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Organizaciones

Cine Jardín

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María Alejandra Vera quería que el oeste caraqueño fuese distinto. Veía El Festival de Lectura de Chacao, los grupos Running que corren en Los Palos Grandes por las noches, las proyecciones de películas al aire libre en Los Galpones, y pensaba que todo eso podía ocurrir también del otro lado de la ciudad. Que no se le podía seguir dejando el camino libre a la delincuencia, porque el oeste tiene mucho que ofrecer y que sus habitantes merecen disfrutarlo.

Era 2013. Ella, que es licenciada en computación, trabajaba en una empresa en el área de sistemas cuando decidió aventurarse y crear la Fundación Cine Jardín. Ese mismo año replicó aquellas actividades en sectores como Catia, Montalbán, La Vega, El Paraíso. “Lo hice porque me di cuenta que para tener el país que queremos hace falta más que ser un buen ciudadano. Hay que hacer todos los aportes que estén en nuestro alcance por el entorno, y este el mío”, dice.

Cine Jardín tiene tres ejes de acción. El primero es la proyección de películas a cielo abierto en la Hacienda La Vega (ahora también en Parque La Paz y en el Parque Morichal) y otros espacios dos domingos al mes. Los equipos se los donaron algunos entes privados y las películas se las facilitan cineastas venezolanos o bien embajadas como las de Italia, España, Francia y Alemania, que organizan festivales en Venezuela.

La fundación, además, coordina actividades con el grupo Running Oeste, que entrena en Montalbán. Hacen, por ejemplo, la ruta de los Siete Templos en Semana Santa: comienzan corriendo en una iglesia de Montalbán y terminan en una de los Chaguaramos. Se detienen en los recintos, hacen una oración y continúan el recorrido.

Y la tercera arista de Cine Jardín es “Pasa la Hoja”, un club de lectura de autores venezolano y clásicos de la literatura universal. Se selecciona un libro, se establece un mes para su lectura y, el último sábado de cada mes, se reúnen en alguna plaza para comentarlo. Hay un plus: a esa discusión, suele asistir el escritor de la obra en cuestión. Además, en agosto Cine Jardín prepara un festival de lectura, en el que se hacen charlas, intercambios de libros, talleres y asisten grupos musicales.

“Con todas estas actividades hemos logrado que mucha gente venga al oeste y pierda el miedo a la calle, porque la idea de esta iniciativa es que los ciudadanos se apropien de sus espacios. Yo me siento en una ciudad del primer mundo viendo una película en un jardín o discutiendo un libro en una plaza. Entonces pienso que es posible, que está en nosotros mismos lograr grandes cosas”, concluye Vera.

Erick Lezama
Foto: Cortesía Cine Jardín

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Lugares

Villa Santa Inés

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De casona presidencial, la Villa Santa Inés pasó a ser la sede del Instituto de Patrimonio Cultural. Su proceso de restauración no fue sencillo, antes funcionaron allí varias oficinas: la Compañía del Gran Ferrocarril de Venezuela (de 1907 a 1943), de la Cartografía Nacional (a partir de 1944) y de la Cartografía Militar (desde 1955). No es hasta 1985, cuando las Fuerzas Armadas Nacionales entregan la casa al Conac para su restauración, que no se ejecutó sino hasta la década de 1990.

Cada una de estas instituciones hizo con la casona lo que quiso, por lo que pese al remozamiento es imposible determinar cuáles eran las divisiones originales y para qué se utilizaba cada salón en los tiempos de Joaquín Crespo. El militar mandó a construir la villa en 1884, justo cuando comenzaba su primer período presidencial y Caño Amarillo era la puerta de entrada a Caracas.

Todo en esa zona es épico. Caño Amarillo se llama así por una estrategia militar en la Batalla de San Fernando de Apure que permitió a los guzmancistas hacerse con la victoria y la casa tiene ese nombre por la Batalla de Santa Inés, uno de los triunfos decisivos de la Guerra Federal. La villa fue concebida a la usanza neoclásica europea, lujosa y rodeada de jardines. Su segundo período de construcción ocurrió en 1894, cuando el caudillo decide convertir la casa de campo en casona presidencial.

