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Carlos Gómez de Llarena

Carlos Gomez de Llarena

Su rostro asoma trazos que van en diferentes direcciones. Nada que Carlos Gómez de Llarena no conozca. Él, que con grafito y láminas de papel, ya dibujada y enlazaba líneas con personajes como José Miguel Galia, Martín Vegas Pacheco, Walter J. Alcock y Moisés Benacerraf, incluso antes de graduarse de arquitecto.

Así, a mano alzada, creó sobre papel lo que vemos hoy sobre el asfalto. Edificaciones por donde los caraqueños caminan. De sus trazos, nacieron obras como la Torre Europa (1971), el Palacio de Justicia (1983), la Torre América (1978), la Galería de Arte Nacional (2005), la Escuela de Artes Visuales Cristóbal Rojas (1986),  la torre Banco Unión (1987), el Parque Vargas en la avenida Bolívar, entre otras. También participó en remodelaciones y en la construcción de residencias.

Todas esas obras que forman parte del paisaje arquitectónico de la ciudad y que tienen gran valor simbólico por ser emblema nacional, también poseen espíritu español. Gómez de Llarena nació en Zaragoza en 1939. Llegó a Caracas 15 años después. Pese a que su familia regresó a España cuando él tenía 20 años de edad, decidió quedarse en Venezuela, país que le otorgó el Premio Nacional de Arquitectura en 1976.

Gómez de Llarena además se ha destacado como docente en el Instituto de Diseño Neumann, en la Universidad Central de Venezuela y como profesor invitado del Master of Science in Building Design en la Graduate School of Architecture, Planning and Preservation de Columbia University.

La mayoría de sus obras va en conjunto con Moisés Benacerraf. Primero crearon una firma en 1968. Se trató de un Taller de Arquitectura BFG, donde también estaba Manuel Fuentes. Así comienzan los proyectos: La Torre de Bello Monte y obtienen el Primer Premio del Concurso Internacional para el Palacio Municipal de Caracas en 1970. Cinco años más tarde, la firma queda con Benacerraf y Gómez de Llarena.

De sus edificaciones más importantes y recientes en Caracas, está el Centro San Ignacio. Un complejo arquitectónico que se inauguró en 1998. Esta obra obtuvo ese mismo año un reconocimiento especial en los premios Mies van der Rohe en la categoría arquitectura contemporánea.

Gómez de Llarena continúa construyendo sobre la ciudad y dándole nuevos trazos.

Carmen Victoria Inojosa

Fotografía: Efrén Hernández Arias

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Daniel Fernández-Shaw

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Llegaban los años 70, Venezuela vivía la bonanza petrolera y Caracas se perfilaba como una metrópolis de talla mundial. El entonces presidente Rafael Caldera convocó a arquitectos e ingenieros para un plan urbanístico que era prioridad para el Estado: hacer 15 mil viviendas.

Pero los jóvenes arquitectos Daniel Fernández-Shaw, Henrique Siso y el ingeniero Carlos Delfino presentaron un proyecto más ambicioso que iba más allá de solamente construir casas. Fernández-Shaw, que en ese entonces tenía 33 años, conceptualizó un diseño complejo en el que además del área de residencias se integraran espacios de oficina, comercios y museos: vida, trabajo, disfrute y arte conjugados en el mismo espacio, una idea que para el momento marcaba un hito en el urbanismo.

Así nació Parque Central y sus simbólicas torres que detentaron durante 22 años el título de ser los rascacielos más altos de Latinoamérica hasta el año 2003. Sin saberlo, Daniel Fernández-Shaw le daba un perfil determinante a Caracas con el delineado de esos edificios que son parte del motor de la vida urbana de la capital.

Fernández-Shaw había llegado a Venezuela a los 14 años de edad. Nació en Madrid en 1933 y vino a forjar su sentido de pertenencia en Caracas, donde se formó como arquitecto en las aulas de la facultad de Arquitectura de la Universidad Central de Venezuela.

Su foco de investigación y trabajo fue el diseño de viviendas a las que le dedicó buena parte de sus más de 60 años de experiencia profesional. Con el paso del tiempo mantuvo una visión práctica y dinámica sobre el concepto de vivienda y hábitat, así que apuntó hacia la revalorización y proyectos de planificación en barriadas populares de Caracas.

