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Arquitectura

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Plaza O’ Leary

Plaza O'Leary

Transitar por la Plaza O’Leary es revivir la Caracas esplendorosa de los años 40, 50 y 60, marcada por la transformación arquitectónica hacia la modernidad. Quienes circulan por las avenidas Bolívar, Sucre y San Martín, convergen en ese punto que está rodeado desde los cuatro puntos cardinales por los edificios de la Urbanización El Silencio, otra magnífica obra del arquitecto Carlos Raúl Villanueva.

Su construcción se inició en 1944 como parte del encargo que hiciera el presidente Isaías Medina Angarita al arquitecto Carlos Raúl Villanueva, para que construyera la urbanización El Silencio. Villanueva diseñó la plaza y le pidió al artista Francisco Narváez que se encargara de las fuentes.

La obra de Narváez lleva por nombre Las Toninas. Cada una está conformada por dos grupos de esculturas, de cuatro mujeres presentadas en distintas posiciones y con vestimentas ligeras que dan la sensación de desnudez. Todas, como de costumbre, talladas en piedra.

El escultor margariteño se inspiró en una leyenda de su tierra insular, que narraba que las toninas rescataban del mar a las personas que se encontraban en peligro. Y el artista logró hacer de las esculturas y del agua una sola composición, de gran atractivo ornamental.

Se inauguró en 1945 con el nombre de Plaza Urdaneta. Pero siete años después cambiaría su nombre, luego que Francisco Narváez concluyera la estatua ecuestre de Rafael Urdaneta y fuese colocada en la plaza, ubicada en La Candelaria. Desde entonces se rebautizó como Plaza O’Leary, en honor a Daniel Florencio O’Leary, un irlandés que luchó en los ejércitos independentistas comandados por José Antonio Páez, José Antonio Anzoátegui y Simón Bolívar, de quien además fue su edecán y lo acompañó en sus luchas por la unión de la Gran Colombia.

La Plaza O’Leary mantiene su esplendor, luego de los trabajos de restauración que le hicieran en 2006.

Patricia Marcano
Foto: Hugo Londoño
Dirección: Final de la avenida Bolívar, urbanización El Silencio, parroquia San Juan.

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Arquitectura

Panteón Nacional

Panteon_Nacional

La idea de que los restos de los grandes héroes no estuvieran regados por doquier, sino descansando bajo el mismo techo, fue de Antonio Guzmán Blanco. La iglesia Santísima Trinidad, que el terremoto de 1812 había dejado en ruinas, estaba siendo restaurada y, sin importar que los trabajos estaban a medio camino, el entonces presidente decretó en 1875 que esa edificación se convertiría en el Panteón Nacional.

Al año siguiente, ordenó llevar hasta allí los restos mortales de Simón Bolívar, que desde 1842 estaban en la Catedral de Caracas. En un gesto provocador hacia la iglesia católica, institución a la que se oponía, dispuso que el cuerpo de El Libertador se colocara al final de la nave central, justo donde en la antigua iglesia estaba el altar mayor. Como una forma de imponer el culto a Bolívar, dicen los historiadores. Cuando eso sucedió ya allí reposaban los restos de Juan Crisóstomo Falcón, José Gregorio Monagas, Ezequiel Zamora y Luisa Cáceres de Arismendi.

La fachada del Panteón Nacional ha atravesado numerosas modificaciones a lo largo del tiempo, pero aún conserva su estilo neogótico. Ahora contrasta con el Mausoleo a El Libertador –una construcción con forma de rampa de grandes dimensiones– levantado en su patio posterior en 2013.

El techo está recubierto por 17 obras artísticas del pintor Tito Salas. Y cuelga una gran lámpara de cristal de Baccarat, con cuatro mil piezas de cristal y doscientas treinta luces. Quien recorra sus tres pasillos de mármol, podrá visitar las tumbas de 88 militares, 57 de civiles, monolitos en honor a Antonio José de Sucre, Andrés Bello y Francisco de Miranda, así como monumentos simbólicos a Manuela Sáenz, Pedro Camejo, el indio Guaicaipuro, Josefa Camejo, José Félix Ribas, Juana Ramírez “la avanzadora”, y las recién incorporadas, Matea, Apacuana e Hipólita. Al fondo, un pasillo lo conduce al nuevo Mausoleo de El Libertador.

Erick Lezama
Foto: Hugo Londoño

Dirección: Calle Real de Carballo, foro Libertador, Parroquia Altagracia. Caracas – Venezuela.
Horarios: martes a domingos de 9:00 a 12:00 – 13:30 a 16:30 hrs. Lunes en mantenimiento.
Estación del metro: capitolio.

