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Vida Urbana

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Cuevas del Indio

Cuevas Del Indio

Un hombre mira hacia arriba. Una de las tantas paredes de piedra irregular del Parque Recreacional Cuevas del Indio se alza a sus pies. Porta zapatos para escalar y ropa deportiva. Un arnés le envuelve la cintura y las piernas, del que cuelgan mosquetones rojos, cintas exprés y un puñado de cuerdas grises. Se mete la mano izquierda en una pequeña bolsa que también le cuelga cerca del coxis. La saca llena de un polvo blanco. Se choca ambas manos, las frota y estira su brazo derecho hasta el recodo más cercano que alcanza, mientras otro hombre vigila su ascenso desde tierra.

El mapa del sitio que recibe a los visitantes indica tres puntos como ese para practicar escaladas. Cerca de 200 personas lo frecuentan en un fin de semana. La Hormiga, El Puente, El Tobogán, La Garganta… los mismos escaladores han etiquetado sus recorridos en vertical. Paran sus carros, camionetas o motos en el estacionamiento del recinto y se adentran en la naturaleza con morrales a cuestas. Algunos simplemente con las cuerdas en la mano. No necesitan más.

Mientras se anda por los senderos ya delimitados por el humano, el sonido de las chicharras opaca progresivamente el reggaetón que se escucha a todo volumen en la vía hacia el Cementerio del Este. Las formaciones rocosas se ubican en La Guairita, donde también está una quebrada, no apta para el consumo humano. El parque es un pulmón vegetal del municipio El Hatillo con una flora variada. Se perciben desde ceibas hasta plantas de café.

Aún permanecen las primeras señalizaciones, cuando el sitio se declaró espacio protegido por el Instituto Nacional de Parques (Inparques) en 1983. Unos trozos rectangulares de madera pintada de verde reciben a las personas con escritos: “Cueva del Pío 363 mts”, “Cueva del Indio 815 mts”, “Mirador del Indio 1080 mts”; uno encima del otro clavados en un árbol. También se leen mensajes como “Cuida tu parque” y “Evita incendios”.

Llegar hasta las cuevas implica recorrer sobre musgo resbaloso, iluminado por el sol que se cuela entre el abundante follaje. Desde las 8:30 de la mañana hasta las 12:30 del día está abierto al público, aunque las demás instalaciones, como el cafetín y cabañas para cumpleaños y actividades recreacionales están disponibles hasta las 4:30 de la tarde. Es lunes es el único día de la semana que el parque cierra.

Para los guardias de seguridad, adentrarse solo en las cavernas es una locura. En el Pío, son 195 metros de longitud y 11,5 de profundidad. En el Indio, un túnel descendiente de alrededor de 120 metros de longitud. No hay luz natural que ilumine los laberintos de estalagmitas y estalactitas para los visitantes. Dentro, sus cuerpos se cuelan entre paredes rocosas y se arrastran como reptiles por el suelo. Los rostros se llenan de tierra. La respiración se convierte en eco. Suena esporádicos aleteos rápidos. Murciélagos penden boca abajo del techo. El flash de las cámaras es poco recomendado.

Andrea Tosta
Foto: Tomada por Alexis Núñez para el blog @todoesunviaje de Raquel Monasterio.

Dirección: calle La Guairita. Vía El Cementerio del Este. Municipio El Hatillo.
Horario: martes a domingo 8:30 a.m. a 4 p.m.

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Jardines de Topotepuy

Jardines De Topotepuy

Alejarse de Caracas y tomar un respiro, siempre viene bien. Y eso lo saben quienes han llegado a la zona de El Volcán, cerca de El Hatillo, después de subir esa suerte de curvas por la montaña para terminar frente a una quinta con un jardín muy grande al que todos están invitados a pasar. Ese es Topotepuy, con su nombre sonoro, con su verde amplio, con sus colibríes y fuentes, con sus flores y sembradíos. Un lugar para abstraerse, para ver a Caracas allá abajo, como inocente, inadvertida.