Esta idea persistió en su carrera como arquitecto y docente universitario, por lo que promovió en las nuevas generaciones de arquitectos el desarrollo de propuestas que pusieran en el centro la vida del barrio, cómo mejorarla, cómo integrarla y hacerla eje de su propia transformación. Esa Caracas que conoció, que no era la de los techos rojos y que cambió ante sus ojos crecía y se desbordaba por las barriadas. Allí centró su interés y lo expandió a sus estudiantes.

El último día del año, cuando 2016 se despedía, también dijo adiós Daniel Fernández- Shaw, arquitecto y creador de un emblema que le dio parte de su identidad a Caracas.

Gabriela Rojas
Foto: Jogreg Henriquez. Revista del Colegio de Arquitectos de Venezuela.

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José Bestillero, el señor del hula-hula

Sr Ula Ula Jose Bestilleiro

El tráfico atascado en medio de la avenida Urdaneta, a la altura de la plaza La Candelaria. El humo de los carros, el corneteo ensordecedor de los autobuses, el rugido de las motos. Decenas de personas esperan que el semáforo cambie la luz para cruzar. Todas parecen llevar prisa a esta hora, 5:30 de la tarde, el momento más álgido de la hora pico caraqueña. Y, en medio de todo ese caos, en una isla de concreto que emerge en el centro de la vía, está José Bestillero. El señor del hula-hula.

El cabello cano, las arrugas pronunciadas de 84 años, el bigote afeitado a la mitad. Sin decir palabra alguna, hace girar con sobrada destreza un par de aros de plástico en su cuello –o en su pierna, o en su cintura, o en el brazo– como queriendo decir: “mira como bailo sobre el caos”. Allí lleva 13 años, y todavía hay quien lo ve con extrañeza.

Con su marcado acento español, dice que lo hace para amenizar el demencial tráfico de la ciudad. Antes no aceptaba el dinero que la gente le alcanzaba. Pero ahora sí, y lo ve como una forma divertida de tener ingresos. “La vida ahorita está muy dura”, dice. Lo que gana allí se le va en comida y atendiendo los achaques de la edad.

Cuando llegó a esta tierra Caribe con 25 años proveniente de La Coruña, España –que estaba arruinada por la guerra–, dejó atrás su oficio de agricultor. En Venezuela se dedicó a trabajar por décadas en varias bombas de gasolina. Pero tanto químicos hicieron mella en sus pulmones. Así que por recomendación médica –y por sensatez– se retiró. Entonces sobre este asfalto comenzó a jugar con el hula-hula.

A su hija no le gusta que esté haciendo eso, menos en medio de la calle. Le dice que por su edad le puede causar daño. Pero él insiste en venir. Porque desde que su esposa murió hace años la casa se le hace demasiado grande. Que la extraña más estando encerrado. Y la verdad es que el médico le dijo que no se preocupara, que el ejercicio le hace bien. La policía también ha querido sacarlo del medio de la calle. Pero allí permanece desde las 4:30 hasta las 6:00 de la tarde. “No me iré. Algunas veces me he sentido cansado, son 13 años en esto, pero me encanta cuando la gente se me queda viendo o cuando me hacen entrevistas”, admite antes de volver a agitar el hula-hula.

Erick Lezama
Foto: Efrén Hernández

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Arthur Kahn

Arthur Kahn

Si hay alguna construcción que atrapa las miradas de los caraqueños y seduce por su noble arquitectura es el Edificio Altamira que corona el norte de la Plaza Francia, como antesala urbana y visual del cerro El Ávila. Es un ícono de la modernidad en Caracas.

Desde niño, cuando jugaba en la plaza, muchas veces comía un helado contemplando su fachada. Sentía una conexión tan especial por su bella estructura que era imposible obviarlo. “Algún día viviré allí”, pensé más de una vez. Años después el devenir me confirió este privilegio y un honor aún mayor: conocer a Arthur Kahn.

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Roberto Burle Marx

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Una ciudad sin paisaje no es más que torres de concreto delimitadas por venas grises que son las vías de asfalto. Pero la savia que mueve el sistema nervioso de una urbe cruza a través del verde de la naturaleza, una presencia imprescindible en el horizonte de la ciudad que se conjuga con la vida humana.

Por eso el nombre de Roberto Burle Marx es un sello indeleble que acompaña la identidad caraqueña, a través de una de sus grandes obras: el Parque del Este, ahora renombrado Parque Generalísimo Francisco de Miranda. Esas 82 hectáreas de terreno cobraron forma y sentido bajo la mirada de Burle Marx, el arquitecto y paisajista brasileño a quien le fue encomendado el diseño y conceptualización del parque, inaugurado en 1961 durante el gobierno de Rómulo Betancourt.

