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Personajes

Aquiles Nazoa

Aquiles Nazoa

Un caraqueño de El Guarataro. Un poeta, un escritor, un periodista, un humorista, un creador de arte irrepetible. Aquiles Nazoa plasmó en palabras la identidad venezolana, la chispa, el humor y el amor por lo propio desde la infancia.

Los niños que hoy son padres y esos adultos que volverán a ser niños en sus lecturas se pueden encontrar dentro de las historias de La Ratoncita presumida, en los recuerdos de La historia de un caballo que era bien bonito, en la simplicidad sonora de Las lombricitas o en la rítmica de Buen día, tortuguita.

“A la fuerza bruta del toro quiso
oponer el loro.
‘La desarmada fuerza de la idea’
y apenas comenzando la pelea,
aunque vertió sapiencia por totumas,
del loro no quedaron ni las plumas.
Así muy noble, justa y grande sea,
si no tiene a la mano algo macizo,
por si sola, lector, ninguna idea, sirve
para un carrizo”.

También sonreirán en cada párrafo de Los sin cuenta usos de la electricidad, Vida privada de las muñecas de trapo o en las líneas de Importancia y protección de la ñema de Colón, que luego fue convertida en ópera por el maestro Federico Ruiz con el título Los martirios de Colón. Y se conmoverán con cada palabra de su famoso Credo: “creo en los poderes creadores del pueblo…” Y quien tenga en su casa un ejemplar de Humor y amor, un clásico de la literatura venezolana, tiene una herencia atemporal que dibuja la esencia de nuestra identidad.

Nazoa fue un autodidacta, un aprendiz eterno. Nació en la parroquia San Juan, el 17 de mayo de 1920. De todos los oficios aprendidos, la escritura fue su huella. Pero las manos de Aquiles Nazoa aprendieron a hacer carpintería, atendieron teléfonos, vendieron en una bodega y hasta cargaron maletas como botones del célebre y desaparecido Hotel Majestic de Caracas. Llegó al periodismo casi por casualidad cuando entró en 1935 a trabajar como empaquetador en el diario El Universal y allí pasó a ser archivador, aprendió a leer en inglés y en francés y conoció el arte de la tipografía y la corrección de pruebas. Las palabras le dieron de comer literalmente durante la mayoría de su vida.

El poeta de “las cosas más sencillas”, se fue físicamente de este mundo el 25 de abril de 1976, en un accidente de tránsito en la autopista Caracas-Valencia. Pero en la vida caraqueña, en la Plaza Capuchinos -uno de sus lugares favoritos- en los murales, en las escuelas, en los libros y en los poemas, el singular rostro de Aquiles Nazoa nos mira plácidamente y sonríe.

Gabriela Rojas
Foto: S/A

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ArquitecturaHistoria

Casa Amarilla

Casa Amarilla

La historia cuenta que, luego de que una muchedumbre dijera al unísono “¡no!”, el Capitán General Vicente Emparan, desde un balcón, respondió a gritos: ¡Si el pueblo no quiere que los gobierne, entonces yo tampoco quiero mando!”. La escena del 19 de abril de 1810, considerada un punto de partida para el proceso de independencia, ocurrió frente a la Plaza Bolívar de Caracas, en esa casona que ahora es la sede de la Cancillería venezolana.

Por el color de su fallada, se conoce como la Casa Amarilla. Tiene dos plantas y un gran patio interno que conduce a todos sus salones protocolares. La edificación, que data de finales del siglo XVIII, albergó la Penitenciaría Real y todavía se puede ver en su sótano las barras de hierro, los grillos y las cadenas en los calabozos de aquella época. Después pasó a ser la sede del Consejo Eclesiástico de la ciudad, y más tarde el Palacio de Gobierno.

En 1874, Antonio Guzmán Blanco, en su afán de modificar estructuras de la ciudad, le ordenó al arquitecto Juan Hurtado Manrique reestructurarla y convertirla en la Mansión Presidencial. Además de él, la ocuparon Francisco Linares Alcántara, quien ordenó pintarla de amarillo por ser el color del partido Liberal; y Cipriano Castro. Dicen que éste último se lanzó aterrado desde unos de sus balcones durante el terremoto de 1900. Por decreto de Juan Vicente Gómez, en 1912, se convirtió en la Cancillería de la Nación.

Esos hechos históricos convirtieron el inmueble en Monumento Histórico Nacional, de acuerdo con la Gaceta Oficial 31.678 según del 16 de febrero de 1979. Cuando no hay actos protocolares, el público general puede entrar y visitar la Biblioteca de documentación y el archivo.

