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Tomas Sanabria

TOMAS SANABRIA

Su curiosidad era insaciable. Nunca emprendía un proyecto sin conocer el sitio en el que se ubicaría. Su clima, a qué olía, cómo se sentía, qué pasaba cuando llovía, y cómo se comportaba la gente a diferentes horas del día. Tomás José Sanabria amaba el valle de Caracas y defendía sus espacios. Repetía: “La arquitectura sin diseño urbano no existe”. Su palabra se hizo dogma y la aplicó en edificios como el de La Electricidad de Caracas, el Banco Central de Venezuela, el Ince de la avenida Nueva Granada, la Biblioteca Nacional y el Hotel Humboldt.

Nació en Caracas de Miseria a Pinto, en la parroquia de Santa Rosalía, un lunes 20 de marzo de 1922. Su infancia transcurrió en una siembra de caña en Valle Abajo –en lo que hoy son Los Chaguaramos y Santa Mónica–. Allí aprendió a amar la majestuosidad del Ávila, sus cerros y quebradas. De niño pasó por los colegios San Ignacio y La Salle, hasta que se graduó de Bachiller en el Liceo Andrés Bello en 1940. El mismo Sanabria escribió que fue allí donde comenzó a apreciar la sencillez y honrar el valor de la funcionalidad. Admiraba las dimensiones del bloque principal de aulas, su altura y los detalles de las escaleras.

En 1967 obtuvo el Premio Nacional de Arquitectura, otorgado por el INCIBA, por el edificio sede del Banco Central de Venezuela.

Empezó dibujando. En esa década de los cuarenta reunía dinero y se iba a Coro para trazar en papel lo que admiraba de la arquitectura colonial. Sabía que sería arquitecto, pero la carrera aún no abría en la Universidad Central de Venezuela, así que se inclinó por la Ingeniería Civil. Aprendió técnica constructiva, pero el cálculo infinitesimal fue su dolor de cabeza. Su oportunidad llegó en 1945. Era dibujante en la firma constructora Vegas & Rodríguez Amengual (VRACA), y le dieron una beca para que pudiera estudiar Arquitectura en Estados Unidos.

Se formó en la Graduate School of Design de la Universidad de Harvard. Eran 28 profesores para 25 alumnos. Los creadores de la escuela Bauhause, expulsados de Alemania por Hitler, se convirtieron en sus tutores. Regresó a Venezuela en 1947 y se convirtió en el primer Director de la Escuela de Arquitectura de la UCV. También mantuvo su oficina de arquitectura activa por 60 años consecutivos (1948 -2008), y fue piloto por más de 30 años.

El clima era otra de sus pasiones. Estudió, analizó y dejó constancia de los cambios climáticos en el valle de Caracas. Y su experiencia volando su avioneta le permitió tomar más de 7.500 fotografías de la ciudad en cenital. En 2007 declaró a la revista Estampas: “El futuro de Caracas es extraordinario. Yo la veo y me inspiro… ¡Cuánto me alegro por mi ciudad!”.

Tomás Sanabria falleció el 19 de diciembre de 2008.

Emily Avendaño
Foto: Efrén Hernández

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Armando Scannone

Armando Scannone

Armando Scannone (Caracas, agosto de 1922) y sus ocho hermanos crecieron degustando más de 30 platos que formaban parte del menú de la familia Scannone-Tempone. Sus padres, Armando y Antonieta, eran inmigrantes italianos que llegaron a Venezuela a principios del siglo XX y se establecieron al oeste de la ciudad. Cocineras de distintas regiones del país, lideradas por la matriarca de la familia, eran las encargadas de la alimentación del hogar.

Cuando su madre enferma, Armando decide recolectar los sabores de su infancia, preocupado por el futuro de la familia. En compañía de Francisca Monasterios, Magdalena Salaverría y Elvira Fernández, la cocina se convirtió durante 10 años en un laboratorio.

Comenzó a ponerle medidas, cucharadas, pizcas, tazas, orden y tiempo a las recetas que anteriormente se hacían al ojo. Así nació Mi cocina a la manera de Caracas. Se publicó por primera vez en 1982 con una compilación de 742 recetas, en las que se pueden hallar bebidas, postres, ensaladas, carnes, pescados, cremas, sopas y otras preparaciones.