Esto es posible gracias a la visión que en el año 1959 tuvieron William H. Phelps Jr. y Kathleen Phelps: viajeros incansables, pero sobre todo, amantes de la ecología, el conservacionismo, la ornitología y la jardinería. En aquel momento, decidieron comprar esta propiedad para convertirla en su sitio de descanso y así poder observar aves con tranquilidad y dedicarse a sus pasiones. Para eso, hicieron gran cantidad de expediciones por el país para armar la colección privada de aves más grande de América del Sur.

Durante muchísimos años fue un jardín privado. El deleite de sus dueños. Y fue apenas en el año 2003 cuando se le asignó al arquitecto Ricardo Fuenmayor, la responsabilidad de convertirlo en un sitio que fomentara la conciencia ecológica y de protección ambiental para ser económicamente sustentables. Así se hizo y en 2009 abrió por primera vez las puertas al público, conservando su nombre: Topotepuy, como recuerdo de los viajes que realizó la pareja durante sus expediciones hacia el sur de Venezuela, donde están los tepuyes que son las piedras más antiguas del planeta.

El resultado son cuatro hectáreas verdes, llenas de aire puro, por las que se pasean nueve especies de colibríes y muchas aves más. Un espacio para disfrutar de la naturaleza y en el que es posible hacer picnics –solicitando el debido permiso– y talleres ecológicos para niños, jóvenes y adultos. Además, caminar por sus instalaciones es muy sencillo: hay carteles que explican lo que se va viendo e indican por dónde continuar para no perderse de nada. Lo importante al estar allí será seguir la premisa de sus creadores: ir, para descansar un rato.

Adriana Herrera @viajaelmundo
Foto: Hugo Londoño @huguito

 

Dirección: final calle principal Los Guayabitos, Quinta Topotepuy, zona El Volcán (frente a las torres de CANTV). Baruta, estado Miranda

Horario: sábado y domingos familiares. 10:00 am a 4:30 pm. Visitas guiadas: miércoles, jueves y viernes 9:30 am a 11:30 am y 1:30 a 3: 30 pm

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Avenida Libertador

av libertador

No solo son dos niveles. También son dos velocidades y dos ambientes, dos modos de vivirla. La avenida Libertador son dos. Por abajo, veloz y cinética, gracias a los Módulos cromáticos de Juvenal Ravelo y el mural Uracoa del maestro Mateo Manaure. Por arriba da espacio a la pausa, al peatón y al paseo en anchas aceras, y en ciertos horarios a la cacería.

Este corredor vial fue construido por el presidente Rómulo Betancourt en los años sesenta, pero fue iniciada por Marcos Pérez Jiménez en 1957. El dictador salió del poder sin verla lista, como tampoco la ha visto ningún caraqueño. La vía termina abruptamente a la altura de Chacao, donde pierde el carácter de vía expresa y desemboca con lentitud en la autopista Francisco Fajardo, por lo que una prolongación sigue entre los pendientes de la ciudad.

En el proyecto original diseñado por el urbanista Antonio Cruz Fernández iba a tener más de 2 kilómetros, pero el plan, que pasó por tres presidentes, fue modificado. Es la única avenida de Caracas con dos niveles y en su recorrido atraviesa las urbanizaciones Santa Rosa, Los Caobos, Maripérez, La Florida Sur, Las Delicias, La Campiña, Sabana Grande, Campo Alegre, Chacao, El Retiro, El Rosal y Bello Campo. Fue inaugurada el 13 de diciembre de 1965 por Raúl Leoni y es considerada una de las mejores obras de ingeniería del país.

Por su travesía hay edificios de interés patrimonial como la sede de la Cantv con una colección de obras de arte que merece ser visitada, la sede principal de Pdvsa, la empresa estatal más importante del país, y una serie de edificios residenciales que son una muestra de la arquitectura moderna de los años sesenta. El comienzo de la avenida está identificado con un vitral hecho por el artista Leonel Durán que tiene el rostro de El Libertador Simón Bolívar, que da nombre a esta importante arteria vial.

