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Historia

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Camino de los Españoles

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El Camino de los Españoles existía mucho antes de la fundación de Caracas. Era un viejo sendero zigzagueante que los indígenas llamaban La Culebrilla. A finales del siglo XVI, Santiago de León de Caracas dependía mucho del puerto de La Guaira y se decide establecer una ruta fija que permitiera hacer control de aduanas y restringir el contrabando. En mayo de 1589, el Gobernador y Capitán General de la Provincia de Venezuela, don Diego de Osorio, ordena la construcción del Camino de la Montaña. Su mandato se cumple seis años después.

En el Camino de Los Españoles, se inicia actualmente la ruta Los Fortines del Ávila que coordina el equipo de la Fundación Historia, Ecoturismo y Ambiente (Fundhea) y que recorre parte del trazado de 17,8 kilómetros. En la entrada de Puerta de Caracas, su director Derbys López da la bienvenida al recorrido, que comienza con un museo al aire libre que representa las tradiciones del período colonial a través de murales pintados en la calle.

Se cuenta que España temía una invasión. Le daba miedo que Inglaterra, Francia u Holanda se apoderaran de alguna de sus colonias. No era un terror infundado, ya en 1595 un pirata inglés de apellido Preston saqueó La Guaira y entró a Caracas.  “En el período colonial, La Guaira era más importante que Caracas porque era la alcancía del país. Había 21 fortalezas que la protegían y cinco de ellas se encontraban en el Camino Viejo”. En Caracas, en cambio, no había fortalezas sino cuarteles. El Ávila en sí mismo era suficiente protección.

La primera parada es Campo Alegre. La comunidad se ha llamado así durante siglos, al igual que Sanchorquiz, poblado que debe su nombre al militar español Sancho de Alquiza, alguna vez presidente del Cabildo de Caracas. Sus esclavos africanos no hablaban español, así que Sanchorquiz quedó. Dos Caminos también ha conservado su topónimo por centurias. Ese era el punto donde confluían los avisos militares, cada vez que se sospechaba que La Guaira estaba bajo asedio y desde los fortines empezaban a tronar los cañones.

De La Guaira a Caracas las fortalezas eran: Del Salto; San Joaquín de la Cuchilla (o La Cumbre) que era el más grande y mejor equipado de la montaña; La Atalaya (o fortín del medio) que era un punto de vigilancia; Castillo Negro cuyas paredes fueron pintadas con carbón para que pasara desapercibido desde el mar; y Castillo Blanco que era otro punto de vigilancia. Los cinco se terminaron de construir aproximadamente en 1770 y actualmente es muy poco lo que queda de ellos.

Dato: El Camino de los Españoles perdió importancia en 1845 cuando el presidente Carlos Soublette inaugura el Camino Nuevo de Maiquetía (carretera vieja Caracas-La Guaira). Sin embargo, alrededor de 400 familias descendientes de canarios –los llamados blancos de orilla– todavía ocupan sus senderos. Se dedican al cultivo de hortalizas y de flores.

Dirección: Puerta de Caracas. La Pastora

Emily Avendaño 

Fotografía: Andrea Tosta  

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Ceiba de San Francisco

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Emerge en el medio del concreto. De su tronco grueso de 30 metros de altura, brotan ramas que forman una fronda verde y espesa. Allí, frente a la esquina San Francisco, una ceiba se ha mantenido imbatible desde mediados de 1866. Es más que una guarida al sol de mediodía en el centro de Caracas: el árbol es uno de los más longevos de la ciudad y ha sido testigo de números episodios históricos.

Se desconoce quién lo plantó. Una de las versiones dice que fue la pequeña hija de un policía quien la sembró y regó hasta que creció. A su alrededor, entonces estaba el Convento de las Carmelitas (donde ahora se encuentra el Palacio Federal Legislativo), el Palacio de las Academias y el Convento de la Inmaculada Concepción.

