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Gastronomía

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Caracas Tea Company

CaracasTeaCompany

Al tomar una taza de té las ondas cerebrales pueden llegar al estado alfa de relajación, lo que llaman la meditación activa. Eso es lo que pregonan Miriam Gómez y Adriana Moreno, que cumplen cinco años con su emprendimiento Caracas Tea Company: invitar a encontrar las bondades del té más allá de la taza.

Una casualidad las llevó a alojarse en el mismo hostal de Rosario, en Argentina, en donde ambas iniciaron sus estudios como sommeliers de té. Comenzaron con una cata y de ahí saltaron a importar hebras de Sri Lanka, Sudáfrica, China y Japón, abrir una pequeña tienda en Los Palos Grandes y fundar una escuela de té.

“Nos tocó educar a nuestra clientela”, dice Miriam. Así es que son parte de una cultura de la lentitud y la relajación que ha encontrado abono en una Caracas vertiginosa y a veces hostil. “La gente cada vez más está tomando conciencia de lo que consume y los beneficios que puede traerle. La gente que consume té es más tolerante, tranquila y creativa”, agrega.

En Caracas Tea Company, por supuesto, hay un té que lleva el nombre de la ciudad, el Caracas Sunset. Además son preparaciones de la casa el Indian Nights, Wellness Energy, Granny Apple, Summer Lychee y el Merry Christmas, un té de temporada que luego de cinco meses de maceración evoca la torta negra venezolana. Este té sólo está disponible en la tienda los meses de noviembre y diciembre.

En el lugar es posible degustar pastelería elaborada con té. Como los ojos de tigre, hecho con matcha, el té verde japonés en polvo, cocteles, chocolate caliente o frío hecho con rooibos y cacao Carenero. Una de las experiencias más interesantes del lugar es tener la posibilidad de tomar el té al estilo europeo, en sillas, o a la manera de los orientales sobre cojines en una pequeña buhardilla, a la que hay que entrar agachando la cabeza como lo hacían los emperadores. Un gesto que los igualaba con el resto de los ciudadanos.

Dirección: Punto de Arte, 5ª transversal con 3ª  avenida de Los Palos Grandes

Horario: martes a sábado / 10:00 am a 6:00 pm

Metro: Altamira

Florantonia Singer

Fotografía: Caracas Tea Company

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El Tizoncito

Tizoncito

Fotos del mismísimo Mario Moreno cuelgan en las paredes del interior del local. En una, el comediante mexicano aparece de frente y a su espalda se avista un letrero en el que se lee claramente “El Tizoncito”. En otra, el artista sale estampando su firma en la pared del restaurante de comida mexicana como un registro fehaciente de su visita. Ambas imágenes se exhiben como recuerdo de un momento único en la historia del negocio. Pero, sobre todo, como evidencia de cuán autóctono es la sazón, que hasta el mismo “Cantiflas” hacia un espacio en su agenda para comer los tacos, tostadas y tamales que salen de la cocina de “El Tizoncito”.

Esta anécdota forma parte de los primeros años de este restaurante, que data de 1975. Su primer dueño, Jorge Abad, era de origen mexicano. Lo tuvo por un tiempo, pero después lo vendió a otro compatriota. El local destacaba por la calidad de su comida, pero no así por su administración ni servicio. Los malos manejos llevaron prácticamente a la quiebra. A no ser por uno de los clientes frecuentes del local, que decidió comprarlo y rescatarlo. “Mi papá, José Antonio Vidal, venía mucho a comer para acá, porque la comida le parecía muy buena. Cuando supo que el negocio lo estaban vendiendo, decidió comprarlo en 1983 y rescatarlo. No le varió el menú, porque le parecía que era sabroso y pensó que un local de comida mexicana como éste podía funcionar en Caracas”, comenta Ana Vidal.

Y no se equivocó. José Antonio le sumó a “El Tizoncito” una buena atención, una mejor administración y un local más amplio en el Centro Comercial Paseo Las Mercedes. Del resto, la comida se mantiene exactamente igual desde hace más de 40 años. Incluso, hasta la decoración. “No hemos cambiado nada. Las recetas se han mantenido porque mi papá tiene el recetario antiguo de los primeros dueños, quienes marcaban todo por kilos. Y así lo hemos respetado”.

