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Vida Urbana

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Senderos Aéreos

Senderos Aéreos

Caracas puede ser vista desde las alturas. El Ávila permite hacerlo en cualquier momento. Pero sobre la superficie de la montaña es posible ascender un poco más. En el sector Los Venados del Parque Nacional, Senderos Aéreos ofrece subir hasta la copa de los árboles para mirar la capital desde, al menos, 25 metros por encima del suelo. Es el inicio de un recorrido de cinco plataformas, un puente colgante y tres tirolinas que completan la oferta de hacer Canoping.

Esto comenzó en Mérida hace ya 14 años. Álvaro Iglesias se encargaba de montar las cuerdas que usaban los profesores y estudiantes de la Universidad de Los Andes para hacer trabajos de investigación desde las copas de los árboles”, cuenta Lenín Sierra, uno de los encargados de Senderos Aéreos en Caracas. “Más adelante, él lo propuso como tesis y oportunidad de ecoturismo”, añade. Se materializó en Mérida, pero también en la capital.

Jesús Alexander Cegarra entonces era viceministro de Conservación Ambiental del Ministerio del Ambiente y vio en la propuesta de Iglesias un atractivo inigualable para festejar el 50 aniversario de la declaratoria de El Ávila como Parque Nacional. En diciembre de 2008 se inauguró el recorrido como oferta turística y, también, como oportunidad para el estudio de la biología del pulmón vegetal caraqueño.

“Cuando uno sube siente el clima fresco y tiene unas vistas de Caracas inigualables. Luego viene toda la adrenalina y la emoción del vértigo”, describe Lenín al detallar el recorrido que comienza con una primera plataforma de 25 metros de altura, seguida de varias más de mínimo 7 metros por encima del suelo, además de un puente colgante de 20 metros y las tirolinas de 20, 60 y 120 metros. “Viene mucha gente a recrearse, pero también grupos que vienen a estudiar”, detalla Sierra.

Y es que Senderos Aéreos en El Ávila sirve no sólo para retar a la gravedad, también para la formación. Allí se dan cita grupos de escuelas y liceos que van a hacer prácticas de biología y escuchar charlas ambientales, de conservación. “Para eso aprovechan las plataformas en una actividad que se les hace bastante divertidas a los chamos”. Lenín Sierra calcula que lo que comenzó con apenas 10 clientes un fin de semana, ahora recibe grupos completos de 30 personas en un solo momento. “Los días buenos son sábados y domingos, pero todo depende del clima”.

Víctor Amaya
Foto: Senderos Aéreos / Ángel Mora

Dirección: Sector Los Venados. Parque Nacional El Ávila.
Horarios de visita: Viernes a domingo, 9:30 a.m. a 3:30 p.m.

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23 de enero

23 de Enero

Sus primeros habitantes recuerdan cuando se le llamaba Urbanización 2 de diciembre. Aquel primer nombre evocaba el inicio del mandato de Marcos Pérez Jiménez, como un reconocimiento a quien había ordenado construir ese complejo habitacional para resolver el déficit de vivienda que signaba a la Caracas del siglo XX.

Paradójicamente, ese sería uno de los bastiones más rebeldes durante los hechos que acabaron con la dictadura y que determinaron que se rebautizara con el nombre del 23 de enero, en honor a la incipiente democracia.

Este complejo residencial fue concebido por el arquitecto Carlos Raúl Villanueva y se levantó entre 1955 y 1959. Formó parte de una propuesta urbana ambiciosa que estaba incluida dentro del Plan Nacional de la Vivienda. El objetivo era trasladar  a los habitantes de los ranchos a un modelo de vivienda con altos niveles de confort, lo que representaba una novedad en medio de una ciudad que crecía desparramada y se desbordaba por sus cuatro costados.

Para su construcción, Villanueva contó con la colaboración de los arquitectos del Taller de Arquitectura del Banco Obrero. El conjunto se levantó en tres etapas: la primera (Sector Este), en 1955; la segunda (Sector Central), en 1956 y la Tercera Etapa (Sector Oeste y Terraza H), en 1957.

Los 38 superbloques de 15 plantas y 42 de cuatro niveles, estaban inspirados en el modelo de “la Cité Radieuse” del suizo Le Corbusier. Pero más allá del planteamiento estético con el que se suprimió una red de barrios que se unían desde El Calvario hasta Catia, la obra se tradujo un aporte social de 9.176 apartamentos para familias obreras y de escasos recursos.