Bajo su sombra se reunían a trabajar comerciantes y corredores. De allí que el logotipo de la Bolsa de Valores de Caracas tenga su figura. Frente a la planta, el presidente Antonio Guzmán Blanco ordenó colocar una estatua suya denominada El Saludante, que luego el Congreso ordenó derribar. Por cosas como ésas el árbol se fue convirtiendo en un emblema de la capital.

Inspiró a Miguel Otero Silva, en versos tremendistas (1942): “Casi un siglo vivir junto al Congreso/ oyendo tantas vainas sin moverte/ no hay piedra ni árbol que resista eso/ más noble es el regazo de la muerte”. También fue musa para Julio Garmendia, que le escribió versos así: “La vida apenas es un breve momento/ y yo con ser Ceiba, soy perecedera. Hago un testamento: el día que muera le dejo a la tierra toda mi madera y todas mis flores”.

La Ceiba de San Francisco está lejos de morir. Constantemente la podan como parte del mantenimiento necesario para que siga con vida, y a sus pies construyeron un jardín con plantas de flores. Por toda su historia, en 2001 fue declarada Patrimonio Natural de Venezuela.

Erick Lezama
Foto: Efrén Hernández

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Teatro Ayacucho

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La dinámica social y de entretenimiento de Caracas cambió en la década de 1920, con la inauguración de una de las edificaciones del arquitecto Alejandro Chataing: el Teatro Ayacucho. Este espacio abrió sus puertas en 1925 como un centro artístico, con capacidad para albergar todos los eventos escénicos posibles. Contaba con equipos modernos y una distribución concebida para tal fin: vestíbulo, platea, balcón y gradería, además de un escenario con camerinos y tramoya. El aforo alcanzaba para 1.300 personas.

De ese hermoso edificio, hoy solo quedan nombres y detalles de una arquitectura de influencia francesa. Lamentablemente, quedó relegado a ser una especie de centro comercial, con locales de comida rápida distribuidos en la estructura de lo que fuera un elegante teatro.

Al visitarlo, se rescata la oportunidad de ver un hermoso mural en relieve, de piedra tallada, del artista Bianchini. Pero la obra se halla opacada por un televisor pantalla plana ubicado en su borde inferior que impide su completa visualización.

El nombre de Teatro Ayacucho se mantiene en su fachada. Esa que resalta entre las esquinas La Bolsa y Padre Sierra, por su majestuosidad y belleza. Cuando fue intervenido en la década de los noventa, para ser transformado en centro comercial, quizás el interés por no borrar su historia llevó a sus interventores a renombrar cada uno de los niveles con sus usos originales: Orquesta, Patio, Balcón, Tramoya y Terraza, entre los cuales se distribuyen comercios, feria de comida y tres sala de cine, que se mantienen activas.

El 15 de abril de 1994 fue declarado Monumento Histórico Nacional para proteger su estructura. Aunque su uso varió, al menos el Teatro Ayacucho no corrió con la misma suerte de su vecino el Cine Continental, que permanece cerrado. El Continental abrió al público el 11 de enero de 1936, fue diseñado por los ingenieros Guillermo Salas y Félix Aguilú, y remodelado en 1942 por Carlos Guinand Sandoz, quien le confiere el estilo Art Déco que lo caracteriza. De recuperarse, esta cuadra retomaría el valor artístico y cultural que la signó a mediados del siglo XX, y que lo completaba el antiguo Teatro Capitol, a pocos metros de ambos (entre las esquinas Padre Sierra y Las Monjas, hoy sede de una franquicia de hamburguesas).

El Teatro Ayacucho es el segundo cine más antiguo de Caracas y del país; le antecede el Teatro Rialto (inaugurado en 1917)

Patricia Marcano
Foto: Hugo Londoño

Dirección: avenida Sur 4, entre las esquinas La Bolsa y Padre Sierra. Parroquia Catedral
Metro: estación Capitolio

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Esquina El Muerto

Esquina El Muerto

Una inscripción hecha sobre cerámica, con letras azules, le deja muy claro al transeúnte dónde se está. Se lee claramente “Esquina El Muerto”. Y el aviso salta a la vista en una de las paredes blancas del famoso Restaurant Gallegos, cuya fachada ha tratado de mantener algunos vestigios de la arquitectura de la época.