Esta avenida también alberga historias subterráneas, aunque ellas ocurren en la parte superficial de la vía. Lo profano y lo sagrado hacen un circuito en esta zona. En su camino está la Funeraria Vallés, con 53 años de historia, el principal tanatorio de la ciudad con su hermoso edificio patrimonial.

En el mismo perímetro los deudos coinciden, antes solo de noche, ahora también de día, con mujeres en tacones altos y vestidos cortos. Esta avenida es considerada una especie de zona de tolerancia no declarada para las trabajadoras sexuales, donde las transacciones se hacen a la vista. Un vehículo detenido, la ventana del carro abajo y en la acera una silueta que se ofrece. Eso también es la Libertador.

Florantonia Singer
Foto: Efrén Hernández

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Expanzoo

Expanzoo

Los visitantes de Expanzoo pueden acariciar animales antes de siquiera pasar la puerta. Una llama color beige los recibe en la entrada. Atada a un tronco, mueve su cabeza de un lado a otro y muestra los dientes, casi sonriendo. Los párvulos se acercan sin miedo, dispuestos, con su mano en alto, a lo que el mamífero responde con un rápido meneo de su testa y orejas y se aparta. Es solo el abrebocas del zoológico interactivo de contacto creado en la antigua hacienda Caicaguana en el año 2000.

Más de veinte especies conviven dentro del paisajismo hecho por los arquitectos Mireya Besson y Enrique Fábregas. Habitan ciervos, chivos, cebras, ovejas, llamas, avestruces, dantas, venados, aves como flamingos, cotorras y guacamayas; también caballos, cochinos, burros y bovinos en versión miniatura. No hay lugar para el maltrato.

Muchas andan libres por las caminerías del parque, entre los dos lagos artificiales. Algunos niños corretean detrás de conejos, patos y pavos, mientras que los pavorreales machos zarandean sus alas en búsqueda de hembras en celo. Además, logran que los humanos, cámara en mano, se alejen, entre la magnificencia y la contemplación.

El silencio se llena de onomatopeyas a 2 kilómetros de Lomas de La Lagunita, en el municipio El Hatillo. Las risas de quienes disfrutan se entremezclan con los gemidos, los bramidos, los relinchos. Y no faltan los llantos de los más asustadizos. Algunos animales no temen estirar el cuello y sacar la cabeza entre los barrotes azules de sus respectivos corrales. Sorprenden a más de uno que le da la espalda con saliva o estornudos. Se les puede alimentar únicamente con zanahorias, a disposición del público por un precio accesible en la entrada.

Se ofrecen paseos en ponis también por un costo adicional. Un adulto acompaña al niño, mientras que un empleado de Expanzoo supervisa. Es característico que sonrían con frecuencia y hablen con lentitud. En su mayoría, tienen condición de retraso mental leve, moderado o síndrome de Down. Cuidan animales, mantienen las instalaciones limpias, ofrecen información al público. Los ingresos del zoológico están destinados a Expansión, un centro educativo para personas con necesidades especiales donde muchos de ellos se tratan.

Son pocos los vidrios que resguardan animales. Una tragavenado y una lapa reposan encerradas próximas a la entrada. Pero cerca también guardan una curiosidad. Alí es un dromedario que llegó a Expanzoo en 2001 con un año de edad. Brincaba sin cuidado en su juventud. Un carcinoma epidermoide en la pata trasera derecha acabó con la diversión progresivamente, hasta causarle la muerte a sus 15 años. Su cuerpo reposa allí, a la vista, como una obra de taxidermia en una vidriera.