Crespo contrata al maestro de obra catalán Juan Bautista Sales y Ferrer para que se encargue. Se le suma entonces la capilla –que hoy funciona como depósito– y cuya entrada, en la parte superior, conserva los relieves que conmemoran la batalla que dio nombre a la finca con las figuras de caballos, cañones, soldados y muertos. De ese período también sobrevive la reja de hierro forjado que rodea la vivienda, que se mandó a hacer en Alemania, con motivos florales y el emblema de la familia.

La fachada de la casa tiene varios mascarones hechos al gusto del presidente que mezclan la mitología griega con las cruzadas de la Edad Media. La entrada tiene forma de exedra –descubierta y semicircular–, remarcada por la ubicación de las columnas pintadas de carmesí. De la entrada se pasa a un patio central, cuya fuente original se dice que está en Miraflores –palacio que también mandó a construir Crespo–. El patio tiene la particularidad de ser ovalado. Hay más peculiaridades: la villa era de dos pisos –la parte de abajo era un sótano– y además tenía un puente colgante, que se conserva, este era el paso entre la vivienda principal y un área que se presume era de servicio.

Dato: Poco de lo que hay en la Villa Santa Inés es original. Las baldosas del piso se mandaron a hacer durante el proceso de restauración, al igual que los techos. En el auditorio hay dos plafones llamados El Día y La Noche, de Antonio Herrera Toro. En los tiempos de Crespo eran cinco los que adornaban el techo justo en el recibidor de la vivienda. Fueron esos dos los que se lograron rescatar.

Emily Avendaño

Dirección: avenida principal de Caño Amarillo, parroquia Catedral

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Gastronomía

Das Pasthellhaus

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A las 6 de la mañana, el pastelero Herman Ross enciende los hornos de Das Pasthellhaus. Aquel ritual lo repite desde hace más de 30 años con el compromiso de ofrecer las delicias que le han dado fama a la Casa de Los Pasteles Alemanes, como se le llamaría en español. A sus 82 años, ya no amasa ni dedica largas horas haciendo strudel de manzana u otras especialidades, pero allí está presente en la cocina supervisando la labor de quienes aprendieron de él.

Ross fue el responsable de darle forma, sabor, textura y olor a la idea que venían cocinando en su mente Javier Toxi y María Patricia Reimpell, luego de un viaje a Alemania donde estuvieron viendo varios cafés y restaurantes. Querían hacer una pastelería de dulces alemanes en El Hatillo. Era 1986. Y en aquel entonces, la oferta de locales alrededor de la Plaza Bolívar del pueblo se reducía al restaurante de comida criolla La Gorda y la pizzería La Grotta. Por tanto, la llegada de una pastelería con un nombre que pocos entendían su significado y con un menú un tanto rebuscado resultó una novedad.

“Por supuesto que al principio era una rareza porque lo que ofrecíamos no eran los dulces tradicionales, sino otros denominados streusel, strudel o florentinas, que están hechas a base de almendras fileteadas y trozos de naranja”, recuerda María Teresa Teixeira, quien está a cargo de la tienda y forma parte del equipo fundador de Das Pasthellhaus. “Pero encontramos mucha receptividad por parte de los vecinos de La Lagunita y para los habitantes de El Hatillo se convirtió en una buena fuente de trabajo”.

Das Pastellhaus comenzó ofreciendo sus pasteles alemanes en un pequeño local en la Calle La Paz, diagonal a la Plaza Bolívar. Hasta que en 1991, sus dueños decidieron diversificar su menú con la incorporación de pizzas y calzones. Aunque ello nada tuviera que ver con Alemania. “Javier es hijo de italiano y es un fanático de las pizzas. Así que probó traer a Das Pastellhaus las recetas de su casa y comenzamos a ser una pastelería-pizzería”.

Pero vale acotar que las pizzas de Das Pastellhaus tienen una particularidad. Algunas no están hechas a base de tomate sino crema de leche. Y aunque puedan resultar a primero vista un poco extrañas por su apariencia, las famosas pizzas blancas han tenido mucha acogida entre los comensales, sobre todo la que lleva tocineta.

