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Sombrerería Tudela

sombrerostudela

Si algo mantiene abierta la Sombrerería Tudela debe ser la terquedad de su encargado: Juan Humberto Torres. No se quiebra ante el paso del tiempo, la ausencia de clientes o de materia prima. José sigue yendo cada día a abrir la tienda más antigua de Caracas y a practicar un oficio que –como sus sombreros– se apolilla en el olvido.

“¿Qué es lo importante de este negocio? Bueno, pues que tiene casi 100 años”, responde. Juan conoce la circunferencia de la testa de presidentes como Rómulo Betancourt, Rafael Caldera y Luis Herrera Campins; de los caballeros más encopetados de la Caracas de la segunda mitad del siglo XX y de las estrellas de la escena teatral de aquella época. Puede decir con propiedad que a Betancourt le gustaba ir personalmente a buscar sus sombreros, salvo uno: un panamá que jamás pasó a recoger.

Rafael Tudela Boronet abrió el negocio en 1932. Era un noble español de origen vasco, casado con Rosa Reverter, concertista de piano. En 1933 Tudela vende la tienda al barquisimetano Juan Pérez Pérez. El negocio permanece en el mismo lugar en que fue fundado.

En los mostradores quedan algunos pelo e’ guama, “que usan los llaneros”, y borsalinos –como los que usó Harrison Ford en las películas de Indiana Jones–. Juan no los usa, pero si de seleccionar se trata un borsalino sería el elegido. “Yo no hago sombreros. Reparo sombreros. Al principio los armaba, pero ya no se puede porque no hay material”. Como ya no puede hacerlos, ahora los desarma, lava, repara y los entrega como nuevos. 55 años en el oficio le dan esa habilidad. “Busqué enseñar a la gente, pero nadie quiso aprender”.

La inoperancia se nota en las vitrinas casi vacías y en las telarañas que nadie limpia de la planchadora a vapor que se ubica en la entrada. Juan señala dónde hay que pisar para que funcione y dónde se mete el sombrero para darle forma. Después la suelta y la olvida. Es de 1918. Una caja registradora National, de los años treinta, también se cuenta entre las reliquias de la sombrerería.

Juan empezó en el negocio cuando tenía 14 años. Para ese entonces, el negocio ya no pertenecía a la familia Tudela, sino a los Pérez-Pérez que lo adquirieron en 1933. Eran tiempos más formales en los que nadie salía de casa sin su sombrero y en los que la pieza podía hasta salvar la vida: “Un cliente se salvó de un machetazo gracias a su sombrero. A la gente de antes no se le podía tocar el sombrero, porque había quienes lo consideraban una falta de respeto”.

Emily Avendaño
Foto: Cortesía El Estímulo

Dirección: de San Jacinto a Traposos, Nº 21, diagonal a la casa natal de Simón Bolívar
Teléfono: (0212) 5411979
Metro: estación La Hoyada

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El Maní es así

pibo en el mani general

En la pista de baile del Maní lo que se suda es salsa. Los pies se mueven en clave de son. La respiración va al ritmo del bongó. Todo el que ha entrado a El Maní, sabe cómo es. Y es así, al ritmo de la salsa.

Esa discreta calle que cruza con la avenida Solano López en Sabana Grande es estrecha y sin señales, porque no necesita dirección. Su nombre es calle El Cristo pero no hay iglesia sino un templo. Un templo al que han llegado a rendir tributo los mejores exponentes de la música del Caribe desde 1970.

Y como todo templo tiene sus santos patrones. En las paredes los murales con los rostros de Ismael Rivera, Héctor Lavoe, Willie Colón, Tito Puente, Celia Cruz, Rubén Blades, Oscar D’León, el All Star de la salsa observa a los bailadores llevar el ritmo candela de los pies a la cintura en una sincronía perfecta que solo se sabe, no se aprende.

Por las noches del Maní han gozado famosos y anónimos fundidos en el mismo guaguancó. En las paredes su historia se cuenta a través de fotos de celebridades de la salsa que fueron a descargarse en el fragor de la rumba.

Muchos maniceros recuerdan que una noche cualquiera de los 90, mientras los bailadores llenaban la pista como habitualmente lo hacían, un autobús ejecutivo ocupó toda la calle. Cuando se abrió la puerta, un rostro moreno con un bigote conocido para quienes lo veían pasó al local con una familiaridad pasmosa. Saludó a los meseros, se abrió paso entre el enjambre de parejas que se meneaban y subió a la tarima.