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Arquitectura

Torre La Previsora

Torre La Previsora

Desde el aire sirve de referencia. Desde el asfalto funciona como reloj. Su ubicación convierte a la Torre La Previsora en una estructura imponente y determinante de su entorno. Aparte de ser el centro de ruta de los aviones que aterrizan en el aeropuerto La Carlota, según comenta Ramón Eduardo Tello, fundador del proyecto arquitectónico.

La edificio de forma piramidal mide 117 metros de altura y posee 24 pisos para uso empresarial. Comenzó a ser diseñada en 1970 cuando la Junta Directiva de Seguros La Previsora se propuso buscar una edificación que se convirtiera en emblema de la empresa. La decisión fue alzar una estructura propia y para ello la compañía hizo emisión de bonos de dos días para un total de 34 millones de bolívares de entonces, que financiaron la compra del terreno y el desarrollo de la construcción.

El sitio planteó retos, principalmente el alto nivel freático del terreno debido a la cercanía con el río Guaire. Además, se debió adelantar un extenso proceso de expropiaciones de inmuebles colindantes. El contrato fue adjudicado al Consorio Integral Fertec, quienes convocaron un concurso para el diseño arquitectónico que ganaron Francisco Pimentel -sobrino y nieto de los arquitectos Louis Raimond Malaussena y Louis Antonie Malaussena, respectivamente-, Bernardo Borges y Pablo Lasala.

En el proyecto original se pensó dotarla de un restaurante giratorio en la última planta, aunque luego se desistió pues algunos de los directivos pensaban que los comensales “se iban a marear mientras comían”, según relata Tello. Las obras se iniciaron en 1971 y el edificio se inauguró en 1973, coronado por un reloj digital luminoso único en el mundo para aquel momento. Este tuvo que ser ideado y desarrollado en Venezuela por la “Internacional de Control y Registro”, que importó desde el extranjero los componentes del sistema.

El aparato ocupa los laterales de la torre y alcanza cuatro pisos de altura. Fue creado por Ignacio Fungairiño a partir de un reloj suizo Patek Phillipe que da la hora y es reflejada en una pizarra electrónica de 600 bombillos. Su instalación se realizó durante ocho meses, por insistencia del presidente de la compañía aseguradora, pues los diseñadores de la torre se oponían. En lo que sí hubo coincidencia fue en la inclusión de un espacio cultural coronado por una sala de cine en la mezzannina del edificio, que fue referencia de las películas de autor en los 80 y 90.

Victor Amaya
Foto: Hugo Londoño @Huguito

Dirección:
Metro: Plaza Venezuela
Horarios de atención: Lunes a Viernes 9:00am a 4:00pm

Dato: La puerta del edificio es una Cromoestructura del maestro Carlos Cruz Diez instalada en 1992.

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Casa Amarilla

Casa Amarilla

La historia cuenta que, luego de que una muchedumbre dijera al unísono “¡no!”, el Capitán General Vicente Emparan, desde un balcón, respondió a gritos: ¡Si el pueblo no quiere que los gobierne, entonces yo tampoco quiero mando!”. La escena del 19 de abril de 1810, considerada un punto de partida para el proceso de independencia, ocurrió frente a la Plaza Bolívar de Caracas, en esa casona que ahora es la sede de la Cancillería venezolana.

Por el color de su fallada, se conoce como la Casa Amarilla. Tiene dos plantas y un gran patio interno que conduce a todos sus salones protocolares. La edificación, que data de finales del siglo XVIII, albergó la Penitenciaría Real y todavía se puede ver en su sótano las barras de hierro, los grillos y las cadenas en los calabozos de aquella época. Después pasó a ser la sede del Consejo Eclesiástico de la ciudad, y más tarde el Palacio de Gobierno.

En 1874, Antonio Guzmán Blanco, en su afán de modificar estructuras de la ciudad, le ordenó al arquitecto Juan Hurtado Manrique reestructurarla y convertirla en la Mansión Presidencial. Además de él, la ocuparon Francisco Linares Alcántara, quien ordenó pintarla de amarillo por ser el color del partido Liberal; y Cipriano Castro. Dicen que éste último se lanzó aterrado desde unos de sus balcones durante el terremoto de 1900. Por decreto de Juan Vicente Gómez, en 1912, se convirtió en la Cancillería de la Nación.

Esos hechos históricos convirtieron el inmueble en Monumento Histórico Nacional, de acuerdo con la Gaceta Oficial 31.678 según del 16 de febrero de 1979. Cuando no hay actos protocolares, el público general puede entrar y visitar la Biblioteca de documentación y el archivo.