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Sofía Ímber

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Nació lejos de Venezuela, pero este rincón del Caribe la atrapó. Muchas vueltas dio Sofía Ímber por el mundo, pero siempre volvió aquí. Incluso para morir. La primera vez que llegó a estas tierras lo hizo por el puerto de La Guaira, en 1930. Apenas tenía 6 años de edad y venía con su familia. Huían del horror que entonces era Europa. En este país encontraron paz. Vivieron un corto período en Maracay, para luego instalarse en Caracas. Ímber tocó piano, intentó estudiar Medicina, desarrolló una dilatada carrera como periodista en importantes diarios, canales de televisión y emisoras de radio, y se acercó al mundo de la cultura.

Ese universo la cautivó y marcó su vida. Se casó con el escritor Guillermo Meneses. Vivieron en París, Bogotá y Bruselas. Tuvieron cuatro hijos. Se divorciaron. Después contrajo nupcias con el intelectual Carlos Rangel, quien luego se suicidó. En agosto de 1973 fundó lo que sería su obra maestra: el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas. Su extensa colección de 4.000 obras lo convirtió en una referencia latinoamericana y mundial. Le valió prestigiosas condecoraciones como el Premio Nacional de Artes Plásticas y la Medalla Picasso que otorga la Unesco.

En 1990, bajo el gobierno de Carlos Andrés Pérez, el museo fue rebautizado con su nombre (Museo de Arte Contemporáneo Sofía Ímber), en reconocimiento a su cuidadosa labor. Así se mantuvo hasta que en 2001 el entonces presidente Hugo Chávez, a través de un programa de televisión, la destituyó. En su biografía, escrita por el periodista Diego Arroyo Gil, ella cuenta que cuando eso pasó ya tenía pensado renunciar: “Sabía que no iba a poder trabajar con una persona como Chávez en el gobierno. Él se adelantó a mi decisión”.

Sofía Ímber solía decir que morir era aún más difícil que vivir. Que era atea, pero que lamentaba haberse mantenido descreída. “Con todo, pienso que si hay un Dios bueno para mí, cuando llegue el momento de mi muerte, sea rápida”, le dijo a Arroyo Gil. Ella “escogió” el 20 de febrero de 2017. Quizás no fue azar. Con ello nos recordaría siempre la fecha en que el museo abrió sus puertas al público. Su gran legado.
Un paro respiratorio se la llevó. Rápido. Sin agonías.

Erick Lezama
Foto: Roberto Mata

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Alejandro Cañizales

Alejandro Canizalez_J.C.Ayala

A Alejandro Cañizales se le reconoce por su entonación. 16 años de reportes radiales han calado en la memoria auditiva de quienes viven en Caracas. Especialmente, en aquellos que deben lidiar con el tráfico vehicular de primera mano. Su cadencia al hablar quedó grabada como un exitoso jingle. Desde lo alto, se convirtió en los ojos omnipresentes de los caraqueños con información del tráfico precisa, veraz y pertinente.

El periodista egresado de la Universidad Central de Venezuela saltó de la fuente Política a los reportes del tránsito. Llevaba 8 meses como reportero cuando le ofrecieron el puesto y se convirtió en el locutor oficial de Traffic Center, programa de la cadena radial FM Center. Era el primer servicio integral para el conductor en el Área Metropolitana, lanzado en septiembre del 2000. Estuvo tras el micrófono por diez años.

Estudió mapas de la capital y la recorrió en carro repetidas veces -trancas incluidas- para alcanzar la rapidez y precisión que conserva. Rápido, descriptivo, preciso y contundente fueron las recomendaciones que aún recuerda de Germán Blanco, locutor pionero del aire, con más de 10 mil horas de vuelo sobre la Tango Tango Fox, avioneta de Radio Caracas Televisión.

Un Bell Ranger rojo era su oficina ambulante. El “Volkswagen escarabajo” de los helicópteros, como le dicen sus colegas. Para los radioescuchas, que ese punto rojo con aspas sobrevolara su perímetro significaba respuesta casi inmediata. Con una agilidad característica de quien conoce la ciudad de norte a sur y de este a oeste informaba a los oyentes sobre las “congestión vehicular”, el “tránsito lento” y la “cola fuerte” que había entre calles, avenidas y autopistas, con sus respectivos nombres. La frase “mejora la marcha” les relajaba los hombros a los conductores.