Ello se evidencia en lo invariable del sabor de su comida. Quienes regresan vuelven a saborear con gusto su plato mixto de 9 piezas, que reúne una muestra de lo más popular de su menú: tacos, tostadas, frijoles con nachos, tamales, quesadilla. De pollo, de carne, con guacamole, queso y su respectivo pico de gallo. Un pedido que no deja mal a nadie y que sale con la rapidez que el volumen de comensales exige.

José Antonio sigue al frente del restaurante, supervisando la calidad de la comida. Su hija le da una mano. Y su equipo de mesoneros, que se mantiene tan invariable como la sazón de su menú, se encargan con una velocidad sorprendente de movilizar platos y bebidas para atender la demanda, que a veces se aglutina en una lista de espera.

Al pie de la foto de Mario Moreno, un pareja degusta su pedido casi sin cruzar palabras. Ya nadie se sorprende que el comediante mexicano haya visitado “El Tizoncito” ni que aquella imagen sirva para avalar la calidad de la comida mexicana. En 40 años, han sido mucho los caraqueños que han comprobado lo buena que es. Lo que no muchos saben es que “Cantinflas” realizó aportes al recetario y que su fama se transpoló a la cocina de El Tizoncito para hacerlo inmortal.

Mirelis Morales Tovar

Dirección: Centro Comercial Paseo Las Mercedes. Sector La Cuadra.
Horario: Martes a sábado 12 p.m. a 7

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Das Pasthellhaus

das pastellhaus

A las 6 de la mañana, el pastelero Herman Ross enciende los hornos de Das Pasthellhaus. Aquel ritual lo repite desde hace más de 30 años con el compromiso de ofrecer las delicias que le han dado fama a la Casa de Los Pasteles Alemanes, como se le llamaría en español. A sus 82 años, ya no amasa ni dedica largas horas haciendo strudel de manzana u otras especialidades, pero allí está presente en la cocina supervisando la labor de quienes aprendieron de él.

Ross fue el responsable de darle forma, sabor, textura y olor a la idea que venían cocinando en su mente Javier Toxi y María Patricia Reimpell, luego de un viaje a Alemania donde estuvieron viendo varios cafés y restaurantes. Querían hacer una pastelería de dulces alemanes en El Hatillo. Era 1986. Y en aquel entonces, la oferta de locales alrededor de la Plaza Bolívar del pueblo se reducía al restaurante de comida criolla La Gorda y la pizzería La Grotta. Por tanto, la llegada de una pastelería con un nombre que pocos entendían su significado y con un menú un tanto rebuscado resultó una novedad.

“Por supuesto que al principio era una rareza porque lo que ofrecíamos no eran los dulces tradicionales, sino otros denominados streusel, strudel o florentinas, que están hechas a base de almendras fileteadas y trozos de naranja”, recuerda María Teresa Teixeira, quien está a cargo de la tienda y forma parte del equipo fundador de Das Pasthellhaus. “Pero encontramos mucha receptividad por parte de los vecinos de La Lagunita y para los habitantes de El Hatillo se convirtió en una buena fuente de trabajo”.

Das Pastellhaus comenzó ofreciendo sus pasteles alemanes en un pequeño local en la Calle La Paz, diagonal a la Plaza Bolívar. Hasta que en 1991, sus dueños decidieron diversificar su menú con la incorporación de pizzas y calzones. Aunque ello nada tuviera que ver con Alemania. “Javier es hijo de italiano y es un fanático de las pizzas. Así que probó traer a Das Pastellhaus las recetas de su casa y comenzamos a ser una pastelería-pizzería”.

Pero vale acotar que las pizzas de Das Pastellhaus tienen una particularidad. Algunas no están hechas a base de tomate sino crema de leche. Y aunque puedan resultar a primero vista un poco extrañas por su apariencia, las famosas pizzas blancas han tenido mucha acogida entre los comensales, sobre todo la que lleva tocineta.

