Hay planes de instalar un comedor y un cafetín, asegura Aída Cachafeiro, presidente de la Fundación Caracas para la Vida, que administra el lugar. También está pendiente un proyecto de integración urbana que permitirá a esos vecinos más próximos ingresar a la casa a través de un sistema de rampas que tejerán esa frontera zanjada entre la mansión y las casas humildes del barrio Julián Blanco.

Florantonia Singer
Fotos: Natalie Carrillo.

Dirección: calle La Florencia, carretera Petare-Santa Lucía, Centro Simón Díaz
Horario: lunes a viernes / 8:30 am a 4:00 pm
Contacto para visitas: caracasparalavida@alcaldiametropolitana.gob.ve

 

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Vida Urbana

Catia

Catia

I
Unos de los sabores más arraigados de mi infancia era comer arepas rellenas con un tipo de jamón serrano que mi papá llevaba a casa con frecuencia. Esta delicia gastronómica se hacía en Catia. Papá trabajaba en la Giacomello, la fábrica de jamones, fiambres y embutidos que quedaba muy cerca de la Plaza Pérez Bonalde de Catia y que había sido fundada por un inmigrante italiano a principio de los años 50, el señor Felice Giacomello, oriundo de la región de la Emilia-Romagna.

La fábrica quedaba en una bella casa de piedra en forma de Castillo. Cuando el negocio prosperó, el señor Giaconello a mediados de los 70 decidió mudar la fábrica a un espacio más grande en Corralito, en la zona de Carrizal cerca de Los Teques, y en la casa del Castillo quedó viviendo la señora Sofía, una italiana risueña y bondadosa.

Cuando alguien nombra Catia, yo hablo del Castillo e italianos. Hace un año decidí ir en busca de aquel Castillo de los recuerdos. Viajé en metro, me bajé en la estación de Pérez Bonalde, caminé hasta la plaza homónima, seguí por una lateral y sin dar muchas vueltas lo hallé: un castillete de piedra con fachada de muralla medieval coronado con una bandera de Venezuela se ubica justo en la esquina entre la calle Argentina y la avenida Washington de Catia.

Ahora funciona allí una venta de cerámicas. Igual lloré, un collage de imágenes de inmediato pasaron por mi mente: mi papá jovencito, la señora Sofía merendando con mi mamá, las de sus hijos Walter y Pedro, y los amigos italianos de papá: Doménico, Pascual, Fabrizio y Gilda. También recordé los productos Giacomello: la mortadela italiana, los salchichones tipo Milano y Napoli, el jamón espalda, el jamón tender que comíamos en Navidad, y obviamente mi preferido: el jamón curado tipo Parma (el jamón serrano italiano).

Aunque parezca un argumento más de un guión de José Ignacio Cabrujas (también catiense), un industrial italiano venido de Egipto producía en el corazón de Catia el mejor prosciutto di Parma, que no tenía nada que envidiar a los que, con denominación de origen, se hacían en la terre matildiche.

II
Aunque Catia no solo fue el lugar de los italianos. Miles de inmigrantes provenientes de toda Europa y de algunos países árabes hicieron de esta comunidad en el Oeste de Caracas su hogar desde los años 40 del siglo XX.

En la zona de Alta Vista, en Catia, se asentaron un grupo de familias rusas, polacas, ucranianas, húngaras y eslovacas. La mayoría de ellos llegaron a La Guaira en 1947, en el famoso barco USS General S.D. Sturgis, vinieron al país huyendo de los horrores de la Segunda Guerra Mundial.

Una amiga de mi madre de toda la vida es rusa, Valentina, su esposo, Esteban, era polaco. La señora Valentina, con 90 años a cuestas, aún vive en Catia y hasta hace poco, en Semana Santa, nos mandaba un pan de pascua ruso con una corona blanca azucarada, muy parecido a un panettone, y huevos de pascua pintados de colores azul, rosa, naranja, amarillo y verde.

Pocos sospecharían que en Alta Vista, hasta el 2012, se ofrecían misas en una iglesia ortodoxa rusa ubicada en esta parte alta de Catia, pegada a la falda de El Ávila, y las oficiaba el Padre Alexander en ruso.

