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Historia

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Mata de Coco

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Ya nada despierta sospechas de arte en ese rincón aséptico de Caracas. Concreto, ladrillos, vayas publicitarias y vehículos que cruzan la avenida Blandín de La Castellana como si estuvieran compitiendo en Indianápolis. Ya no hay nada de lo que hubo, que era cultura, sobre todo pop, y ahora es historia.

Jurarían que el silencio es absoluto, pero no. Quien tiene el oído bien calibrado para estas cosas puede parar la oreja y, allá, pequeñito en el fondo, percibirá unas voces. Y después, unas baterías, guitarras, bajos, sintetizadores… Oirá rock, pop, ska, música comercial de la mejor que se ha hecho en Venezuela.

No teman. Son fantasmas de vivos y muertos que alguna vez tocaron allí. Es el fantasma de una época en la que las entradas decían Estudio Mata de Coco, Teatro Mata de Coco, Discoteca Mata de Coco. No había consenso sobre qué era realmente. En lo que sí había unanimidad era en considerarlo un lugar ideal, como ninguno en Caracas, para organizar conciertos.

Yordano fue de los primeros. Corría el año 1985 cuando el cantautor estaba buscando donde bautizar su exitosísimo ‘disco negro’ que todavía no era exitosísimo. Nada le gustó hasta que encontró ese “mini-Poliedro”, con aforo para unos 1.200 asistentes —ni mucho ni poco— con un balcón y unas gradas movibles que permitían una inusual cercanía entre público y artista.

Los dueños del antiguo cine olfatearon la oportunidad de negocios y así llegaron Franco de Vita, Ilan Chester, Frank Quintero, Adrenalina Caribe, Daiquirí, Karina, Colina, Melissa, Ricardo Montaner, Carlos Mata, Guillermo Dávila… En Venezuela, Rodven y Sonográfica libraban una batalla de hits, pero los artistas de ambas compañías disqueras confluían en Mata de Coco.

Si se agudiza el oído, se captará el pop de Aditus y el de Témpano, y también el rock de Sentimiento Muerto. Sonará el ska satírico y reivindicativo de Desorden Público, el desparpajo erótico de Zapato 3 y los primeros sabores letales de los Caramelos de Cianuro.

Los extranjeros también visitaban ese rincón de la capital donde se produjo el primero contacto de Soda Stereo con el público venezolano. En su marquesina se deletrearon los nombres de los argentinos Charly García y Fito Páez, y los de los españoles Joaquín Sabina, El Último de la Fila y Mecano. Sí, Mecano, cuando los muertos allí la pasaban muy bien entre flores de colores.

Para un venezolano, decir Mata de Coco es evocar la banda sonora de una época, es viajar inevitablemente a un capítulo de nuestra historia contemporánea, patria… y pop.

Gerardo Guarache Ocque
Foto: cortesía Carlos Sánchez

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Esquina de Amadores

Esquina de Amadores

Tenía José Gregorio Hernández 55 años de edad. Ese 29 de junio de 1919 estaba cumpliendo 31 años de su graduación como médico. Pasaban las dos de la tarde cuando solicitaron sus servicios. Le pidieron visitar a una anciana que vivía entre las esquinas de Amadores y Cardones. Hernández salió enseguida, a pie como siempre lo hacía. Atendió a la enferma y él mismo fue a la Farmacia Amadores a comprarle el remedio. Frente a la botica halló la muerte.

El tranvía eléctrico estaba parado en la esquina, en ese momento se había quedado sin energía. José Gregorio tenía la medicina en la mano y, despistado como era, fue a cruzar la calle leyendo la etiqueta. Amadores es una pendiente y los carros de aquel entonces debían acelerar para tomarla. Eso fue lo que hizo el señor Fernando Bustamante, a bordo de un Hudson-Essex. No hubo tiempo de frenar, cuando se dio cuenta ya Hernández había pegado la cabeza contra la acera.

El Venerable murió como resultado de una fractura en la base del cráneo, pero no en Amadores, sino en el Hospital Vargas. El mismo Bustamante lo auxilió. Lo subió a su automóvil y lo llevó al centro de salud. Cuentan que no había médico de guardia, así que en el mismo vehículo van a buscar al doctor Luis Razetti –amigo de José Gregorio–, pero no hubo mucho qué hacer. Al llegar certificó la defunción.