El cuento data de los años de la Guerra Federal (1859-1863), cuando los enfrentamientos llegaron a la capital del país, según relata Carmen Clemente Travieso en su libro Las esquinas de Caracas (1956). En ese entonces, se hizo cotidiano hallar soldados muertos o heridos en las calles y escuchar sus quejidos hasta morir en la penumbra de la noche. Pocos se atrevían a abrirles la puerta de sus casas para ayudarlos.

Esta esquina también es referencia por las paellas que preparan en el Restaurant Gallegos, ubicado en la cuadra norte de la esquina El Muerto. Su fama no es reciente, están allí desde 1947. Por ello les viene bien definirse como un restaurante de “tradición caraqueña con todo el sabor de España”.

En una tregua acordada por ambos bandos, varias cuadrillas salieron a la calle a retirar los cadáveres que obstaculizaban los caminos, para llevarlos al cementerio y sepultarlos. Cuando llegaron a la esquina que hoy se conoce como El Muerto, uno de los cuerpos recogidos del suelo y llevado en camilla se sentó de repente y dijo: “No me lleven a enterrar, porque estoy vivo”.

¡Susto! Los camilleros soltaron la camilla y se fueron corriendo, dejando al muerto que estaba vivo en plena calle. La noticia no tardó en difundirse de boca en boca por la ciudad, hasta el punto de que la gente al pasar por allí comentaba que esa era la esquina donde se había levantado un muerto y, acto seguido, se persignaban. Bien fuese por respeto o por miedo.

El protagonista de la historia, evidentemente, no había muerto. Había caído desmayado producto de la herida y luego recobró el conocimiento. Así, la historia de esta esquina que no es la de cualquier muerto que salía de noche a asustar, sino la de un vivo que todos creían muerto, o la de un muerto que revivió.

Patricia Marcano
Foto: Efrén Hernández

Dirección: esquina El Muerto, a una cuadra de la avenida Fuerzas Armadas, a la altura del Colegio Fray Luis de León (esquina Isleños). Parroquia Santa Rosalía.

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Mata de Coco

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Ya nada despierta sospechas de arte en ese rincón aséptico de Caracas. Concreto, ladrillos, vayas publicitarias y vehículos que cruzan la avenida Blandín de La Castellana como si estuvieran compitiendo en Indianápolis. Ya no hay nada de lo que hubo, que era cultura, sobre todo pop, y ahora es historia.

Jurarían que el silencio es absoluto, pero no. Quien tiene el oído bien calibrado para estas cosas puede parar la oreja y, allá, pequeñito en el fondo, percibirá unas voces. Y después, unas baterías, guitarras, bajos, sintetizadores… Oirá rock, pop, ska, música comercial de la mejor que se ha hecho en Venezuela.

No teman. Son fantasmas de vivos y muertos que alguna vez tocaron allí. Es el fantasma de una época en la que las entradas decían Estudio Mata de Coco, Teatro Mata de Coco, Discoteca Mata de Coco. No había consenso sobre qué era realmente. En lo que sí había unanimidad era en considerarlo un lugar ideal, como ninguno en Caracas, para organizar conciertos.

Yordano fue de los primeros. Corría el año 1985 cuando el cantautor estaba buscando donde bautizar su exitosísimo ‘disco negro’ que todavía no era exitosísimo. Nada le gustó hasta que encontró ese “mini-Poliedro”, con aforo para unos 1.200 asistentes —ni mucho ni poco— con un balcón y unas gradas movibles que permitían una inusual cercanía entre público y artista.

Los dueños del antiguo cine olfatearon la oportunidad de negocios y así llegaron Franco de Vita, Ilan Chester, Frank Quintero, Adrenalina Caribe, Daiquirí, Karina, Colina, Melissa, Ricardo Montaner, Carlos Mata, Guillermo Dávila… En Venezuela, Rodven y Sonográfica libraban una batalla de hits, pero los artistas de ambas compañías disqueras confluían en Mata de Coco.