Lo que no todos saben es que el autor de la biblia gastronómica caraqueña es ingeniero civil, egresado de la Universidad Central de Venezuela. Durante su ejercicio profesional, estuvo involucrado en grandes proyectos como la construcción del embalse de Guárico, la Autopista Regional del Centro, la estación de pasajeros del aeropuerto de Puerto Cabello, la urbanización El Trigal de Valencia y el Izcaragua Country Club.

Pero fue en la cocina donde encontró su verdadera pasión. Scannone es miembro fundador de la Academia Venezolana de Gastronomía y se convirtió en el primer gastrónomo en Latinoamérica en recibir un doctorado honoris causa, en 2011, otorgado por la Universidad Metropolitana.

Los platos que se preparan bajo su tutela pueden ser repetidos más de cinco veces antes de ser presentados. Su primer libro lleva más de 25 ediciones con ventas que superan los 100.000 ejemplares. A su menú se fueron integrando los libros azul, amarillo, verde, naranja. Su vida la documentó el cineasta Jonathan Reverón. Y la periodista Rosanna Di Turi escribió el libro El Legado de Don Armando.

A sus 95 años de edad, Don Armando sigue saboreando lo mejor de la vida.

Karla Franceschi

Foto: Alberto Rojas

 

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Apascacio Mata

Apascacio Mata

Hubo una vez una Caracas de techos rojos, de tranvías y de policías ejemplares. Sí, los hubo. Y Apascacio Mata fue el más insigne de ellos. Entre 1964 y 1996, el sargento mayor de la desaparecida Policía Metropolitana llegaba cada mañana a la esquina de Sociedad del centro de la ciudad, vestido impecablemente portando la placa 0983.

Durante 32 años de servicio ningún conductor se le escapó a una multa, todo transeúnte cruzaba por el rayado y hasta el mismísimo presidente de la República, Luis Herrera Campins, recibió el regaño de Apascacio cuando su caravana de escoltas intentó saltarse la señal de alto y el uniformado, con todo el respeto que le infundía su uniforme azul marino y sus guantes blancos, les indicó que debían detenerse y esperar la luz verde.

Los escoltas presidenciales intentaron imponer la autoridad del Primer Mandatario, pero el sereno policía no cedió. Así que al entonces presidente Herrera Campins no le quedó otra que bajarse del carro y decirle a sus agentes que el funcionario tenía razón y que debían esperar.

Apascacio Mata, nacido en el pueblo de Panaquire (estado Miranda), abrió el paso a la caravana presidencial apenas la luz del semáforo cambió a verde. Una semana después, recibió un sobre con una invitación a almorzar en el Palacio de Miraflores con el Presidente de la República.

Su apego a las normas y el respeto por su uniforme lo hizo un icono de la decencia policial. Hasta Washington llegaron las noticias del policía ejemplar que ejercía sin mayores aspavientos su trabajo en la esquina de Sociedad. Así como pisó el Palacio de Miraflores también puso su estampa en la Casa Blanca, a donde fue invitado por el presidente Jimmy Carter para que Mata diera charlas sobre conducta policial.

La amplia sonrisa impecablemente blanca de Apascacio, siempre bien peinado y de zapatos pulidos, lo hizo ejemplo para sus compañeros. En 1979, Maritza Sayalero se estrenaba como Miss Universo y lo pidió como su escolta personal para acompañarla a sus recorridos de reina.

Apascacio solo dejó de trabajar cuando le llegó la orden de jubilación dictada por el reglamento de la policía que, por supuesto, respetó. En su honor la Policía Metropolitana decidió retirar la placa 0983 que lo identificaba.

Cerca de su humilde cama en su casa del 23 de enero, en la que pasó sus últimos años debido a un accidente de tránsito que le complicó la salud y por el cual no pudo caminar más, lo rodeaban todas las placas y reconocimientos que le entregaron por su compromiso inquebrantable como policía de una ciudad, a la cual le enseñó el respeto por la norma básica, una lección de civilidad que dejó como sinónimo de su nombre y que lo acompañó hasta su muerte en mayo de 2015 a los 75 años.

Gabriela Rojas
Foto: Oscar Rivero. Cortesía de Nelson Rivero.

