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Vida Urbana

23 de enero

23 de Enero

Sus primeros habitantes recuerdan cuando se le llamaba Urbanización 2 de diciembre. Aquel primer nombre evocaba el inicio del mandato de Marcos Pérez Jiménez, como un reconocimiento a quien había ordenado construir ese complejo habitacional para resolver el déficit de vivienda que signaba a la Caracas del siglo XX.

Paradójicamente, ese sería uno de los bastiones más rebeldes durante los hechos que acabaron con la dictadura y que determinaron que se rebautizara con el nombre del 23 de enero, en honor a la incipiente democracia.

Este complejo residencial fue concebido por el arquitecto Carlos Raúl Villanueva y se levantó entre 1955 y 1959. Formó parte de una propuesta urbana ambiciosa que estaba incluida dentro del Plan Nacional de la Vivienda. El objetivo era trasladar  a los habitantes de los ranchos a un modelo de vivienda con altos niveles de confort, lo que representaba una novedad en medio de una ciudad que crecía desparramada y se desbordaba por sus cuatro costados.

Para su construcción, Villanueva contó con la colaboración de los arquitectos del Taller de Arquitectura del Banco Obrero. El conjunto se levantó en tres etapas: la primera (Sector Este), en 1955; la segunda (Sector Central), en 1956 y la Tercera Etapa (Sector Oeste y Terraza H), en 1957.

Los 38 superbloques de 15 plantas y 42 de cuatro niveles, estaban inspirados en el modelo de “la Cité Radieuse” del suizo Le Corbusier. Pero más allá del planteamiento estético con el que se suprimió una red de barrios que se unían desde El Calvario hasta Catia, la obra se tradujo un aporte social de 9.176 apartamentos para familias obreras y de escasos recursos.

La canción “Hay fuego en el 23” de la Sonora Ponceña ha querido asociarse a este populoso sector. Sin embargo, para desilusión de algunos, la famosa canción se refiere a la quema de un apartamento en la calle 110 del barrio Harlem en Nueva York. En todo caso, la relación no es de gratis. El 23 de enero tiene buena fama de haber formado generaciones de buenos salseros. Así como de haber sido la cuna de muchos pensadores de izquierda.

Julio Materano
Foto: Efrén Hernández

El 23 de Enero tiene un “Bloque Fantasma”. La numeración salta del 7 al 9, sin razón aparente. ¿Qué pasó con el bloque 8? El 7 de agosto de 1957 ocurrió una tragedia en Cali (Colombia). 7 camiones del ejército cargados con 1053 cajas de dinamitas estallaron. Murieron 4 mil personas. El gobierno de Pérez Jiménez ordenó construir un bloque de viviendas para acoger a los damnificados. El edificio aún se llama Unidad Residencial República de Venezuela.

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Arte

La India

La India

La escultura de La India es una suerte de brújula que marca los cuatro puntos cardinales que confluyen ante ella: la avenida O’ Higgins, la avenida Páez, la avenida Teherán y la avenida principal de La Vega hacen punto focal en la redoma donde se levanta la figura de la India, diseñada por el escultor Eloy Palacios en 1910, para conmemorar el centenario de la Independencia de Venezuela.

Al monumento de esa mujer que corona el tope de una palma la conocen como La India de La Vega o de El Paraíso, por ser una especie de patrona que resguarda las entradas de ambas comunidades. Pero ni ese es su nombre original ni tampoco era su lugar de destino. La escultura de Palacios se llama Monumento a Carabobo y debió ser el punto de referencia dentro del histórico campo valenciano. Pero su ruta cambió significativamente de camino gracias a la desnudez que ya mostraba la irreverencia de la India para marcar su estampa.

La obra fue encargada a Palacios en 1905 por el entonces presidente Cipriano Castro, pero fue cinco años después cuando pudo concluirse, ya bajo el mandato de Juan Vicente Gómez, quien consideró que el desnudo de aquella mujer era irrespetuoso para un campo de próceres y la mandó al exilio que, para ese momento, quedaba en los linderos de lo que eran las afueras rurales de la Caracas de principios de siglo XX, El Paraíso.