Andrea Tosta
Foto: Efrén Hernández

Dirección: antigua hacienda Caicaguana, a 2 km. de Lomas de la Lagunita, municipio el Hatillo
Horario: lunes a viernes de 9:30 am a 5:00 pm. Sábado, domingo y feriados de 10:00 am a 5:00 pm

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Senderos Aéreos

Senderos Aéreos

Caracas puede ser vista desde las alturas. El Ávila permite hacerlo en cualquier momento. Pero sobre la superficie de la montaña es posible ascender un poco más. En el sector Los Venados del Parque Nacional, Senderos Aéreos ofrece subir hasta la copa de los árboles para mirar la capital desde, al menos, 25 metros por encima del suelo. Es el inicio de un recorrido de cinco plataformas, un puente colgante y tres tirolinas que completan la oferta de hacer Canoping.

Esto comenzó en Mérida hace ya 14 años. Álvaro Iglesias se encargaba de montar las cuerdas que usaban los profesores y estudiantes de la Universidad de Los Andes para hacer trabajos de investigación desde las copas de los árboles”, cuenta Lenín Sierra, uno de los encargados de Senderos Aéreos en Caracas. “Más adelante, él lo propuso como tesis y oportunidad de ecoturismo”, añade. Se materializó en Mérida, pero también en la capital.

Jesús Alexander Cegarra entonces era viceministro de Conservación Ambiental del Ministerio del Ambiente y vio en la propuesta de Iglesias un atractivo inigualable para festejar el 50 aniversario de la declaratoria de El Ávila como Parque Nacional. En diciembre de 2008 se inauguró el recorrido como oferta turística y, también, como oportunidad para el estudio de la biología del pulmón vegetal caraqueño.

“Cuando uno sube siente el clima fresco y tiene unas vistas de Caracas inigualables. Luego viene toda la adrenalina y la emoción del vértigo”, describe Lenín al detallar el recorrido que comienza con una primera plataforma de 25 metros de altura, seguida de varias más de mínimo 7 metros por encima del suelo, además de un puente colgante de 20 metros y las tirolinas de 20, 60 y 120 metros. “Viene mucha gente a recrearse, pero también grupos que vienen a estudiar”, detalla Sierra.

Y es que Senderos Aéreos en El Ávila sirve no sólo para retar a la gravedad, también para la formación. Allí se dan cita grupos de escuelas y liceos que van a hacer prácticas de biología y escuchar charlas ambientales, de conservación. “Para eso aprovechan las plataformas en una actividad que se les hace bastante divertidas a los chamos”. Lenín Sierra calcula que lo que comenzó con apenas 10 clientes un fin de semana, ahora recibe grupos completos de 30 personas en un solo momento. “Los días buenos son sábados y domingos, pero todo depende del clima”.

Víctor Amaya
Foto: Senderos Aéreos / Ángel Mora

Dirección: Sector Los Venados. Parque Nacional El Ávila.
Horarios de visita: Viernes a domingo, 9:30 a.m. a 3:30 p.m.

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23 de enero

23 de Enero

Sus primeros habitantes recuerdan cuando se le llamaba Urbanización 2 de diciembre. Aquel primer nombre evocaba el inicio del mandato de Marcos Pérez Jiménez, como un reconocimiento a quien había ordenado construir ese complejo habitacional para resolver el déficit de vivienda que signaba a la Caracas del siglo XX.

Paradójicamente, ese sería uno de los bastiones más rebeldes durante los hechos que acabaron con la dictadura y que determinaron que se rebautizara con el nombre del 23 de enero, en honor a la incipiente democracia.

Este complejo residencial fue concebido por el arquitecto Carlos Raúl Villanueva y se levantó entre 1955 y 1959. Formó parte de una propuesta urbana ambiciosa que estaba incluida dentro del Plan Nacional de la Vivienda. El objetivo era trasladar  a los habitantes de los ranchos a un modelo de vivienda con altos niveles de confort, lo que representaba una novedad en medio de una ciudad que crecía desparramada y se desbordaba por sus cuatro costados.

Para su construcción, Villanueva contó con la colaboración de los arquitectos del Taller de Arquitectura del Banco Obrero. El conjunto se levantó en tres etapas: la primera (Sector Este), en 1955; la segunda (Sector Central), en 1956 y la Tercera Etapa (Sector Oeste y Terraza H), en 1957.