Todavía lo hace. Desde 2011, surca los cielos en el helicóptero amarillo de La Máquina del Aire. Su voz se escucha tres veces al día por Radiorama Stereo 103.3 FM, la emisora matriz. También hace enlaces rápidos para la audiencia de Venevisión. Es su servicio público. Pero no le bastó. Ese mismo año, se convirtió en embajador de Unicef Venezuela. Ya llevaba tres años colaborando como Amigo de Unicef. Por su labor, fue galardonado con el Premio Nacional de Periodismo Informativo Radio en 2007.

Para Cañizales, ver la capital desde arriba es como ver los toros desde la barrera. Indómita. Mientras que el verdor se contrapone a los nudos viales. Atestigua que la vegetación es uno de los sellos distintivos de la ciudad. Es un valle que hace honor a su nombre, a pesar de la civilización. Sus calles del noreste y sureste se tiñen de verde y hacen casi invisible al asfalto. Caracas a más de 2500 pies de altura es una imagen que no se le borra.

Andrea Tosta
Foto: Juan Carlos Ayala

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Héctor Torres

Hector Torres

La ciudad que es el bramido estridente de cornetas. Y su cielo muy azul, a cada tanto transformado en un lienzo entre amarillo, rojizo y rosado. Y el revoloteo de guacamayas. La ciudad, qué es lo que habla su gente, cómo se comporta su gente, lo que siente su gente. Cómo se vive. Sus calles más transitadas, las menos concurridas; el Metro a hora pico y fuera de ella. Lo que se puede observar ahí mismo, a través de las ventanas de nuestra casa. A cualquier hora.

El escritor caraqueño Héctor Torres, nacido en 1968, se ha aproximado a Caracas con los sentidos aguzados: la ha observado, la ha escuchado, la ha sentido, la ha olido. Sin prejuicios. Y después de mucho patear la calle desarrolló una trilogía que reporta qué es la capital de la República contemporánea. En toda su amplitud. Una suerte de “selfie, pero con rayos X”, como él mismo ha dicho.

Después de escribir Caracas Muerde (2012), Objetos no declarados (2014), La Vida Feroz (2016) le queda la sensación de que es una urbe bipolar. A la que se ama y se odia. “Puede haber un motorizado que te lleva por delante y a la cuadra siguiente una chica bonita, unos niños jugando que te enternecen o una bandada de pájaros volando. La ciudad es así (…) Tú la quieres y ni siquiera te preguntas por qué lo haces. Hay algo que no termino de entender, no sé si es antropológico o si es natural, pero lo hacemos sin saber por qué”, dijo alguna vez en una entrevista.

La comprende así, sin lamentaciones ni pesimismo. Más bien cree que la violencia y todo lo negativo es una circunstancia, que ya pasará, que las ciudades evolucionan. Que sus habitantes evolucionan. Aunque eso tome su tiempo. Demasiado, quizás.

Pero la relación de Héctor Torres con la ciudad va más allá. Ha impulsado, desde aquí, un enorme trabajo de promoción cultural-literaria. Fue fundador y editor del portal literario www.ficciónbreve.org, creó el Premio de la Crítica a la Novela del Año (2009) que se organiza a través de Ficción Breve para promover la obra novelística venezolana y reivindicando a su vez la figura del crítico especializado. Muchos de sus trabajos sobre lo urbano están compilados en distintas antologías.

Erick Lezama
Foto: Efren Hernández

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Tomas Sanabria

TOMAS SANABRIA

Su curiosidad era insaciable. Nunca emprendía un proyecto sin conocer el sitio en el que se ubicaría. Su clima, a qué olía, cómo se sentía, qué pasaba cuando llovía, y cómo se comportaba la gente a diferentes horas del día. Tomás José Sanabria amaba el valle de Caracas y defendía sus espacios. Repetía: “La arquitectura sin diseño urbano no existe”. Su palabra se hizo dogma y la aplicó en edificios como el de La Electricidad de Caracas, el Banco Central de Venezuela, el Ince de la avenida Nueva Granada, la Biblioteca Nacional y el Hotel Humboldt.

Nació en Caracas de Miseria a Pinto, en la parroquia de Santa Rosalía, un lunes 20 de marzo de 1922. Su infancia transcurrió en una siembra de caña en Valle Abajo –en lo que hoy son Los Chaguaramos y Santa Mónica–. Allí aprendió a amar la majestuosidad del Ávila, sus cerros y quebradas. De niño pasó por los colegios San Ignacio y La Salle, hasta que se graduó de Bachiller en el Liceo Andrés Bello en 1940. El mismo Sanabria escribió que fue allí donde comenzó a apreciar la sencillez y honrar el valor de la funcionalidad. Admiraba las dimensiones del bloque principal de aulas, su altura y los detalles de las escaleras.