III
Aprovechando mi visita tras la pista del Castillo, desde la esquina de la casa de piedra caminé entre la quinta y sexta avenida, a lo largo de la calle Argentina, buscando la casa “de 9 cuartos” donde vivió Cabrujas. Miraba sus techos tratando de reconocer la famosa azotea donde leyó de adolescente “Los Miserables”, de Víctor Hugo, que según el dramaturgo fue el día exacto en el que decidió ser escritor.

Caminé luego hasta la plaza Pérez Bonalde, erigida en honor al poeta de “Vuelta a la Patria”, vi sus bancos y árboles e imaginé cómo serían esas tertulias del “grupo de la plaza” conformado nada menos que por un Cabrujas con ganas de trascender y conocer mundo; un Jacobo Borges quinceañero que dibujaba sobre el suelo de la explanada bocetos en carboncillo y tiza; un escritor Oswaldo Trejo, quien tal vez se inspiró acá para crear “Cuentos de la primera esquina”; y el cineasta César Bolívar, a quien no puedo dejar de rememorar por su maravillosa película “Domingo de resurrección”. Todos eran amigos y vecinos. La plaza era el punto en encuentro de una cofradía de artistas e intelectuales incipientes que también conspiraban desde el oeste en contra del dictador Pérez Jiménez, en esa Caracas de los 50 que se debatía entre la modernidad y la tiranía.

IV
Pocos metros al sur de la plaza está la bella estructura del Mercado de Catia, inaugurado en 1951. Dentro del recinto cuelgan sobre un mostrador una mortadela Giacomello, una tira de salchichas alemanas marca Bavaria y un paquete de pan pita del Arabito (cuya sede original está muy cerca, en la calle Colombia, detrás del Mercado).

Al lado, en el puesto de las especies se consigue cardamomo, azafrán, pimienta negra, cilantro en polvo, clavo, canela, nuez moscada, paprika y una mezcla de especies libanesas conocida como baharat. Unos puestos más allá, donde el gallego José, se exhibe una colección de aceites de oliva extra virgen y una variedad de aceitunas que incluye olivas griegas.

En la frutería de las portuguesas hay mamón, ciruelas, lulo, fresas, cambur titiaro, melocotón, manzanas, peras, nueves y avellanas. Muy cerca venden empanadas de cazón, caraotas, dominó, queso y carne mechada, ofrecen además jugos de guayaba, parchita, guanábana, níspero, papelón con limón y tres en uno. En un angosto pasaje que conduce hacia la venta de hierbas y gallinas vivas, en el puesto de María, se lee en un pequeño cartel: “Catia es mezcla y tiene tumbao”.

Jonathan Gutiérrez
Foto: Alberto Rojas @chamorojas

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Tradiciones

Feria del Ateneo

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Han pasado más de tres décadas desde que se organizó la primera Feria del Ateneo de Caracas. Era un espacio ideado desde la gerencia del espacio cultural como una feria de antigüedades. Así se planteó en 1984. El Ateneo apenas tenía un año en su entonces novedosa sede ubicada frente a la plaza Morelos, adyacente al Teatro Teresa Carreño y en pleno eje cultural naciente de la ciudad.

“Al principio se hacía solamente en la planta baja, pero a medida que fue aumentando la demanda de expositores, se extendió hacia la galería de los Espacios Cálidos”, cuenta Judy Schaper, actual coordinadora del evento que se ha repetido ininterrumpidamente durante 33 años. Más tarde, se incorporaron otros niveles, diseñando circuitos peatonales. “Hasta que llegamos al tope del edificio y había expositores en el último piso, en la terraza”, agrega. Eran tiempos de un centenar de expositores, en sus mejores años.

Las nuevas autoridades de la Gobernación de Miranda, encabezadas por Héctor Rodríguez no permitieron la realización de la Feria del Ateneo en los espacios del Parque Miranda. Lo que obligó a los organizadores en noviembre de 2017 a suspenderla por primera vez en su historia.