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La Vaca Azul

La Vaca Azul

Había una vez un hombre llamado Armando Quintero Laplume que nació en 1944, en un lugar muy lejos del mar: el departamento de Treinta y Tres, en la República Oriental del Uruguay. Antes de que naciera, ya había aprendido dos cosas: “La primera, a oír muchos cuentos y poemas desde el vientre de mi madre. Pues mi mamá, que gustaba de ellos, se sentaba a escuchar a los campesinos de la estancia donde vivíamos y ponía su vientre hacia la voz de quienes los decían (…) La segunda, fue saber que el mundo no era sólo para mí, que había que compartirlo, porque en ese vientre grande como un universo, habitaba, además, la única hermana que tengo”.

En 1978 se vinó a Venezuela con su esposa y sus dos hijas, huyendo de la dictadura en Uruguay. En 1983 comenzó el boom de los cuentacuentos. Un día lo animaron a contar uno en el Parque del Este y así empezó. A mediados de los ochenta fundó su grupo de narración oral que llamó “Cuentos de la Vaca Azul” y en 1991 creó el grupo de Narracuentos UCAB.

Armando le gusta narrar sus historias envuelto en su camisón y pantalón azul, porque le recuerda el mar y porque ese era el color predilecto de Federico García Lorca. Ya lo diría Pablo Neruda en su oda al poeta español, luego de su asesinato en 1936: “Porque por ti pintan de azul los hospitales”. Una frase que le quedó grabada a Armando, especialmente porque hizo la educación primaria en una escuelita rural donde le enseñaban poemas de Lorca, Rafael Alberti y Antonio Machado. Su atuendo azul aparte responde a la necesidad de no ser confundido con un sacerdote misionero o un santero, pues en algún momento vistió de blanco y esa fue la impresión que dio, según cuenta en tono de broma.

Cuando este cuentacuentos no está en “acción”, se le ve caminando por los pasillos de la universidad Católica al paso rápido que le permite su bastón. “Seguro se volvió invisible”, bromea si no encuentra a la persona que buscaba por llegar tarde. Sus lentes oscuros esconden algo particular, como todo en él: un ojo azul como el mar, que se fue tornando de este color luego de una operación de cataratas. Pero ello no amilana su espíritu joven. “Tendremos una presentación de Cuentos sobre el mar”, dice emocionado. Y así, relato tras relato, cumple la tradición ancestral de reunir a un grupo de gente para contar una historia, con final feliz.

Minerva Vitti
Foto: Cortesía Cuentos de La Vaca Azul

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Carlos Raúl Villanueva

Villanueva

Carlos Raúl nació con la modernidad, cuando el siglo XX recién inauguraba. Era Londres, 30 de mayo de 1900. Su padre Carlos Antonio Villanueva era un ingeniero civil y diplomático venezolano. Su madre Paulina Astoul era una mujer de la aristocracia francesa.

Europa forjó la primera parte de su vida. Tuvieron que pasar 28 años para que el quinto hermano Villanueva posara su mirada por primera vez sobre Caracas y fue el único de ellos que decidió quedarse viviendo bajo esta luz, para construir parte fundamental de la identidad arquitectónica y urbanística de lo que hoy es la cotidianidad de los caraqueños.

Villanueva hizo su vida en Venezuela desde 1929, bajo la dictadura de Juan Vicente Gómez. Como no había concluido sus estudios de urbanismo decidió regresar a la Universidad de París en 1937, pero a los pocos meses volvió a Venezuela y, desde ese momento, su visión se hizo concreto. Maracay, Ciudad Bolívar y Maracaibo son algunas de las ciudades que cuentan con obras que llevan su sello. Pero Caracas recibió más que su dedicación.

En 1944 comenzó a encargarse de un proyecto que le tenía encomendado el entonces presidente Isaías Medina Angarita: la construcción de lo que sería la nueva sede de la Universidad Central de Venezuela, que estaba destinada a convertirse en su máxima obra, la de su huella indeleble: la Ciudad Universitaria de Caracas. Una conjunción tan perfecta dentro del concepto “síntesis de las artes”, que combinó de manera armónica la luz natural, el espacio abierto, el arte, la cultura y el hábitat. Una creación merecedora de ser Patrimonio Cultural de la Humanidad desde el año 2000.