Erick Lezama
Foto: Fernando Gálvis @owendfer

Estación del metro: Capitolio.
Horario: Lunes a viernes de 09:00 am a 12:30 pm y de 02:00pm a 05:00pm.
Dirección: Esquina de Principal, lado Oeste de la Plaza Bolívar, 1010 Caracas

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Museo de los Niños

Museo De Los Niños

De la idea a la inauguración pasó una década. Alicia Pietri de Caldera, primera dama de la República a comienzos de los 70 imaginó un museo para los niños. Durante años concibió el proyecto y buscó aliados para construir el espacio que sería administrado por la fundación privada Museo de los Niños, que creó en 1974 cuando abandonó La Casona.

La administración de Luis Herrera Campins le cedió un área para ejecutarlo en el entonces naciente complejo Parque Central. La edificación se inauguró en 1982 y llamaba mucho la atención por estar pintada por fuera como una caja de colores. En 1993 abrió sus puertas el edificio anexo, el de la Aventura Espacial con el trasbordador, un paseo lunar para niños y el Planetario. Fue la última gran expansión física en una institución que internamente no ha dejado de crecer.

En total, el Museo de los Niños tiene casi 600 exhibiciones. En la última década y media, se renovaron exposiciones completas. Aparte, se incorporó La Emoción de Vivir Sin Drogas y La Caja de Colores, un espacio para niños en edad preescolar. Todo eso se hizo en las áreas que el Museo tenía disponibles, pues la estrategia ha sido la reutilización de la planta física ya existente, sin más ampliaciones. La última de gran tamaño fue en 1994, al final de un período esplendoroso que comenzó en 1988, como admiten sus propios trabajadores.

“Lo que hacemos es una tendencia internacional, que es el aprovechamiento de los espacios. Por ejemplo, antes los niños se entretenían y aprendían con rompecabezas de grandes piezas, ahora es con pantallas táctiles y juegos digitales que ocupan menos espacios. Eso nos ha funcionado porque antes teníamos 10 exhibiciones en un espacio y ahora podemos tener hasta el doble”, explica Darwin Sánchez, jefe de Educación del museo.

Las instalaciones más emblemáticas siguen allí: la molécula, el túnel de colores, el piano gigante, el submarino incrustado en una pared, el Viaje al Mundo Maravilloso con todo y su cabina; el trasbordador y la superficie lunar. Varias se han modernizado, como el estudio de TV ahora digital o la camioneta Trail Blazer que sustituyó al Malibú que los niños “manejan”. La visita es anárquica. No tiene un inicio ni un final formal: cada quien la comienza donde quiere y se dirige a los montajes que desee, siguiendo dos principios “Prohibido No Tocar” y “Aprender Jugando”.

Víctor Amaya
Foto: Hugo Londoño

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Arquitectura

Mezquita

A finales de los años 80, Venezuela se veía una nación pujante. El presidente Carlos Andrés Pérez llegaba por segunda vez a Miraflores en 1989 y las relaciones con Arabia Saudita eran buenas. De ahí que el nuevo gobierno planeó para Caracas un bulevar cultural y de encuentro que se extendiera desde la Plaza Morelos hasta el Paseo Colón, bordeando el Parque Los Caobos, que incluiría la ubicación de varias iglesias monoteístas.

Así nació la mezquita más grande de Venezuela, en un terreno cedido por el Gobierno a Arabia Saudita en intercambio por la tierra donde se instaló la nueva embajada venezolana en tierras saudíes. “En el área de 5 mil metros cuadrados se colocó un diseño imponente por la importancia que representa Caracas para la arquitectura y por el interés mutuo, de la Fundación que se encargó de construirla y de Venezuela, de hacer un monumento ícono de la ciudad”, sostiene Kahlil Abdul, coordinador académico y cultural de la mezquita.

La construcción la impulsó una organización sin fines de lucro la Fundación Ibrahim Ibin Abdul Aziz Al-Ibrahim -de allí el nombre que porta en su fachada- y para el diseño se decidió combinar una visión islámica, bajo el estilo otomano, con aportes occidentales. El arquitecto árabe Zuheir Fayez hizo los planos con el aporte del venezolano Oscar Bracho, quien supervisó la construcción para lograr “una mezcla de arte, diseño y arquitectura de dos hemisferios”, dice Abdul. Y aunque la historia oficial no la incluye, la venezolana Eva Arredondo hizo aportes arquitectónicos.

