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Ávila

Lugares

Cota Mil

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El  ambicioso Plan Rotival, concebido en 1939 para la modernización de la ciudad, no solo dio origen a la emblemática avenida Bolívar de Caracas. También estableció entre sus propuestas la construcción de una gran vía ubicada a mil metros sobre el nivel del mar, que además de servir de mirador para la contemplación paisajística de Caracas, aliviara el  tránsito automotor al absorber 20% de la circulación.

El Gobierno trabajó en el proyecto de la Cota Mil en 1951 y al año siguiente se intensificaron los estudios y levantamientos. Alfredo Calzadilla fue el responsable de una parte de la obra, específicamente del trayecto comprendido entre La Florida y la avenida Baralt. En aquellos años ya se había construido la Cota 905 o avenida Guzmán Blanco (1953) y el Teleférico de El Ávila (1956), por lo que se ansiaba la Cota Mil, que formalmente fue bautizada como avenida Boyacá.

Esta importante arteria vial se construyó e inauguró por etapas. Una de las últimas fue el tramo que va desde La Castellana hasta El Marqués, con una longitud de 6 kilómetros de largo y donde se encuentran los distribuidores La Castellana, Altamira, Sebucán, Boleíta y El Marqués, rematando en el distribuidor Boyacá que enlaza a la Cota Mil con la autopista Petare-Guarenas (Gran Mariscal de Ayacucho) y también con la autopista Francisco Fajardo.

Para 1970 gran parte de la avenida Boyacá ya se encontraba operativa. Hoy alcanza una longitud aproximada de 13 kilómetros, trayecto que tiene la particularidad de ser muy agradable por su privilegiada vista. De Petare a la Pastora, como inmortalizara Ilan Chester en su “Canto al Ávila”, es posible admirar no solamente al majestuoso cerro Ávila desde sus faldas, sino también los colores de sus apamates, araguaneyes y bucares cuando florecen y, cómo no, el gran valle de Caracas con todos sus contrastes.

En 2011 comenzaron los trabajos para completar la extensión de la Cota Mil hasta la vía que conduce a La Guaira, como fue previsto hace décadas. La conexión, a través de túneles ubicados a la altura de La Pastora, con salida en Macayapa (parroquia Sucre), aún no se concluyen.

Entre la estación del teleférico y La Florida, sobre un tramo ancho de isla central, se halla desde 1997 la escultura Maratón, del artista Jorge Blanco, el mismo que diseñó la imagen del Museo de Los Niños, a Museíto, y que trabajó allí durante 20 años como director creativo. La obra consta de tres figuras de hierro, color amarillo, que simulan el movimiento típico de los maratonistas. Puede detallarla con calma un día domingo, cuando la Cota Mil es cerrada de 6:00 am a 1:00 pm, de punta a punta, para servir como espacio de deporte y recreación; un hábito que fue decretado a principios de los ochenta, durante la Presidencia de Luis Herrera Campins.

Hercilia Garnica

Fotografía: Alberto Rojas

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Vida Urbana

Quebrada Quintero

Creo que no sería apropiado hablar de El Ávila como un todo y no tomarnos el tiempo de desglosar cada una de sus entradas como experiencias particulares. Quizás algunos compartan mi opinión, pero no es lo mismo lo que vives en Sabas Nieves ni lo que experimentas en el Cortafuego, a la impresión que te llevas en Piedra del Indio o en el paseo a Quebrada Quintero. Así que les hablaremos de cada uno por separado, como si se tratara de capítulos de un libro.

Siempre había escuchado hablar de las caídas de agua de El Ávila. Incluso, las había visto de lejos durante las temporadas de lluvia, que las vuelve tan caudalosas y visibles desde la autopista. Pero nunca había tenido oportunidad de disfrutar de ninguna. Por eso, me pareció fascinante la idea de ir a Quebrada Quintero. El camino no sólo es muy suave (perfecto, para principiantes o para ir con niños) sino que tiene partes cubiertas de vegetación y otras despejadas para ver la vista de Caracas.

Durante el camino, te va arrullando el sonido del agua. Y eso hace el paseo mucho más relajante. Al llegar, te sorprende esa pared de piedra, la caída de agua y la vegetación del lugar. De tanto en tanto, se van formando pocitos donde los niños se bañan. Y las piedras sirven de soporte a quienes van simplemente a disfrutar de ese contacto con la naturaleza.