Su obra estuvo orientada a la construcción del espacio público, a la identidad urbana que se hace desde la vida social, más allá de la contemplación. Para Villanueva el arte era la vida misma. Por eso, los caraqueños pueden sentirse orgullosos en decenas de lugares, muchos quizá sin saberlo, cuando entran al Museo de Bellas Artes o al Museo de Ciencias de estar rodeados de una estructura imponente diseñada por Villanueva. O estar en el medio del tráfico del centro capitalino y encontrarse con la urbanización El Silencio, sus pasillos frescos y sus conexiones perfectamente ensambladas.

Ni qué decir del espíritu irreductible que permanece en el 23 de enero, sus bloques, su vida, su identidad urbana, su marca. Y ojalá cada niño y adolescente que a diario convive en la escuela Francisco Pimentel sepa que estudia en un espacio diseñado por Villanueva. Ellos y todos los que cruzan esta ciudad de este a oeste en algún momento se sentarán bajo una sombra, recibirán la frescura de una corriente de aire perfectamente dirigida, mirarán desde su ventana la armonía del entorno y sentirán que el arte los rodea. Y sabiéndolo o no, nos encontraremos con la mirada de Villanueva hecha Caracas.

Gabriela Rojas
Foto: Fundación Villanueva
Para conocer más sobre su obra: http://www.fundacionvillanueva.org/

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Isidoro Cabrera

Isidoro Cabrera

Con el grito: “¡Epa, Isidoro!”, el maestro Billo Frómeta solía saludar al cochero cuando se lo encontraba de madrugada, al salir de alguna de sus presentaciones, pues Isidoro solía esperar fuera de los locales nocturnos a sus clientes para llevarlos a casa. Era el último conductor de coches a caballo que tuvo la ciudad. Y fue tal su empeño en mantener la tradición, que ejerció su oficio hasta el día de su muerte, en el año 1963.

Isidoro Cabrera nació en Caracas, en la parroquia Candelaria, el 2 de enero de 1880. Fue cochero durante 56 años. Comenzó siendo adolescente -aunque obtuvo la licencia oficial en 1911- y heredó el oficio de su padre.

Su parada, con su respectivo carruaje guiado por caballos, solía ubicarse en la cuadra que está entre las esquinas de San Francisco y Monjas, en una de las calles laterales de la actual Asamblea Nacional. Cuando no estaba allí, se encontraba en los alrededores del Capitolio, conocido en esos años. O en la plaza Altagracia, más al norte, hacia el bulevar Panteón.

Cronistas de la época cuentan que Ignacio Andrade (1898-1899), le pidió en una oportunidad llevarlo hasta la Casa de Gobierno. Conversaron durante el trayecto y al llegar a su destino, Andrade le pidió a Isidoro que regresara al día siguiente. “Le voy a regalar un coche”, le dijo el Presidente de la República.

No creyó en el ofrecimiento. Pero Isidoro igual acudió al día siguiente como le habían dicho y efectivamente recibió un regalo presidencial: un carruaje nuevo, un “Victoria inglés”. Hoy este coche forma parte de la colección del Museo del Transporte de Caracas.

Su partida, en diciembre de 1963, dejó a Caracas sin uno de sus íconos. Pero Billo Frómeta se encargaría de componerle una canción para que Isidoro no pasara al olvido.

Epa, Isidoro, buena broma que me echaste
El día que te marchaste sin acordarte de mi serenata
Epa, Isidoro, cuando vuelvas por Caracas
Explícale a las muchachas que te fuiste lejos sin decir adiós.

Patricia Marcano
Foto: Caracas en Retrospectiva

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Aquiles Nazoa

Aquiles Nazoa

Un caraqueño de El Guarataro. Un poeta, un escritor, un periodista, un humorista, un creador de arte irrepetible. Aquiles Nazoa plasmó en palabras la identidad venezolana, la chispa, el humor y el amor por lo propio desde la infancia.

Los niños que hoy son padres y esos adultos que volverán a ser niños en sus lecturas se pueden encontrar dentro de las historias de La Ratoncita presumida, en los recuerdos de La historia de un caballo que era bien bonito, en la simplicidad sonora de Las lombricitas o en la rítmica de Buen día, tortuguita.