La canción “Hay fuego en el 23” de la Sonora Ponceña ha querido asociarse a este populoso sector. Sin embargo, para desilusión de algunos, la famosa canción se refiere a la quema de un apartamento en la calle 110 del barrio Harlem en Nueva York. En todo caso, la relación no es de gratis. El 23 de enero tiene buena fama de haber formado generaciones de buenos salseros. Así como de haber sido la cuna de muchos pensadores de izquierda.

Julio Materano
Foto: Efrén Hernández

El 23 de Enero tiene un “Bloque Fantasma”. La numeración salta del 7 al 9, sin razón aparente. ¿Qué pasó con el bloque 8? El 7 de agosto de 1957 ocurrió una tragedia en Cali (Colombia). 7 camiones del ejército cargados con 1053 cajas de dinamitas estallaron. Murieron 4 mil personas. El gobierno de Pérez Jiménez ordenó construir un bloque de viviendas para acoger a los damnificados. El edificio aún se llama Unidad Residencial República de Venezuela.

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La Pastora

La Pastora

La Pastora es un barrio de puertas abiertas. Los niños corretean sin pudor por sus callejones y la gente allí se saluda por su nombre de pila. Tiene aires de pueblo y mucho de historia. Sus habitantes se enorgullecen de su gentilicio, que muchas veces abarca varias generaciones. Si hay un sitio con mucho para contar es esta parroquia, oficialmente fundada en 1889, aunque desde el siglo XVI era el primer pueblo que se encontraba el viajero al entrar y salir de Caracas.

Tiene, por ejemplo, el cuento del Bulevar Brasil, un pasaje que comenzó a funcionar en los tiempos de Juan Vicente Gómez. En 1919, el cónsul venezolano fue invitado a hacer los honores en la inauguración de la Avenida Venezuela en Río de Janeiro, así que en seguida el General llamó al Gobernador de Caracas y le preguntó cuál avenida estaba próxima a estrenarse. Era esa que iba de Camino Nuevo (de Miraflores, Caño Amarillo y Catia) a Camino Viejo (la ruta de los españoles).

No se dijo más. Se mandó a arbolar la calle a la usanza de la brasilera y se invitó al cónsul de ese país a hacer los honores acá. La avenida Brasil pasó a ser un bulevar cuando se cerró una de sus calles en tiempos de Luis Herrera, para hacer una gran acera. Si se sigue al norte por esa caminería se llega hasta la Puerta de Caracas. Allí está el monumento a José Félix Ribas. En el punto exacto en el que se colocó su cabeza, después de que lo asesinaran para que los enemigos de la corona vieran lo que les podía ocurrir si se metían con el Rey de España.

Justo en la entrada al Camino de Los Españoles hay una toma de agua que ahora regenta Hidrocapital, y que en algún momento recogió el caudal de la quebrada Catuche y la bajaba por una acequia hasta lo que ahora es la esquina de Caja de Agua. También hay un mural que remite a las pilas a las que se iba a recoger el líquido en los tiempos de la colonia y que explican por qué la esquina que da entrada a la parroquia se llama Dos Pilitas.

Lo religioso es fundamental. El templo de la Divina Pastora data del año 1740, cuando la imagen de la advocación llegó a la iglesia. Se presume que la figura, que aún adorna el altar, fue tallada alrededor de 1716. Cada 6 de enero, desde hace más de 70 años, se celebra en ese lugar la Misa del Deporte, una tradición iniciada en 1945. En resumen en esa parroquia se aplica lo escrito en las dos placas que dan entrada al santuario: “Ninguno es tan bueno que no necesite entrar” y “Ninguno es tan malo que no pueda entrar”. En La Pastora todos son bienvenidos.

Emily Avendaño
Foto: Efrén Hernández

Uno de los dos puentes coloniales que todavía sobreviven en Caracas –en uso– se encuentra en La Pastora. Se llama Carlos III. Está por encima de la quebrada Catuche y allí todavía se lee la placa puesta en lo que finalizó su construcción, que reza: “Se acabó la obra de este puente el día XXXI de marzo, reinando nuestro monarca Carlos III”. Se terminó de fabricar en 1784, a cargo de Juan Domingo del Sacramento Infante. El puente fue declarado Monumento Histórico Nacional, según Gaceta Oficial Nº 31.139, del 27 de diciembre de 1976.