La orquesta que tocaba en el momento lo saludó sonriente ya a punto de terminar el set. Y con el gesto clásico de “vente tú”, comenzaron a desfilar por el local los músicos del Gran Combo de Puerto Rico. El hombre que tomó el micrófono era Rafael Ithier, el vocalista de la legendaria orquesta que acaba de salir del Poliedro del Festival de la Salsa, y arrancó con su voz inconfundible para dejar paralizados por segundos a los bailadores que, de inmediato, abarrotaron la pista cuando cayeron en cuenta que la rumba de la noche iba por cuenta del Gran Combo.

Esa y muchas otras anécdotas inolvidables son parte de su esencia. Las noches de Caracas por muchos años llevaron el sello de ser la capital latinoamericana de la salsa y su principal embajada era aquel reducto en Sabana Grande.

Y aunque el emblemático local escondido en ese reducto de Sabana Grande ha vivido épocas más gloriosas, todavía guarda ese ambiente cosmopolita y diverso que heredó por ser caraqueño. Porque el Maní no se explica, El Maní es así.

Gabriela Rojas
Foto: Milfri Pérez

P.d. El Maní es así está actualmente en remodelación.

Dirección: Avenida Francisco Solano con calle El Cristo. Sabana Grande.

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Concha Acústica de Bello Monte

Concha Acustica de Bello Monte

Si un edificio aprovecha la topografía caraqueña es la Concha Acústica de Bello Monte. Inocente Palacios se calificaba a sí mismo como “el primer trepador de cerros”, recuerda Hannia Gómez en un artículo publicado en El Nacional en 1996. Fue su visión de la ciudad expandida por sus laderas la que hizo posible que en la década de 1950 se elevara esta edificación. Al final de una gran avenida, aprovechando una bifurcación de vías que delimitaba el terreno, el empresario vio el lugar ideal para un gran anfiteatro.

De diseño que recuerda a los grandes teatros griegos, la Concha Acústica de Bello Monte se erige sobre terrenos que el propio Inocente Palacios puso a disposición del arquitecto argentino Julio César Volante, quien había enfocado su trabajo en la acústica de espacios. Eran tiempos de Marcos Pérez Jiménez y las construcciones urbanas estaban en boga. Se necesitaba, además, una sede para la Orquesta Sinfónica de Venezuela.

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Biblioteca Nacional

Biblioteca Nacional

Las copias más antiguas del Himno Nacional, que datan de finales del siglo XIX. El único ejemplar que queda en el mundo de El Manual del Forastero (1810), el primer libro publicado en el país, atribuido a Andrés Bello. El manuscrito original de Memorias de Mamá Blanca. Una edición de Doña Bárbara ilustrada y en tamaño tabloide. La segunda parte de La vida de Plutarco (1471- 1492), obra de la que sólo hay tres ejemplares en el mundo. Una grabación en pianola de la sinfonía Fantasía por Teresa Carreño. Colecciones que pertenecieron a Francisco de Miranda, José María Vargas y Arístides Rojas. El primer ejemplar de: la Gaceta Oficial, El Cojo Ilustrado y El Correo del Orinoco.

Por lo exclusivo, se conocen como libros raros, y apenas son unos de los muchos tesoros que resguarda celosamente la Biblioteca Nacional de Venezuela. Forman parte de su catálogo de 3 millones de libros, 4 millones de fotografías, 500.000 revistas, 1 millón de periódicos, 120.000 mapas, planos, afiches y grabados; 50.000 videos y 20.000 películas nacionales.

Está al final del bulevar Panteón, en una estructura de 80.000 metros cuadrados. Fue diseñada por el arquitecto Tomás Sanabria en 1973, especialmente para que fuera la nueva sede de este valiosísimo templo cultural. Sus salones son amplios, cómodos, siempre silenciosos. Hay servicios de copiado. Y algunas de las salas tienen paredes transparentes, lo que permite la entrada de luz natural.

Como institución, la Biblioteca Nacional nació en 1833 bajo el gobierno de José Antonio Páez, pero no fue sino hasta 1850 cuando José Tadeo Monagas estableció su funcionamiento al lado del Convento San Francisco. Con 184 años de fundada, es un Instituto Autónomo adscrito al Ministerio de la Cultura. Además, es el ente rector de la Red Nacional de Bibliotecas, compuesta por más de 47 bibliotecas en la Gran Caracas y 800 en todo el país.