“A la fuerza bruta del toro quiso
oponer el loro.
‘La desarmada fuerza de la idea’
y apenas comenzando la pelea,
aunque vertió sapiencia por totumas,
del loro no quedaron ni las plumas.
Así muy noble, justa y grande sea,
si no tiene a la mano algo macizo,
por si sola, lector, ninguna idea, sirve
para un carrizo”.

También sonreirán en cada párrafo de Los sin cuenta usos de la electricidad, Vida privada de las muñecas de trapo o en las líneas de Importancia y protección de la ñema de Colón, que luego fue convertida en ópera por el maestro Federico Ruiz con el título Los martirios de Colón. Y se conmoverán con cada palabra de su famoso Credo: “creo en los poderes creadores del pueblo…” Y quien tenga en su casa un ejemplar de Humor y amor, un clásico de la literatura venezolana, tiene una herencia atemporal que dibuja la esencia de nuestra identidad.

Nazoa fue un autodidacta, un aprendiz eterno. Nació en la parroquia San Juan, el 17 de mayo de 1920. De todos los oficios aprendidos, la escritura fue su huella. Pero las manos de Aquiles Nazoa aprendieron a hacer carpintería, atendieron teléfonos, vendieron en una bodega y hasta cargaron maletas como botones del célebre y desaparecido Hotel Majestic de Caracas. Llegó al periodismo casi por casualidad cuando entró en 1935 a trabajar como empaquetador en el diario El Universal y allí pasó a ser archivador, aprendió a leer en inglés y en francés y conoció el arte de la tipografía y la corrección de pruebas. Las palabras le dieron de comer literalmente durante la mayoría de su vida.

El poeta de “las cosas más sencillas”, se fue físicamente de este mundo el 25 de abril de 1976, en un accidente de tránsito en la autopista Caracas-Valencia. Pero en la vida caraqueña, en la Plaza Capuchinos -uno de sus lugares favoritos- en los murales, en las escuelas, en los libros y en los poemas, el singular rostro de Aquiles Nazoa nos mira plácidamente y sonríe.

Gabriela Rojas
Foto: S/A

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William Niño: el novio de Caracas

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Él veía lo que otros no lograban ver. Era su curiosidad innata y esa mirada tan acuciosa lo que hacía que William Niño Araque revelara una Caracas que sus habitantes les sonaba desconocida. Su amor por lo estético, por la belleza, tan propia de su oficio de arquitecto, le confería esa sensibilidad para apreciar más allá del objeto. Por eso, como buen enamorado, siempre quiso mostrar el lado más hermoso de su ciudad. Sin obviar, claro está, las fallas que la carcomen.

“La curiosidad innata de William hizo que descubriera la ciudad de Caracas como su refugio favorito en el mundo”, comenta la urbanista María Isabel Peña. “Su amor por la buena arquitectura y por los personajes detrás de cada lugar y cada edificio, lo llevaron a ir más allá. Siempre fue un niño explorador… Logró ver lo que ya todos cansados no veíamos ni oíamos. Incluso, las sombras, lo oscuro. Recuerdo aquella pregunta que le hizo alguna vez Federico Vegas: A ver William ¿cuánto es que somos en Caracas? A lo que él respondió, luego de pensar un rato seriamente: ¿con o sin pájaros?”.

Era caraqueño nato. No “gocho” como algunos llegaron a creer. Nació en Caracas el 03 de marzo de 1954, en el seno de una familia oriunda de San Cristóbal. Eso si. Era el mayor de cuatro hermanos. Su apego a la familia lo mantuvo hasta el final, pues nunca rompió con la costumbre de almorzar religiosamente en casa. Esmeralda Niño recuerda que desde siempre quiso estudiar arquitectura, pues estaba muy unido al tema de las artes plástica. Su padre le fomentó ese interés y estimuló su curiosidad por recorrer la ciudad.