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Bulevar de Sabana Grande

Sabana Grande

Sabana Grande es una síntesis de contrastes. De día, muchos andan con prisa; mientras otros, no parece preocuparles el tiempo. Algunos caminan viendo las tiendas, haciendo compras. En el día, los niños juegan. Se observan bailarines ejecutando sus coreografías y actores haciendo de estatuas vivientes. Hay kioskos de chuchería y de flores. Y mucha –mucha– gente caminando. Pero de noche –incluso desde antes que cierren las tres estaciones del metro– se convierte en un callejón oscuro y solitario. Decenas de locales abren sus puertas a la rumba: resuena reggaetón, salsa y bachata, se bebe cerveza. De noche, se abarrotan sus hoteles de paso, los burdeles y los sitios de ambiente.

Por ese trecho de 1.6 kilómetros que une el centro y el este de la ciudad, transitan a diario más de 300 mil personas a pies, según cálculos de Pdvsa La Estancia. Pero esas 12 cuadras que abarcan 90 mil metros cuadrados tienen más pasado que presente. En la época de la colonia se llamaba La Calle Real de Sabana Grande. Era una zona de hatos y haciendas, utilizada como un lugar de esparcimiento a las afuera del centro de la ciudad.

Luego de que se estableciera allí una estación del tranvía eléctrico en 1898, poco a poco se fue poblando. En 1941, El Recreo se convirtió en una parroquia. Entonces se construyeron avenidas, edificios elevados. Se trasformó en la metáfora del desarrollo comercial de la capital de un país pujante. Intelectuales de izquierda conversaban en El Gran Café o en la Librería Suma. La zona además era referencia de la moda, de grandes boutiques. Tanto, que había una tienda Dior.

En ese entonces, todavía no estaba completamente acondicionado para peatones. El bulevar se culminó en 1981, dos años antes de que se inaugurara el tramo del metro que va de La Hoyada a Chacaíto. Cuentan que fue entonces cuando se prohibió la circulación de vehículos. De a poco, a finales de la década de los 90, miles de buhoneros colmaron todo el corredor. Finalmente fueron desalojados en 2007 para que el lugar recobrara su escancia: un espacio para el ciudadano de a pie.

Erick Lezama
Foto: Alberto Rojas @chamorojas
Metro: estación Plaza Venezuela, Sabana Grande y Chacaíto.

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Parque Los Chorros

Parque Los Chorros

El Parque Los Chorros podría considerarse uno de los más viejos de Caracas. Tiene una historia ligada a los tranvías y la creación de los acueductos en la ciudad. Las referencias señalan que se estableció como balneario recreativo en 1915, cuando quedaba casi a las afueras de la capital.

La empresa Gran Ferrocarril Central estableció una línea de 6 kilómetros de extensión que iba desde Agua de Maíz hasta Los Chorros, justo en la entrada de lo que es el parque hoy. En 1971, con la construcción de la avenida Boyacá, el Instituto Nacional de Parques hizo una remodelación del espacio, se desarrollaron sus 4,5 hectáreas y se adecuaron las caminerías, escaleras, puentes, miradores, cafetines y se establecieron otros servicios como bebederos y baños.

Un domingo cualquiera se repite la estampa, con otras modas, de hace más de 100 años. Decenas de familias se reúnen en torno al pozo de Los Guayabos, que se llena con una pequeña cascada de unos 20 metros de altura. La cara de sorpresa de muchos da a entender que el agua es casi un descubrimiento para los caraqueños. Y es que el parque Los Chorros los conecta con una memoria que fue enterrada.

De las más de 23 quebradas que parten de El Ávila, la Tócome se deja ver en plena ciudad y todavía es un balneario para los más pequeños. A los adultos no les está permitido bañarse en la quebrada, pero las rocas en torno a la caída de agua ofrecen una experiencia de brisa y llovizna que limpia la mente. Sumergir los pies hasta sentir los aguijones del frío de montaña también es posible.

El parque está cobijado por frondosos árboles caobos, mangos, ceibas, bucares, guanábanos. Se pueden ver ardillas y perezas. El sonido de los pájaros y las chicharras y otros insectos se mezcla con el de otra especie: los niños y sus risas mientras corretean río arriba.

Justo al final del parque hay otro atractivo que habla de esa ciudad que creció sin olvidarse de lo verde. Al mirar al cielo, las copas de los árboles tocan los dos brazos grises de concreto armado de uno de los viaductos más largos de la Cota Mil, que lleva el nombre de Adolfo Ernst, naturalista alemán que ayudó a documentar parte de la biodiversidad del país en el siglo pasado.