Los 38 superbloques de 15 plantas y 42 de cuatro niveles, estaban inspirados en el modelo de “la Cité Radieuse” del suizo Le Corbusier. Pero más allá del planteamiento estético con el que se suprimió una red de barrios que se unían desde El Calvario hasta Catia, la obra se tradujo un aporte social de 9.176 apartamentos para familias obreras y de escasos recursos.

La canción “Hay fuego en el 23” de la Sonora Ponceña ha querido asociarse a este populoso sector. Sin embargo, para desilusión de algunos, la famosa canción se refiere a la quema de un apartamento en la calle 110 del barrio Harlem en Nueva York. En todo caso, la relación no es de gratis. El 23 de enero tiene buena fama de haber formado generaciones de buenos salseros. Así como de haber sido la cuna de muchos pensadores de izquierda.

Julio Materano
Foto: Efrén Hernández

El 23 de Enero tiene un “Bloque Fantasma”. La numeración salta del 7 al 9, sin razón aparente. ¿Qué pasó con el bloque 8? El 7 de agosto de 1957 ocurrió una tragedia en Cali (Colombia). 7 camiones del ejército cargados con 1053 cajas de dinamitas estallaron. Murieron 4 mil personas. El gobierno de Pérez Jiménez ordenó construir un bloque de viviendas para acoger a los damnificados. El edificio aún se llama Unidad Residencial República de Venezuela.

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La Pastora

La Pastora

La Pastora es un barrio de puertas abiertas. Los niños corretean sin pudor por sus callejones y la gente allí se saluda por su nombre de pila. Tiene aires de pueblo y mucho de historia. Sus habitantes se enorgullecen de su gentilicio, que muchas veces abarca varias generaciones. Si hay un sitio con mucho para contar es esta parroquia, oficialmente fundada en 1889, aunque desde el siglo XVI era el primer pueblo que se encontraba el viajero al entrar y salir de Caracas.

Tiene, por ejemplo, el cuento del Bulevar Brasil, un pasaje que comenzó a funcionar en los tiempos de Juan Vicente Gómez. En 1919, el cónsul venezolano fue invitado a hacer los honores en la inauguración de la Avenida Venezuela en Río de Janeiro, así que en seguida el General llamó al Gobernador de Caracas y le preguntó cuál avenida estaba próxima a estrenarse. Era esa que iba de Camino Nuevo (de Miraflores, Caño Amarillo y Catia) a Camino Viejo (la ruta de los españoles).

No se dijo más. Se mandó a arbolar la calle a la usanza de la brasilera y se invitó al cónsul de ese país a hacer los honores acá. La avenida Brasil pasó a ser un bulevar cuando se cerró una de sus calles en tiempos de Luis Herrera, para hacer una gran acera. Si se sigue al norte por esa caminería se llega hasta la Puerta de Caracas. Allí está el monumento a José Félix Ribas. En el punto exacto en el que se colocó su cabeza, después de que lo asesinaran para que los enemigos de la corona vieran lo que les podía ocurrir si se metían con el Rey de España.

Justo en la entrada al Camino de Los Españoles hay una toma de agua que ahora regenta Hidrocapital, y que en algún momento recogió el caudal de la quebrada Catuche y la bajaba por una acequia hasta lo que ahora es la esquina de Caja de Agua. También hay un mural que remite a las pilas a las que se iba a recoger el líquido en los tiempos de la colonia y que explican por qué la esquina que da entrada a la parroquia se llama Dos Pilitas.

Lo religioso es fundamental. El templo de la Divina Pastora data del año 1740, cuando la imagen de la advocación llegó a la iglesia. Se presume que la figura, que aún adorna el altar, fue tallada alrededor de 1716. Cada 6 de enero, desde hace más de 70 años, se celebra en ese lugar la Misa del Deporte, una tradición iniciada en 1945. En resumen en esa parroquia se aplica lo escrito en las dos placas que dan entrada al santuario: “Ninguno es tan bueno que no necesite entrar” y “Ninguno es tan malo que no pueda entrar”. En La Pastora todos son bienvenidos.