Erick Lezama
Foto: Fernando Gálvis @owendfer

Estación del metro: Capitolio.
Horario: Lunes a viernes de 09:00 am a 12:30 pm y de 02:00pm a 05:00pm.
Dirección: Esquina de Principal, lado Oeste de la Plaza Bolívar, 1010 Caracas

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Arquitectura

Museo de los Niños

Museo De Los Niños

De la idea a la inauguración pasó una década. Alicia Pietri de Caldera, primera dama de la República a comienzos de los 70 imaginó un museo para los niños. Durante años concibió el proyecto y buscó aliados para construir el espacio que sería administrado por la fundación privada Museo de los Niños, que creó en 1974 cuando abandonó La Casona.

La administración de Luis Herrera Campins le cedió un área para ejecutarlo en el entonces naciente complejo Parque Central. La edificación se inauguró en 1982 y llamaba mucho la atención por estar pintada por fuera como una caja de colores. En 1993 abrió sus puertas el edificio anexo, el de la Aventura Espacial con el trasbordador, un paseo lunar para niños y el Planetario. Fue la última gran expansión física en una institución que internamente no ha dejado de crecer.

En total, el Museo de los Niños tiene casi 600 exhibiciones. En la última década y media, se renovaron exposiciones completas. Aparte, se incorporó La Emoción de Vivir Sin Drogas y La Caja de Colores, un espacio para niños en edad preescolar. Todo eso se hizo en las áreas que el Museo tenía disponibles, pues la estrategia ha sido la reutilización de la planta física ya existente, sin más ampliaciones. La última de gran tamaño fue en 1994, al final de un período esplendoroso que comenzó en 1988, como admiten sus propios trabajadores.

“Lo que hacemos es una tendencia internacional, que es el aprovechamiento de los espacios. Por ejemplo, antes los niños se entretenían y aprendían con rompecabezas de grandes piezas, ahora es con pantallas táctiles y juegos digitales que ocupan menos espacios. Eso nos ha funcionado porque antes teníamos 10 exhibiciones en un espacio y ahora podemos tener hasta el doble”, explica Darwin Sánchez, jefe de Educación del museo.

Las instalaciones más emblemáticas siguen allí: la molécula, el túnel de colores, el piano gigante, el submarino incrustado en una pared, el Viaje al Mundo Maravilloso con todo y su cabina; el trasbordador y la superficie lunar. Varias se han modernizado, como el estudio de TV ahora digital o la camioneta Trail Blazer que sustituyó al Malibú que los niños “manejan”. La visita es anárquica. No tiene un inicio ni un final formal: cada quien la comienza donde quiere y se dirige a los montajes que desee, siguiendo dos principios “Prohibido No Tocar” y “Aprender Jugando”.

Víctor Amaya
Foto: Hugo Londoño

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Arquitectura

Mezquita

A finales de los años 80, Venezuela se veía una nación pujante. El presidente Carlos Andrés Pérez llegaba por segunda vez a Miraflores en 1989 y las relaciones con Arabia Saudita eran buenas. De ahí que el nuevo gobierno planeó para Caracas un bulevar cultural y de encuentro que se extendiera desde la Plaza Morelos hasta el Paseo Colón, bordeando el Parque Los Caobos, que incluiría la ubicación de varias iglesias monoteístas.

Así nació la mezquita más grande de Venezuela, en un terreno cedido por el Gobierno a Arabia Saudita en intercambio por la tierra donde se instaló la nueva embajada venezolana en tierras saudíes. “En el área de 5 mil metros cuadrados se colocó un diseño imponente por la importancia que representa Caracas para la arquitectura y por el interés mutuo, de la Fundación que se encargó de construirla y de Venezuela, de hacer un monumento ícono de la ciudad”, sostiene Kahlil Abdul, coordinador académico y cultural de la mezquita.

La construcción la impulsó una organización sin fines de lucro la Fundación Ibrahim Ibin Abdul Aziz Al-Ibrahim -de allí el nombre que porta en su fachada- y para el diseño se decidió combinar una visión islámica, bajo el estilo otomano, con aportes occidentales. El arquitecto árabe Zuheir Fayez hizo los planos con el aporte del venezolano Oscar Bracho, quien supervisó la construcción para lograr “una mezcla de arte, diseño y arquitectura de dos hemisferios”, dice Abdul. Y aunque la historia oficial no la incluye, la venezolana Eva Arredondo hizo aportes arquitectónicos.