El parque está estructurado en las riberas de la quebrada, como una ilusión de todos lo que pudieron adecuarse en cada uno de los cursos de agua a lo largo del cerro Ávila, pero que terminaron embaulados en colectores residuales.

Florantonia Singer
Foto: Mirelis Morales Tovar

Dirección: avenida Los Castaños, urbanización Los Chorros

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Parque Carabobo

Parque Carabobo

La Venezuela de 1881 estaba bajo el mando de Antonio Guzmán Blanco. Se conmemoraba el 60 aniversario de la Batalla de Carabobo, enfrentamiento ganado por los patriotas y que selló la independencia de la corona española. Para celebrar la fecha, Guzmán Blanco, en su afán modernizador, ordenó la construcción de una plaza. Y, en los alrededores del centro de la ciudad, se levantó bajo la sombra de muchos caobos.

Allí aún se encontraban las ruinas de “La Casa de la Misericordia”, un albergue de niños huérfanos que funcionó a finales del siglo XVIII, donde, de acuerdo con algunas versiones, se produjeron algunas reuniones pre-independentistas entre Francisco de Miranda y Simón Bolívar. Una vez estuvo lista la obra se bautizó como “Plaza Parque Carabobo”.

En 1911 se le incorporaron los bustos de algunos de los héroes de la batalla (de Rafael Farriar, Pedro Camejo, Manuel Cedeño y Ambrosio Plaza) elaborados en París por los escultores venezolanos Andrés Pérez Mujica y Lorenzo González. Durante la presidencia de Juan Vicente Gómez, en 1934, el arquitecto Carlos Raúl Villanueva la rediseñó: agregó caminerías, reubicó los bustos, sembró árboles y colocó, en el centro, una fuente del artista plástico Francisco Narváez, que lleva por nombre “Las Indígenas”. Este fue un importante hito en la arquitectura venezolana, porque es la primera referencia que se tiene de la integración del arte con lo urbano.

Ubicada en la parroquia La Candelaria, frente a la avenida Universidad, la plaza mide más de 11 mil 500 metros cuadrados y se conecta a través de un pequeño bulevar con el liceo Andrés Bello y la Escuela de Artes Visuales Cristóbal Rojas. En 2014, la Alcaldía de Caracas la remozó. Sin embargo, la fuente de Narváez está marcada por grafitis, algunas de las figuras tienen grietas, y una de las piezas le falta una mano. Hace tres años se prometió que se eliminaría la cancha deportiva que en algún momento instalaron. Sin embargo, allí todavía está.

Erick Lezama
Foto: Mirelis Morales Tovar

Estación del metro: Estación Parque Carabobo

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San Agustín

San Agustín

Hay una sonoridad en la parroquia San Agustín que solo se puede explicar desde la calle. El que vende café casi lo canta, el que atiende la bodega despacha con la música de fondo que sale de un viejo radio, las que limpian los vidrios de sus ventanas van entonando y el que cruza la calle, en vez de saludar, silba. Es como si el sonido formara parte del aire en las calles y las casas de San Agustín.

Pero no es un misterio, es destino. La unión de tres eventos históricos armó ese espíritu: la existencia de uno de los primeros teatros de la ciudad en la década de los 40 – el Alameda- plaza de presentación de grandes músicos, la llegada de gente que venía principalmente de Barlovento y la costa del oriente del país que cargaron con su tradición musical y la rítmica en el ADN, y con ellos el hábito de la vida de pueblo de puertas abiertas que se trasladó al barrio y transformó la vida común en cultura de calle para que nunca más dejara de ser parte de su identidad.

La herencia de San Agustín tiene nombre propio: guaguancó. Sus paredes muestran el orgullo por tantos hijos que le dieron fama, sin duda los más especiales: el grupo Madera, que con su música trascendió a la tragedia que se los llevó en el río Orinoco.

Reinaldo Mijares, gestor cultural y sanagustinero de vida, cuenta parte de esta historia musical viendo el mismo muro en la calle que durante años le sirvió de tarima a estrellas locales e internacionales de la salsa, el jazz y música de todas las sonoridades. “En este barrio se hacía jazz, rock, música cañonera, gaita, joropo, salsa. El movimiento musical era muy fuerte y todos los artistas que venían a Venezuela se presentaban formalmente y después pedían venir a descargar en el afinque”.