A José Gregorio se le recuerda en tres de los cuatro puntos cardinales de Amadores. La farmacia, aunque ha pasado de mano en mano, sigue teniendo el mismo nombre. En su muro hay dos placas: una que alude a que la vida del médico se extinguió en ese sitio y otra del Concejo Municipal de Libertador que refiere que desde el 28 de octubre de 2009 se designa con el nombre del Dr. José Gregorio Hernández la avenida Oeste 9, que va desde la esquina del Guanábano hasta El Carmen. Homenaje que se le hizo cuando se cumplieron 145 años de su natalicio.

Un mural con la imagen del médico de los pobres está pintado en otra de las paredes. Nuevamente hay dos placas. Ambas de la Fundación Misión José Gregorio Hernández. En una de las inscripciones estos versos saltan a la vista: “Tú la ciencia la sabías y sanabas por doquier. Y por eso te han tenido Venerable; santo ser. Que tu pueblo pide a gritos: santifiquen a José”. Para lograrlo todavía hace falta probar dos milagros.

Emily Avendaño
Foto: Efrén Hernández

Los archivos del juicio que se le siguió al señor Fernando Bustamante reposan en la oficina del Registro Público de Caracas. Tiene 62 folios. El 30 de junio de 1919 comenzaron a comparecer los testigos. Ese mismo día, José Benigno Hernández y César Hernández, hermanos de José Gregorio, remitieron una carta al juez en el que se dicen convencidos de que se trató de un “accidente imprevisto”. El proceso concluyó el 11 de febrero de 1920 con la absolución de Bustamante.

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Pasaje Zingg

Pasaje Zingg

En la década de los 50, la sociedad caraqueña conoció por primera vez las escaleras mecánicas. El edificio Zingg diseñado en 1940 por Oskar Herz fue construido como una estructura sólida y resistente a los terremotos. Pero trece años después, el arquitecto Arthur Khan hizo de esa estructura un espacio de paseo al crear el pasaje que forma la planta base construida en 1953, lo que le dio a Caracas un rostro de modernidad como cualquier ciudad cosmopolita de Europa.

En la inauguración, las personas se agolpaban frente a las modernas escaleras hechas de madera que funcionaban con un sistema de motores mecánicos que los hacían descender y ascender sin siquiera mover una rodilla.

El edificio y el pasaje deben su nombre a su propietario Gustavo Zingg, un importador y comerciante alemán que llegó a Venezuela en 1890.

Los mejores comercios y boutiques de la época se disputaban un espacio en las cuarenta tiendas disponibles del sofisticado edificio, que de cierta forma se convertía en uno de los primeros centros comerciales de la capital. Esa galería abierta propia del estilo parisino que conecta la avenida Universidad entre la esquina de Sociedad y Traposos, le dio una identidad al edificio que aún mantiene.

Hasta los años 90, la vida del Pasaje Zingg competía con el vertiginoso cambio de su entorno. Hoy sus famosas escaleras mecánicas de madera que inauguraron una época urbana solo acumulan polvo, porque dejaron de funcionar hace unos cinco años. Tampoco está la barbería con su clásico cilindro azul y rojo ni el estudio de dibujo donde trabajó el caricaturista Sancho. Ahora hay una escuela de pintura. Y el discreto kiosco que hoy tiene en su fachada los anuncios de los principales diarios impresos del país, añora la época en la que se preciaba de vender las revistas importadas que llegaban primero a la capital.

Afuera, los buhoneros rodean la entrada ofreciendo baratijas colgadas en anime. Adentro, las tiendas que aún se mantienen lidian con el paso del tiempo y resguardan con celo el olor añejo para no dejar escapar el recuerdo de los tiempos más prósperos. Porque aunque unos cuantos visitantes cruzan ante sus vitrinas, lo hacen más para acortar el camino que para pasearse como clientes.