La Feria del Ateneo se consolidó como opción navideña. Lo que comenzó vendiendo antigüedades se extendió hacia los regalos, las artesanías y demás detalles para el regalo óptimo al final del año. “Al hacerla cada año se inició un proyecto de consecución de fondos para el Ateneo, un proyecto de autosustentación, que es lo que ha sido todos estos años”. Por eso la Feria nunca se acaba, porque todo el empuje cultural del Ateneo de Caracas aprovecha su impulso.

En mayo se inicia la preselección de las ofertas. También la preventa. “La Feria prácticamente se vende sola, porque tiene demasiado tiempo. Hay expositores que tienen 15 y hasta 20 años seguidos con nosotros”, cuenta Schaper. “Cuando salimos de nuestra sede en 2009 fuimos al Macaracuay Plaza, donde estuvimos dos años seguidos. Luego estuvimos en Altamira, en un terreno de la CAF y al final tenemos un convenio con la Gobernación de Miranda para hacerlo en Parque Miranda, desde 2013”.

La nueva sede del Ateneo de Caracas, en La Colina, se ha ido llenando de cultura, aprovechando cada rincón de la casa que alberga a la institución. “Pero como son espacios pequeños a veces no dan los fondos por taquilla, además la situación hace cada vez más difícil hacer cumplir las metas. Por eso para nosotros es fundamental la Feria”, admite su coordinadora al detallar que al seleccionar los expositores buscan que haya variedad y originalidad. “Cada vez hay menos artesanos, pero aumentan los diseñadores jóvenes o al gastronomía”.

Victor Amaya
Foto: Héctor Ordóñez

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Personajes

Héctor Torres

Hector Torres

La ciudad que es el bramido estridente de cornetas. Y su cielo muy azul, a cada tanto transformado en un lienzo entre amarillo, rojizo y rosado. Y el revoloteo de guacamayas. La ciudad, qué es lo que habla su gente, cómo se comporta su gente, lo que siente su gente. Cómo se vive. Sus calles más transitadas, las menos concurridas; el Metro a hora pico y fuera de ella. Lo que se puede observar ahí mismo, a través de las ventanas de nuestra casa. A cualquier hora.

El escritor caraqueño Héctor Torres, nacido en 1968, se ha aproximado a Caracas con los sentidos aguzados: la ha observado, la ha escuchado, la ha sentido, la ha olido. Sin prejuicios. Y después de mucho patear la calle desarrolló una trilogía que reporta qué es la capital de la República contemporánea. En toda su amplitud. Una suerte de “selfie, pero con rayos X”, como él mismo ha dicho.

Después de escribir Caracas Muerde (2012), Objetos no declarados (2014), La Vida Feroz (2016) le queda la sensación de que es una urbe bipolar. A la que se ama y se odia. “Puede haber un motorizado que te lleva por delante y a la cuadra siguiente una chica bonita, unos niños jugando que te enternecen o una bandada de pájaros volando. La ciudad es así (…) Tú la quieres y ni siquiera te preguntas por qué lo haces. Hay algo que no termino de entender, no sé si es antropológico o si es natural, pero lo hacemos sin saber por qué”, dijo alguna vez en una entrevista.

La comprende así, sin lamentaciones ni pesimismo. Más bien cree que la violencia y todo lo negativo es una circunstancia, que ya pasará, que las ciudades evolucionan. Que sus habitantes evolucionan. Aunque eso tome su tiempo. Demasiado, quizás.

Pero la relación de Héctor Torres con la ciudad va más allá. Ha impulsado, desde aquí, un enorme trabajo de promoción cultural-literaria. Fue fundador y editor del portal literario www.ficciónbreve.org, creó el Premio de la Crítica a la Novela del Año (2009) que se organiza a través de Ficción Breve para promover la obra novelística venezolana y reivindicando a su vez la figura del crítico especializado. Muchos de sus trabajos sobre lo urbano están compilados en distintas antologías.