Erick Lezama
Foto: Efrén Hernández

Dirección: final del bulevar Panteón, avenida Panteón, parroquia Altagracia
Horario: lunes a sábado, de 8:30 am a 5:00 pm

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Iglesia de Nuestra Señora de Lourdes

Iglesia de Nuestra Señora de Lourdes_NM

No hay forma de que la mirada de un transeúnte pase por alto la presencia de la Iglesia Nuestra Señora de Lourdes, ubicada en la esquina de Palo Grande, en la avenida San Martín.

Algunos podrán identificar que se trata de un templo de estilo neogótico, otros sabrán que tiene casi 90 años en ese lugar –su construcción comenzó en 1926 y terminó un año más tarde- pero la mayoría sólo se sorprenderá con su majestuosidad que contrasta con el tráfico y bullicio de la avenida San Martín, en la parroquia San Juan.

La Iglesia Nuestra Señora de Lourdes domina el panorama del conjunto al cual pertenece, la Plaza Italia, en la cual hay varios monumentos que hacen honor al país europeo y que durante muchos años fue un importante centro de encuentro de esta comunidad en la ciudad.

Una de las memorias más persistentes, según recuerdan los vecinos con mayor tiempo en la zona, son las campanas a vuelo que tenía la iglesia. El llamado a misa o el anuncio solemne de algún evento religioso estaba marcado por esas campanadas fuertes y de sonido nítido que se oían hasta el casco central, en una época en la cual la acústica de Caracas no tenía que competir con el ruido de los carros y las motos.

Aunque afuera en los alrededores de la iglesia, el comercio informal, el ruido y el desorden que se multiplica a través de la avenida conviertan el lugar en un espacio poco atractivo para el visitante, a la Iglesia Nuestra Señora de Lourdes bien vale la pena conocerla.

Apenas al entrar, los vitrales de la nave central recogen la luz natural y la reflejan con una iluminación limpia y brillante en la que se cuentan episodios de la vida de Jesús cuando era joven. Esa historia narrada a través del arte de los vitrales también se complementa con los que están ubicados en las paredes laterales del templo, donde se puede ver parte de la vida del mesías adulto, convertido en Jesucristo.

Su edificación y el diseño permiten que el bullicio se quede puertas afuera para que la iglesia siga siendo un refugio de recogimiento y reflexión. Esta obra de gran valor arquitectónico se acerca a un siglo de existencia, reflejando el preciosismo de los detalles cuando alguien se detiene a contemplar su fachada.

Dirección: Esquina de Palo Grande, avenida San Martín. Metro: Capuchinos o Maternidad.

Gabriela Rojas
Foto: Norberto Mendez

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Mansión Borges

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René Borges decía entre sus amigos: “Mi casa no necesita cuadros, tengo el mejor que es Caracas”. El lienzo que enmarca la ciudad es un ventanal de 20 metros de largo, que ofrece la mejor vista panorámica de la capital, desde el salón de la que fue la mansión de los Borges por casi 40 años, una joya de la arquitectura caraqueña, en la que funciona el Centro Simón Díaz de la Alcaldía Metropolitana.

La quinta, de modernas líneas rectas y escasas paredes, está encaramada en uno de los cerros de Petare, esos que realzan la vocación de paila de Caracas —un valle en el que todos pueden mirarse—, como la ha descrito en algunos textos el escritor y arquitecto Federico Vegas. Sobre esa montaña que avistó Borges en un vuelo en helicóptero posó la casa como una dedicatoria de amor a su esposa Nelly Zingg. En 1956, quien urbanizó El Marqués, trajo desde Italia al arquitecto Athos Albertoni para que diseñara su casa.

La mansión tiene tesoros en su interior como las escaleras de mármol de Carrara sin vetas y el plafón florentino “Primavera”, que ilumina el baño principal, y representa un árbol de cristal de Murano iridiscente, en cuya copa anidan pájaros negros. Hay que levantar la cabeza para admirarlo. En el que era el baño de huéspedes está un espejo Italor, que estuvo de moda en los años sesenta “porque hacía verse más joven”, gracias a la tonalidad ámbar que proyectaba, ese color que tienen los recuerdos.