Cuando se terminó de construir en 1993, la Mezquita de Caracas era la más grande de América Latina. Título que mantuvo hasta 2000 cuando fue superada por el Centro Cultural Islámico Rey Fahd de Argentina. Su minarete de 113 metros se alza sobre el perfil urbano de la capital, orgulloso de ser el segundo más alto del mundo, completando la silueta que marca la imponente cúpula de 28 metros.

La sala de rezos puede albergar hasta 1500 fieles en su gran alfombra dispuesta para los cinco rezos diarios, así como la mezzanina superior destinada al uso de las mujeres. “No hay símbolos religiosos ni imágenes en el salón. Todo es dedicado al arte”, dice Abdul. La mezquita tiene espacios académicos -para cursos de árabe y actividades culturales-, áreas deportivas, fuente de abluciones y un cuarto para servicios funerarios. En tiempos de Ramadán, la Mezquita de Caracas -una de las 18 ubicadas en el país- convoca a los rezos usando los megáfonos a lo alto del minarete.

Víctor Amaya
Foto: Caritza Campos

Dirección: Calle Real de Quebrada Honda
Horarios de visita: Domingos 8:00 am – 4:00 pm
Metro: Colegio de Ingenieros

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Arquitectura

Parque Central

La construcción de Parque Central fue el evento arquitectónico que marcó la ciudad en la década del setenta, según reseña la Guía de Arquitectura y Paisaje de Caracas. Ese proyecto, que prometía ser en sí mismo una ciudad moderna y ofrecer un nuevo modo de vivir, fue concebido por los arquitectos Daniel Fernández-Shaw y Enrique Siso como un conjunto de usos múltiples. Algo nunca antes visto. Ocho edificios residenciales convivirían con oficinas, comercios, museos y salas de convenciones. Todo construido con criterios de vanguardia: un sistema de extracción de basura al vacío, suministro de agua por tuberías de cobre y aire acondicionado integral con agua helada.

Todo lo que prometía el futuro, estaría en Parque Central. Tanto, que el complejo arquitectónico se vendió con el eslogan “un nuevo modo de vivir que nada tiene que ver con el pasado”. Aquel material promocional que se le ofrecía a los futuros propietarios señalaba que el complejo contaría con los más modernos servicios, ascensores con capacidad para 24 personas, sistema de vigilancia por circuito cerrado de televisión las 24 horas y alarmas contra incendios en todos los pasillos.

 

Archivo Daniel Fernández-Shaw Escari0

Aparte, los apartamentos tendrían sanitarios sin tanque de agua, lavamanos con mezclador único de agua fría y caliente, pisos alfombrados sobre base de espuma de caucho y paredes decoradas con una combinación de pintura y tapizado. Todo ello inmerso dentro del paisajismo diseñado por el artista brasilero Roberto Burle Marx, el mismo que dirigió el proyecto del Parque del Este.

“Parque Central era una joya”, afirma Carlos Sánchez, residente del conjunto desde hace 37 años y dueño de un taller mecánico en el sótano 3. “Era tranquilo. Seguro. Era un conjunto residencial de puros profesionales. No tenías necesidad de salir porque aquí había de todo. Restaurantes, discotecas, cine, bancos. Era tu propio hábitat dentro de la ciudad”, agrega.

En aquellos inicios, la estructura se convirtió en una proyección de país. Era un reflejo de sus sueños, de lo que quería ser. De una ciudad moderna, democrática e inclusiva, según palabras del investigador Vicente Lecuna. “Parque Central fue un gran proyecto de desarrollo. Pero se construyó para un país inventado de la nada, que surgió de una modernidad instantánea, que no existe”, añade.

Mirelis Morales Tovar

 

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Arquitectura

Plaza Bolívar

PlazaBolivar

Plaza Bolívar hay muchas. Sobre todo en este país. Cada pueblo, por muy pequeño que sea, tiene su espacio reservado para homenajear a El Libertador. Y Caracas obviamente no es la excepción.

La Plaza Bolívar es el centro neurálgico del casco colonial de la ciudad. Se creó en 1567 con el nombre de Plaza Mayor, en el lugar donde indicó Diego de Losada, fundador de la ciudad. A lo largo del tiempo ha cambiado de forma y función. Sin embargo, siempre ha sido lugar de encuentro de los caraqueños.

Su visita es parada obligada, no sólo porque alrededor de ella encontramos edificaciones históricas significativas, tales como la Catedral, la Casa Amarilla o la Gobernación, sino porque allí en ese mismo suelo nació Caracas hace cuatrocientos cincuenta años.