El “afinque” les decía el maestro Jesús “el Pure” Blanco a los músicos para que se afincaran en la descarga del sonido de sus instrumentos. Allí en Marín, una calle interna del barrio que por uso y costumbre tiene alma de plazoleta, se armó el espíritu musical que hoy le da parte del nombre a la parroquia. En sus murales se dibuja parte de esa historia que aún se está escribiendo. Al frente, el teatro Alameda reúne el talento de la danza, la poesía, el baile popular, la canción y la puesta en escena de los niños y jóvenes que orbitan a su alrededor, como lo han hecho desde los años 50, como lo hizo con generaciones enteras el maestro de baile Carlos Orta, como lo hizo desde los años 60 el músico cubano Pedro Guapachá que se quedó para siempre a enseñar en San Agustín y como lo hizo Madera con el sonido que reivindicó la afrovenezolanidad.

“Para los niños que nacimos y crecimos en el barrio, lo normal es la música. La mayoría de nuestras decisiones de vida, lo que somos y lo que hacemos es porque la música está allí en la puerta de la casa, en la calle, es el mismo barrio, es nuestra cultura”, dice casi como un soneo, Reinaldo Mijares en medio de esa calle que a media mañana suena a bongó.

Gabriela Rojas
Fotos: Comunidad de San Agustín

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Metro de Caracas

Ponerle nombre a las estaciones del Metro de Caracas no fue algo que se hizo a la ligera. La lluvia de sugerencias que precedió la inauguración de la Línea 1 del subterráneo, el 2 de enero de 1983, obligó a José González Lander, presidente del Metro, a designar una comisión conformada por Carlos Santiago González, gerente de Relaciones Públicas del Metro y tres cronistas de la ciudad para que definieran los nombres de las 22 paradas de ese tramo.

En principio a cada estación se le identificaba con un número, hasta que se buscaron los primeros nombres. El razonamiento que se utilizó era que tuviese algo que ver con la zona o con algún lugar representativo del sitio en donde se ubicaba la estación”, explicó Ricardo Sansone, de Familia Metro.

Fue así como se determinó, por ejemplo, que Gato Negro no se llamaría Miguel Antonio Caro –como estaba previsto originalmente–. Recibió ese nombre por ser asiento del bar Gato Negro, punto importante de encuentro para los caraqueños de la época y en donde llegó a presentarse Carlos Gardel. La Hoyada en principio se llamaría Fuerzas Armadas; pero en esa zona había una especie de hoyo, donde los ciudadanos hacían trasbordo para movilizarse en la ciudad de norte a sur, así que la oralidad se impuso.

Al inaugurar el primer tramo del sistema, entre Propatria y La Hoyada, había 17 reglas que los caraqueños más que conocer al detalle, obedecían. Meses antes del comienzo de operaciones, a los trabajadores del Metro los dividieron en grupos de dos y tres e iban a las escuelas, liceos, universidades y asociaciones de vecinos a instruir a los ciudadanos sobre el correcto comportamiento en el subterráneo. Instauraron así la llamada “Cultura Metro”, hoy en día tan golpeada.

El Metro continuó su expansión. La Línea 1 completó sus 20,36 kilómetros de recorrido el 19 de noviembre de 1989, con el tramo Los Dos Caminos-Palo Verde. El subterráneo ha seguido creciendo hasta completar 49 estaciones, repartidas en cinco líneas. Y aunque los usuarios se quejan de las demoras en el servicio, fallas, y el mal estado de los trenes, no hay duda de que después de 34 años de operaciones, el Metro continúa siendo la gran solución para Caracas.

Emily Avendaño
Foto: Teresa Cerdeira @teresitac

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La Candelaria

La Candelaria fue el asentamiento de los inmigrantes canarios, gallegos  vascos y portugueses que llegaron a Caracas durante el siglo XIX y XX. Sabiendo ese dato, todo cobra sentido. No en vano este sector recibió el nombre de la patrona de las Islas Canarias. Eso por una parte. Y no por casualidad, La Candelaria se hizo famosas por sus restaurantes españoles y sus tascas.

Ahora entenderá por qué uno se encuentra en La Candelaria con edificios llamados “Compostela” o por qué en la Iglesia Nuestra Señora de Candelaria -que data de 1702- reposa la imagen de la “Madre Cabrini”, una monja italiana que nació en 1850 y falleció en Chicago en 1917, que se conoce como la Santa Patrona de los Inmigrantes.

Todas esas curiosidades de La Candelaria las supe durante el recorrido que hice con las chicas de “Te Paseo y Te cuento“, quienes durante tres horas nos llevaron por 19 cuadras del sector para conocer “in situ” las particularidades de esta parroquia multicultural, ubicada en el Municipio Libertador.