Y aunque su destino era no ser vista, los ojos de la modernidad hicieron el resto. En 1966, cuando comenzaron los trabajos del distribuidor El Pulpo, la escultura de La India llegó a su lugar definitivo y se hizo con un nombre propio, muy alejado del que concibió su creador cuando la imaginó en medio de un silencioso campo de batalla. La India, reina desnuda, cumple 51 años triunfante con los brazos en alto hacia el cielo en medio de otro campo de batalla más ruidoso, vivo y transitado.

Gabriela Rojas
Foto: Efrén Hernández

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Gastronomía

Mercado Peruano

Mercado Peruano

Desde hace tres décadas, la dinámica en Quebrada Honda cada domingo es la misma. A las 8 de la mañana, se arman toldos, tarantines, se despliegan mesones y se oferta causa limeña, chupe de pollo o camarones, ceviches, papas a la huancaína, lomo salteado a la peruana, ají de gallina, chicha morada.

Al aire libre, la gente se dispone a comer en el famoso Mercado Peruano, escuchando música criolla. Quienes trabajan aquí son casi todos peruanos de nacimiento, agrupados en la cooperativa La Alameda del Perú. El ambiente es familiar. Realmente, los platos no son demasiado elaborados. Al contrario, parecen sencillos, con una sazón casera. Juana, que nació en Lima y tiene 20 años en este mercado, dice que eso es un halago. “Esto es lo más típico, lo folklórico. Hay ingredientes que no son igual que los originales, porque en Venezuela nos cuesta conseguirlos. Pero uno hace el esfuerzo”.

El Mercado Peruano tiene un extra: en la cuadra venden también otros productos, como granos, refrescos, harinas, música tradicional y recuerdos “del Perú”.

Ángela y Carlos vienen por primera vez. “Nos han dicho que aquí se come divino. No conocemos ninguno de estos platos, pero nos dijeron que probáramos lo que quisiéramos, que siempre sería una buena elección”. Le compraron a Juana ceviche, causa limeña, chicha morada. Comieron rápido. Al terminar, dijeron: “Tenían razón, vamos a volver pronto a probar más cosas. La próxima vez, vamos por los postres”.

Sí, también hay dulces y varios: mazamorra morada, elaborado con maíz morado y harina de comote; alfajores; o picarones, hecho con masa de auyama, batata y miel. La vendedora sonríe al escuchar el comentario de sus nuevos clientes: “Eso siempre pasa: es muy raro que aquí venga alguien una sola vez. Siempre querrán volver por más”.

Erick Lezama
Foto: Efrén Hernández

Dirección: Quebrada Honda, frente al Centro de Acción Social por la Música.
Horario: domingos, de 8 am a 4pm.
Metro: estación Colegio de Ingenieros.

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Vida Urbana

La Pastora

La Pastora

La Pastora es un barrio de puertas abiertas. Los niños corretean sin pudor por sus callejones y la gente allí se saluda por su nombre de pila. Tiene aires de pueblo y mucho de historia. Sus habitantes se enorgullecen de su gentilicio, que muchas veces abarca varias generaciones. Si hay un sitio con mucho para contar es esta parroquia, oficialmente fundada en 1889, aunque desde el siglo XVI era el primer pueblo que se encontraba el viajero al entrar y salir de Caracas.

Tiene, por ejemplo, el cuento del Bulevar Brasil, un pasaje que comenzó a funcionar en los tiempos de Juan Vicente Gómez. En 1919, el cónsul venezolano fue invitado a hacer los honores en la inauguración de la Avenida Venezuela en Río de Janeiro, así que en seguida el General llamó al Gobernador de Caracas y le preguntó cuál avenida estaba próxima a estrenarse. Era esa que iba de Camino Nuevo (de Miraflores, Caño Amarillo y Catia) a Camino Viejo (la ruta de los españoles).

No se dijo más. Se mandó a arbolar la calle a la usanza de la brasilera y se invitó al cónsul de ese país a hacer los honores acá. La avenida Brasil pasó a ser un bulevar cuando se cerró una de sus calles en tiempos de Luis Herrera, para hacer una gran acera. Si se sigue al norte por esa caminería se llega hasta la Puerta de Caracas. Allí está el monumento a José Félix Ribas. En el punto exacto en el que se colocó su cabeza, después de que lo asesinaran para que los enemigos de la corona vieran lo que les podía ocurrir si se metían con el Rey de España.