Emily Avendaño
Foto: Efrén Hernández

Uno de los dos puentes coloniales que todavía sobreviven en Caracas –en uso– se encuentra en La Pastora. Se llama Carlos III. Está por encima de la quebrada Catuche y allí todavía se lee la placa puesta en lo que finalizó su construcción, que reza: “Se acabó la obra de este puente el día XXXI de marzo, reinando nuestro monarca Carlos III”. Se terminó de fabricar en 1784, a cargo de Juan Domingo del Sacramento Infante. El puente fue declarado Monumento Histórico Nacional, según Gaceta Oficial Nº 31.139, del 27 de diciembre de 1976.

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Bulevar de Sabana Grande

Sabana Grande

Sabana Grande es una síntesis de contrastes. De día, muchos andan con prisa; mientras otros, no parece preocuparles el tiempo. Algunos caminan viendo las tiendas, haciendo compras. En el día, los niños juegan. Se observan bailarines ejecutando sus coreografías y actores haciendo de estatuas vivientes. Hay kioskos de chuchería y de flores. Y mucha –mucha– gente caminando. Pero de noche –incluso desde antes que cierren las tres estaciones del metro– se convierte en un callejón oscuro y solitario. Decenas de locales abren sus puertas a la rumba: resuena reggaetón, salsa y bachata, se bebe cerveza. De noche, se abarrotan sus hoteles de paso, los burdeles y los sitios de ambiente.

Por ese trecho de 1.6 kilómetros que une el centro y el este de la ciudad, transitan a diario más de 300 mil personas a pies, según cálculos de Pdvsa La Estancia. Pero esas 12 cuadras que abarcan 90 mil metros cuadrados tienen más pasado que presente. En la época de la colonia se llamaba La Calle Real de Sabana Grande. Era una zona de hatos y haciendas, utilizada como un lugar de esparcimiento a las afuera del centro de la ciudad.

Luego de que se estableciera allí una estación del tranvía eléctrico en 1898, poco a poco se fue poblando. En 1941, El Recreo se convirtió en una parroquia. Entonces se construyeron avenidas, edificios elevados. Se trasformó en la metáfora del desarrollo comercial de la capital de un país pujante. Intelectuales de izquierda conversaban en El Gran Café o en la Librería Suma. La zona además era referencia de la moda, de grandes boutiques. Tanto, que había una tienda Dior.

En ese entonces, todavía no estaba completamente acondicionado para peatones. El bulevar se culminó en 1981, dos años antes de que se inaugurara el tramo del metro que va de La Hoyada a Chacaíto. Cuentan que fue entonces cuando se prohibió la circulación de vehículos. De a poco, a finales de la década de los 90, miles de buhoneros colmaron todo el corredor. Finalmente fueron desalojados en 2007 para que el lugar recobrara su escancia: un espacio para el ciudadano de a pie.

Erick Lezama
Foto: Alberto Rojas @chamorojas
Metro: estación Plaza Venezuela, Sabana Grande y Chacaíto.

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Parque Los Chorros

Parque Los Chorros

El Parque Los Chorros podría considerarse uno de los más viejos de Caracas. Tiene una historia ligada a los tranvías y la creación de los acueductos en la ciudad. Las referencias señalan que se estableció como balneario recreativo en 1915, cuando quedaba casi a las afueras de la capital.

La empresa Gran Ferrocarril Central estableció una línea de 6 kilómetros de extensión que iba desde Agua de Maíz hasta Los Chorros, justo en la entrada de lo que es el parque hoy. En 1971, con la construcción de la avenida Boyacá, el Instituto Nacional de Parques hizo una remodelación del espacio, se desarrollaron sus 4,5 hectáreas y se adecuaron las caminerías, escaleras, puentes, miradores, cafetines y se establecieron otros servicios como bebederos y baños.