Mansion Borges - Centro Simon Diaz 24.11.2017

En fotos viejas se ven las montañas verdeadas que rodean este caserón sin lo que es hoy uno de los barrios más grandes de América Latina. Para el vecindario, la casa fue un misterio por un buen tiempo. En la barriada algunos creían que la casa, que estuvo casi en abandono por varios años, pertenecía al dictador Marcos Pérez Jiménez.

La familia Borges ocupó la casa hasta principios de la década del 2000. En 2006 la Alcaldía Metropolitana adquirió el inmueble y después de un largo proceso de remodelación se convirtió en el Centro Simón Díaz, que alberga un núcleo del Sistema de Orquestas Infantiles y Juveniles, una biblioteca, presta las instalaciones para la realización de talleres de formación de la Fundación Caracas para la Vida y además es sede de la Gerencia de Ambiente de la alcaldía.

La vista y la arquitectura bien valen el viaje a este lugar, al que se le llega por la vía que conduce a la Universidad Santa María, en la carretera Petare-Santa Lucía. La Alcaldía Metropolitana ofrece visitas guiadas con transporte asegurado desde la estación de Metro La California.

El espacio aún espera por el desarrollo de todo su potencial. Está por abrirse una escuela de gastronomía en el lugar, aprovechando la amplia cocina que construyeron los Borges para su casa de 26 habitaciones. Hay planes de instalar un comedor y un cafetín, asegura Aída Cachafeiro, presidente de la Fundación Caracas para la Vida, que administra el lugar. También está pendiente un proyecto de integración urbana que permitirá a esos vecinos más próximos ingresar a la casa a través de un sistema de rampas que tejerán esa frontera zanjada entre la mansión y las casas humildes del barrio Julián Blanco.

Florantonia Singer
Fotos: Natalie Carrillo.

Dirección: calle La Florencia, carretera Petare-Santa Lucía, Centro Simón Díaz
Horario: lunes a viernes / 8:30 am a 4:00 pm
Contacto para visitas: caracasparalavida@alcaldiametropolitana.gob.ve

 

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Escuela de Enfermería de la UCV

Caracas Shots

Misteriosa, llamativa, vetusta y amplia. Así se muestra la Escuela de Enfermería de la Universidad Central de Venezuela en la urbanización Sebucán, cerca de la falda del cerro El Ávila. Una historia casi centenaria le antecede y funge como albergue para los casi 600 estudiantes, profesores y trabajadores que la ocupan en la actualidad.

La Escuela, separada de la Ciudad Universitaria, es un vínculo entre la novedad que representa la juventud y esas páginas del pasado que muestra su estructura erigida en 1928 y que desde el año 1992 funciona como sede de pregrado de Enfermería de la UCV, así como de algunos postgrados en la especialidad médica. Antes sirvió como residencia del noviciado del Sagrado Corazón de Los Dos Caminos mientras era propiedad de la Congregación de Hermanos de La Salle. Ahora, en manos de la UCV, es objeto de proyectos de preservación y mejora de sus instalaciones, que, por falta de presupuesto, aún no se han podido realizar.

Recorrer sus cinco edificios rodeados por innumerables matas de mango y abrazadora vegetación lleva a dar un paseo mental por viejas escenas que asumes transcurrieron en sus pasillos. Incluso, en su interior creerías ver sombras de una actividad hospitalaria que ocurriera durante la década de los 50 en una Caracas muy diferente a la actual. Dentro de sus muros, se imparten enseñanzas a jóvenes. Pero esta edificación pareciera que posee aún más historias de las que cuenta.

Un gran salón, que recuerda la época del dictador Marcos Pérez Jiménez, sirve como auditorio. Muchas aulas de diversos tamaños completan la oferta académica, así como varios laboratorios. Cada edificio cuenta con cuatro pisos y múltiples escaleras, que, a pesar de necesitar mantenimiento, no deja de encantar a quienes descubren este tesoro arquitectónico en una zona residencial caraqueña. Un edificio que rompe en espacio y tiempo con todo a su alrededor.

El recorrido por la Escuela de Enfermería de la UCV no estaría completo si se obvia la leyenda de supuestas apariciones que deambulan por el edificio. Jackson, uno de los jóvenes que cuida  la instalación, cuenta que muchos estudiantes, profesores y compañeros de trabajo aseveran haber visto el fantasma de una monja  pasearse por los pasillos. A él no le consta, pero la leyenda persiste y la comparten algunos jóvenes que allí estudian.

Jesús Castro
Foto: Alberto Rojas @chamorojas

Dirección: Calle Miguel Otero Silva, sexta transversal de la avenida principal de Sebucán.