Cuando se terminó de construir en 1993, la Mezquita de Caracas era la más grande de América Latina. Título que mantuvo hasta 2000 cuando fue superada por el Centro Cultural Islámico Rey Fahd de Argentina. Su minarete de 113 metros se alza sobre el perfil urbano de la capital, orgulloso de ser el segundo más alto del mundo, completando la silueta que marca la imponente cúpula de 28 metros.

La sala de rezos puede albergar hasta 1500 fieles en su gran alfombra dispuesta para los cinco rezos diarios, así como la mezzanina superior destinada al uso de las mujeres. “No hay símbolos religiosos ni imágenes en el salón. Todo es dedicado al arte”, dice Abdul. La mezquita tiene espacios académicos -para cursos de árabe y actividades culturales-, áreas deportivas, fuente de abluciones y un cuarto para servicios funerarios. En tiempos de Ramadán, la Mezquita de Caracas -una de las 18 ubicadas en el país- convoca a los rezos usando los megáfonos a lo alto del minarete.

Víctor Amaya
Foto: Caritza Campos

Dirección: Calle Real de Quebrada Honda
Horarios de visita: Domingos 8:00 am – 4:00 pm
Metro: Colegio de Ingenieros

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Vida Urbana

Metro de Caracas

Ponerle nombre a las estaciones del Metro de Caracas no fue algo que se hizo a la ligera. La lluvia de sugerencias que precedió la inauguración de la Línea 1 del subterráneo, el 2 de enero de 1983, obligó a José González Lander, presidente del Metro, a designar una comisión conformada por Carlos Santiago González, gerente de Relaciones Públicas del Metro y tres cronistas de la ciudad para que definieran los nombres de las 22 paradas de ese tramo.

En principio a cada estación se le identificaba con un número, hasta que se buscaron los primeros nombres. El razonamiento que se utilizó era que tuviese algo que ver con la zona o con algún lugar representativo del sitio en donde se ubicaba la estación”, explicó Ricardo Sansone, de Familia Metro.

Fue así como se determinó, por ejemplo, que Gato Negro no se llamaría Miguel Antonio Caro –como estaba previsto originalmente–. Recibió ese nombre por ser asiento del bar Gato Negro, punto importante de encuentro para los caraqueños de la época y en donde llegó a presentarse Carlos Gardel. La Hoyada en principio se llamaría Fuerzas Armadas; pero en esa zona había una especie de hoyo, donde los ciudadanos hacían trasbordo para movilizarse en la ciudad de norte a sur, así que la oralidad se impuso.

Al inaugurar el primer tramo del sistema, entre Propatria y La Hoyada, había 17 reglas que los caraqueños más que conocer al detalle, obedecían. Meses antes del comienzo de operaciones, a los trabajadores del Metro los dividieron en grupos de dos y tres e iban a las escuelas, liceos, universidades y asociaciones de vecinos a instruir a los ciudadanos sobre el correcto comportamiento en el subterráneo. Instauraron así la llamada “Cultura Metro”, hoy en día tan golpeada.

El Metro continuó su expansión. La Línea 1 completó sus 20,36 kilómetros de recorrido el 19 de noviembre de 1989, con el tramo Los Dos Caminos-Palo Verde. El subterráneo ha seguido creciendo hasta completar 49 estaciones, repartidas en cinco líneas. Y aunque los usuarios se quejan de las demoras en el servicio, fallas, y el mal estado de los trenes, no hay duda de que después de 34 años de operaciones, el Metro continúa siendo la gran solución para Caracas.

Emily Avendaño
Foto: Teresa Cerdeira @teresitac

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Gastronomía

Artesano Cafetería

ArtesanosCafeteria

Cuando se abre la puerta hay un olor dulzón. Un aroma a pan saliendo del horno y a café recién colado: ese aromático convertido en una obra latte art, servido en tazas de peltre sobre mesas de madera áspera. Y el melado de papelón bañando un golfeado tibio que –créanlo– no necesita más queso. O un ponqué de zanahoria o de chocolate. Un cachito o un sándwich que concentran toda la frescura que puede brotar de la tierra misma.

Hay una bicicleta estacionada en una especie de sobretecho. La iluminación y la temperatura: cálidas. Las paredes, de ladrillos y de cemento pulido, tienen en algunos rincones pizarras con el menú dibujado con tiza. El sonido suave que emana de una corneta a veces es jazz, otras reggae. Y desde un ventanal se ve la gente caminando. Todo parece construido para que esa parada cotidiana de ir por un café sea en verdad una experiencia. Así es Artesano Cafetería.