Sólo las grandes letras de ‘galería’ que lo identifican han resistido el cambio de siglo. De esa esencia de lugar de paseo con el que surgió el Pasaje Zingg queda poco, porque se diluyó entre el incesante bullicio de la zona que lo rodea y la modificación de casi todas las fachadas que se convirtieron en rejas y santamarías grises que resguardan los negocios en un punto de la ciudad que se hizo vulnerable.

Gabriela Rojas
Foto: Hugo Londoño

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Hotel Waldorf

Hotel Waldorf

El cronista Enrique Bernardo Núñez, en su libro “La ciudad de los techos rojos”, escribió un capítulo llamado: “De la ranchería de Fajardo, al Hotel Waldorf”, donde se lamenta acerca del nombre de este hotel: “Los propietarios no encontraron en torno suyo un nombre bastante apropiado y fueron a buscarlo a Nueva York, Park Avenue”. El Hotel Waldorf Astoria, que inspiró al dueño de este hospedaje caraqueño, es un rascacielos de estilo Art Déco (o Art Decó)  de 47 pisos, situado en Manhattan en la Avenida Park, el cual se concluyó en 1931. A su vez, el hotel neoyorkino debe su nombre al William Waldorf Astor, un millonario estadounidense que se convirtió en noble británico.

A partir de la década de los 50, el restaurante del Waldorf estuvo bajo la dirección de un reconocido personaje del mundo de la gastronomía y hostelería, Federico Schlesinger, un austríaco que sentía verdadera pasión por su trabajo y que supo transmitirla a sus empleados. Durante la Navidad, acostumbraba a organizar grandes meriendas y distribuir juguetes entre los niños de la zona, como una forma de retribuirle al país lo que tanto le había dado.

En el Hotel Waldorf se hospedó Louis Armstrong, trompetista y cantante estadounidense de jazz, durante su visita a Caracas en el año 1957. Cuentan que debido al color de su piel, no le permitieron alojarse en el Hotel Tamanaco (dirigido en ese momento por estadounidenses), por lo que terminó hospedándose en el Waldorf. Sin embargo, hay otra versión que cuenta que después del desplante, pasó la noche en el hotel El Conde, en la esquina del mismo nombre.

Oscar Yánez, testigo presencial de la visita de Louis Armstrong a Venezuela, narró que uno de los lugares donde actuó fue en el Nuevo Circo de Caracas, donde organizaron un concierto a precios muy solidarios para que las mayorías pudieran disfrutarlo, pero insólitamente sólo fueron 50 personas. Esto molestó al artista más que el incidente racista y juró no volver más al país.

Este hotel también sirvió de locación para una película venezolana rodada en 2006: “Al borde de la línea”, ópera prima de Carlos Villegas Rosales, protagonizada por Jerónimo Gil, Caridad Canelón, Daniela Bascopé y Roque Valero. Alquilaron su primer piso durante 4 semanas, mientras que el resto de las instalaciones seguían funcionando.

Pero no todo ha sido gloria para el Hotel Waldorf. En 2007, fue invadido y luego desalojado. Recientemente, la estructura original fue sometida a un proceso de remodelación interna. A la vez se ha ampliado con una torre de 100 habitaciones, luego que se anexó el edificio Puente Anauco que está contiguo en la esquina, hecho también en 1940 con una fachada Art Decó curva. Aquí precisamente es donde está el lobby, que nos recibe con una gran lámpara de cristal y un piano que pertenecía a los primeros tiempos del hotel.

Te Paseo y Te Cuento
Foto: S/A
Dirección: Av. La Industria, Esquina Campo Elias a Puente Anauco, Edif. Hotel Waldorf PB, Urbanización La Candelaria. http://www.hotelwaldorf.com.ve

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Torres de El Silencio

Torres CSB

Hubo una época, de más esplendor, en la que las postales que se enviaban de Caracas eran de las Torres de El Silencio. Eran un ícono, una referencia obligada, un emblema de la ciudad. Las torres, de 32 pisos y 103 metros de altura, también conocidas como las torres del Centro Simón Bolívar (CSB), tuvieron una significación especial, porque marcaron el paso de un país de condición agrícola a un país petrolero. Fueron inauguradas el 6 de diciembre de 1954, en plena dictadura de Marcos Pérez Jiménez.