Justo en la entrada al Camino de Los Españoles hay una toma de agua que ahora regenta Hidrocapital, y que en algún momento recogió el caudal de la quebrada Catuche y la bajaba por una acequia hasta lo que ahora es la esquina de Caja de Agua. También hay un mural que remite a las pilas a las que se iba a recoger el líquido en los tiempos de la colonia y que explican por qué la esquina que da entrada a la parroquia se llama Dos Pilitas.

Lo religioso es fundamental. El templo de la Divina Pastora data del año 1740, cuando la imagen de la advocación llegó a la iglesia. Se presume que la figura, que aún adorna el altar, fue tallada alrededor de 1716. Cada 6 de enero, desde hace más de 70 años, se celebra en ese lugar la Misa del Deporte, una tradición iniciada en 1945. En resumen en esa parroquia se aplica lo escrito en las dos placas que dan entrada al santuario: “Ninguno es tan bueno que no necesite entrar” y “Ninguno es tan malo que no pueda entrar”. En La Pastora todos son bienvenidos.

Emily Avendaño
Foto: Efrén Hernández

Uno de los dos puentes coloniales que todavía sobreviven en Caracas –en uso– se encuentra en La Pastora. Se llama Carlos III. Está por encima de la quebrada Catuche y allí todavía se lee la placa puesta en lo que finalizó su construcción, que reza: “Se acabó la obra de este puente el día XXXI de marzo, reinando nuestro monarca Carlos III”. Se terminó de fabricar en 1784, a cargo de Juan Domingo del Sacramento Infante. El puente fue declarado Monumento Histórico Nacional, según Gaceta Oficial Nº 31.139, del 27 de diciembre de 1976.

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Lugares

Basílica de San Pedro

Iglesia San Pedro

Hay una parte del Vaticano en Caracas. Justo en la Urbanización Los Chaguaramos. Se trata de la Basílica de San Pedro, inaugurada en 1959, una copia en pequeñas dimensiones de su homónima que se erige en la Santa Sede y que, de hecho, fue construida con base en planos elaborados por el arquitecto, Marco Redini.

La primera misa en la parroquia eclesiástica de San Pedro se realizó el 30 de marzo de 1952, un Domingo de Resurrección, en una especie de capilla ambulante que se improvisó en el garaje de un colegio. La piedra fundacional la bendijo el Arzobispo de Caracas durante el pontificado del Papa Pio XII, el 29 de junio de 1953. Y seis años después, se inauguró la sede definitiva.

Cuando se concibió se pensó en una obra monumental, cuya cúpula debía ser divisada desde cualquier punto de la ciudad. No alcanzó a ser así, pero al menos es uno de los templos más visitados de Caracas y uno de los de mayor tradición.

La estructura de la Basílica es de concreto armado, posee muros de ladrillo y revestimiento de mármol. En la fachada hay tres esculturas del artista Ronaldo que representan a las imágenes católicas de Sagrado Corazón de Jesús, la Virgen María y San Pedro. Los altares del templo datan de 1701 y provienen del Convento de la Visitación de Santa María de las Salesas, de San Remo, en Italia.

En el interior hay diversas obras artísticas de valor patrimonial: el Vía Crucis, del artista brasilero Carlos Oswald; los mosaicos de los escudos de los estados de Venezuela y la imagen de San Pío X, elaboradas por el escultor húngaro G. Haynald; los vitrales del maestro Enrique Coppejans; y un Cristo de bronce creado por Mario Campanella.

Hercilia Garnica
Foto: Efrén Hernández

Dirección: Avenida Universitaria, Los Chaguaramos. Parroquia San Pedro

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Lugares

Biblioteca Simón Rodríguez

Biblioteca Simón Rodríguez

Un frondoso árbol resguarda su fachada y hace que el edificio pase inadvertido o se confunda como uno más del Casco Histórico. Pero no es así. Lo que está justo en la esquina El Conde es la Biblioteca Pública Central Simón Rodríguez, un lugar cargado de arte y de mucha luz natural. Un espacio majestuoso construido hace 79 años.