Esta nueva etapa vino acompañada de una ampliación de sus instalaciones. Desde entonces, cuentan con una terraza con vista al casco histórico, que le da a la experiencia un toque muy hatillano. Frío incluido. Adentro, el ambiente resulta menos romántico pero más cálido. Un espacio que resalta por su buen gusto, gracias a su colección de obras de arte, esculturas y tallas de maderas.

Suele haber fila en la entrada. Pero los clientes más asiduos a Pasthellhaus prefieren anotarse en una larga lista de espera y conseguir una mesa en su Casa de Pasteles Alemanes de siempre.

 

Mirelis Morales Tovar
Foto: Efrén Hernández

 

Dirección: Calle La Paz de El Hatillo, diagonal a la Plaza Bolívar. El Hatillo.
Horario: lunes a domingo 8 a.m. a 11 p.m.

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Arte

Galería Freites

GaleríaFreites

El artista chino Liu Bolin suele mimetizarse con el entorno que visita. Antes de aterrizar en Venezuela, en noviembre de 2013, investigó sobre la realidad del país y estableció los ejes temáticos que desarrollaría en su estancia de una semana. Pero el proyecto cambió súbitamente de rumbo. Cuando llegó a Caracas, la crisis le abrumó de tal manera que decidió incorporar nuevos elementos a su propuesta. Decidió entonces ampliar su plan de trabajo, del cual surgieron importantes obras como “Harina PAN”, “Cervezas polar” y “Billetes”, un collage del papel moneda de dos, cincuenta y cien bolívares.

El proyecto fue realizado en la Galería Freites, la cual se convirtió en un enorme y dinámico taller articulador de un equipo de pintores hiperrealistas, y de un grupo de voluntarios en cuyos cuerpos se representaba la imagen seleccionada. El artista armó una especie de cartografía iconográfica de la situación venezolana en solo siete días. “El conjunto derivó en un mapa de nuestra idiosincrasia. Liu Bolin sabe dar en el blanco para detectar los elementos que construyen la identidad, y esa habilidad se puso de manifiesto en el proyecto de Caracas”, señala la curadora de la muestra María Luz Cárdenas.

La visita de Bolin fue solo uno de los aportes más recientes que ha realizado la Galería Freites a la indagación en el arte contemporáneo que se ha desarrollado en Venezuela. En sus 40 años de trayectoria, la institución privada se ha dedicado a la promoción de un grupo relevante de creadores venezolanos e internacionales, en sus diferentes manifestaciones.

“La filosofía de trabajo con los artistas se basa en un proceso sostenido de relación, guiada por el compromiso y el seguimiento de la obra, lo cual contribuye al fortalecimiento de la confianza entre ambos”, comenta Alejandro Freites, director de este centro artístico. “Las exposiciones siempre han estado apoyadas con actividades paralelas de eventos de promoción de las artes y producción de catálogos de alta calidad en su edición y diseño gráfico, con textos y ensayos fundamentados en sólidos procesos de investigación”.

La Galería Freites constituye un espacio cuya seriedad y prestigio están avalados por la realización de más de 140 exposiciones, de artistas como Alexander Calder, Arman, Alexander Archipenko, Baltasar Lobo, Manolo Valdés, Jean Arp, Jacobo Borges, Robert Indiana, Lynn Chadwick, Reg Butler, Fernando Botero, Santiago Cárdenas, Francisco Narváez y Carlos Cruz Diez, entre otros esenciales maestros de la creación contemporánea.

La nueva sede de la galería se inauguró en 2006, en el mismo lugar que ha ocupado este centro cultural desde su inauguración en noviembre de 1977. La estructura se levantó con un solo objetivo: que se convirtiera en una obra de arte que enriqueciera el paisaje urbano caraqueño. El imponente edificio fue proyectado por el arquitecto y artista plástico Julio Maragall. Integrado por cinco pisos unidos por un pozo de luz que culmina en una amplia terraza, la estructura fue pensada con un diseño minimalista de amplios y luminosos espacios que otorgan protagonismo a las piezas de arte. Dos amplias salas están dedicadas a las exposiciones temporales y dos a la exhibición de obras de artistas representados por la institución.