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Cuadra de las novias

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En la urbanización El Silencio, hay una cuadra donde se materializa el sueño de aquellas mujeres que siempre han querido casarse de blanco. Por más de 60 años, un grupo de tiendas se ha especializado en la venta de velos, vestidos, guantes, liguero, base de bouquet, armador, arras, cojines y todo aquello ligado al mundo de las ceremonias nupciales. De allí que se ha ganado el nombre de la “Cuadra de las Novias”.

Las futuras esposas que necesitaban ahorrar algo de dinero y que no disponen de mucho tiempo para ir donde una modista, escoger un modelo de vestido y hacerse cientos de pruebas, acuden a las tiendas del centro de Caracas, a pocos pasos de la avenida Baralt, entre la plaza O’Leary y las Torres del Centro Simón Bolívar. Otras novias, en cambio, van para continuar con una tradición familiar, por ser el lugar donde sus madres o abuelas adquirieron el vestido del gran evento.

Las vitrinas exhiben modelos tradicionales. Pero puertas adentro pueden conseguir una variedad de vestidos, que van desde los más básicos hasta los más atrevidos, que llevan encajes, lentejuelas, bordados en relieve, satín de seda suave, chiffon. Quienes trabajan en las tiendas se encargan de confeccionar, bordar o entallar. Otras tantas, les toca consolar y hasta aconsejar a las futuras señoras.

Y es que la “Cuadra de Las Novias” ha sido testigo de amores, de prometidas que lloran de la emoción, de las que quieren probarse miles de vestidos, de las que se retratan con las prendas para conservar el momento o enviárselo a las amigas, de las que regresan acompañadas de la hija para continuar la racha. Pero también, de aquellas que lloran por la ruptura, por lo que no funcionó, por el desamor y que han retornado al lugar con el infortunio de devolver la prenda comprada.

“Yo me he vuelto consejera matrimonial”, relató Elisa de Arias, costurera del Palacio de Las Novias, en una entrevista publicada en El Universal. “Muchas veces nos toca ayudar a las novias e inspirarles tranquilidad de que todo va a salir bien ese día. De verdad, aquí se ve de todo. Tuvimos una que devolvió el vestido tres veces…¡Eso fue un desastre! Hasta que, por fin, se casó (risas)”.

La crisis económica del país ha impactado considerablemente en las ventas. Sin embargo, la “Cuadra de las Novias” sigue siendo, ahora más que antes, una opción para las futuras esposas que desean ahorrar dinero sin sacrificar estilo. Algunas de las tiendas han perdido clientela. Otras han bajado notablemente la producción, pero la mayoría se niega a renunciar a una tradición que es referencia en el centro de Caracas.

La tiendas de la “Cuadra de las Novias” ofrecen combos que incluyen 10 piezas –velo, vestido, guantes, tiara, baúl, liguero, base del bouquet, armador, arras y cojines- a un precio muy por de bajo del mercado de alta costura.

Hercilia Garnica
Foto: Efrén Hernández

Dirección: Avenida Baralt. Urbanización El Silencio. Bloque 2.
Metro: El Silencio

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Gran Templo Masónico

Gran Templo Masónico

Desde la fachada, el Gran Templo Masónico de Caracas refleja majestuosidad. En su entrada un jardín custodiado por dos grandes árboles de palma limitan con una vistosa reja de hierro. Un foco indiscutible y distintivo son las cuatro emblemáticas columnas salomónicas, de estilo redondeado y de reluciente dorado que dan marco a la puerta principal y a los nueve ventanales de madera que dan el frente de esta edificación de dos pisos, donde se guarda la memoria e historia de la sede principal de los adeptos a la francmasonería en el país.

El 24 de junio cumplieron 193 años de su fundación como Gran Logia, en una casona mandada a construir por el presidente Antonio Guzmán Blanco, que fue uno de los tan reconocidos personajes de la historia venezolana que se unieron a la masonería. Quizá el más célebre fue El Libertador Simón Bolívar, pero también contó entre sus filas a Francisco de Miranda, considerado por la Logia como uno de los pioneros de la masonería en Venezuela.

En la puerta principal, se observa el Escudo de las Armas Heráldicas de la Masonería. Un símbolo en el que se representan tres castillos y un brazo, que porta en la mano una insignia de trabajo. Internamente el templo cuenta con espacios detalladamente decorados, tanto en paredes como en mobiliario, en los que destaca la cúpula principal que se eleva a 16 metros de altura.