Si se agudiza el oído, se captará el pop de Aditus y el de Témpano, y también el rock de Sentimiento Muerto. Sonará el ska satírico y reivindicativo de Desorden Público, el desparpajo erótico de Zapato 3 y los primeros sabores letales de los Caramelos de Cianuro.

Los extranjeros también visitaban ese rincón de la capital donde se produjo el primero contacto de Soda Stereo con el público venezolano. En su marquesina se deletrearon los nombres de los argentinos Charly García y Fito Páez, y los de los españoles Joaquín Sabina, El Último de la Fila y Mecano. Sí, Mecano, cuando los muertos allí la pasaban muy bien entre flores de colores.

Para un venezolano, decir Mata de Coco es evocar la banda sonora de una época, es viajar inevitablemente a un capítulo de nuestra historia contemporánea, patria… y pop.

Gerardo Guarache Ocque
Foto: cortesía Carlos Sánchez

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Esquina de Amadores

Esquina de Amadores

Tenía José Gregorio Hernández 55 años de edad. Ese 29 de junio de 1919 estaba cumpliendo 31 años de su graduación como médico. Pasaban las dos de la tarde cuando solicitaron sus servicios. Le pidieron visitar a una anciana que vivía entre las esquinas de Amadores y Cardones. Hernández salió enseguida, a pie como siempre lo hacía. Atendió a la enferma y él mismo fue a la Farmacia Amadores a comprarle el remedio. Frente a la botica halló la muerte.

El tranvía eléctrico estaba parado en la esquina, en ese momento se había quedado sin energía. José Gregorio tenía la medicina en la mano y, despistado como era, fue a cruzar la calle leyendo la etiqueta. Amadores es una pendiente y los carros de aquel entonces debían acelerar para tomarla. Eso fue lo que hizo el señor Fernando Bustamante, a bordo de un Hudson-Essex. No hubo tiempo de frenar, cuando se dio cuenta ya Hernández había pegado la cabeza contra la acera.

El Venerable murió como resultado de una fractura en la base del cráneo, pero no en Amadores, sino en el Hospital Vargas. El mismo Bustamante lo auxilió. Lo subió a su automóvil y lo llevó al centro de salud. Cuentan que no había médico de guardia, así que en el mismo vehículo van a buscar al doctor Luis Razetti –amigo de José Gregorio–, pero no hubo mucho qué hacer. Al llegar certificó la defunción.

A José Gregorio se le recuerda en tres de los cuatro puntos cardinales de Amadores. La farmacia, aunque ha pasado de mano en mano, sigue teniendo el mismo nombre. En su muro hay dos placas: una que alude a que la vida del médico se extinguió en ese sitio y otra del Concejo Municipal de Libertador que refiere que desde el 28 de octubre de 2009 se designa con el nombre del Dr. José Gregorio Hernández la avenida Oeste 9, que va desde la esquina del Guanábano hasta El Carmen. Homenaje que se le hizo cuando se cumplieron 145 años de su natalicio.

Un mural con la imagen del médico de los pobres está pintado en otra de las paredes. Nuevamente hay dos placas. Ambas de la Fundación Misión José Gregorio Hernández. En una de las inscripciones estos versos saltan a la vista: “Tú la ciencia la sabías y sanabas por doquier. Y por eso te han tenido Venerable; santo ser. Que tu pueblo pide a gritos: santifiquen a José”. Para lograrlo todavía hace falta probar dos milagros.

Emily Avendaño
Foto: Efrén Hernández

Los archivos del juicio que se le siguió al señor Fernando Bustamante reposan en la oficina del Registro Público de Caracas. Tiene 62 folios. El 30 de junio de 1919 comenzaron a comparecer los testigos. Ese mismo día, José Benigno Hernández y César Hernández, hermanos de José Gregorio, remitieron una carta al juez en el que se dicen convencidos de que se trató de un “accidente imprevisto”. El proceso concluyó el 11 de febrero de 1920 con la absolución de Bustamante.