Lo más recomendable es ir bien temprano en la mañana si el deseo es desconectarse y disfrutar de la tranquilidad que transmite cualquier rincón de El Ávila. De lo contrario, se topará casi con una piscina pública, porque se trata de un punto muy concurrido. ¿Cómo llegar? Suben por la misma entrada de Sabas Nieves y, en la primera bifurcación, toman hacia la derecha.

 

 

 

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Arquitectura

La cruz del Ávila

La historia de la Cruz del Ávila se remonta al 1ero de Diciembre de 1963, cuando el ingeniero Ottomar Pfersdorff de origen estadounidense y empleado de la Electricidad de Caracas propone crear un ícono caraqueño que simbolize el inicio de la Navidad.

Ottomar, junto con los empleados del Hotel Humboldt, propone realizar una cruz en su fachada como un enorme foco. Entonces, se encendieron las luces de varias habitaciones haciendo la forma de una cruz cristiana, la cual ocupaba 30 cuartos y tenía una altura de 33mts.

Dicha tradición se mantuvo hasta el año 1966 cuando el consumo eléctrico del hotel se hizo insostenible, ya que mantener la cruz encendida requería de 146 bombillos de 100 vatios y 6 reflectores de 1.000 vatios, lo que generaba un consumo de 384 KWh.

En el año 1967 se decide colocar una cruz de 30m de alto por 20m de ancho con 120 lámparas fijas en la antena de VTV, ubicada en los Mecedores, a una altura de 1.760m. Esta estructura funcionaria hasta 1982 cuando la Electricidad de Caracas construyó una cruz de hierro galvanizado con 74 reflectores de 150 vatios cada uno. Esta nueva estructura cuenta con 37m de alto por 18m de ancho.

La cruz es encendida todos los 1ero de Diciembre de cada año y es apagada el 6 de Enero. Solamente en el año 2007 se encendió el 28 de Noviembre y este año la misma fue iluminada el 1ero de Noviembre.

Arq. Ricardo Castillo / Director de Arquitectura Venezuela @arquitecturavzl
Foto: Leomarys Ñane

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Vida Urbana

El teleférico

Teleférico

Siempre había querido ver un atardecer desde el teleférico. Pero, por una cosa u otra, le daba largas. Ya sea porque las colas me desanimaban o porque nunca llegaba a estar desocupada a final de la tarde. Lo cierto, es que un día sin planificarlo y sin pensarlo demasiado me fui al teleférico para ver al sol ocultarse en el horizonte de la ciudad.

Subí como a eso de las 5pm, sin suéter y en sandalias. Como una muestra fehaciente de mi espontaneidad. Era día de semana. Así que no había demasiada gente, como para echarte para atrás. Tampoco estaba abarrotado el estacionamiento. Y lo más importante de todo: no llovía. Mejor imposible.

Estaba tan emocionada… Finalmente podría ver cómo se iba despidiendo la tarde, mientras subía en el funicular. Ese trayecto de 3,5 kilómetros lo pasé contemplando aquel espectáculo y agradeciendo. Si, agradeciendo por el privilegio de poder disfrutar de tal belleza.

Al llegar a la estación Ávila, ubicada a 2100 msnm, es casi imposible no comerse unas fresas con crema o tomarse un chocolate caliente, mientras caminas el sendero que te conduce al Hotel Humboldt, aquella magnífica obra del arquitecto Tomás Sanabria. Es un paseo perfecto para despejar la mente o simplemente observar aquella cama de nubes que rodea la estación.

Este sistema es el resultado de la remodelación que se hizo en el año 2000. El original data de 1955 y su trayecto llegaba hasta La Guaira. A diferencia del actual, contaba con 5 estaciones ( Mariperez – Ávila – El Irón – Loma de caballo y El Cojo) divididos en dos tramos: el primero, entre Caracas (1000 msnm) y la cima de El Ávila (2100 msnm). El segundo tramo partía de la estación Ávila y terminaba en la estación El Cojo, en Macuto del Estado Vargas. De ello, solo queda el recuerdo.

A las 6:30pm, cuando el cielo se empezó a teñir de colores, tomé el funicular de regreso para ver el atardecer en todo su esplendor. Bueno… Fue tan pero tan perfecto, que tuve que contener las lágrimas por la emoción. De nuevo, agradecí y, antes de salir corriendo al carro para buscarle refugio a mis pies, ratifiqué que los mejores momentos de la vida son los que no se planifican.

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