“Mi padre era comerciante y William lo acompañaba siempre en sus recorridos”, recuerda Esmeralda. “Ambos fueron a la inauguración del teleférico y le gustaba pasear por los mercados libres de Caracas”.  Esos paseos los evocaba William con tal entusiasmo entre sus amigos y colegas, que algunos piensan que esa fascinación por la ciudad viene desde la infancia. “Él siempre contaba esos paseos con su padre por el centro, hablaba sobre la fascinación que le producía las torres del Centro Simón Bolívar, el goce infinito de atravesar los túneles de la autopista de la Guaira y el gusto por los mercados del Cementerio y San Martín”.

Su capacidad de sorpresa no dejaba de impresionar al fotógrafo Vazco Szinetar. Esa facilidad para entender las ciudades y compartir esa mirada tan suya, que siempre resultaba ser una visión creativa del mundo urbano. “Andar por la calle con William era fascinante. Era hacer una revisión de la ciudad, por donde uno habitualmente va ensimismado. Era un ejercicio de conocimiento. Él se planteaba de manera espontánea conocer la ciudad. Le deba una mirada acuciosa, creativa… Para William, la ciudad era una tarea”.

Ese afán de hallar y ese curiosidad inquietante que lo caracterizaba, caminaba de la mano de una necesidad imperiosa por compartir aquello que descubría. De no quedárselo para sí. Lo que explica por qué se empeñó durante el tiempo que estuvo en la Galería de Arte Nacional y en la Fundación para la Cultura Urbana, a emprender proyectos de difusión. Fuesen exhibiciones, publicaciones, programas de radios o lo que su mente se atreviera a proponer para divulgar sus hallazgos y contagiar al resto de los mortales de aquello que lo apasionaba.

“William quería enamorar a todos del entusiasmo que le producían sus hallazgos sobre la belleza en la arquitectura, sobre la sabiduría de la naturaleza. De las señoras de Caracas en sus jardines, de las vistas tan insólitas que experimentó al sobrevolar nuestra ciudad o la comprensión integral de su país a través de álbumes de familia”, afirma Peña.

“El legado de William Niño Araque no es nada desdeñable”, agrega Marco Negrón. “En primer lugar hay un conjunto variado de libros sobre temas de ciudad, que aun no siendo todos de su autoría directa, si respondieron a su iniciativa y a su tenacidad para que se materializaran. Aparte, hay un conjunto de videos sobre el tema urbano, que vieron luz gracias a su iniciativa.  Y por último su labor museográfica, que hizo posible la realización de exposiciones sobre la obra de Tomas Sanabria, Jimmy Alcock, Cipriano Rodríguez y aquella titulada “1950:  el espíritu moderno”, que para muchos fue una revelación sobre un período en la historia del gusto venezolano no siempre valorado”.

Ya sea en un formato o en otro, William logró hacer lo que, a juicio de sus allegados, nunca había hecho nadie: mirar la ciudad integralmente. Primero entendió su naturaleza: los vientos, las cercanías con el mar, la frontera vegetal; luego explicó su condición moderna, sin nostalgias por el pasado armónico de “la ciudad que no fue” y, después, trató de encontrarle salidas a su fracaso actual. No en vano inventaría el concurso “100 ideas por la ciudad”.

Su pensamiento quedó plasmado en más de 230 artículos que publicó en el Diario El Nacional, desde finales de la década de los setenta. Hacer un compendio de sus mejores textos fue su gran anhelo. Pero los múltiples compromisos que asumió, por esa manía suya de no saber de decir que no, lo llevaron a postergarlo. “Todo lo que tenía que ver con él tendía siempre a desplazarlo, porque se comprometía con demasiadas cosas. Incluyendo su salud”, cuenta Esmeralda.

La muerte inesperadamente le llegó el 17 de diciembre de 2010, a la edad de 56 años.  La ciudad entera lloró la partida de quien fuera el “Novio de Caracas”. Sintió el pesar de perder a un amante honesto, apasionado y fiel. Creyente de que vivíamos en un lugar único por tener, en pleno centro, un jardín vertical de 85 mil hectáreas llamado Ávila. Pero convencido de que padecía de la incomprensión tanto de sus habitantes como de sus gobernantes.

Mirelis Morales Tovar

Fotografía: Natalia Brand para el-universal.com. Asistente de fotografía: Anita Carli. Fotoilustración: Gabriel Naranjo, publicada originalmente en La Caracas de William Niño Araque.

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