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Tradiciones

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Feria del Ateneo

Feria del Ateneo de Caracas_HO

Han pasado más de tres décadas desde que se organizó la primera Feria del Ateneo de Caracas. Era un espacio ideado desde la gerencia del espacio cultural como una feria de antigüedades. Así se planteó en 1984. El Ateneo apenas tenía un año en su entonces novedosa sede ubicada frente a la plaza Morelos, adyacente al Teatro Teresa Carreño y en pleno eje cultural naciente de la ciudad.

“Al principio se hacía solamente en la planta baja, pero a medida que fue aumentando la demanda de expositores, se extendió hacia la galería de los Espacios Cálidos”, cuenta Judy Schaper, actual coordinadora del evento que se ha repetido ininterrumpidamente durante 33 años. Más tarde, se incorporaron otros niveles, diseñando circuitos peatonales. “Hasta que llegamos al tope del edificio y había expositores en el último piso, en la terraza”, agrega. Eran tiempos de un centenar de expositores, en sus mejores años.

Las nuevas autoridades de la Gobernación de Miranda, encabezadas por Héctor Rodríguez no permitieron la realización de la Feria del Ateneo en los espacios del Parque Miranda. Lo que obligó a los organizadores en noviembre de 2017 a suspenderla por primera vez en su historia.

La Feria del Ateneo se consolidó como opción navideña. Lo que comenzó vendiendo antigüedades se extendió hacia los regalos, las artesanías y demás detalles para el regalo óptimo al final del año. “Al hacerla cada año se inició un proyecto de consecución de fondos para el Ateneo, un proyecto de autosustentación, que es lo que ha sido todos estos años”. Por eso la Feria nunca se acaba, porque todo el empuje cultural del Ateneo de Caracas aprovecha su impulso.

En mayo se inicia la preselección de las ofertas. También la preventa. “La Feria prácticamente se vende sola, porque tiene demasiado tiempo. Hay expositores que tienen 15 y hasta 20 años seguidos con nosotros”, cuenta Schaper. “Cuando salimos de nuestra sede en 2009 fuimos al Macaracuay Plaza, donde estuvimos dos años seguidos. Luego estuvimos en Altamira, en un terreno de la CAF y al final tenemos un convenio con la Gobernación de Miranda para hacerlo en Parque Miranda, desde 2013”.

La nueva sede del Ateneo de Caracas, en La Colina, se ha ido llenando de cultura, aprovechando cada rincón de la casa que alberga a la institución. “Pero como son espacios pequeños a veces no dan los fondos por taquilla, además la situación hace cada vez más difícil hacer cumplir las metas. Por eso para nosotros es fundamental la Feria”, admite su coordinadora al detallar que al seleccionar los expositores buscan que haya variedad y originalidad. “Cada vez hay menos artesanos, pero aumentan los diseñadores jóvenes o al gastronomía”.

Victor Amaya
Foto: Héctor Ordóñez

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Leones del Caracas

Leones del Caracas

Se puede nacer caraqueño y no ser caraquista. También se puede ser caraquista sin nacer caraqueño. Pero no hay nada más caraqueño que un caraquista, ese que tiene marcado el gentilicio con el rugido que eriza la piel al pisar el Estadio Universitario, la casa de los Leones del Caracas, los melenudos, donde se vive la efervescencia del deporte favorito de los venezolanos: el béisbol.

Los Leones del Caracas llevan el nombre del patrono de la capital – Santiago de León- y desde 1945, cuando aún se les asociaba con la Cervecería Caracas fue uno de los cuatro equipos fundadores de la Liga Venezolana de Béisbol Profesional. De esa época data la pasión por la pelota criolla que la hizo la preferida del público y allí también nació la histórica rivalidad entre el Caracas y el Magallanes, que más de siete décadas después todavía mueve los cimientos del terreno de juego.

La partida de nacimiento de un caraquista se firma en el coso de Los Chaguaramos, preferiblemente un viernes en la noche o un domingo en la tarde en el fragor de un Caracas- Magallanes. El corazón del fanático va tranquilo, con su latido regular disfrutando de unas birras y de la compañía. Pero de repente la emoción lo agarra desprevenido y al cruzar el arco de la entrada se ve el campo verde, el diamante en ángulo perfecto, los asientos multicolores en sucesión mientras se llenan de gente, la lluvia que huele y sabe a cerveza y entones ocurre: el corazón se acelera, se agita, se pone gritón, contento, busca pelea, queda ronco, se emociona, llora, se agarra la cabeza, sufre y suda los nueve innings hasta que cae el out 27.

Ahí lo sabes. Eres un caraquista irremediable, orgulloso hasta la médula y a veces necio cada vez que recuerda, temporada tras temporada, esos 20 campeonatos que lo hacen el equipo con más triunfos de la liga, ganador dos veces de la serie del Caribe, con más finales disputadas y más record colectivos e individuales.

Por eso cada vez que el equipo pierde, se saca esa carta para defender la casta heredada de Victor Davalillo, Baudilio Díaz, Omar Vizquel, Urbano Lugo, Andrés Galarraga, Bob Abreu y hasta la del legendario Jesús Lezama, el papá de la fanaticada caraquista.

De octubre a febrero, cuando suena la voz de playball y cada noche las luces del estadio iluminan la autopista, por las calles se multiplican las camisas del equipo que –aunque sea ganando o perdiendo- se lucen con el pecho henchido, porque al llevar la camisa de los Leones sin correr una base o batear un foul, el equipo se adueña del nombre y se convierte en Caracas.