Cada espacio tiene una identidad y un sentido que forma parte de la filosofía sobre la cual se sustenta la Logia, como por ejemplo dos estatuas de bronce que representan La Concordia y El Trabajo; o el Salón de Pasos Perdidos, con sus paredes pintadas al óleo en el que se representan los 33 escudos de la Orden iluminado por tres lámparas de estilo “araña”; y la división del entorno la marcan dos grandes cámaras situadas a cada lado del salón: a la derecha, la del Aprendiz y a la izquierda, la del Maestro, con iguales medidas y dimensiones.

Un ambiente místico rodea el Templo que generalmente no está abierto a todo público, aunque hay eventos específicos que son llamados “tenidas blancas”, en los cuales se permite la participación de personas y familiares cercanos a los integrantes de la Logia, como por ejemplo cuando en 2014 recibieron por primera vez como guardianes una réplica de la espada de Bolívar.

Aún así, la presencia de esa casona clásica enclavada en una discreta calle del centro de Caracas resulta un descubrimiento para muchos de los que pasan al frente y la consiguen por primera vez. Su identidad y estampa destacan en un entorno que fue dejando atrás las fachadas coloniales, pero que guarda el misticismo que envuelve al Templo y su historia.

Gabriela Rojas
Foto: Alberto Rojas

Dirección: Avenida Este 3, esquinas de Jesuitas a Maturín, casa número 5.

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Casa Natal de Simón Bolívar

Casa Natal Simón Bolívar

Una colecta pública fue necesaria para que el gobierno de Juan Vicente Gómez se decidiera a adquirir y restaurar la Casa Natal de Simón Bolívar. Ese es uno de los primeros datos que aporta el guía de la vivienda convertida en museo. “Los caraqueños recolectaron 325.260,11 bolívares”, asevera mientras camina por la Sala Mayor, primer punto del recorrido.

La Sala Mayor era el lugar para las fiestas, matrimonios y eventos sociales. Robinson, el guía, se para junto a uno de los grandes ventanales y señala el poyo para explicar los rituales del cortejo. A su izquierda hay un cuarto rodeado por una cinta roja. Es la única sala a la que no se puede entrar. Adentro, se divisa una cama alta –una réplica traída de España–: allí nació el Libertador de cinco naciones, el 24 de julio de 1783.

La edificación es de mediados del siglo XVII. En sus inicios perteneció a Don Pedro de Ponte y después de varias generaciones cayó en manos del matrimonio de Juan Vicente de Bolívar y Ponte y María de la Concepción Palacios y Blanco. El Estado debió recuperarla porque la familia vivió allí hasta la muerte de la madre de El Libertador en 1792, cuando fue vendida a la familia Madriz. Y, por último, a Antonio Guzmán Blanco, que la tenía como depósito.

En 1916 comenzó la restauración. La casa fue reabierta el 5 de julio de 1921, con piezas de los siglos XVII, XVIII y principios del siglo XIX. Lo único original de los tiempos de Bolívar es una lámpara titilante. Un detalle que no le resta valor a la casa. El pintor Tito Salas, por ejemplo, decoró la mayoría de las paredes. Pero no le bastó con eso. En la Sala Menor –usada en aquella época para atender visitas cortas– hay un cuadro que representa el bautizo de Bolívar. Allí se autorretrató Salas como uno de los invitados.

Hay tesoros que recuerdan a la familia. En el patio central está la pila donde bautizaron al niño Simón. En la capilla está el banco de la Catedral donde se sentaban los Bolívar a escuchar la misa, y también un retablo traído de la iglesia de San Francisco cuando le dieron el título de Libertador. Otra reliquia es el “Cofre de Monte Sacro”, que adentro tiene tierra de Italia para recordar el momento en que Bolívar juró comprometerse con la causa independentista hispanoamericana.

Emily Avendaño
Foto: Hugo Londoño

Dirección: entre las esquinas de Traposos y San Jacinto
Horario: de martes a viernes de 9:00 am a 4:30 pm, sábados de 10:00 am a 4:00 pm; y domingos de 10:00 am a 3:00 pm

Dato:
La apariencia de la Casa Natal responde a la intervención que estuvo lista en 1921. Entonces fue decorada con materiales opulentos como el mármol. El 25 de julio de 2002 la edificación fue declarada Monumento Histórico Nacional.

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