Comenzamos en Parque Carabobo y terminamos en la escuela Experimental Venezuela. Conocimos la historia de la esquina “Peligro” y “Pela El Ojo”. Recorrimos el Paseo Anauco. Descubrimos lo que queda de los rieles de un tranvía que recorría el sector. Visitamos la tumba de José Gregorio Hernández. Nos acercamos a la primera tienda Beco y  supimos el impase del señor Blohm con el presidente Isaías Medina en la época de la Segunda Guerra Mundial por ser de origen a alemán. Y así, miles de curiosidades más.

No tiene sentido que les cuente todo, porque entonces no habrá sorpresa durante la ruta “Los acentos de La Candelaria”, que realizan con tanto esmero Manuela Ríos y Sofía Selgrad. Sólo un abreboca para que se animen a conocer los secretos de este sector y a vivir la experiencia de hacer visitas guiadas con las chicas de Te Paseo y Te cuento, que tienen otros recorridos interesantes.

Sin embargo, les dejaré una lista de las 10 cosas que pueden hacer en La Candelaria que elaboraron las coordinadora de Te Paseo y Te Cuento y que sintetiza un poco lo que fue este recorrido. Aparte, les sirve de guía en caso de que quieras hacerlo por su cuenta.

1.- Jugar dominó y ajedrez con los abuelitos de la Plaza La Candelaria y escuchar sus acentos e historias.
2.- Prender una vela y pedirle un milagrito a José Gregorio Hernández (si se te cumple por favor repórtalo a causajosegregorio@gmail.com).
3.- Visitar la primera @tiendas_beco que se inauguró en Caracas.
4.- Conocer el recién inaugurado @hotelwaldorfccs y admirar su antiguo piano.
5.-Buscar la mancha que dejó el fantasma en el Puente Anauco.
6.- Retratarse con Tutankamon en la Mansión Egipcia.
7.- Caminar entre puentes sobre la quebrada Anauco.
8.-Deslumbrarte ante los 5 rascacielos más altos de Caracas.
9.- Indentificarte a ti o a tus amigos en el mural “Los caraqueños en el Metro” de Rita Dainy.
10.- Buscar los murales de Harry Abend y las  esculturas de Francisco Narváez.

 

Fotos: Te Paseo y Te Cuento. Instagram: @TePaseoyTeCuento
Contacto: 0414.2854256 / 0424.1838332

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Plaza Los Palos Grandes

PlazaLPG

Es uno de los espacios públicos de la ciudad que pareciera que no descansa nunca. A cualquier hora del día, la Plaza Los Palos Grandes tiene vida. Las primeras en llegar son las abuelas de la Juventud Prolongada, quienes se refugian bajo la pérgola para recibir sus clases de Tai Chi. Le siguen los niños, quienes acuden con sus madres a Ludoteca para familiarizar con la lectura. Al tiempo que el Café Provenzal abre para recibir a quienes quieren comenzar la mañana con un buen aromático, crossaint o una deliciosa torta.

En la tarde, la Plaza Los Palos Grandes recibe a los ajedrecistas que se sientan en su rincón cerca de la entrada de la biblioteca, a jugar en silencio. Y antes de que comience a anochecer, regresan las abuelas con sus nietos, las madres con sus coches, los jóvenes que desean leer o ensayar sus bailes. Incluso, los perros llegan para dar su paseo diario.

La Plaza Los Palos Grandes se inauguró el 19 de abril de 2010, como parte de la celebración del Bicentenario de la firma del Acta de Independencia. Los vecinos iniciaron este proyecto en marzo de 2006, cuando solicitaron al Concejo Municipal que declarara de utilidad pública la construcción de la plaza de 8.405 metros cuadrados.

Los corredores no tarden en congregarse en la Plaza Los Palos Grandes para hacer su entrenamiento en grupo. También se juntan los practicantes de yoga, quienes cubren el lugar con sus mats para recargarse de energía positiva. El cese de actividad lo marca el cierre del estacionamiento. Pero pasadas las 9 de la noche, todavía se ven algunos trotadores estirando los músculos o algunos vecinos conversando.

Los fines de semana, la Plaza Los Palos Grandes tampoco descansa, porque se prepara para recibir a quienes acuden a sus clases de yoga, a los vecinos que vienen de hacer sus compras en el Mercadito de la zona que se instala los sábados o quienes llegan a intercambiar sus libros en el Cambalache. Así cada quien tiene su espacio en la Plaza Los Palos Grandes, como un ejemplo vivo de respeto y tolerancia.

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