Esta nueva etapa vino acompañada de una ampliación de sus instalaciones. Desde entonces, cuentan con una terraza con vista al casco histórico, que le da a la experiencia un toque muy hatillano. Frío incluido. Adentro, el ambiente resulta menos romántico pero más cálido. Un espacio que resalta por su buen gusto, gracias a su colección de obras de arte, esculturas y tallas de maderas.

Suele haber fila en la entrada. Pero los clientes más asiduos a Pasthellhaus prefieren anotarse en una larga lista de espera y conseguir una mesa en su Casa de Pasteles Alemanes de siempre.

 

Mirelis Morales Tovar
Foto: Efrén Hernández

 

Dirección: Calle La Paz de El Hatillo, diagonal a la Plaza Bolívar. El Hatillo.
Horario: lunes a domingo 8 a.m. a 11 p.m.

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Cachapera Doña Inés e hijos

Cachapas Doña Ines El Hatillo

Se vivían los tiempos del Paro Petrolero. Los hermanos, María Inés y Enmanuel, se habían quedado sin trabajo. Ella había perdido su puesto como costurera, a raíz de que su jefe cerrara el negocio. Y él, que trabajaba en la frutería de su madre Doña Inés, se vio forzado a bajar la santamaría, porque los ingresos no les alcanzaba. Así que en el mismo terreno en La Unión donde expendían frutas, levantaron una pequeña venta de jugos y pastelitos.

Ese ciclo de caer y volver a comenzar lo habían vivido antes. La familia Leca-Rodríguez salió de Madeira (Portugal) y llegó a Venezuela el 1 de octubre de 1971. Doña Inés tenía seis meses de embarazo y Enmanuel era un niño. Ella y su esposo llegaron a localidad rural de La Unión a sembrar, como otros tantos compatriotas que hicieron de ese sector de El Hatillo un lugar de tierra fértil.

Cuenta María Inés que un día el embajador de Venezuela en Portugal se acercó al puesto y les sugirió que por qué en vez de pastelitos, no se ponían a vender cachapas, que en esa zona no habían un buen lugar para comerlas. “Nos hizo un poco de gracia la idea, porque pensamos: ¿dónde has visto tú un portugués vendiendo cachapas? (risas). Pero como mi esposo es venezolano, él nos enseñó cómo prepararlas y así comenzamos”.

En ese entonces, el local no era más que cuatro mesas, en una explanada de tierra. Habían experimentado con la masa entre todas las recomendaciones que recibieron y hallaron que lo mejor era moler el maíz, echarle sal y azúcar. Nada de leche ni huevo ni harina. Sal y azúcar. Ya teniendo la receta perfecta, sólo faltaba los comensales. Pero estos no llegaban. “Hubo días que no vendíamos ninguna. Fue muy duro”. Hasta que un amigo, un día los sorprendió con la reseña del local en la Guía de Ociosidades de Valentina Quintero y, desde entonces, la suerte les cambió.

“En esa época, nosotros teníamos un estacionamiento al frente de no más de dos puestos. Ese domingo, los carros no cabían y empezaron a pararse a los lados de la vía. Muchos llegaron con la revista en la mano. Y la fama de las cachapas se comenzó a correr”, recuerda María Inés. Ahora, un domingo cualquiera en la Cachapera Doña Inés puedan prepararse hasta 500 cachapas y recibir hasta 1.500 personas. De ahí que no le extrañe que al llegar tenga hasta 30 turnos por delante para conseguir una mesa.

Su menú es muy simple. Cachapa con queso guayanés es el plato estrella. Pero desde que agregaron la opción de pedirla con pernil, no hay quien se resista. Esa mezcla también tiene su historia: “Queríamos ampliar la oferta de la carta y empezamos a vender pollo asado. Pero no nos fue nada bien”, recuerda María Inés. “Un diciembre inventamos incorporar el pernil, pero al principio podía pasar tres días y nadie lo pedía. Al final, nos los terminábamos comiendo nosotros mismos. Ahora, primero preguntan si hay pernil y después se sientan”.

