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Personajes

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Isidoro Cabrera

Isidoro Cabrera

Con el grito: “¡Epa, Isidoro!”, el maestro Billo Frómeta solía saludar al cochero cuando se lo encontraba de madrugada, al salir de alguna de sus presentaciones, pues Isidoro solía esperar fuera de los locales nocturnos a sus clientes para llevarlos a casa. Era el último conductor de coches a caballo que tuvo la ciudad. Y fue tal su empeño en mantener la tradición, que ejerció su oficio hasta el día de su muerte, en el año 1963.

Isidoro Cabrera nació en Caracas, en la parroquia Candelaria, el 2 de enero de 1880. Fue cochero durante 56 años. Comenzó siendo adolescente -aunque obtuvo la licencia oficial en 1911- y heredó el oficio de su padre.

Su parada, con su respectivo carruaje guiado por caballos, solía ubicarse en la cuadra que está entre las esquinas de San Francisco y Monjas, en una de las calles laterales de la actual Asamblea Nacional. Cuando no estaba allí, se encontraba en los alrededores del Capitolio, conocido en esos años. O en la plaza Altagracia, más al norte, hacia el bulevar Panteón.

Cronistas de la época cuentan que Ignacio Andrade (1898-1899), le pidió en una oportunidad llevarlo hasta la Casa de Gobierno. Conversaron durante el trayecto y al llegar a su destino, Andrade le pidió a Isidoro que regresara al día siguiente. “Le voy a regalar un coche”, le dijo el Presidente de la República.

No creyó en el ofrecimiento. Pero Isidoro igual acudió al día siguiente como le habían dicho y efectivamente recibió un regalo presidencial: un carruaje nuevo, un “Victoria inglés”. Hoy este coche forma parte de la colección del Museo del Transporte de Caracas.

Su partida, en diciembre de 1963, dejó a Caracas sin uno de sus íconos. Pero Billo Frómeta se encargaría de componerle una canción para que Isidoro no pasara al olvido.

Epa, Isidoro, buena broma que me echaste
El día que te marchaste sin acordarte de mi serenata
Epa, Isidoro, cuando vuelvas por Caracas
Explícale a las muchachas que te fuiste lejos sin decir adiós.

Patricia Marcano
Foto: Caracas en Retrospectiva

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Aquiles Nazoa

Aquiles Nazoa

Un caraqueño de El Guarataro. Un poeta, un escritor, un periodista, un humorista, un creador de arte irrepetible. Aquiles Nazoa plasmó en palabras la identidad venezolana, la chispa, el humor y el amor por lo propio desde la infancia.

Los niños que hoy son padres y esos adultos que volverán a ser niños en sus lecturas se pueden encontrar dentro de las historias de La Ratoncita presumida, en los recuerdos de La historia de un caballo que era bien bonito, en la simplicidad sonora de Las lombricitas o en la rítmica de Buen día, tortuguita.

“A la fuerza bruta del toro quiso
oponer el loro.
‘La desarmada fuerza de la idea’
y apenas comenzando la pelea,
aunque vertió sapiencia por totumas,
del loro no quedaron ni las plumas.
Así muy noble, justa y grande sea,
si no tiene a la mano algo macizo,
por si sola, lector, ninguna idea, sirve
para un carrizo”.

También sonreirán en cada párrafo de Los sin cuenta usos de la electricidad, Vida privada de las muñecas de trapo o en las líneas de Importancia y protección de la ñema de Colón, que luego fue convertida en ópera por el maestro Federico Ruiz con el título Los martirios de Colón. Y se conmoverán con cada palabra de su famoso Credo: “creo en los poderes creadores del pueblo…” Y quien tenga en su casa un ejemplar de Humor y amor, un clásico de la literatura venezolana, tiene una herencia atemporal que dibuja la esencia de nuestra identidad.

Nazoa fue un autodidacta, un aprendiz eterno. Nació en la parroquia San Juan, el 17 de mayo de 1920. De todos los oficios aprendidos, la escritura fue su huella. Pero las manos de Aquiles Nazoa aprendieron a hacer carpintería, atendieron teléfonos, vendieron en una bodega y hasta cargaron maletas como botones del célebre y desaparecido Hotel Majestic de Caracas. Llegó al periodismo casi por casualidad cuando entró en 1935 a trabajar como empaquetador en el diario El Universal y allí pasó a ser archivador, aprendió a leer en inglés y en francés y conoció el arte de la tipografía y la corrección de pruebas. Las palabras le dieron de comer literalmente durante la mayoría de su vida.

El poeta de “las cosas más sencillas”, se fue físicamente de este mundo el 25 de abril de 1976, en un accidente de tránsito en la autopista Caracas-Valencia. Pero en la vida caraqueña, en la Plaza Capuchinos -uno de sus lugares favoritos- en los murales, en las escuelas, en los libros y en los poemas, el singular rostro de Aquiles Nazoa nos mira plácidamente y sonríe.

Gabriela Rojas
Foto: S/A

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William Niño: el novio de Caracas

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Él veía lo que otros no lograban ver. Era su curiosidad innata y esa mirada tan acuciosa lo que hacía que William Niño Araque revelara una Caracas que sus habitantes les sonaba desconocida. Su amor por lo estético, por la belleza, tan propia de su oficio de arquitecto, le confería esa sensibilidad para apreciar más allá del objeto. Por eso, como buen enamorado, siempre quiso mostrar el lado más hermoso de su ciudad. Sin obviar, claro está, las fallas que la carcomen.