El pasillo de entrada tiene a ambos lados unos murales en relieve, tallados en piedra artificial: La lección del padre Bartolomé de las Casas, del artista Lorenzo González, y otro que representa el trabajo de los indígenas, del escultor Giurliani.

Al llegar al patio central se encontrará con su mayor encanto: el gran vitral de la pared de las escaleras, que abarca los cuatro pisos del edificio, y otro en el techo, que cubre el hall e imprime luminosidad a todos los pisos. Ambos obra de Eduardo Borges Salas.

Este edificio, probablemente, fue el primero en Caracas con ascensor y sistema de aire acondicionado central, detallan los archivos sobre su construcción disponibles en la biblioteca.

Todo allí merece contemplarlo, porque no hay rincón que carezca de detalles. Los vitrales son de tonos ocres, beige, marrón y blanco, y esos mismos colores están presentes en el mármol y en el granito de las columnas, de los rodapiés, de los apoyabrazos de las barandas, así como del piso de mosaicos, que además combina los colores tierra con el gris y el negro. A estos se suman los bustos de José María Vargas, Simón Rodríguez, Juan Manuel Cajigal y Andrés Bello, ubicados en el vestíbulo, realizados en mármol gris por Lorenzo González.

El ingeniero Guillermo Salas fue el encargado del proyecto y de su construcción, efectuada entre 1936 y 1938. Se convirtió en el primer edificio gubernamental ejecutado por el Ministerio de Obras Públicas para servir como sede administrativa de una dependencia del Ejecutivo nacional. Hasta entonces solo se había construido, a finales de 1800, el Ministerio de Hacienda.

El edificio, de fachada Art Déco y revestido de mármol blanco, fue concebido para albergar al Ministerio de Salubridad y de Agricultura y Cría. Hecho que no ocurrió, pues se destinó por completo al Ministerio de Educación. A finales de los 70, comienza a ser la sede de la Biblioteca.

Tiene cuatro pisos. Las salas de Humanidades, Artes, Ciencias Sociales, Literatura o Fonoteca están distribuidas en cada uno de los niveles. Los espacios son amplios y cuentan con largos ventanales que permiten la entrada de luz natural. En el tercer piso, la experiencia es única por lo cerca que se está del techo de vitral, de su luminosidad y de la posibilidad de ver desde arriba, los acabados del edificio, el cual fue declarado Monumento Histórico Nacional el 10 de enero de 1980.

Patricia Marcano
Foto: Alberto Rojas @chamorojas

Dirrección: Avenida Norte 4, entre esquinas El Conde y Carmelitas. Parroquia Catedral
Horario: Martes a viernes: 9 a.m. a 5 p.m. Sábado: 9 a.m. a 3:45 p.m.

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Arte

Mural conductores de Venezuela

Mural Conductores de Venezuela

Desde la ventanilla del carro, un conductor observa al otro. En medio de la multitud reconoce a Teresa de la Parra a bordo de un pequeño automóvil o a Simón Rodríguez manejando un autobús que se encuentra de frente con el carro-caballo de Simón Bolívar. Un poco más atrás, un bus compite el espacio atiborrado de gente como en la peor de las horas pico, pero una lleva al volante a Armando Reverón y el otro a José María Vargas.

Detrás la estela de más carros, motorizados y peatones anónimos completan la escena. Hombres, mujeres, niños y ancianos moviéndose hacia diferentes destinos pero cruzando sus caminos de país.

Quienes cruzan la autopista Francisco Fajardo, a la altura de la Universidad Central de Venezuela, rodearán este mural en curva que ocupa 165 metros de largo y está hecho de 45 mil coloridas piezas de baldosas de gres que conforman el cuadro con los trazos inconfundibles del artista, pintor, poeta y caricaturista Pedro León Zapata, quien lo diseñó y supervisó su ensamblaje entre 1998 y 1999.

Nada más caraqueño que la aglomeración del tráfico que Zapata plasmó en la obra Conductores de Venezuela, una especie de reflejo diario en el que los que quedan atascados en la interminable cola de asfalto pueden voltear a mirar y mirarse en el anónimo del autobús pero también en la inteligencia de artistas, maestros y héroes, glorias civiles que llevan de la mano al país conduciendo su destino.