Gabriela Rojas
Foto: Leones del Caracas

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Maratón CAF

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Empaparse de sudor sobre el asfalto. Correr Caracas por todos –todos– sus costados: de este a oeste, de norte a sur. Y de un tirón. Seguir aunque las piernas chillen y los músculos quemen y el aliento (y el ánimo) ya no den para más. Si bien la mayoría hacen el medio maratón –21 kilómetros–; otros se aventuran a la prueba de más alto voltaje: el maratón completo; 42 kilómetros en los que las calles caraqueñas son arenas movedizas.

Los corredores se preparan durante meses: dietas, entrenamientos de velocidad, asistencia médica. Y, llegado el momento, controlan la respiración, la velocidad, la hidratación, y desde luego, la ansiedad. Aquí no interesa el podio (bueno, no a todos). La mayoría quiere bajar los tiempos que hicieron anteriormente. O “simplemente” atravesar la meta. Y no importa cuántas horas implique eso.

Ese domingo, sin que termine de amanecer, el parque Los Caobos recibe a un enjambre de miles deportistas eufóricos, a punto de molerse en las calles. Las familias, los amigos, e incluso grupos de voluntarios se vuelcan a las avenidas para apoyar a quienes están en la pista. Corren trechos con ellos, les alcanzan agua, les gritan que sigan, que no se detengan, que falta menos, que ya casi.

Esto ocurre en una metrópoli que se ha ganado un sitial en todos los ránkings de violencia, de muertos e inseguridad. Ese día Caracas es otra. Ese día, cuando el deporte es un río en sus calles, aquí hay una tregua. Así es desde 2011, cuando el Banco de Desarrollo de América Latina comenzó a organizar este maratón anualmente. Enrique García, presidente ejecutivo de CAF, lo ha dicho así: “Es una muestra de que se trata de un espacio de integración y colaboración. Algo que tiene que ver no sólo con el deporte, sino con los valores más profundos de la sociedad”.

En la edición de 2017, la más reciente, participaron casi 11.000 corredores provenientes de Caracas, de todas las regiones del país y de diversas partes del mundo. Uno de ellos es Evian Otero, caraqueño, aficionado a las carreras y fue su segunda vez en este evento: “Tener la posibilidad de correr por avenidas o calles que suelen ser usadas sólo por vehículos, te da otra perspectiva de la ciudad, se siente mayor proximidad con esta Caracas tan movida y caótica”.

Erick Lezama Aranguren
Foto: Federico Parra

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Perezas en el municipio Baruta

Pereza

Entre cualquiera de los motivos que puede generar una cola en Baruta este es el más insospechado. Las perezas son un ciudadano más en el municipio más verde y hay que darles paso, a su paso, cuando se lo tope en una calle y lo mire con sus ojos manchados.

Esta especie de mamífero, así como las coloridas y ágiles guacamayas, es parte de la fauna silvestre del Área Metropolitana de Caracas y se han vuelto un ícono de una ciudad en la que el crecimiento demográfico ha dejado islas de biodiversidad, que conforman pequeños bosques urbanos.

En los llamados caminos verdes que abundan en la capital puede toparse con alguna que se salió de su bosque y cruza lentamente la calle para llegar hasta casa. Su baja tasa de reproducción y la captura para el tráfico ilegal la convierten en una especie en riesgo de extinción.

La presencia de estos animales peludos y parsimoniosos, cuya única defensa son sus afiladas garras, es tan notable en el municipio Baruta que obligó a la alcaldía en 2009 a crear un Programa de Conservación y Rescate de Perezas y Guacamayas, manejado por la Dirección de Áreas Verdes del municipio.

El programa está dedicado a educar y concienciar a vecinos y visitantes sobre su rescate y enseñar cómo manipularlas cuando caen a las calles para reinsertarlas en su hábitat natural. Una tarea que hay que hacer con cuidado para no salir lesionado.

Es por ello que en Baruta entre las decenas de señales de tránsito que dan indicaciones a los conductores en las urbanizaciones Los Samanes, Santa Paula, Vizcaya, La Bonita, Hoyo de la Puerta, El Cafetal y San Román se pueden ver algunas que advierten la presencia de perezas en la vía, por lo que hay que tomar precauciones para no arrollarlas.
Contacto: Si desea más información sobre este programa de la alcaldía puede llamar (0212) 943 2426 y al (0212) 418 0033.

Florantonia Singer
Foto: Rosel Ojeda

 

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El Nazareno de San Pablo

Nazareno de San Pablo

Le llaman la tradición de los hijos de Caracas y ciertamente no hay un acto de fe más representativo para el caraqueño que el Nazareno de San Pablo.

Cada Miércoles Santo, se congregan miles de personas en la Basílica de Santa Teresa, ubicada en el centro, para venerar la imagen que data del siglo XVII y pagar las más diversas promesas. Los fieles le llevan orquídeas y se visten con túnicas moradas como símbolo de devoción.

La leyenda del Nazareno de San Pablo reza que en el año 1597 azotaba en la ciudad una epidemia de peste del vómito negro o escorbuto y los devotos decidieron sacar la imagen en procesión.

Durante el acto, la imagen pasó por un limonero y un racimo de limones quedó enredado entre la corona de espinas del nazareno. Los fieles recogieron los limones que cayeron al suelo y se lo dieron como medicina a los enfermos, quienes sanaron prontamente.

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