“La curiosidad innata de William hizo que descubriera la ciudad de Caracas como su refugio favorito en el mundo”, comenta la urbanista María Isabel Peña. “Su amor por la buena arquitectura y por los personajes detrás de cada lugar y cada edificio, lo llevaron a ir más allá. Siempre fue un niño explorador… Logró ver lo que ya todos cansados no veíamos ni oíamos. Incluso, las sombras, lo oscuro. Recuerdo aquella pregunta que le hizo alguna vez Federico Vegas: A ver William ¿cuánto es que somos en Caracas? A lo que él respondió, luego de pensar un rato seriamente: ¿con o sin pájaros?”.

Era caraqueño nato. No “gocho” como algunos llegaron a creer. Nació en Caracas el 03 de marzo de 1954, en el seno de una familia oriunda de San Cristóbal. Eso si. Era el mayor de cuatro hermanos. Su apego a la familia lo mantuvo hasta el final, pues nunca rompió con la costumbre de almorzar religiosamente en casa. Esmeralda Niño recuerda que desde siempre quiso estudiar arquitectura, pues estaba muy unido al tema de las artes plástica. Su padre le fomentó ese interés y estimuló su curiosidad por recorrer la ciudad.

“Mi padre era comerciante y William lo acompañaba siempre en sus recorridos”, recuerda Esmeralda. “Ambos fueron a la inauguración del teleférico y le gustaba pasear por los mercados libres de Caracas”.  Esos paseos los evocaba William con tal entusiasmo entre sus amigos y colegas, que algunos piensan que esa fascinación por la ciudad viene desde la infancia. “Él siempre contaba esos paseos con su padre por el centro, hablaba sobre la fascinación que le producía las torres del Centro Simón Bolívar, el goce infinito de atravesar los túneles de la autopista de la Guaira y el gusto por los mercados del Cementerio y San Martín”.

Su capacidad de sorpresa no dejaba de impresionar al fotógrafo Vazco Szinetar. Esa facilidad para entender las ciudades y compartir esa mirada tan suya, que siempre resultaba ser una visión creativa del mundo urbano. “Andar por la calle con William era fascinante. Era hacer una revisión de la ciudad, por donde uno habitualmente va ensimismado. Era un ejercicio de conocimiento. Él se planteaba de manera espontánea conocer la ciudad. Le deba una mirada acuciosa, creativa… Para William, la ciudad era una tarea”.

Ese afán de hallar y ese curiosidad inquietante que lo caracterizaba, caminaba de la mano de una necesidad imperiosa por compartir aquello que descubría. De no quedárselo para sí. Lo que explica por qué se empeñó durante el tiempo que estuvo en la Galería de Arte Nacional y en la Fundación para la Cultura Urbana, a emprender proyectos de difusión. Fuesen exhibiciones, publicaciones, programas de radios o lo que su mente se atreviera a proponer para divulgar sus hallazgos y contagiar al resto de los mortales de aquello que lo apasionaba.

“William quería enamorar a todos del entusiasmo que le producían sus hallazgos sobre la belleza en la arquitectura, sobre la sabiduría de la naturaleza. De las señoras de Caracas en sus jardines, de las vistas tan insólitas que experimentó al sobrevolar nuestra ciudad o la comprensión integral de su país a través de álbumes de familia”, afirma Peña.

“El legado de William Niño Araque no es nada desdeñable”, agrega Marco Negrón. “En primer lugar hay un conjunto variado de libros sobre temas de ciudad, que aun no siendo todos de su autoría directa, si respondieron a su iniciativa y a su tenacidad para que se materializaran. Aparte, hay un conjunto de videos sobre el tema urbano, que vieron luz gracias a su iniciativa.  Y por último su labor museográfica, que hizo posible la realización de exposiciones sobre la obra de Tomas Sanabria, Jimmy Alcock, Cipriano Rodríguez y aquella titulada “1950:  el espíritu moderno”, que para muchos fue una revelación sobre un período en la historia del gusto venezolano no siempre valorado”.

Ya sea en un formato o en otro, William logró hacer lo que, a juicio de sus allegados, nunca había hecho nadie: mirar la ciudad integralmente. Primero entendió su naturaleza: los vientos, las cercanías con el mar, la frontera vegetal; luego explicó su condición moderna, sin nostalgias por el pasado armónico de “la ciudad que no fue” y, después, trató de encontrarle salidas a su fracaso actual. No en vano inventaría el concurso “100 ideas por la ciudad”.

Su pensamiento quedó plasmado en más de 230 artículos que publicó en el Diario El Nacional, desde finales de la década de los setenta. Hacer un compendio de sus mejores textos fue su gran anhelo. Pero los múltiples compromisos que asumió, por esa manía suya de no saber de decir que no, lo llevaron a postergarlo. “Todo lo que tenía que ver con él tendía siempre a desplazarlo, porque se comprometía con demasiadas cosas. Incluyendo su salud”, cuenta Esmeralda.

La muerte inesperadamente le llegó el 17 de diciembre de 2010, a la edad de 56 años.  La ciudad entera lloró la partida de quien fuera el “Novio de Caracas”. Sintió el pesar de perder a un amante honesto, apasionado y fiel. Creyente de que vivíamos en un lugar único por tener, en pleno centro, un jardín vertical de 85 mil hectáreas llamado Ávila. Pero convencido de que padecía de la incomprensión tanto de sus habitantes como de sus gobernantes.

Mirelis Morales Tovar

Fotografía: Natalia Brand para el-universal.com. Asistente de fotografía: Anita Carli. Fotoilustración: Gabriel Naranjo, publicada originalmente en La Caracas de William Niño Araque.

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