Un domingo cualquiera se repite la estampa, con otras modas, de hace más de 100 años. Decenas de familias se reúnen en torno al pozo de Los Guayabos, que se llena con una pequeña cascada de unos 20 metros de altura. La cara de sorpresa de muchos da a entender que el agua es casi un descubrimiento para los caraqueños. Y es que el parque Los Chorros los conecta con una memoria que fue enterrada.

De las más de 23 quebradas que parten de El Ávila, la Tócome se deja ver en plena ciudad y todavía es un balneario para los más pequeños. A los adultos no les está permitido bañarse en la quebrada, pero las rocas en torno a la caída de agua ofrecen una experiencia de brisa y llovizna que limpia la mente. Sumergir los pies hasta sentir los aguijones del frío de montaña también es posible.

El parque está cobijado por frondosos árboles caobos, mangos, ceibas, bucares, guanábanos. Se pueden ver ardillas y perezas. El sonido de los pájaros y las chicharras y otros insectos se mezcla con el de otra especie: los niños y sus risas mientras corretean río arriba.

Justo al final del parque hay otro atractivo que habla de esa ciudad que creció sin olvidarse de lo verde. Al mirar al cielo, las copas de los árboles tocan los dos brazos grises de concreto armado de uno de los viaductos más largos de la Cota Mil, que lleva el nombre de Adolfo Ernst, naturalista alemán que ayudó a documentar parte de la biodiversidad del país en el siglo pasado.

El parque está estructurado en las riberas de la quebrada, como una ilusión de todos lo que pudieron adecuarse en cada uno de los cursos de agua a lo largo del cerro Ávila, pero que terminaron embaulados en colectores residuales.

Florantonia Singer
Foto: Mirelis Morales Tovar

Dirección: avenida Los Castaños, urbanización Los Chorros

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Parque Carabobo

Parque Carabobo

La Venezuela de 1881 estaba bajo el mando de Antonio Guzmán Blanco. Se conmemoraba el 60 aniversario de la Batalla de Carabobo, enfrentamiento ganado por los patriotas y que selló la independencia de la corona española. Para celebrar la fecha, Guzmán Blanco, en su afán modernizador, ordenó la construcción de una plaza. Y, en los alrededores del centro de la ciudad, se levantó bajo la sombra de muchos caobos.

Allí aún se encontraban las ruinas de “La Casa de la Misericordia”, un albergue de niños huérfanos que funcionó a finales del siglo XVIII, donde, de acuerdo con algunas versiones, se produjeron algunas reuniones pre-independentistas entre Francisco de Miranda y Simón Bolívar. Una vez estuvo lista la obra se bautizó como “Plaza Parque Carabobo”.

En 1911 se le incorporaron los bustos de algunos de los héroes de la batalla (de Rafael Farriar, Pedro Camejo, Manuel Cedeño y Ambrosio Plaza) elaborados en París por los escultores venezolanos Andrés Pérez Mujica y Lorenzo González. Durante la presidencia de Juan Vicente Gómez, en 1934, el arquitecto Carlos Raúl Villanueva la rediseñó: agregó caminerías, reubicó los bustos, sembró árboles y colocó, en el centro, una fuente del artista plástico Francisco Narváez, que lleva por nombre “Las Indígenas”. Este fue un importante hito en la arquitectura venezolana, porque es la primera referencia que se tiene de la integración del arte con lo urbano.

Ubicada en la parroquia La Candelaria, frente a la avenida Universidad, la plaza mide más de 11 mil 500 metros cuadrados y se conecta a través de un pequeño bulevar con el liceo Andrés Bello y la Escuela de Artes Visuales Cristóbal Rojas. En 2014, la Alcaldía de Caracas la remozó. Sin embargo, la fuente de Narváez está marcada por grafitis, algunas de las figuras tienen grietas, y una de las piezas le falta una mano. Hace tres años se prometió que se eliminaría la cancha deportiva que en algún momento instalaron. Sin embargo, allí todavía está.

Erick Lezama
Foto: Mirelis Morales Tovar

Estación del metro: Estación Parque Carabobo

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