Como una guarida al tráfico, el local está en pleno centro de Caracas, en la esquina La Torre, a pocos metros de la Plaza Bolívar. Cada vez son más las personas que entran y leen un libro, el periódico. Conversan. Casi una década de experimentación culinaria de Antonio Gámez, Ángel Rincón y Julio Rincón, sus dueños, está resumida allí. Queda claro que han evolucionado en el negocio: al principio tenían apenas una barra, al aire libre, y sólo vendían: café, pan, papelón con limón, golfeados y poco más.

No ha habido desvío en esa búsqueda de garantizar la frescura. Los ingredientes de todas las preparaciones son cultivados con esmero por proveedores artesanales. Los granos de café llegan del estado Portuguesa, los vegetales del estado Aragua, los embutidos los elaboran ellos mismos en una pequeña empresa.

“Uno abre la puerta y no quiere irse”, dice una Ana Crespo, una asidua visitante. Ella ha probado todo. El café Adriana (expresso, crema, canela, pepelón), el Mocaccino (expreso, sirope de chocolate, cacao, crema), el Late Vainilla (crema, sirope de vainilla, expreso), el Guaro (cocuy, azúcar de naranja, expresso), el Marieta (crema, canela, brandy, sirope de vainilla), el Carajillo (brandy, expreso). “Vengo a desayunar, a merendar; vengo a estudiar, cuando me siento contenta, cuando estoy triste”. Y hay que entenderla.

Erick Lezama
Foto: Hugo Londoño @huguito

 

Esquina La Torre, diagonal a la Plaza Bolívar.
Estación del metro: Capitolio
Horario: de lunes a sábado, de 7:00 am a 7:00pm. Domingos: 9:00 am a 6:00pm.

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Historia

Semana Santa

SemanaSanta

Era Miércoles Santo en Caracas. Año 1902. Los caraqueños se volcaron a la Basílica de Santa Teresa para rezarle al Nazareno de San Pablo. Aún estaban frescos los recuerdos del terremoto que sacudió la ciudad el 29 de octubre de 1900 a las 4:42 a.m. el cual dejó 21 muertos y más de 50 heridos.  Cuenta José García de La Concha en su libro Reminiscencias Vida y costumbres de la vieja Caracas que cuando se celebraba la misa mayor a las 9 de la mañana se escuchó un grito: ¡misericordia, temblor! La reacción la produjo un cuadro que cayó de la pared y generó una confusión entre los feligreses exaltados por el recuerdo del terremoto. El pánico se expandió y los fieles salieron despavoridos, generando un tumulto que dejó heridos y dicen que hasta muertos.

“En la iglesia sólo quedo el altozano alfombrado de paraguas y sombrillas, faldas y zapatos, carrieles y andaluzas e infinidad de cosas. Muchos años más tarde encontraba a una señora con la oreja partida y nos decía: Mijito, eso fue cuando el zaperoco de Santa Teresa” . José García de La Concha en su libro Reminiscencias Vida y costumbres de la vieja Caracas,

Cincuenta años después. Un 9 de abril de 1952, para ser más exactos. Miércoles santo en Caracas. . La Basílica de Santa Teresa fue de nuevo escenario de un acontecimiento. Monseñor Hortensio Carrillo oficiaba la misa. El recinto estaba abarrotado de fieles, cuando de pronto se escuchó a alguien gritar: ¡fuego! El miedo se apoderó de los fieles, quienes corrieron en masa buscando la salida. Pero algunas puertas estaban cerradas y el pánico se adueñó de la situación. 49 personas resultaron muertas, entre ellas 24 menores de edad.

En esos días, los santos más venerados eran: El Domingo de Ramos, el Jesús del Huerto, de la Capilla de la Trinidad; el lunes, el Jesús en la Columna, de La Candelaria. Para el martes, La Humildad y la Paciencia, de Catedral; el miércoles, los Nazarenos de Santa Rosalía y el de San Pablo; el Jueves el Cristo de Burgos, en la Altagracia, y para el viernes, la gran solemnidad de la Dolorosa y el Santo Sepulcro de San Francisco.