Erick Lezama
Foto: Efren Hernández

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Gastronomía

Franca

Franca en el Mercado de Chacao

Carlos César Ávila y Natalia Díaz Sfeir tenían un par de años imaginando cómo querían que fuera su local… Luz natural invadiendo un espacio de paredes blancas. Música suave. Gente –café y torta de por medio– conversando. Algunos leyendo un libro, una revista, el diario. Otros trabajando en sus laptops. Wifi y agua gratis. Así querían que fuera: amplio, cómodo, que ofreciera productos elaborados cuidadosamente, con sello autóctono. Una pastelería que al visitante le provocara no abandonar.

Venían de experimentar con el restaurante Sibaris en 2006, de la mano del chef Sumito Estévez. Hasta que después de mucho pensarlo, en 2011, se atrevieron a cambiar de ramo y reacomodaron su local en la avenida principal de Las Mercedes para albergar una pastelería. Aquel espacio, decorado vintage y diseñado por los arquitectos Lilian Malavé y Daniel Sfeir, comenzó a ser frecuentado por una buena clientela, a pesar de que funcionaba de forma anónima. Habían pasado dos meses y no tenían identificación en la fachada. Cuando lo hicieron, llamaron al emprendimiento Franca. Un nombre que funciona como su declaración de principios, que resume la idea de: “Poner en la mesa productos honestos, con preparaciones sencillas y utilizando ingredientes naturales”.

Para lograr tal cosa, hicieron una amplia exploración. Contactaron a productores artesanales y los hicieron sus proveedores. Seis años después, el café que preparan es cosechado y tostado en Aragua, en campos que habían sido abandonados. El chocolate es fabricado en Barlovento. Los vegetales llegan de Mérida. Las frutas, de El Jarillo. El papelón, de Monagas. La miel, de Amazonas. Los quesos, de Guárico. La leche, de Apure.

La especialidad del lugar son las tortas. Es famosa la de chocolate con nueces y cambur. La de zanahoria. La de chocolate. Todas, en realidad. Los encargados aseguran que están elaboradas con más de 90% de materia prima nacional y que se hacen con azúcares obtenidas a través de la caramelización de frutas y “grasas nobles”.

A la fecha, cuentan con otras tres sedes: una en Centro Comercial Galerías Los Naranjos, otra en la primera avenida de Los Palos Grandes y la más reciente en el Mercado de Chacao. Y en las cuatro encontrará el mismo sabor.

Erick Lezama
Foto: Efrén Hernández

Horario: lunes a viernes, de 7:00 am a 8:00 pm. Domingos y feriados: 8:00 am a 7:00 pm.

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Organizaciones

Banco Fotográfico de La Pastora

Victor Zambrano

Una fotografía de la Iglesia Parroquial de la Divina Pastora es el registro más antiguo entre los archivos del Banco Fotográfico de La Pastora. El recuerdo es de 1892 y se presume que la tomó un Embajador de los Estados Unidos que vivió cerca de la plaza. Víctor Zambrano, uno de los promotores de la iniciativa hace una salvedad: “Fíjate que la iglesia no tenía campanas. No las tuvo hasta 1960”.

La memoria puede ser efímera, pero las fotografías no. Por esta razón surge esta iniciativa en 2008, para resguardar la historia de la parroquia. Zambrano enseña un retrato de una señora llamada Rosalía a la que inmediatamente le sigue una anécdota: “Ella tiene un abasto en la esquina de Cola e’Pato. En las décadas de los sesenta y setenta todos los muchachos del Liceo Agustín Aveledo que querían tomar iban para allá, porque les vendía sin identificación. Todo el mundo conoce a Rosalía, porque además sigue allí”.

Hasta ahora tienen impresas más de 200 imágenes y 5.000 se conservan en formato digital. Abarca tradiciones, personajes, sitios y detalles arquitectónicos propios de La Pastora. Por ejemplo, las gárgolas o ductos para recoger el agua de lluvia que aún existen o los postes que daban electricidad al tranvía. Incluso el emblemático árbol de higuerote –o matapalo– que hay de Soledad a Acevedo figura entre las imágenes.

Zambrano continúa pasando fotos y aparecen los retratos de todos los concesionarios originales que tuvo el Mercado Municipal de La Pastora, cuando fue inaugurado en 1953. También tiene un recorte de prensa del diario Últimas Noticias del 29 de noviembre de ese año que da cuenta de la ceremonia encabezada por Marcos Pérez Jiménez. O del primer autobús de San Ruperto, con el chofer y fundador de la línea, Augusto Malavé García.