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Pasaje Zingg

Pasaje Zingg

En la década de los 50, la sociedad caraqueña conoció por primera vez las escaleras mecánicas. El edificio Zingg diseñado en 1940 por Oskar Herz fue construido como una estructura sólida y resistente a los terremotos. Pero trece años después, el arquitecto Arthur Khan hizo de esa estructura un espacio de paseo al crear el pasaje que forma la planta base construida en 1953, lo que le dio a Caracas un rostro de modernidad como cualquier ciudad cosmopolita de Europa.

En la inauguración, las personas se agolpaban frente a las modernas escaleras hechas de madera que funcionaban con un sistema de motores mecánicos que los hacían descender y ascender sin siquiera mover una rodilla.

El edificio y el pasaje deben su nombre a su propietario Gustavo Zingg, un importador y comerciante alemán que llegó a Venezuela en 1890.

Los mejores comercios y boutiques de la época se disputaban un espacio en las cuarenta tiendas disponibles del sofisticado edificio, que de cierta forma se convertía en uno de los primeros centros comerciales de la capital. Esa galería abierta propia del estilo parisino que conecta la avenida Universidad entre la esquina de Sociedad y Traposos, le dio una identidad al edificio que aún mantiene.

Hasta los años 90, la vida del Pasaje Zingg competía con el vertiginoso cambio de su entorno. Hoy sus famosas escaleras mecánicas de madera que inauguraron una época urbana solo acumulan polvo, porque dejaron de funcionar hace unos cinco años. Tampoco está la barbería con su clásico cilindro azul y rojo ni el estudio de dibujo donde trabajó el caricaturista Sancho. Ahora hay una escuela de pintura. Y el discreto kiosco que hoy tiene en su fachada los anuncios de los principales diarios impresos del país, añora la época en la que se preciaba de vender las revistas importadas que llegaban primero a la capital.

Afuera, los buhoneros rodean la entrada ofreciendo baratijas colgadas en anime. Adentro, las tiendas que aún se mantienen lidian con el paso del tiempo y resguardan con celo el olor añejo para no dejar escapar el recuerdo de los tiempos más prósperos. Porque aunque unos cuantos visitantes cruzan ante sus vitrinas, lo hacen más para acortar el camino que para pasearse como clientes.

Sólo las grandes letras de ‘galería’ que lo identifican han resistido el cambio de siglo. De esa esencia de lugar de paseo con el que surgió el Pasaje Zingg queda poco, porque se diluyó entre el incesante bullicio de la zona que lo rodea y la modificación de casi todas las fachadas que se convirtieron en rejas y santamarías grises que resguardan los negocios en un punto de la ciudad que se hizo vulnerable.

Gabriela Rojas
Foto: Hugo Londoño

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Hotel Waldorf

Hotel Waldorf

El cronista Enrique Bernardo Núñez, en su libro “La ciudad de los techos rojos”, escribió un capítulo llamado: “De la ranchería de Fajardo, al Hotel Waldorf”, donde se lamenta acerca del nombre de este hotel: “Los propietarios no encontraron en torno suyo un nombre bastante apropiado y fueron a buscarlo a Nueva York, Park Avenue”. El Hotel Waldorf Astoria, que inspiró al dueño de este hospedaje caraqueño, es un rascacielos de estilo Art Déco (o Art Decó)  de 47 pisos, situado en Manhattan en la Avenida Park, el cual se concluyó en 1931. A su vez, el hotel neoyorkino debe su nombre al William Waldorf Astor, un millonario estadounidense que se convirtió en noble británico.

A partir de la década de los 50, el restaurante del Waldorf estuvo bajo la dirección de un reconocido personaje del mundo de la gastronomía y hostelería, Federico Schlesinger, un austríaco que sentía verdadera pasión por su trabajo y que supo transmitirla a sus empleados. Durante la Navidad, acostumbraba a organizar grandes meriendas y distribuir juguetes entre los niños de la zona, como una forma de retribuirle al país lo que tanto le había dado.