Las cachapas o los sánduches de pernil se acompañan en este establecimiento con bebidas que llevan nombre de mujer: Consuelo, Guapa o Consentida. La primera es la mezcla de fresa con yogurt; la segunda, es el resultado de combinar parchita con guanaba. La última, mora con yogurt, pero debieron sacarla del menú por la escasez y el costo. “Mi hermano, trabajaba en una frutería en Puerto La Cruz y le gustaba hacer mezclas con los jugos y ponerle nombres. Y quisimos mantenerlo”, comenta, mientras va llegando gente al local en busca de su cachapa. “Fíjate, cuando comenzamos yo era la única que montaba las cachapas. Ahora tenemos un equipo de 30 personas. Nunca me imaginé que creceríamos así. No importa qué día sea. Ahora siempre llega gente”.

Mirelis Morales Tovar
Foto: Efrén Hernández

Dirección: carretera La Unión. Municipio El Hatillo.
Horario: miércoles a viernes: 9 a.m. a 4: 30 pm. Sábado y domingo 9 a.m. a 5:30pm.

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Casa Húngara

Casa Húngara

El rito ocurre por noviembre. Desde temprano en fogones alimentados a leña se cuecen ollas de goulash, esa sopa -a medio camino del ragú- que sirve de conjura contra el frío y el hambre y que es el plato bandera de los húngaros. Carne, cebollas, papas, paprika son la base del guiso y lo que cada cocinero quiera ponerle para hacerse notar. Así comienza el Festival del Goulash que lleva años realizándose en el Centro Cultural y Social Húngaro Venezolano en Los Chorros.

La actividad es casi una fiesta patronal. Hay música, danzas típicas y venta de dulces y especialidades de la gastronomía de este país. Todo este preámbulo sirve al momento estelar de este festival: la elección del mejor goulash. Cada comensal tiene derecho a probar todas las pociones, escoger la de su preferencia para comerse hasta dos platos y votar por ella. Cada año resalta el picoso o el ahumado, el suave o el más parecido a la receta clásica.

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Pastelería Aida

pasteleria Aida

Las caracolas de la Aída son una leyenda. Ese pan en espiral de origen sueco, de masa suave y esponjosa, con abundante canela y una corona de pasas y azúcar glaseada es parte de un ritual de los vecinos de Los Palos Grandes y también de foráneos.

A diario, una fila de creyentes en las bondades del bocado dulce de media tarde espera las caracolas de esta panadería de tradición en Caracas. La devoción es tal que aun cuando no hay pan, porque la harina escasea, igual se hornean caracolas. “Salen todo el día”, dice la encargada de la barra mientras despacha un par para llevar. La versión con chocolate tiene dos horarios: la mañana y la tarde. Luego de cada turno, las bandejas quedan vacías.

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La Praline

LaPraline

Al entrar, un delicioso olor envuelve. Hay que exhalar largo, como si quisiera retener esa sensación dulce por más tiempo. Pero el sonido del celofán lo traerá de vuelta. Dos mujeres en un extenso mesón seleccionan los pequeños chocolates y van empacando. El aroma a cacao se condensada cada vez que hacen crujir un bolsita. Es como la fanfarria previa a ser entregados. Enseguida una mezcla dulce y untuosa comienza a cubrir los dientes, hasta que desaparece en la boca.

La Praline cuenta con más 80 tipos de bombones. La creación de cada uno puede tardar entre dos y tres meses. Son casi joyas. Por eso, pareciera que estuvieran atesorados detrás del mostrador. En ocasiones, resultar necesario deslizar el dedo por encima del vidrio como para asegurar que es real lo que hay allí dentro. Y sí, son tan reales que desde 1985 el matrimonio de inmigrantes belgas, Ludo y Lisette Gillis, comenzaron a elaborarlos en casa.

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Come a casa

ComeACasa

Estar allí un domingo es reposar en el lugar deseado: el hogar. Cerca de la ventana de la sala para no perder de vista la tranquilidad de la tarde o desde el patio para ser parte de ella. Pronto llegará una bebida refrescante y una comida recién hecha. Mientras una fotografía en blanco y negro sobre una repisa entre libros y portarretratos, rememora aquel barco que en los años cincuenta llegaba a Venezuela desde Sicilia y que traía a un grupo de italianos que huían de la guerra.