En el centro de la Plaza Bolívar se eleva una gran escultura de El libertador Simón Bolívar, del escultor Adán Tadalini, que data de 1874. Escondido bajo su pedestal, antes de su inauguración, el ex presidente Antonio Guzmán Blanco colocó una caja del tesoro con reliquias de la época como fotografías, libros y hasta billetes, la cual sigue allí intacta desde entonces. Ojo, ni haga el intento de subir en su pedestal, porque está prohibido.

En la zona siempre hay gran cantidad de personas, circulando por la plaza o sentados en sus bancos. Es normal ver a los niños alimentar las palomas o las ardillas negras que viven en los frondosos árboles (sí, son negras y casi no se ven así en ningún otro lugar). Vendedores de dulces se pueden encontrar a los alrededores de la plaza, al igual que varios cafés, chocolaterías y restaurantes, donde podrás sentarte a descansar. Incluso entre las esquinas Padre Sierra y Conde hay un lugar donde hasta no hace mucho se podía comprar una torta melosa, que se dice provenía de la misma receta que fuera favorita de Simón Bolívar.

No se recomienda ir en carro, pues es muy complicado estacionar en la zona. Lo mejor es tomar el metro y bajar en la estación Capitolio, salida “Esquina la Bolsa-Padre Sierra”. Allí saldrá enfrente de la Asamblea Nacional, solo deberán bordearla hacia su mano izquierda y llegarán directamente a la Plaza.

Stefany Da Costa
Co-Fundadora de Urbanimia

Foto: Hugo Londoño @Huguito

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Arquitectura

Teatro Nacional

El Teatro Nacional fue construido por órdenes del presidente Cipriano Castro, a quien su esposa Doña Zoila de Castro le había sugerido construir otro teatro en la ciudad que fuera más lujoso que el Teatro Municipal.

Para cumplir los caprichos y deseos de Doña Zoila, el entonces presidente buscó al arquitecto Alejandro Chataing, quien trabajó junto al pintor Antonio Herrera Toro, el ebanista José María Jiménez y el escultor catalán Ángel Cabré.

Para su construcción se eligió el terreno que ocupaba el cementerio de Los Cipreses, el cual formaba parte del Oratorio de San Felipe de Neri.

El Teatro Nacional se inauguró el 11 de junio de 1905 con la presentación de la zarzuela “El Relámpago”. Este recinto cuenta con una capacidad de 797 butacas y un elegante interior donde los acabados de madera marcan la pauta. En su fachada se encuentran dos enormes columnas y, al final de ellas, dos estatuas que significan la comedia y la tragedia.

Arq. Ricardo Castillo G.
Director de Arquitectura Venezuela.
Twitter @Arquitecturavzl / Instagram @Arquitecturavzl / Facebook Arquitectura Venezuela

Foto principal: Hugo Londoño @huguito

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Arquitectura

Iglesia Ortodoxa Rumana de San Constantino y Santa Elena

Su estructura se pierde entre el follaje natural que la rodea. Sólo se divisa una nave que se asoma entre los árboles y es precisamente lo que llama la atención de los más curiosos. “¿Y esa casa de madera qué será?” se preguntan quienes circulan por la avenida Sur de La Lagunita.

Se trata de la Iglesia Ortodoxa Rumana de San Constantino y Santa Elena. Una verdadera joya arquitectónica. Ya sabrá por qué. En el mundo sólo existen 15 templos religiosos de este tipo y sólo dos se encuentran fuera de Rumania, según reseña el catálogo de Patrimonio Cultural en su capítulo dedicado al municipio El Hatillo.  Así que es un privilegio contar con este templo que constituye una muestra de la arquitectura religiosa ortodoxa del siglo XVI.

Al visitarla, uno no sabe si es más bella por dentro o por fuera. Este templo fue ensamblado pieza por pieza por artistas rumanos que vinieron especialmente al país para edificar esta iglesia que se inauguró el 7 de noviembre de 1999. Está construido de madera (roble y abeto), prefabricada y traída especialmente de Rumania. El techo lo conforma 40 mil tejas que fueron talladas y colocadas una a una.

Su interior está decorado con imágenes neo-bizantinas, elaboradas por artistas rumanos. Y aparte cuenta con otra particularidad: una angosta escalera que fue tallada en un sólo tronco.

Si tiene la oportunidad de visitarla, tómese el tiempo de ver cada detalle. No vaya a la carrera porque se perderá de apreciar, por ejemplo, el iconostasio propio de la iglesias ortodoxas, que es una pantalla o pared llena de íconos o imágenes de santos. En este caso, la estampa de nuestra Virgen de Coromoto no podía faltar como símbolo de unión entre dos culturas.

Mirelis Morales Tovar

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