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Banco Fotográfico de La Pastora

Victor Zambrano

Una fotografía de la Iglesia Parroquial de la Divina Pastora es el registro más antiguo entre los archivos del Banco Fotográfico de La Pastora. El recuerdo es de 1892 y se presume que la tomó un Embajador de los Estados Unidos que vivió cerca de la plaza. Víctor Zambrano, uno de los promotores de la iniciativa hace una salvedad: “Fíjate que la iglesia no tenía campanas. No las tuvo hasta 1960”.

La memoria puede ser efímera, pero las fotografías no. Por esta razón surge esta iniciativa en 2008, para resguardar la historia de la parroquia. Zambrano enseña un retrato de una señora llamada Rosalía a la que inmediatamente le sigue una anécdota: “Ella tiene un abasto en la esquina de Cola e’Pato. En las décadas de los sesenta y setenta todos los muchachos del Liceo Agustín Aveledo que querían tomar iban para allá, porque les vendía sin identificación. Todo el mundo conoce a Rosalía, porque además sigue allí”.

Hasta ahora tienen impresas más de 200 imágenes y 5.000 se conservan en formato digital. Abarca tradiciones, personajes, sitios y detalles arquitectónicos propios de La Pastora. Por ejemplo, las gárgolas o ductos para recoger el agua de lluvia que aún existen o los postes que daban electricidad al tranvía. Incluso el emblemático árbol de higuerote –o matapalo– que hay de Soledad a Acevedo figura entre las imágenes.

Zambrano continúa pasando fotos y aparecen los retratos de todos los concesionarios originales que tuvo el Mercado Municipal de La Pastora, cuando fue inaugurado en 1953. También tiene un recorte de prensa del diario Últimas Noticias del 29 de noviembre de ese año que da cuenta de la ceremonia encabezada por Marcos Pérez Jiménez. O del primer autobús de San Ruperto, con el chofer y fundador de la línea, Augusto Malavé García.

Cualquier foto puede formar parte de este archivo, siempre que vaya acompañada de una narrativa que dé cuenta de quién es el retratado o de lo que sucede en la gráfica. Concluye Zambrano: “El objetivo es que la gente tenga sentido de pertenencia. Dejar un legado a una parroquia que lo tuvo todo, incluyendo cuatro cines, y que se han ido perdiendo por las malas políticas de Estado. Hay que recordar lo que se tuvo y mantener lo que nos queda”.

Emily Avendaño
Foto: Efrén Hernández

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Emprendedores de La Pastora
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Trazando Espacios

Trazando Espacios

El azul y el rojo despuntan entre la monotonía del gris en 275 escalones del barrio José Félix Ribas, al este de la capital. No es común toparse con pequeños mosaicos cuadriculados entre tantos grafitis. Tampoco con frases hiladas que narren una historia. Al caminar por el sendero de la zona popular caraqueña se descubre el cuento “Azul y Rojo” de Mireya Tabuas. Desde junio de 2016, la vista se recrea con color y literatura en Petare.

El cambio fue producto de la intervención de Trazando Espacios. El impacto a través del diseño urbano es la premisa de esta Organización No Gubernamental. La venezolana Ana Vargas, su creadora, percibe crecimiento donde muchos solo ven desidia y caos. Confía en la transformación de las zonas populares a manos de los vecinos, especialmente aquellos que no han alcanzado la adultez. Les da herramientas y técnicas de arquitectura para que sean capaces de cambiar un espacio en mal estado o en desuso.

Los jóvenes analizan su comunidad en la primera etapa del taller con cámaras, mapas y cintas métricas. En la segunda, ejecutan el diseño de su intervención del espacio público con ayuda de un especialista. Se elaboran maquetas, collages y patrones hasta seleccionar una idea que se desarrollará. Por último, los mismos jóvenes construyen el diseño escogido.

Trazando Espacios consiguió reconocimientos nacionales e internacionales. Antes de aplicarse en el país, un proyecto piloto se gestaba en Jamaica Plain, Boston. También se desarrolló en Mumbai, India, donde aplicó la metodología en cuatro comunidades de bajos recursos. En Venezuela, fue patrocinado por la Fundación Santa Teresa para llevarse a cabo en el programa Casas Blancas.

Así sucedió en El Consejo, estado Aragua. Un recodo de la comunidad Juan Moreno mutó en julio de 2016. Su piso tiene baldosas alineadas en forma de zigzag. Al lado de un árbol de tallo fino, se erige una pared que ahora cuenta con más vegetación. Con madera reciclada, se colgaron tríos de cactus de distintas formas y colores, que resisten las altas temperaturas. Ese lugar es ahora la Plaza de las Metras, respondiendo a una necesidad recreativa de los pequeños de la zona.

 

Andrea Tosta                                                                                                                                                                                     Foto: Trazando Espacios

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Fundhea

Fundhea

Derbys López es de hablar sereno. Su discurso está cargado de detalles. El dato no abruma. Cada oración se graba en los sentidos de quien lo escucha, porque sus relatos surgen de la anécdota y el testimonio. López dirige la Fundación Historia, Ecoturismo y Ambiente (Fundhea), que fomenta la recuperación y protección de sitios de interés histórico, cultural y ambiental en aras de desarrollar un turismo sustentable.