Hay una bibliografía extensa que refiere el majestuoso carácter que ostentaron las torres durante muchos años. La estructura derivó de ese proceso de renovación de la ciudad que se denominó Plan Rotival (por Maurice Roltival, arquitecto y urbanista francés) que proponía darle brillo a Caracas, inyectarle fuerza urbana a su centro, sacarla de su condición de aldea y convertirla en una de las capitales de Suramérica, tal y como lo definió el arquitecto venezolano, Leopoldo Provenzali. Se esperaba que el plan señalara las directrices que habría de seguir la urbe en su proceso de desarrollo y en efecto propuso la construcción de una gran avenida, la Bolívar, que partiría desde El Calvario y actuaría como espina dorsal del nuevo casco central de la ciudad.

La construcción de la arteria vial requería la creación de una empresa, así surgió la Compañía Anónima Obras Avenida Bolívar, que en 1953 se convertiría en el Centro Simón Bolívar C.A, y luego tomó la forma de dos torres gemelas, con un estilo arquitectónico moderno. Los edificios se destacaron por tener escaleras y pasillos muy amplios, pisos de estacionamiento, muy novedoso para la época; baños con mobiliario innovador y hasta teléfonos públicos, inusuales en esa Caracas de los años 50. También había un sistema de plazas, pasillos, pórticos y portales.

Durante un tiempo, las torres fueron el ícono más representativo de la llegada de la modernidad a Caracas y ocuparon, por varios años, el primer lugar en Venezuela por su altura de más de 103 metros. Las dos edificaciones, que se identifican como Torre Norte y Torre Sur, miden de ancho 20,35 metros y 23,25 metros, respectivamente, y fueron destinadas en un principio al comercio y áreas de servicio. Más adelante, varios ministerios ocuparon pisos enteros de la estructura.

Las torres fueron diseñadas y construidas por el arquitecto venezolano Cipriano Castro Domínguez, entre los años 1952 y 1954, en colaboración con Tony Manrique de Lara y José Joaquín Álvarez. Ambos edificios establecieron una conexión espacial con el conjunto de la urbanización de El Silencio proyectada por Carlos Raúl Villanueva.

En el año 2005, el Concejo Municipal de Libertador declaró al Centro Simón Bolívar como patrimonio municipal de Caracas. Sin embargo, esta declaratoria no ha servido para proteger a las Torres de El Silencio del deterioro progresivo y avanzado en el que se encuentran. Los sótanos lucen oscuros y solos. El mal olor se percibe en cada rincón de los edificios. Las ventanas están rotas. Hay mugre y basura en la entrada de los edificios y las áreas circundantes. Los techos están desprendidos, así como los mármoles y mosaicos vitrificados de paredes y pisos. La degradación es completa.

Hercilia Garnica
Foto: Teresa Cerdeira.

Dirección: Av. Baralt, Plaza Caracas; entre las avenidas Oeste 6 y Oeste 8. Parroquia Santa Teresa.
Metro: estación Capitolio.

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Historia

El Gran Café

Gran Café

Escapado de una férrea prisión ubicada la Guayana Francesa, Henri Charriére, francés de nacimiento, llegó en 1946 a Venezuela dentro de un saco lleno de cocos. Se instaló en Caracas y en la Calle Real de Sabana Grande compró la Quinta Cristal, donde fundó su negocio que bautizó como Le Grand Café. Con clara remembranza parisina, dispuso cincuenta mesas al aire libre. Allí escribió “Papillon”, un libro donde cuenta su vida y su fuga de la cárcel. La historia se convirtió en bestseller y fue llevada a la gran pantalla protagonizada por Steve McQueen y Dustin Hoffman.

En los años 50, Le Grand Café era muy frecuentado, sobre todo por poetas, escritores, artistas, políticos e intelectuales del grupo conocido como La República del Este. Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Miguel Otero Silva, Carlos Fuentes, Renny Ottolina, Francisco Massiani, Chritian Dior, Salvador Garmendia, José Ignacio Cabrujas Pascual Navarro, Mateo Manaure, Marcos Pérez Jiménez, entre muchos otros, mantenían allí largas tertulias acompañadas de café. Dicen que en un día se despachaban más de tres mil tazas.