Allí venía la niña María Caradonna y sus recetas. Ahora con un poco más de 60 años de edad, las comparte con sus hijos, entre ellos, Giuseppe Zambito. En la pared de esa trattoria están trazadas las líneas culinarias de Sicilia, dispuestas sobre un mapa de la región en forma de delantal. Así han permanecido desde 2006, momento en que Giuseppe decide crear un lugar como si se tratara de una extensión de la cocina o casa de su madre: Come a Casa, nombre en italiano del sitio. En español: “Como en casa”.

Así lo hizo y, bajo la supervisión y orientación de la señora María en la preparación de las recetas, día a día sirven honestos y sencillos platos, como ellos dicen. Y vaya que lo son. Se colocan sobre mesas de madera, en vajillas y mantelería casera, de esos que se toman de los estantes para servir un almuerzo rutinario. Y entre sillas de colores, el descanso se hace alegre. Las notas de una guitarra van armonizando el soundtrack de La Vita é bella y logran la mesa perfecta.

Las estrellas de Belén que reposan en el centro hacen un espacio para que los tortelloni di carciofi, rellenos de alcachofas y ricota, salteados con champiñones, berenjenas y tomates sobre espejo de queso gorgonzola, tengan un lugar sobre el establo. Respirar ese aroma atenúa la ansiedad. Pero al probar el primer bocado, son las ganas de ir por más las que se incrementan. Del otro lado de la mesa se asoman los linguini al gamberi, una pasta de espinaca salteada en “aglio e olio” con camarones y tomate, aderezada con hinojo salvaje.

Lo casero en Come a Casa es esencial. Las semillas de hinojo las traen de Sicilia o amigos de la familia Zambito en Caracas, las siembran y el padre de Giuseppe se encarga de buscarlas. La pasta es elaborada por ellos mismos, así como también, la salchicha artesanal que contiene hinojo.

Y es que como en casa, donde hay risas y conversaciones de domingo, y más tarde se impone el silencio, el día termina con un café y un tiramisú. Están quienes prefieren despedirse con un canolis siciliana, para ir saboreando por el camino esa masa crocante, rellena de crema de ricotta.

Carmen Victoria Inojosa
Foto: Efrén Hernández

Dirección: 1° Avenida con 2° Transversal – Los Palos Grandes
Horario: lunes a jueves: 12:00 m a 4:00 pm. Viernes hasta las 10:00 pm. Domingo: 1:00 pm a 4:30 pm.
Metro: estación Miranda

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Franca

Franca en el Mercado de Chacao

Carlos César Ávila y Natalia Díaz Sfeir tenían un par de años imaginando cómo querían que fuera su local… Luz natural invadiendo un espacio de paredes blancas. Música suave. Gente –café y torta de por medio– conversando. Algunos leyendo un libro, una revista, el diario. Otros trabajando en sus laptops. Wifi y agua gratis. Así querían que fuera: amplio, cómodo, que ofreciera productos elaborados cuidadosamente, con sello autóctono. Una pastelería que al visitante le provocara no abandonar.

Venían de experimentar con el restaurante Sibaris en 2006, de la mano del chef Sumito Estévez. Hasta que después de mucho pensarlo, en 2011, se atrevieron a cambiar de ramo y reacomodaron su local en la avenida principal de Las Mercedes para albergar una pastelería. Aquel espacio, decorado vintage y diseñado por los arquitectos Lilian Malavé y Daniel Sfeir, comenzó a ser frecuentado por una buena clientela, a pesar de que funcionaba de forma anónima. Habían pasado dos meses y no tenían identificación en la fachada. Cuando lo hicieron, llamaron al emprendimiento Franca. Un nombre que funciona como su declaración de principios, que resume la idea de: “Poner en la mesa productos honestos, con preparaciones sencillas y utilizando ingredientes naturales”.