Sergio Moreno
Foto: Galería Freites

Dirección: avenida Orinoco de Las Mercedes.
Horario: lunes a viernes de 9:00 am a 1:00 pm y de 2:00 pm a 5:30 pm, sábados de 10:00 am a 2:00 pm, y domingos de 11:00 am a 2:00 pm.
www.galeriafreites.com

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Vida Urbana

Río Guaire

Puente Las Mercedes

Pasó de ser el límite sur de la ciudad a ser su columna vertebral. Los 72 kilómetros del río Guaire marcan una frontera y también una referencia en Caracas. Este caudal es ineludible. Desde los tiempos de la conquista sirvió como balneario, fuente de agua y vía de comunicación para el transporte de mercancía. De esa relación fluvial quedan huellas en la toponimia de la capital. Por ejemplo, la esquina de Piedra, cerca de San Agustín, era el punto de desembarco del mármol que sacaban de las canteras del río Macarao para edificar una Caracas recién fundada. Las grandes piezas de piedra eran llevadas en barcazas de bajo calado a través del cauce.

Un mapa de F. de Pons de 1801 deja constancia de que este curso de agua tuvo dos brazos a la altura de lo que hoy es Quinta Crespo. De hecho, la casa de campo del Libertador tenía acceso fluvial y está asentada en lo que alguna vez fue un islote marcado por el Guaire. Los relatos sobre la educación que recibió Simón Bolívar de su maestro Simón Rodríguez, siempre bajo un árbol y en contacto con la naturaleza, también incluyen baños en este río.

Grandes ciudades del mundo tienen su río y es difícil imaginarlas sin ellos; Menfis y Tebas sin el Nilo, Roma sin el Tíber; Nueva York sin el Hudson, Londres sin el Támesis y Buenos Aires sin La Plata. Caracas sin el Guaire tampoco sería Caracas, sin embargo, en lo que devino, hace que pocos volteen a mirarlo.

En 1875, Antonio Guzmán Blanco inauguró el Puente Regeneración, el actual Puente Hierro, que fue el primer paso sobre el río que marcó el crecimiento de la ciudad hacia el sur. Por ese tiempo, las cloacas de Caracas corrían por zanjas de tierra en el medio de las calles lo que causaba grandes problemas de insalubridad. Entonces comenzó a mirarse el río como una posible cañería. A finales del siglo XIX se construyó un primer colector de casi un kilómetro de longitud en la margen izquierda del Guaire y ahí se marcó su destino de cloaca abierta.

En 1940, cuando la ciudad solo tenía 11.000 caraqueños, se comenzó la canalización del río que hoy recibe las aguas servidas de más de 3 millones de habitantes. A principios del siglo XX también empezó a aprovecharse el potencial hidroeléctrico de las caídas del Guaire hacia la zona de El Encantado, donde se instaló la primera planta eléctrica de la ciudad y Caracas se convirtió en la primera urbe latinoamericana en recibir fluido eléctrico generado a distancia. Aún hoy las cascadas dan otra estampa al río. El cauce se cierra abruptamente entre las rocas y, pese a su color marrón y su fetidez, hace pensar que alguna vez fue un río limpio de montaña.

Florantonia Singer
Foto: Alberto Rojas

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Personajes

José Bestillero, el señor del hula-hula

Sr Ula Ula Jose Bestilleiro

El tráfico atascado en medio de la avenida Urdaneta, a la altura de la plaza La Candelaria. El humo de los carros, el corneteo ensordecedor de los autobuses, el rugido de las motos. Decenas de personas esperan que el semáforo cambie la luz para cruzar. Todas parecen llevar prisa a esta hora, 5:30 de la tarde, el momento más álgido de la hora pico caraqueña. Y, en medio de todo ese caos, en una isla de concreto que emerge en el centro de la vía, está José Bestillero. El señor del hula-hula.