Charriére le vendió el local a un italiano, quien lo dejó en manos unos portugueses. Éstos, a su vez, se lo vendieron, en 1968 a sus actuales dueños, la familia Da Silva, también de origen portugués. Fueron ellos quienes castellanizaron el nombre como El Gran Café.

Durante 40 años mantuvo sus puertas abiertas hasta las 3 de la mañana. Pero Caracas fue creciendo y con ella la delincuencia. Además, en la década del 2000 el bulevar se cundió de buhoneros. Y todo eso sacó al gran café de la burbuja en la que estaba. Ahora, a más tardar las 10 de la noche, baja sus santamarías. “Sería suicida no hacerlo”, dice uno de sus mesoneros que lleva 20 años allí.

Lo exclama con nostalgia de lo que fue y ya no es. El mármol del piso pasó a ser pancré gastado. Lo que queda de la terraza son diez mesas –con flores marchitas– pegadas a la entrada. Ya no existe la pérgola. Las ventanas del local están atravesadas por balas perdidas. Las barandas de la escalera que conduce a la segunda planta, están rotas. Y el café (que sigue siendo muy bueno) es servido en tazas de plástico; porque, dicen los dueños, que se roban las vajillas. Así de triste.

Erick Lezama
Foto: S/A

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Teleférico de la Guaira

TelefericoGuaira

Un portón amarrado con unas guayas rojizas muy antiguas da entrada a un viaje en el tiempo: cabinas, torres y estructuras marcadas por las inclemencias del sol, la lluvia y el óxido, son los vestigios de lo que fue el viejo sistema teleférico de Caracas- Litoral, que quedó incrustado en medio del Parque Nacional El Ávila.

El teleférico del Litoral (Ávila – El Iron – Loma de Caballo – El Cojo) se inauguró el 29 de diciembre de 1956 por el General Marcos Pérez Jiménez. El tramo Ávila – El Cojo tiene una longitud total de 7,6 km, posee torres de soporte que varían su tamaño desde 9 hasta 50 metros de altura y el recorrido desde La Guaira hasta El Ávila era de aproximadamente 30 minutos.

Antes de construir el sistema tuvieron que realizar un teleférico de carga, acondicionar la vía de Galipán y hacer un camino que condujera al Humboldt. En ese entonces, los sacos de arena, cemento y las estructuras de metal eran trasladados en burro. Cuando finalmente comenzaron a usar carros para llevar los materiales, estos estaban tan pesados que las dos ruedas de adelante se levantaban y no tocaban el suelo. Cuentan que había dos personas, cuyo trabajo era acostarse en el capo para hacer el contrapeso.

Algunas cabinas, con capacidad para 24 personas, aún conservan los asientos. Llenas de hojas y tierra, dan la impresión que la naturaleza se hubiese apropiado de ellas. Las abejas también han creado su respectivo hogar en uno de los carriles. Dicen que todo aquel que se subía al funicular debía beberse un rico batido de fresas o de mora que se le obsequiaba a modo de bienvenida, con el lema “Si no te lo tomas, no subes”.

Si bien este proyecto tuvo una visión turística no debemos obviar su objetivo militar. Marcos Pérez Jiménez decía que en cualquier momento podíamos tener una invasión. Así que si fallaba la autopista Caracas-La Guaira para la evacuación de la ciudad, estaría el teleférico.

El 7 de agosto de 1977 el sistema sufrió un accidente. Resulta que las dos guayas pujantes se rompieron en el último tramo (Loma de Caballo – El Cojo). Hubo que desalojar inmediatamente las cabinas y todo el sistema. El cartel “Cerrado al público” puso fin a su funcionamiento. Desde entonces, el sistema teleférico del Litoral no volvió a prestar sus servicios. Sin embargo, hay recursos aprobados para su recuperación, así como una maqueta que podemos ver en la estación de Maripérez.

¿Cómo llegar? La Fundacion Historia Ecoturismo y Ambiente (Fundhea) organizan el recorrido y te cuentan la historia que giran en torno a este viejo sistema teleférico.