En el Hotel Waldorf se hospedó Louis Armstrong, trompetista y cantante estadounidense de jazz, durante su visita a Caracas en el año 1957. Cuentan que debido al color de su piel, no le permitieron alojarse en el Hotel Tamanaco (dirigido en ese momento por estadounidenses), por lo que terminó hospedándose en el Waldorf. Sin embargo, hay otra versión que cuenta que después del desplante, pasó la noche en el hotel El Conde, en la esquina del mismo nombre.

Oscar Yánez, testigo presencial de la visita de Louis Armstrong a Venezuela, narró que uno de los lugares donde actuó fue en el Nuevo Circo de Caracas, donde organizaron un concierto a precios muy solidarios para que las mayorías pudieran disfrutarlo, pero insólitamente sólo fueron 50 personas. Esto molestó al artista más que el incidente racista y juró no volver más al país.

Este hotel también sirvió de locación para una película venezolana rodada en 2006: “Al borde de la línea”, ópera prima de Carlos Villegas Rosales, protagonizada por Jerónimo Gil, Caridad Canelón, Daniela Bascopé y Roque Valero. Alquilaron su primer piso durante 4 semanas, mientras que el resto de las instalaciones seguían funcionando.

Pero no todo ha sido gloria para el Hotel Waldorf. En 2007, fue invadido y luego desalojado. Recientemente, la estructura original fue sometida a un proceso de remodelación interna. A la vez se ha ampliado con una torre de 100 habitaciones, luego que se anexó el edificio Puente Anauco que está contiguo en la esquina, hecho también en 1940 con una fachada Art Decó curva. Aquí precisamente es donde está el lobby, que nos recibe con una gran lámpara de cristal y un piano que pertenecía a los primeros tiempos del hotel.

Te Paseo y Te Cuento
Foto: S/A
Dirección: Av. La Industria, Esquina Campo Elias a Puente Anauco, Edif. Hotel Waldorf PB, Urbanización La Candelaria. http://www.hotelwaldorf.com.ve

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Torres de El Silencio

Torres CSB

Hubo una época, de más esplendor, en la que las postales que se enviaban de Caracas eran de las Torres de El Silencio. Eran un ícono, una referencia obligada, un emblema de la ciudad. Las torres, de 32 pisos y 103 metros de altura, también conocidas como las torres del Centro Simón Bolívar (CSB), tuvieron una significación especial, porque marcaron el paso de un país de condición agrícola a un país petrolero. Fueron inauguradas el 6 de diciembre de 1954, en plena dictadura de Marcos Pérez Jiménez.

Hay una bibliografía extensa que refiere el majestuoso carácter que ostentaron las torres durante muchos años. La estructura derivó de ese proceso de renovación de la ciudad que se denominó Plan Rotival (por Maurice Roltival, arquitecto y urbanista francés) que proponía darle brillo a Caracas, inyectarle fuerza urbana a su centro, sacarla de su condición de aldea y convertirla en una de las capitales de Suramérica, tal y como lo definió el arquitecto venezolano, Leopoldo Provenzali. Se esperaba que el plan señalara las directrices que habría de seguir la urbe en su proceso de desarrollo y en efecto propuso la construcción de una gran avenida, la Bolívar, que partiría desde El Calvario y actuaría como espina dorsal del nuevo casco central de la ciudad.

La construcción de la arteria vial requería la creación de una empresa, así surgió la Compañía Anónima Obras Avenida Bolívar, que en 1953 se convertiría en el Centro Simón Bolívar C.A, y luego tomó la forma de dos torres gemelas, con un estilo arquitectónico moderno. Los edificios se destacaron por tener escaleras y pasillos muy amplios, pisos de estacionamiento, muy novedoso para la época; baños con mobiliario innovador y hasta teléfonos públicos, inusuales en esa Caracas de los años 50. También había un sistema de plazas, pasillos, pórticos y portales.