En 1967 obtuvo el Premio Nacional de Arquitectura, otorgado por el INCIBA, por el edificio sede del Banco Central de Venezuela.

Empezó dibujando. En esa década de los cuarenta reunía dinero y se iba a Coro para trazar en papel lo que admiraba de la arquitectura colonial. Sabía que sería arquitecto, pero la carrera aún no abría en la Universidad Central de Venezuela, así que se inclinó por la Ingeniería Civil. Aprendió técnica constructiva, pero el cálculo infinitesimal fue su dolor de cabeza. Su oportunidad llegó en 1945. Era dibujante en la firma constructora Vegas & Rodríguez Amengual (VRACA), y le dieron una beca para que pudiera estudiar Arquitectura en Estados Unidos.

Se formó en la Graduate School of Design de la Universidad de Harvard. Eran 28 profesores para 25 alumnos. Los creadores de la escuela Bauhause, expulsados de Alemania por Hitler, se convirtieron en sus tutores. Regresó a Venezuela en 1947 y se convirtió en el primer Director de la Escuela de Arquitectura de la UCV. También mantuvo su oficina de arquitectura activa por 60 años consecutivos (1948 -2008), y fue piloto por más de 30 años.

El clima era otra de sus pasiones. Estudió, analizó y dejó constancia de los cambios climáticos en el valle de Caracas. Y su experiencia volando su avioneta le permitió tomar más de 7.500 fotografías de la ciudad en cenital. En 2007 declaró a la revista Estampas: “El futuro de Caracas es extraordinario. Yo la veo y me inspiro… ¡Cuánto me alegro por mi ciudad!”.

Tomás Sanabria falleció el 19 de diciembre de 2008.

Emily Avendaño
Foto: Efrén Hernández

Referencias:

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Armando Scannone

Armando Scannone

Armando Scannone (Caracas, agosto de 1922) y sus ocho hermanos crecieron degustando más de 30 platos que formaban parte del menú de la familia Scannone-Tempone. Sus padres, Armando y Antonieta, eran inmigrantes italianos que llegaron a Venezuela a principios del siglo XX y se establecieron al oeste de la ciudad. Cocineras de distintas regiones del país, lideradas por la matriarca de la familia, eran las encargadas de la alimentación del hogar.

Cuando su madre enferma, Armando decide recolectar los sabores de su infancia, preocupado por el futuro de la familia. En compañía de Francisca Monasterios, Magdalena Salaverría y Elvira Fernández, la cocina se convirtió durante 10 años en un laboratorio.

Comenzó a ponerle medidas, cucharadas, pizcas, tazas, orden y tiempo a las recetas que anteriormente se hacían al ojo. Así nació Mi cocina a la manera de Caracas. Se publicó por primera vez en 1982 con una compilación de 742 recetas, en las que se pueden hallar bebidas, postres, ensaladas, carnes, pescados, cremas, sopas y otras preparaciones.

Lo que no todos saben es que el autor de la biblia gastronómica caraqueña es ingeniero civil, egresado de la Universidad Central de Venezuela. Durante su ejercicio profesional, estuvo involucrado en grandes proyectos como la construcción del embalse de Guárico, la Autopista Regional del Centro, la estación de pasajeros del aeropuerto de Puerto Cabello, la urbanización El Trigal de Valencia y el Izcaragua Country Club.

Pero fue en la cocina donde encontró su verdadera pasión. Scannone es miembro fundador de la Academia Venezolana de Gastronomía y se convirtió en el primer gastrónomo en Latinoamérica en recibir un doctorado honoris causa, en 2011, otorgado por la Universidad Metropolitana.

Los platos que se preparan bajo su tutela pueden ser repetidos más de cinco veces antes de ser presentados. Su primer libro lleva más de 25 ediciones con ventas que superan los 100.000 ejemplares. A su menú se fueron integrando los libros azul, amarillo, verde, naranja. Su vida la documentó el cineasta Jonathan Reverón. Y la periodista Rosanna Di Turi escribió el libro El Legado de Don Armando.

A sus 95 años de edad, Don Armando sigue saboreando lo mejor de la vida.

Karla Franceschi

Foto: Alberto Rojas

 

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