Los jueves y viernes santos no circulaban los tranvías ni los coches de alquiler. Mientras que los negocios cerraban desde el jueves al mediodía hasta el sábado después del Aleluya. Los caraqueños, entretanto, se reservaban sus mejores trajes para lucirlos en Semana Santa. Tanto que sastres y modistas estaban atareados por aquellos días.

La gran  solemnidad era el jueves santo, en La Catedral. De la Casa Amarilla a la puerta principal de la Catedral, estaba tendido en dos filas un batallón en uniforme de gala. Himno Nacional, ¡Presenten armas!, y hacía su entrada el Presidente de la República, quien recibiría las llaves del Sagrario del señor Arzobispo.
Para la procesión, el Presidente tomaba el pendón y los ministros el palio. Y era de oír emocionado  en medio de tanta solemnidad la célebre marcha fúnebre de Pedro Elías Gutiérrez “Viernes Santo”. En la tarde escuchábamos las siete palabras, los mejores oradores sagrados se dejaban oír y la sacra música con las mejores voces de Caracas alternaban  y llegaban al espíritu de los fieles.

Caracas en Retrospectiva

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Arquitectura

Parque Central

La construcción de Parque Central fue el evento arquitectónico que marcó la ciudad en la década del setenta, según reseña la Guía de Arquitectura y Paisaje de Caracas. Ese proyecto, que prometía ser en sí mismo una ciudad moderna y ofrecer un nuevo modo de vivir, fue concebido por los arquitectos Daniel Fernández-Shaw y Enrique Siso como un conjunto de usos múltiples. Algo nunca antes visto. Ocho edificios residenciales convivirían con oficinas, comercios, museos y salas de convenciones. Todo construido con criterios de vanguardia: un sistema de extracción de basura al vacío, suministro de agua por tuberías de cobre y aire acondicionado integral con agua helada.

Todo lo que prometía el futuro, estaría en Parque Central. Tanto, que el complejo arquitectónico se vendió con el eslogan “un nuevo modo de vivir que nada tiene que ver con el pasado”. Aquel material promocional que se le ofrecía a los futuros propietarios señalaba que el complejo contaría con los más modernos servicios, ascensores con capacidad para 24 personas, sistema de vigilancia por circuito cerrado de televisión las 24 horas y alarmas contra incendios en todos los pasillos.

 

Archivo Daniel Fernández-Shaw Escari0

Aparte, los apartamentos tendrían sanitarios sin tanque de agua, lavamanos con mezclador único de agua fría y caliente, pisos alfombrados sobre base de espuma de caucho y paredes decoradas con una combinación de pintura y tapizado. Todo ello inmerso dentro del paisajismo diseñado por el artista brasilero Roberto Burle Marx, el mismo que dirigió el proyecto del Parque del Este.

“Parque Central era una joya”, afirma Carlos Sánchez, residente del conjunto desde hace 37 años y dueño de un taller mecánico en el sótano 3. “Era tranquilo. Seguro. Era un conjunto residencial de puros profesionales. No tenías necesidad de salir porque aquí había de todo. Restaurantes, discotecas, cine, bancos. Era tu propio hábitat dentro de la ciudad”, agrega.

En aquellos inicios, la estructura se convirtió en una proyección de país. Era un reflejo de sus sueños, de lo que quería ser. De una ciudad moderna, democrática e inclusiva, según palabras del investigador Vicente Lecuna. “Parque Central fue un gran proyecto de desarrollo. Pero se construyó para un país inventado de la nada, que surgió de una modernidad instantánea, que no existe”, añade.

Mirelis Morales Tovar

 

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Gastronomía

Caffé Piú

Al entrar, verá un mensaje en italiano fijado en una pared : “Un angolo di mundo qui”, que traducido al español significa “Un ángulo del mundo aquí”… De eso precisamente se trata la experiencia de ir a Caffé Piú. Sentir que no se está en un sitio cualquiera, sino en un ángulo del mundo, en un lugar especial, donde el café es el protagonista y la excusa perfecta para pasar un rato en un pequeño local, rodeado de antigüedades y de una colección de objetos, que tienen significado para sus dueños Gian Franco Misciagna y su esposa, Marbelis Daliz.

Aquí, el menú de aromáticos va desde los clásicos capucchino, expreso y nocciola. Hasta variedades como Lima's Piú (expresso y ralladura de limón), Andrea's (ponche crema +  expresso + leche + extracto de vainilla), Da'Piú (leche condensada + expresso + canela + leche + cacao), entre otras mezclas. Que bien puede acompañar con sus empañadas de harina de trigo, panninis o tortas.