Minerva Vitti
Foto: Hugo Londoño

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Historia

Botica Velázquez

Botica Velásquez

Los oscuros mostradores de madera de cedro construidos en el siglo XIX preservan el olor característico de las fórmulas medicinales. Sulfato de cobre, flor de azufre, hojas de sen, raíz de valeriana. Los envases de cerámica blanca etiquetados con los compuestos químicos para las recetas han visto pasar a incontables clientes que siguen observando esos estantes un siglo y medio después.

La Botica de Velásquez, el local comercial más antiguo de Caracas, resiste 140 años más tarde, silenciosa en la misma esquina que lleva su nombre en la avenida Lecuna. A esos mostradores llegaron alguna vez los médicos José Gregorio Hernández y Domingo Luciani para formular recetas a sus pacientes. La Botica tiene en su haber la fórmula propia del jarabe Lamedor, remedio para la tos que extendió su fama y que hoy sigue siendo parte de las consultas diarias de quienes llegan buscando medicina para las dolencias.

Los cronistas de Caracas registran que el primer dueño del local fue el doctor y boticario Carlos Punceles, su fundador en 1877, pero el nombre de Velásquez se lo debe al profesor de Latín y Retórica, Domingo Velásquez, quien compró el local y se mudó al edificio donde aún está la célebre farmacia que se convirtió en punto de encuentro de estudiantes, visitantes, amigos y personalidades cercanas al profesor.

Un “barbero cirujano”, un ganador de lotería, un profesor de latín y un médico boticario se cuentan dentro de sus sucesivos dueños.La mayoría de los clientes entra, pregunta y sale. Pero un grupo habitual aparece cada tanto, sin los apuros que permite la tercera edad para saludar y conversar un rato con los dependientes que aún mantienen el hábito de atender a las personas uniformados de bata blanca y con el nombre bordado al frente.

Afuera un mural pintado reproduce la primera imagen registrada de la Botica con un ambiente rural de fondo totalmente ajeno al entorno que hoy la rodea. Pero a pesar del tiempo, el tráfico y el bullicio, con solo dar un paso dentro del pequeño recibidor, la memoria viaja a tiempos nunca vividos que hacen imaginar una Caracas con vías cruzadas por carretas y fórmulas de alquimia para curar.

Gabriela Rojas
Foto: Archivo Audiovisual de la Biblioteca Nacional / Caracas en Retrospectiva

Dirección: esquina de Velásquez con avenida Lecuna.
Horarios: Lunes a sábado de 8:00 am a 5:00 pm

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ArquitecturaHistoria

Casa Amarilla

Casa Amarilla

La historia cuenta que, luego de que una muchedumbre dijera al unísono “¡no!”, el Capitán General Vicente Emparan, desde un balcón, respondió a gritos: ¡Si el pueblo no quiere que los gobierne, entonces yo tampoco quiero mando!”. La escena del 19 de abril de 1810, considerada un punto de partida para el proceso de independencia, ocurrió frente a la Plaza Bolívar de Caracas, en esa casona que ahora es la sede de la Cancillería venezolana.

Por el color de su fallada, se conoce como la Casa Amarilla. Tiene dos plantas y un gran patio interno que conduce a todos sus salones protocolares. La edificación, que data de finales del siglo XVIII, albergó la Penitenciaría Real y todavía se puede ver en su sótano las barras de hierro, los grillos y las cadenas en los calabozos de aquella época. Después pasó a ser la sede del Consejo Eclesiástico de la ciudad, y más tarde el Palacio de Gobierno.

En 1874, Antonio Guzmán Blanco, en su afán de modificar estructuras de la ciudad, le ordenó al arquitecto Juan Hurtado Manrique reestructurarla y convertirla en la Mansión Presidencial. Además de él, la ocuparon Francisco Linares Alcántara, quien ordenó pintarla de amarillo por ser el color del partido Liberal; y Cipriano Castro. Dicen que éste último se lanzó aterrado desde unos de sus balcones durante el terremoto de 1900. Por decreto de Juan Vicente Gómez, en 1912, se convirtió en la Cancillería de la Nación.