Durante un tiempo, las torres fueron el ícono más representativo de la llegada de la modernidad a Caracas y ocuparon, por varios años, el primer lugar en Venezuela por su altura de más de 103 metros. Las dos edificaciones, que se identifican como Torre Norte y Torre Sur, miden de ancho 20,35 metros y 23,25 metros, respectivamente, y fueron destinadas en un principio al comercio y áreas de servicio. Más adelante, varios ministerios ocuparon pisos enteros de la estructura.

Las torres fueron diseñadas y construidas por el arquitecto venezolano Cipriano Castro Domínguez, entre los años 1952 y 1954, en colaboración con Tony Manrique de Lara y José Joaquín Álvarez. Ambos edificios establecieron una conexión espacial con el conjunto de la urbanización de El Silencio proyectada por Carlos Raúl Villanueva.

En el año 2005, el Concejo Municipal de Libertador declaró al Centro Simón Bolívar como patrimonio municipal de Caracas. Sin embargo, esta declaratoria no ha servido para proteger a las Torres de El Silencio del deterioro progresivo y avanzado en el que se encuentran. Los sótanos lucen oscuros y solos. El mal olor se percibe en cada rincón de los edificios. Las ventanas están rotas. Hay mugre y basura en la entrada de los edificios y las áreas circundantes. Los techos están desprendidos, así como los mármoles y mosaicos vitrificados de paredes y pisos. La degradación es completa.

Hercilia Garnica
Foto: Teresa Cerdeira.

Dirección: Av. Baralt, Plaza Caracas; entre las avenidas Oeste 6 y Oeste 8. Parroquia Santa Teresa.
Metro: estación Capitolio.

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El Gran Café

Gran Café

Escapado de una férrea prisión ubicada la Guayana Francesa, Henri Charriére, francés de nacimiento, llegó en 1946 a Venezuela dentro de un saco lleno de cocos. Se instaló en Caracas y en la Calle Real de Sabana Grande compró la Quinta Cristal, donde fundó su negocio que bautizó como Le Grand Café. Con clara remembranza parisina, dispuso cincuenta mesas al aire libre. Allí escribió “Papillon”, un libro donde cuenta su vida y su fuga de la cárcel. La historia se convirtió en bestseller y fue llevada a la gran pantalla protagonizada por Steve McQueen y Dustin Hoffman.

En los años 50, Le Grand Café era muy frecuentado, sobre todo por poetas, escritores, artistas, políticos e intelectuales del grupo conocido como La República del Este. Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Miguel Otero Silva, Carlos Fuentes, Renny Ottolina, Francisco Massiani, Chritian Dior, Salvador Garmendia, José Ignacio Cabrujas Pascual Navarro, Mateo Manaure, Marcos Pérez Jiménez, entre muchos otros, mantenían allí largas tertulias acompañadas de café. Dicen que en un día se despachaban más de tres mil tazas.

Charriére le vendió el local a un italiano, quien lo dejó en manos unos portugueses. Éstos, a su vez, se lo vendieron, en 1968 a sus actuales dueños, la familia Da Silva, también de origen portugués. Fueron ellos quienes castellanizaron el nombre como El Gran Café.

Durante 40 años mantuvo sus puertas abiertas hasta las 3 de la mañana. Pero Caracas fue creciendo y con ella la delincuencia. Además, en la década del 2000 el bulevar se cundió de buhoneros. Y todo eso sacó al gran café de la burbuja en la que estaba. Ahora, a más tardar las 10 de la noche, baja sus santamarías. “Sería suicida no hacerlo”, dice uno de sus mesoneros que lleva 20 años allí.

Lo exclama con nostalgia de lo que fue y ya no es. El mármol del piso pasó a ser pancré gastado. Lo que queda de la terraza son diez mesas –con flores marchitas– pegadas a la entrada. Ya no existe la pérgola. Las ventanas del local están atravesadas por balas perdidas. Las barandas de la escalera que conduce a la segunda planta, están rotas. Y el café (que sigue siendo muy bueno) es servido en tazas de plástico; porque, dicen los dueños, que se roban las vajillas. Así de triste.

Erick Lezama
Foto: Archivo El Nacional / Pedro Garrido

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