El cabello cano, las arrugas pronunciadas de 84 años, el bigote afeitado a la mitad. Sin decir palabra alguna, hace girar con sobrada destreza un par de aros de plástico en su cuello –o en su pierna, o en su cintura, o en el brazo– como queriendo decir: “mira como bailo sobre el caos”. Allí lleva 13 años, y todavía hay quien lo ve con extrañeza.

Con su marcado acento español, dice que lo hace para amenizar el demencial tráfico de la ciudad. Antes no aceptaba el dinero que la gente le alcanzaba. Pero ahora sí, y lo ve como una forma divertida de tener ingresos. “La vida ahorita está muy dura”, dice. Lo que gana allí se le va en comida y atendiendo los achaques de la edad.

Cuando llegó a esta tierra Caribe con 25 años proveniente de La Coruña, España –que estaba arruinada por la guerra–, dejó atrás su oficio de agricultor. En Venezuela se dedicó a trabajar por décadas en varias bombas de gasolina. Pero tanto químicos hicieron mella en sus pulmones. Así que por recomendación médica –y por sensatez– se retiró. Entonces sobre este asfalto comenzó a jugar con el hula-hula.

A su hija no le gusta que esté haciendo eso, menos en medio de la calle. Le dice que por su edad le puede causar daño. Pero él insiste en venir. Porque desde que su esposa murió hace años la casa se le hace demasiado grande. Que la extraña más estando encerrado. Y la verdad es que el médico le dijo que no se preocupara, que el ejercicio le hace bien. La policía también ha querido sacarlo del medio de la calle. Pero allí permanece desde las 4:30 hasta las 6:00 de la tarde. “No me iré. Algunas veces me he sentido cansado, son 13 años en esto, pero me encanta cuando la gente se me queda viendo o cuando me hacen entrevistas”, admite antes de volver a agitar el hula-hula.

Erick Lezama
Foto: Efrén Hernández

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Organizaciones

La Rana Encantada

La Rana Encantada

La estudiante de comunicación social que comenzó a narrar historias en las áreas verdes de la UCV con el grupo Cuentos bajo la sombra, se enamoró de la lectura siendo una niña cuando leía y releía el cuento La Rana Encantada. Este fue el nombre con el que en 2008 bautizó a su emprendimiento social que promueve la lectura, las artes plásticas, la música y el teatro en niños y jóvenes.

Luego de su paso por el Banco del Libro, Linsabel Noguera -quien además es actriz de teatro y televisión, narradora oral, locutora y mamá- se dio cuenta que muchas veces los espacios públicos no permitían que los padres se sintieran a gusto y seguros con sus hijos. “El espacio que yo necesito, yo misma lo voy a crear”, se dijo hace nueve años y, desde entonces, con la organización que ideó, La Rana Encantada, se dedicó a contar cuentos en plazas y parques. De la mano de la narración oral llegó todo un ejercicio de ciudadanía.

Aunque la cantidad de personas que se dedica al oficio de cuentacuentos es una cifra desconocida, Venezuela tiene 35 miembros en la Red Internacional de Cuentacuentos y 17 de ellos están en Caracas.

“Cuando nos reunimos en un lugar para contar o escuchar cuentos, ese lugar cambia y se convierte en un espacio vivo que invita al encuentro y en el cual dejan de importar las diferencias. Propicias espacios de contención, donde te sientes en confianza para conectarte con la gente. Se da un intercambio de ideas, promueves la conciliación. Se sanan las relaciones con tu familia, con otros y con la ciudad. Las personas empiezan a valorar el sitio donde te reúnes en grupo a oír cuentos, haces tuyo ese lugar, traspasas las barreras del egoísmo y te haces ciudadano”, razona Noguera, quien convierte las actividades creativas en espacios para conversar.

Con su programa Postales para la Paz, la Rana Encantada es la encargada de poner a pensar a los niños en el tema de la creación de una cultura de paz. A partir de conversaciones estimuladas por la lectura, los pequeños comparten sus experiencias y reflexiones para difundir mensajes de tolerancia, respeto, conciliación y paz, que luego se exhiben en una exposición.