Para lograr tal cosa, hicieron una amplia exploración. Contactaron a productores artesanales y los hicieron sus proveedores. Seis años después, el café que preparan es cosechado y tostado en Aragua, en campos que habían sido abandonados. El chocolate es fabricado en Barlovento. Los vegetales llegan de Mérida. Las frutas, de El Jarillo. El papelón, de Monagas. La miel, de Amazonas. Los quesos, de Guárico. La leche, de Apure.

La especialidad del lugar son las tortas. Es famosa la de chocolate con nueces y cambur. La de zanahoria. La de chocolate. Todas, en realidad. Los encargados aseguran que están elaboradas con más de 90% de materia prima nacional y que se hacen con azúcares obtenidas a través de la caramelización de frutas y “grasas nobles”.

A la fecha, cuentan con otras tres sedes: una en Centro Comercial Galerías Los Naranjos, otra en la primera avenida de Los Palos Grandes y la más reciente en el Mercado de Chacao. Y en las cuatro encontrará el mismo sabor.

Erick Lezama
Foto: Efrén Hernández

Horario: lunes a viernes, de 7:00 am a 8:00 pm. Domingos y feriados: 8:00 am a 7:00 pm.

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El Garage, birra jardín

El Garaje, birra jardín

Imagine una fiesta en el garaje de su casa. Todos acomodados en banquitos, mesas, puff, hamacas, algunos de pie, sobre un trozo de alfombra que cumple su cometido de grama. Pero en esta celebración la tarde se destila con cervezas hecha en casa. De eso va la propuesta del El Garage, birra jardín, que se inició a finales de 2016, en la sede de la fábrica de cerveza artesanal Social Club, una de las tantas marcas que han surgido en Caracas y que mantiene, cinco años después de creada, una producción de por los menos 2.000 litros mensuales.

Quien va a uno de los garajes, como llaman a los encuentros que realizan cada quince días a través de convocatorias por redes sociales, podrá conocer el proceso de elaboración de esta bebida. Los tanques para la cocción, fermentación y enfriamiento de la cebad y el lúpulo están a la vista de los asistentes.

El emprendimiento de Gerardo González, Víctor Querales y Lorena Rojo, viene de una inquietud como cultores de esta bebida. “Acá nos une el amor por la cerveza. Venezuela es uno de los países con mayor consumo per cápita, pero nadie conoce el proceso de elaboración ni tiene la posibilidad de hacerlo, algo que en otros países sí es viable”, cuenta González, que vivió 4 años en Londres, donde descubrió todo lo que hay detrás de una botella de cerveza.

Lo que montaron González, Querales y Rojo en la parte delantera de la casa donde fabrican la Social Club es el primer taproom de Caracas, y junto con uno que está por abrirse en la ciudad de Mérida, son los únicos de Venezuela.

Los jóvenes elaboran por lo menos 10 tipos de cerveza: las americanas, las inglesas y las belgas mezcladas con hierbabuena, naranja, chocolate, café y otras combinaciones “Esto es un viaje, una degustación”. Luego de la producción de un lote, sus productores tienen la opinión de los consumidores a puerta de fábrica, en una fiesta en la que pueden reunir hasta 100 personas en esta quinta ubicada en Sebucán.

La degustación de la cerveza tiene su maridaje. La comida cambia con cada evento y la ponen otros emprendimientos de la ciudad. Por el garaje han pasado Los Costillas, un clásico del Estadio Universitario con sus sandwiches de cerdo que son como un jonrón, La Jauría del Amor con sus empanadas argentinas, las hamburguesas de Food Factory, el foodtruck de pizza Il Jet Studio, entre otras pequeñas empresas.

Además, el lugar ofrece seguridad para los vehículos y un área de juegos para niños, por lo que admite familias. “En apenas seis meses que abrimos el garaje tenemos gente que viene seguido, queremos dar respuesta a la falta de sitios de esparcimiento en la ciudad”. Es una oferta distinta que hay que conocer.

Florantonia Singer
Foto: El Garage Birra

Horario: de 4:00 p.m. a 12:00 a.m.
Lugar: final de la avenida Miguel Otero Silva, quinta de muro verde, Sebucán.
Redes: @elgaragebirra

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