Cualquier foto puede formar parte de este archivo, siempre que vaya acompañada de una narrativa que dé cuenta de quién es el retratado o de lo que sucede en la gráfica. Concluye Zambrano: “El objetivo es que la gente tenga sentido de pertenencia. Dejar un legado a una parroquia que lo tuvo todo, incluyendo cuatro cines, y que se han ido perdiendo por las malas políticas de Estado. Hay que recordar lo que se tuvo y mantener lo que nos queda”.

Emily Avendaño
Foto: Efrén Hernández

Coordenadas en Facebook:
Emprendedores de La Pastora
Gente de La Pastora

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Arte

Teatro Nacional

Teatro Nacional

Ahí, en la esquina de Miracielos a Cipreses de la Parroquia Santa Teresa, dos esculturas resaltan en una fachada naranja y señorial: las representaciones de la comedia y la tragedia, sostenidas en dos columnas enormes que dejan claro que ese es el Teatro Nacional y no otro lugar. Aunque ha pasado por varias remodelaciones, las estatuas han resistido el paso del tiempo y son sello indiscutible de uno de los espacios culturales más representativos de la ciudad.

El teatro fue inaugurado el 11 de junio de 1905 y su construcción comenzó un año antes, por orden del presidente Cipriano Castro. Cuenta la historia que su esposa, doña Zoila de Castro, le sugirió crear un espacio que fuese más lujoso que el ya existente Teatro Municipal y en el que se pudieran presentar zarzuelas y óperas, además de obras teatrales. Desde que abrió sus puertas, ambos teatros se disputaban los espectáculos y hacían de Caracas una ciudad en constante movimiento cultural.

El diseño estuvo a cargo del arquitecto Alejandro Chataing, quien hizo equipo con el pintor Antonio Herrera Toro, el escultor Miguel Ángel Cabré y el ebanista José María Jiménez, para darle al teatro un estilo moderno y afrancesado, con una planta rectangular y tres niveles que han sido reestructurados con los años, pero en los que aún se conserva el patio en forma de herradura y poco menos de 700 butacas (originalmente tenía 797) y elegantes acabados de madera.

Si algo llama la atención al entrar, es el techo del teatro, donde se puede ver uno de los principales trabajos de Herrera Toro: Terpsícore, Euterpe, Melpómene y Talía; esas musas que representan a la danza, la música, la tragedia y la comedia. De hecho, en una de las remodelaciones que se hicieron en el segundo nivel, se descubrieron otros murales del pintor que, desde entonces, quedaron a la vista de todos.

Desde su inauguración con la presentación de la zarzuela “El relámpago”, este espacio fue durante muchos años el sitio insigne para estos espectáculos, pero también para la ópera, la opereta y repertorios líricos. Por ahí pasaron artistas como Alfredo Sadel, Plácido Domingo o Monserrat Caballé.

En el año 1979 fue declarado Monumento Nacional y en el 2010 se reinauguró con algunos cambios importantes: se eliminó el techo de la entrada y se cambió el color crema original de su fachada, por el naranja. Actualmente, se puede revisar su programación a través de la Fundación para la Cultura y las Artes (Fundarte).

Adriana Herrera
Foto: Hugo Londoño

Dirección: esquina de Miraflores a Cipreses, Parroquia Santa Teresa.
Metro: Teatros

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Personajes

Tomas Sanabria

TOMAS SANABRIA

Su curiosidad era insaciable. Nunca emprendía un proyecto sin conocer el sitio en el que se ubicaría. Su clima, a qué olía, cómo se sentía, qué pasaba cuando llovía, y cómo se comportaba la gente a diferentes horas del día. Tomás José Sanabria amaba el valle de Caracas y defendía sus espacios. Repetía: “La arquitectura sin diseño urbano no existe”. Su palabra se hizo dogma y la aplicó en edificios como el de La Electricidad de Caracas, el Banco Central de Venezuela, el Ince de la avenida Nueva Granada, la Biblioteca Nacional y el Hotel Humboldt.