Con el programa Ríe, La Rana Encantada lleva el arte y la literatura de manera gratuita a niños con alguna discapacidad, visitan casas hogares, refugios y hospitales. Para autogestionarse, esta organización realiza talleres por los que cobra montos módicos en la Hacienda La Trinidad y en la Ludoteca de Los Palos Grandes.

Las historias para niños y adultos de la Rana Encantada se pasean por el Banco del Libro, el Parque Caballito de Altamira, el parque de Justicia y Paz de la avenida Mohedano en Chacao, las salas infantiles de la Red de Bibliotecas Nacionales, la Librería Sopa de Letras (Hacienda La Trinidad), el Centro de Arte Los Galpones (Los Chorros), el parque de bolsillo de Bello Campo; pero también llegan a comunidades, centros educativos y piñatas.

Delia Meneses
Foto: Efrén Hernández

Coordenadas: @ranaencantada / www.laranaencantada.com

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Lugares

Sombrerería Tudela

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Si algo mantiene abierta la Sombrerería Tudela debe ser la terquedad de su encargado: Juan Humberto Torres. No se quiebra ante el paso del tiempo, la ausencia de clientes o de materia prima. José sigue yendo cada día a abrir la tienda más antigua de Caracas y a practicar un oficio que –como sus sombreros– se apolilla en el olvido.

“¿Qué es lo importante de este negocio? Bueno, pues que tiene casi 100 años”, responde. Juan conoce la circunferencia de la testa de presidentes como Rómulo Betancourt, Rafael Caldera y Luis Herrera Campins; de los caballeros más encopetados de la Caracas de la segunda mitad del siglo XX y de las estrellas de la escena teatral de aquella época. Puede decir con propiedad que a Betancourt le gustaba ir personalmente a buscar sus sombreros, salvo uno: un panamá que jamás pasó a recoger.

Rafael Tudela Boronet abrió el negocio en 1932. Era un noble español de origen vasco, casado con Rosa Reverter, concertista de piano. En 1933 Tudela vende la tienda al barquisimetano Juan Pérez Pérez. El negocio permanece en el mismo lugar en que fue fundado.

En los mostradores quedan algunos pelo e’ guama, “que usan los llaneros”, y borsalinos –como los que usó Harrison Ford en las películas de Indiana Jones–. Juan no los usa, pero si de seleccionar se trata un borsalino sería el elegido. “Yo no hago sombreros. Reparo sombreros. Al principio los armaba, pero ya no se puede porque no hay material”. Como ya no puede hacerlos, ahora los desarma, lava, repara y los entrega como nuevos. 55 años en el oficio le dan esa habilidad. “Busqué enseñar a la gente, pero nadie quiso aprender”.

La inoperancia se nota en las vitrinas casi vacías y en las telarañas que nadie limpia de la planchadora a vapor que se ubica en la entrada. Juan señala dónde hay que pisar para que funcione y dónde se mete el sombrero para darle forma. Después la suelta y la olvida. Es de 1918. Una caja registradora National, de los años treinta, también se cuenta entre las reliquias de la sombrerería.

Juan empezó en el negocio cuando tenía 14 años. Para ese entonces, el negocio ya no pertenecía a la familia Tudela, sino a los Pérez-Pérez que lo adquirieron en 1933. Eran tiempos más formales en los que nadie salía de casa sin su sombrero y en los que la pieza podía hasta salvar la vida: “Un cliente se salvó de un machetazo gracias a su sombrero. A la gente de antes no se le podía tocar el sombrero, porque había quienes lo consideraban una falta de respeto”.

Emily Avendaño
Foto: Cortesía El Estímulo

Dirección: de San Jacinto a Traposos, Nº 21, diagonal a la casa natal de Simón Bolívar
Teléfono: (0212) 5411979
Metro: estación La Hoyada

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Gastronomía

Cachapera Doña Inés e hijos

Cachapas Doña Ines El Hatillo

Se vivían los tiempos del Paro Petrolero. Los hermanos, María Inés y Enmanuel, se habían quedado sin trabajo. Ella había perdido su puesto como costurera, a raíz de que su jefe cerrara el negocio. Y él, que trabajaba en la frutería de su madre Doña Inés, se vio forzado a bajar la santamaría, porque los ingresos no les alcanzaba. Así que en el mismo terreno en La Unión donde expendían frutas, levantaron una pequeña venta de jugos y pastelitos.