Gian Franco es quien suele estar detrás de la barra, manejando con experticia su máquina de café. Tal y como lo aprendiera de su padre, Giovanni Misciagna, fundador del Café Vomero (1959). Así que si alguien sabe hacer un buen café en Caracas, es precisamente él. Pero vale advertirle que es un personaje. Por tanto, no le extrañé si Gian Franco lo recibe cantando o tocando su bocina en forma de gallina. O si le pide que le ayude a arreglar las mesas y sillas de la terraza mientras termina de abrir el local. Su carisma le da autenticidad a Caffé Piú.

Llegar no le será ningún problema, pues Caffé Piú está ubicado en una esquina estratégica de la calle Chama de la urbanización Bello Monte. Estacionar sí, porque sólo cuenta con tres puestos en su frente. Pero sepa que todo tiene una razón de ser. Sus dueños son fieles defensores de los derechos de los peatones. Incluso, verá carteles en la fachada defendiendo el uso de la acera. Por tanto, bien podría decirse que Caffé Piú fue pensado para vivir la ciudad idílica, aquella donde se puede llegar a un sitio caminando, sentarse en la terraza al aire libre a tomarse un buen café, toparse con intelectuales e irse a casa al final de tarde con un buen gusto de haber pasado un rato agradable en una esquina del mundo.

Horario:

Lunes a Viernes: 8 am a 7 pm / Sábado: 9 am a 3 pm

Mirelis Morales Tovar

 

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Historia

Radio City

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Su esplendor lo alejó de la simple denominación de una sala de proyección y lo colocó en la categoría patrimonial de “palacio del cine”. Para la década de los años cincuenta, el Cine Radio City se presentó como el emblema de la modernidad caraqueña y como el símbolo de la ciudad cosmopolita, por utilizar los criterios más avanzados de la época y los estilos arquitectónicos más vanguardistas. De allí su inspiración en su homónimo neoyorquino, que se erige en el Rockefeller Center de Manhattan desde 1932.

Este palacio cinematográfico abrió sus puertas al público el 15 de abril de 1953, con la proyección de la película Mesalina de la primera actriz María Félix. “La mujer más perversa en toda la historia del mundo en una película extraordinaria para un teatro excepcional”, rezaba el anuncio de aquel entonces, según comentó Guillermo Barrios, autor del libro Inventario del Olvido.

El diseño del Cine Radio City fue el reflejo de los tiempos de posguerra. De acuerdo con el arquitecto Nicolás Sidorkovs, la introducción de líneas curvas y acabados más suaves concordaban con esa respuesta anímica de deshacerse de los elementos agresivos y rígidos. “Aunque el Radio City conservaba algunos elementos rígidos en su interior, el lobby, los escalones y la forma -tanto en el plano como en el espacio- eran circulares. Asimismo, el cine se acopló a ese ambiente fantasioso de la época: tanto sus taquillas con forma de cuerno, como aquellas sirenas que se elevaban alrededor del arco de la pantalla eran elementos que carecían de agresividad”, afirmó Sidorkovs, autor del libro Los Cines de Caracas en el Tiempo de los Cines.

El Radio City fue la primera sala del sistema metropolitano que introdujo la innovación del cinemascope. “Radio City se prestó, junto al Junín, a la introducción del sistema de la 20th Century Fox que, a partir de lentes anamórficos, propone experiencias de proyección sin precedentes sobre inmensas pantallas cóncavas y sonido estereofónico”. reseñó Barrios en un trabajo publicado en la revista En Caracas.

El general Marcos Pérez Jiménez era un asiduo visitante y disponía de un palco presidencial en la parte posterior de la sala, para disfrutar de la innovación de aquella pantalla que cubría en todo lo ancho y largo el frente del escenario, con terminaciones curvas para no deformar la imagen. “A pesar de que el Radio City seguía la misma tendencia del resto de los cines del Este de tener sólo localidad de patio, se diseñó un pequeño espacio para que el presidente disfrutara del cinemascope. A ese palco se le construyó un pasadizo oculto para que el público no lo viera entrar ni salir de la sala”, recordó Sidorkovs.

Antonio García, quien frecuentó el cine en sus años de juventud, recuerda: “El Radio City era una especie de oasis, pues luego de recorrer el bulevar de Sabana Grande era un lugar propicio para el descansar, mediante el disfrute de una buena película. Además era un sitio muy familiar y el punto de encuentro de muchas personalidades por su cercanía con el Gran Café

Mirelis Morales Tovar

 

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