El mismo Zapata, de esencia caraqueña aunque nació en La Grita, reconocía que el mural no era suyo sino de todos los caraqueños que alguna vez han volteado a mirarlo. Su presencia y su mensaje son imposibles de ignorar.

Aunque el deterioro ha hecho mella en varios momentos durante estos 19 años que lleva como galería a cielo abierto, el sentido de pertenencia de los ciudadanos, artistas y restauradores ha permitido su mantenimiento para que los rostros de trazo grueso y caricaturesco de Zapata sigan montados sobre ruedas, avizorando un país que ve el retrovisor cada tanto pero que a pesar de sentirse atascado, no suelta el volante.

Gabriel Rojas
Foto: Alberto Rojas @chamorojas

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Vida Urbana

Bulevar de Sabana Grande

Sabana Grande

Sabana Grande es una síntesis de contrastes. De día, muchos andan con prisa; mientras otros, no parece preocuparles el tiempo. Algunos caminan viendo las tiendas, haciendo compras. En el día, los niños juegan. Se observan bailarines ejecutando sus coreografías y actores haciendo de estatuas vivientes. Hay kioskos de chuchería y de flores. Y mucha –mucha– gente caminando. Pero de noche –incluso desde antes que cierren las tres estaciones del metro– se convierte en un callejón oscuro y solitario. Decenas de locales abren sus puertas a la rumba: resuena reggaetón, salsa y bachata, se bebe cerveza. De noche, se abarrotan sus hoteles de paso, los burdeles y los sitios de ambiente.

Por ese trecho de 1.6 kilómetros que une el centro y el este de la ciudad, transitan a diario más de 300 mil personas a pies, según cálculos de Pdvsa La Estancia. Pero esas 12 cuadras que abarcan 90 mil metros cuadrados tienen más pasado que presente. En la época de la colonia se llamaba La Calle Real de Sabana Grande. Era una zona de hatos y haciendas, utilizada como un lugar de esparcimiento a las afuera del centro de la ciudad.

Luego de que se estableciera allí una estación del tranvía eléctrico en 1898, poco a poco se fue poblando. En 1941, El Recreo se convirtió en una parroquia. Entonces se construyeron avenidas, edificios elevados. Se trasformó en la metáfora del desarrollo comercial de la capital de un país pujante. Intelectuales de izquierda conversaban en El Gran Café o en la Librería Suma. La zona además era referencia de la moda, de grandes boutiques. Tanto, que había una tienda Dior.

En ese entonces, todavía no estaba completamente acondicionado para peatones. El bulevar se culminó en 1981, dos años antes de que se inaugurara el tramo del metro que va de La Hoyada a Chacaíto. Cuentan que fue entonces cuando se prohibió la circulación de vehículos. De a poco, a finales de la década de los 90, miles de buhoneros colmaron todo el corredor. Finalmente fueron desalojados en 2007 para que el lugar recobrara su escancia: un espacio para el ciudadano de a pie.

Erick Lezama
Foto: Alberto Rojas @chamorojas
Metro: estación Plaza Venezuela, Sabana Grande y Chacaíto.

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Vida Urbana

Parque Los Chorros

Parque Los Chorros

El Parque Los Chorros podría considerarse uno de los más viejos de Caracas. Tiene una historia ligada a los tranvías y la creación de los acueductos en la ciudad. Las referencias señalan que se estableció como balneario recreativo en 1915, cuando quedaba casi a las afueras de la capital.

La empresa Gran Ferrocarril Central estableció una línea de 6 kilómetros de extensión que iba desde Agua de Maíz hasta Los Chorros, justo en la entrada de lo que es el parque hoy. En 1971, con la construcción de la avenida Boyacá, el Instituto Nacional de Parques hizo una remodelación del espacio, se desarrollaron sus 4,5 hectáreas y se adecuaron las caminerías, escaleras, puentes, miradores, cafetines y se establecieron otros servicios como bebederos y baños.

Un domingo cualquiera se repite la estampa, con otras modas, de hace más de 100 años. Decenas de familias se reúnen en torno al pozo de Los Guayabos, que se llena con una pequeña cascada de unos 20 metros de altura. La cara de sorpresa de muchos da a entender que el agua es casi un descubrimiento para los caraqueños. Y es que el parque Los Chorros los conecta con una memoria que fue enterrada.