Sus rutas lo han llevado hasta Delta Amacuro, a recorrer los caños en curiara y probar los frutos recién recogidos del monte. A Birongo, donde aprenden al tiempo que enseñan sobre el cultivo del cacao, bailan tambores y se dan un buen baño de río. A Chirimena, para adentrarse en la pesca artesanal; y principalmente a El Ávila. Donde empezó todo.

López es paramédico y rescatista de montaña, así que se conoce los senderos de El Ávila al dedillo, también los recovecos que no están señalizados y a los que nadie debería adentrarse. Andando por las rutas que no aparecen en los mapas, halló ruinas, empedrados y personas. Cada uno con algo para contar. Luego, esas historias las contrastó en los libros. Y en ese constante investigar, Fundhea ya cuenta con 24 rutas ecopatrimoniales en una década de funcionamiento.

Esta iniciativa nació el 15 de julio de 2007, después de una excursión al Mausoleo del Doctor Knoche en Galipán. Sin embargo, el primer recorrido oficial lo realizaron en el casco histórico de La Guaira; después vino la de El Calvario, el ego de dos presidentes y otra en el casco histórico de Caracas llamada Tras las huellas de Guzmán. “Antes de cada recorrido, hay un proceso de investigación, trabajo de campo, visitas, entrevistas a los abuelos. Cualquiera te lleva a El Calvario, pero nosotros queremos incentivar la curiosidad”.

Para Fundhea, el turismo es una interpretación de la vida, que se disfruta con los sentidos. También un proceso de enseñanza compartido y de difusión de valores. “Lo que hacemos es construir ciudad. Que haya comunión con lo nuestro, con nuestras tradiciones, con la cultura, y que te apropies de ella. Si conoces tu patrimonio lo cuidas y lo defiendes”. Por ello, siguen convencidos de que hay que contar la historia en el lugar en que ocurrieron los hechos.

Emily Avendaño
Foto: Fundhea

Contactos:
Twitter: @Fundhea
Facebook: Fundación Historia Ecoturismo y Ambiente, Fundhea
Instagram: @Fundhea

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Pasa La Cebra

Pasa La Cebra

Nancy Moreno y Manuela Walfenzao trabajaron en la librería Lugar Común. Y allí, entre tantos libros, surgió una idea que ahora ayuda a que muchos niños –y algunos adultos– se enganchen con la literatura. Nancy, quien estudió Letras, descubrió el trabajo de una investigadora francesa que narraba su experiencia con una biblioteca itinerante en las afueras de París. La idea le pareció que podría replicarse en Caracas, pero no tenía muy claro cómo empezar. Le contó a su amiga Manuela, quien de forma casi inmediata no solo se sumó, sino que se encargó de regar la voz entre sus conocidos. Fue así como lograron recaudar los primeros 100 libros entre donaciones y aportes propios. Además, el ilustrador Jefferson Quintana se sumó al proyecto aportando el logo. Y así nació la biblioteca itinerante Pasa la cebra.

Actualmente una de las creadoras –Walfenzao– vive en México, pero la iniciativa se mantiene gracias a Moreno y la colaboración de voluntarios, quienes cada domingo se reúnen en la plaza Sucre del casco histórico de Petare para que los niños del sector, o quienes se acerquen al lugar, puedan disfrutar de la lectura de un libro infantil proporcionado por la biblioteca itinerante.

Durante dos horas –de 11:00am a 1:00pm– los asistentes pueden escuchar la lectura de un cuento colectivo, para luego unirse a pequeños grupos o leer en solitario si así lo prefieren. Por último, se realiza una actividad didáctica que estimule a los niños a construir historias o recrear la que ya leyeron. Los niños pueden llevarse libros en calidad de préstamo para devolverlos la siguiente semana, y los padres pueden unirse a los niños en la plaza para hacer la lectura juntos.

En dos años de funcionamiento, no son pocas las anécdotas que Moreno guarda de Pasa la cebra: “Una vez vino una mamá con dos niños. Uno de ellos tenía 7 años y es sordo. Y él fue el que me enseñó cómo debía leerle el cuento, con gestos, señalando los colores, describiendo las sensaciones, etc. Hay otro niño que tiene un don para la pintura impresionante y es muy satisfactorio ver qué habilidades trae cada uno. Al final son ellos los que terminan enseñándonos todo”.

Pasa la cebra tiene unos 400 libros y la meta es seguir creciendo para aportar aún más variedad al repertorio. Por ello aceptan donaciones de libros infantiles en buen estado. El objetivo es que cada vez más niños participen en esta actividad, pero, sobre todo, que adquieran el hábito de leer. Por eso la biblioteca itinerante se acerca a donde ellos están: “La idea es sacar la lectura de los lugares convencionales”.

Isbel Delgado
Fotos: cortesía Pasa La Cebra

En Instagram: @pasalacebra

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