Nació en Caracas de Miseria a Pinto, en la parroquia de Santa Rosalía, un lunes 20 de marzo de 1922. Su infancia transcurrió en una siembra de caña en Valle Abajo –en lo que hoy son Los Chaguaramos y Santa Mónica–. Allí aprendió a amar la majestuosidad del Ávila, sus cerros y quebradas. De niño pasó por los colegios San Ignacio y La Salle, hasta que se graduó de Bachiller en el Liceo Andrés Bello en 1940. El mismo Sanabria escribió que fue allí donde comenzó a apreciar la sencillez y honrar el valor de la funcionalidad. Admiraba las dimensiones del bloque principal de aulas, su altura y los detalles de las escaleras.

En 1967 obtuvo el Premio Nacional de Arquitectura, otorgado por el INCIBA, por el edificio sede del Banco Central de Venezuela.

Empezó dibujando. En esa década de los cuarenta reunía dinero y se iba a Coro para trazar en papel lo que admiraba de la arquitectura colonial. Sabía que sería arquitecto, pero la carrera aún no abría en la Universidad Central de Venezuela, así que se inclinó por la Ingeniería Civil. Aprendió técnica constructiva, pero el cálculo infinitesimal fue su dolor de cabeza. Su oportunidad llegó en 1945. Era dibujante en la firma constructora Vegas & Rodríguez Amengual (VRACA), y le dieron una beca para que pudiera estudiar Arquitectura en Estados Unidos.

Se formó en la Graduate School of Design de la Universidad de Harvard. Eran 28 profesores para 25 alumnos. Los creadores de la escuela Bauhause, expulsados de Alemania por Hitler, se convirtieron en sus tutores. Regresó a Venezuela en 1947 y se convirtió en el primer Director de la Escuela de Arquitectura de la UCV. También mantuvo su oficina de arquitectura activa por 60 años consecutivos (1948 -2008), y fue piloto por más de 30 años.

El clima era otra de sus pasiones. Estudió, analizó y dejó constancia de los cambios climáticos en el valle de Caracas. Y su experiencia volando su avioneta le permitió tomar más de 7.500 fotografías de la ciudad en cenital. En 2007 declaró a la revista Estampas: “El futuro de Caracas es extraordinario. Yo la veo y me inspiro… ¡Cuánto me alegro por mi ciudad!”.

Tomás Sanabria falleció el 19 de diciembre de 2008.

Emily Avendaño
Foto: Efrén Hernández

Referencias:

Inicio

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Lugares

Escuela de Enfermería de la UCV

Caracas Shots

Misteriosa, llamativa, vetusta y amplia. Así se muestra la Escuela de Enfermería de la Universidad Central de Venezuela en la urbanización Sebucán, cerca de la falda del cerro El Ávila. Una historia casi centenaria le antecede y funge como albergue para los casi 600 estudiantes, profesores y trabajadores que la ocupan en la actualidad.

La Escuela, separada de la Ciudad Universitaria, es un vínculo entre la novedad que representa la juventud y esas páginas del pasado que muestra su estructura erigida en 1928 y que desde el año 1992 funciona como sede de pregrado de Enfermería de la UCV, así como de algunos postgrados en la especialidad médica. Antes sirvió como residencia del noviciado del Sagrado Corazón de Los Dos Caminos mientras era propiedad de la Congregación de Hermanos de La Salle. Ahora, en manos de la UCV, es objeto de proyectos de preservación y mejora de sus instalaciones, que, por falta de presupuesto, aún no se han podido realizar.

Recorrer sus cinco edificios rodeados por innumerables matas de mango y abrazadora vegetación lleva a dar un paseo mental por viejas escenas que asumes transcurrieron en sus pasillos. Incluso, en su interior creerías ver sombras de una actividad hospitalaria que ocurriera durante la década de los 50 en una Caracas muy diferente a la actual. Dentro de sus muros, se imparten enseñanzas a jóvenes. Pero esta edificación pareciera que posee aún más historias de las que cuenta.