Esos hechos históricos convirtieron el inmueble en Monumento Histórico Nacional, de acuerdo con la Gaceta Oficial 31.678 según del 16 de febrero de 1979. Cuando no hay actos protocolares, el público general puede entrar y visitar la Biblioteca de documentación y el archivo.

Erick Lezama
Foto: Fernando Gálvis @owendfer

Estación del metro: Capitolio.
Horario: Lunes a viernes de 09:00 am a 12:30 pm y de 02:00pm a 05:00pm.
Dirección: Esquina de Principal, lado Oeste de la Plaza Bolívar, 1010 Caracas

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Semana Santa

SemanaSanta

Era Miércoles Santo en Caracas. Año 1902. Los caraqueños se volcaron a la Basílica de Santa Teresa para rezarle al Nazareno de San Pablo. Aún estaban frescos los recuerdos del terremoto que sacudió la ciudad el 29 de octubre de 1900 a las 4:42 a.m. el cual dejó 21 muertos y más de 50 heridos.  Cuenta José García de La Concha en su libro Reminiscencias Vida y costumbres de la vieja Caracas que cuando se celebraba la misa mayor a las 9 de la mañana se escuchó un grito: ¡misericordia, temblor! La reacción la produjo un cuadro que cayó de la pared y generó una confusión entre los feligreses exaltados por el recuerdo del terremoto. El pánico se expandió y los fieles salieron despavoridos, generando un tumulto que dejó heridos y dicen que hasta muertos.

“En la iglesia sólo quedo el altozano alfombrado de paraguas y sombrillas, faldas y zapatos, carrieles y andaluzas e infinidad de cosas. Muchos años más tarde encontraba a una señora con la oreja partida y nos decía: Mijito, eso fue cuando el zaperoco de Santa Teresa” . José García de La Concha en su libro Reminiscencias Vida y costumbres de la vieja Caracas,

Cincuenta años después. Un 9 de abril de 1952, para ser más exactos. Miércoles santo en Caracas. . La Basílica de Santa Teresa fue de nuevo escenario de un acontecimiento. Monseñor Hortensio Carrillo oficiaba la misa. El recinto estaba abarrotado de fieles, cuando de pronto se escuchó a alguien gritar: ¡fuego! El miedo se apoderó de los fieles, quienes corrieron en masa buscando la salida. Pero algunas puertas estaban cerradas y el pánico se adueñó de la situación. 49 personas resultaron muertas, entre ellas 24 menores de edad.

En esos días, los santos más venerados eran: El Domingo de Ramos, el Jesús del Huerto, de la Capilla de la Trinidad; el lunes, el Jesús en la Columna, de La Candelaria. Para el martes, La Humildad y la Paciencia, de Catedral; el miércoles, los Nazarenos de Santa Rosalía y el de San Pablo; el Jueves el Cristo de Burgos, en la Altagracia, y para el viernes, la gran solemnidad de la Dolorosa y el Santo Sepulcro de San Francisco.

Los jueves y viernes santos no circulaban los tranvías ni los coches de alquiler. Mientras que los negocios cerraban desde el jueves al mediodía hasta el sábado después del Aleluya. Los caraqueños, entretanto, se reservaban sus mejores trajes para lucirlos en Semana Santa. Tanto que sastres y modistas estaban atareados por aquellos días.

La gran  solemnidad era el jueves santo, en La Catedral. De la Casa Amarilla a la puerta principal de la Catedral, estaba tendido en dos filas un batallón en uniforme de gala. Himno Nacional, ¡Presenten armas!, y hacía su entrada el Presidente de la República, quien recibiría las llaves del Sagrario del señor Arzobispo.
Para la procesión, el Presidente tomaba el pendón y los ministros el palio. Y era de oír emocionado  en medio de tanta solemnidad la célebre marcha fúnebre de Pedro Elías Gutiérrez “Viernes Santo”. En la tarde escuchábamos las siete palabras, los mejores oradores sagrados se dejaban oír y la sacra música con las mejores voces de Caracas alternaban  y llegaban al espíritu de los fieles.

Caracas en Retrospectiva

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