De las más de 23 quebradas que parten de El Ávila, la Tócome se deja ver en plena ciudad y todavía es un balneario para los más pequeños. A los adultos no les está permitido bañarse en la quebrada, pero las rocas en torno a la caída de agua ofrecen una experiencia de brisa y llovizna que limpia la mente. Sumergir los pies hasta sentir los aguijones del frío de montaña también es posible.

El parque está cobijado por frondosos árboles caobos, mangos, ceibas, bucares, guanábanos. Se pueden ver ardillas y perezas. El sonido de los pájaros y las chicharras y otros insectos se mezcla con el de otra especie: los niños y sus risas mientras corretean río arriba.

Justo al final del parque hay otro atractivo que habla de esa ciudad que creció sin olvidarse de lo verde. Al mirar al cielo, las copas de los árboles tocan los dos brazos grises de concreto armado de uno de los viaductos más largos de la Cota Mil, que lleva el nombre de Adolfo Ernst, naturalista alemán que ayudó a documentar parte de la biodiversidad del país en el siglo pasado.

El parque está estructurado en las riberas de la quebrada, como una ilusión de todos lo que pudieron adecuarse en cada uno de los cursos de agua a lo largo del cerro Ávila, pero que terminaron embaulados en colectores residuales.

Florantonia Singer
Foto: Mirelis Morales Tovar

Dirección: avenida Los Castaños, urbanización Los Chorros

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HistoriaLugares

Pasaje Zingg

Pasaje Zingg

En la década de los 50, la sociedad caraqueña conoció por primera vez las escaleras mecánicas. El edificio Zingg diseñado en 1940 por Oskar Herz fue construido como una estructura sólida y resistente a los terremotos. Pero trece años después, el arquitecto Arthur Khan hizo de esa estructura un espacio de paseo al crear el pasaje que forma la planta base construida en 1953, lo que le dio a Caracas un rostro de modernidad como cualquier ciudad cosmopolita de Europa.

En la inauguración, las personas se agolpaban frente a las modernas escaleras hechas de madera que funcionaban con un sistema de motores mecánicos que los hacían descender y ascender sin siquiera mover una rodilla.

El edificio y el pasaje deben su nombre a su propietario Gustavo Zingg, un importador y comerciante alemán que llegó a Venezuela en 1890.

Los mejores comercios y boutiques de la época se disputaban un espacio en las cuarenta tiendas disponibles del sofisticado edificio, que de cierta forma se convertía en uno de los primeros centros comerciales de la capital. Esa galería abierta propia del estilo parisino que conecta la avenida Universidad entre la esquina de Sociedad y Traposos, le dio una identidad al edificio que aún mantiene.

Hasta los años 90, la vida del Pasaje Zingg competía con el vertiginoso cambio de su entorno. Hoy sus famosas escaleras mecánicas de madera que inauguraron una época urbana solo acumulan polvo, porque dejaron de funcionar hace unos cinco años. Tampoco está la barbería con su clásico cilindro azul y rojo ni el estudio de dibujo donde trabajó el caricaturista Sancho. Ahora hay una escuela de pintura. Y el discreto kiosco que hoy tiene en su fachada los anuncios de los principales diarios impresos del país, añora la época en la que se preciaba de vender las revistas importadas que llegaban primero a la capital.

Afuera, los buhoneros rodean la entrada ofreciendo baratijas colgadas en anime. Adentro, las tiendas que aún se mantienen lidian con el paso del tiempo y resguardan con celo el olor añejo para no dejar escapar el recuerdo de los tiempos más prósperos. Porque aunque unos cuantos visitantes cruzan ante sus vitrinas, lo hacen más para acortar el camino que para pasearse como clientes.

Sólo las grandes letras de ‘galería’ que lo identifican han resistido el cambio de siglo. De esa esencia de lugar de paseo con el que surgió el Pasaje Zingg queda poco, porque se diluyó entre el incesante bullicio de la zona que lo rodea y la modificación de casi todas las fachadas que se convirtieron en rejas y santamarías grises que resguardan los negocios en un punto de la ciudad que se hizo vulnerable.

Gabriela Rojas
Foto: Hugo Londoño

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