Un gran salón, que recuerda la época del dictador Marcos Pérez Jiménez, sirve como auditorio. Muchas aulas de diversos tamaños completan la oferta académica, así como varios laboratorios. Cada edificio cuenta con cuatro pisos y múltiples escaleras, que, a pesar de necesitar mantenimiento, no deja de encantar a quienes descubren este tesoro arquitectónico en una zona residencial caraqueña. Un edificio que rompe en espacio y tiempo con todo a su alrededor.

El recorrido por la Escuela de Enfermería de la UCV no estaría completo si se obvia la leyenda de supuestas apariciones que deambulan por el edificio. Jackson, uno de los jóvenes que cuida  la instalación, cuenta que muchos estudiantes, profesores y compañeros de trabajo aseveran haber visto el fantasma de una monja  pasearse por los pasillos. A él no le consta, pero la leyenda persiste y la comparten algunos jóvenes que allí estudian.

Jesús Castro
Foto: Alberto Rojas @chamorojas

Dirección: Calle Miguel Otero Silva, sexta transversal de la avenida principal de Sebucán.

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Gastronomía

El Garage, birra jardín

El Garaje, birra jardín

Imagine una fiesta en el garaje de su casa. Todos acomodados en banquitos, mesas, puff, hamacas, algunos de pie, sobre un trozo de alfombra que cumple su cometido de grama. Pero en esta celebración la tarde se destila con cervezas hecha en casa. De eso va la propuesta del El Garage, birra jardín, que se inició a finales de 2016, en la sede de la fábrica de cerveza artesanal Social Club, una de las tantas marcas que han surgido en Caracas y que mantiene, cinco años después de creada, una producción de por los menos 2.000 litros mensuales.

Quien va a uno de los garajes, como llaman a los encuentros que realizan cada quince días a través de convocatorias por redes sociales, podrá conocer el proceso de elaboración de esta bebida. Los tanques para la cocción, fermentación y enfriamiento de la cebad y el lúpulo están a la vista de los asistentes.

El emprendimiento de Gerardo González, Víctor Querales y Lorena Rojo, viene de una inquietud como cultores de esta bebida. “Acá nos une el amor por la cerveza. Venezuela es uno de los países con mayor consumo per cápita, pero nadie conoce el proceso de elaboración ni tiene la posibilidad de hacerlo, algo que en otros países sí es viable”, cuenta González, que vivió 4 años en Londres, donde descubrió todo lo que hay detrás de una botella de cerveza.

Lo que montaron González, Querales y Rojo en la parte delantera de la casa donde fabrican la Social Club es el primer taproom de Caracas, y junto con uno que está por abrirse en la ciudad de Mérida, son los únicos de Venezuela.

Los jóvenes elaboran por lo menos 10 tipos de cerveza: las americanas, las inglesas y las belgas mezcladas con hierbabuena, naranja, chocolate, café y otras combinaciones “Esto es un viaje, una degustación”. Luego de la producción de un lote, sus productores tienen la opinión de los consumidores a puerta de fábrica, en una fiesta en la que pueden reunir hasta 100 personas en esta quinta ubicada en Sebucán.

La degustación de la cerveza tiene su maridaje. La comida cambia con cada evento y la ponen otros emprendimientos de la ciudad. Por el garaje han pasado Los Costillas, un clásico del Estadio Universitario con sus sandwiches de cerdo que son como un jonrón, La Jauría del Amor con sus empanadas argentinas, las hamburguesas de Food Factory, el foodtruck de pizza Il Jet Studio, entre otras pequeñas empresas.

Además, el lugar ofrece seguridad para los vehículos y un área de juegos para niños, por lo que admite familias. “En apenas seis meses que abrimos el garaje tenemos gente que viene seguido, queremos dar respuesta a la falta de sitios de esparcimiento en la ciudad”. Es una oferta distinta que hay que conocer.

Florantonia Singer
Foto: El Garage Birra

Horario: de 4:00 p.m. a 12:00 a.m.
Lugar: final de la avenida Miguel Otero Silva, quinta de muro verde, Sebucán.
Redes: @elgaragebirra

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