Ese ciclo de caer y volver a comenzar lo habían vivido antes. La familia Leca-Rodríguez salió de Madeira (Portugal) y llegó a Venezuela el 1 de octubre de 1971. Doña Inés tenía seis meses de embarazo y Enmanuel era un niño. Ella y su esposo llegaron a localidad rural de La Unión a sembrar, como otros tantos compatriotas que hicieron de ese sector de El Hatillo un lugar de tierra fértil.

Cuenta María Inés que un día el embajador de Venezuela en Portugal se acercó al puesto y les sugirió que por qué en vez de pastelitos, no se ponían a vender cachapas, que en esa zona no habían un buen lugar para comerlas. “Nos hizo un poco de gracia la idea, porque pensamos: ¿dónde has visto tú un portugués vendiendo cachapas? (risas). Pero como mi esposo es venezolano, él nos enseñó cómo prepararlas y así comenzamos”.

En ese entonces, el local no era más que cuatro mesas, en una explanada de tierra. Habían experimentado con la masa entre todas las recomendaciones que recibieron y hallaron que lo mejor era moler el maíz, echarle sal y azúcar. Nada de leche ni huevo ni harina. Sal y azúcar. Ya teniendo la receta perfecta, sólo faltaba los comensales. Pero estos no llegaban. “Hubo días que no vendíamos ninguna. Fue muy duro”. Hasta que un amigo, un día los sorprendió con la reseña del local en la Guía de Ociosidades de Valentina Quintero y, desde entonces, la suerte les cambió.

“En esa época, nosotros teníamos un estacionamiento al frente de no más de dos puestos. Ese domingo, los carros no cabían y empezaron a pararse a los lados de la vía. Muchos llegaron con la revista en la mano. Y la fama de las cachapas se comenzó a correr”, recuerda María Inés. Ahora, un domingo cualquiera en la Cachapera Doña Inés puedan prepararse hasta 500 cachapas y recibir hasta 1.500 personas. De ahí que no le extrañe que al llegar tenga hasta 30 turnos por delante para conseguir una mesa.

Su menú es muy simple. Cachapa con queso guayanés es el plato estrella. Pero desde que agregaron la opción de pedirla con pernil, no hay quien se resista. Esa mezcla también tiene su historia: “Queríamos ampliar la oferta de la carta y empezamos a vender pollo asado. Pero no nos fue nada bien”, recuerda María Inés. “Un diciembre inventamos incorporar el pernil, pero al principio podía pasar tres días y nadie lo pedía. Al final, nos los terminábamos comiendo nosotros mismos. Ahora, primero preguntan si hay pernil y después se sientan”.

Las cachapas o los sánduches de pernil se acompañan en este establecimiento con bebidas que llevan nombre de mujer: Consuelo, Guapa o Consentida. La primera es la mezcla de fresa con yogurt; la segunda, es el resultado de combinar parchita con guanaba. La última, mora con yogurt, pero debieron sacarla del menú por la escasez y el costo. “Mi hermano, trabajaba en una frutería en Puerto La Cruz y le gustaba hacer mezclas con los jugos y ponerle nombres. Y quisimos mantenerlo”, comenta, mientras va llegando gente al local en busca de su cachapa. “Fíjate, cuando comenzamos yo era la única que montaba las cachapas. Ahora tenemos un equipo de 30 personas. Nunca me imaginé que creceríamos así. No importa qué día sea. Ahora siempre llega gente”.

Mirelis Morales Tovar
Foto: Efrén Hernández

Dirección: carretera La Unión. Municipio El Hatillo.
Horario: miércoles a viernes: 9 a.m. a 4: 30 pm. Sábado y domingo 9 a.m. a 5:30pm.

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Arte

El mito de Amalivaca

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En la oscuridad que predomina en el Centro Simón Bolívar, hay una obra de arte que encandila: el mural El mito de Amalivaca. La pieza no sólo enceguece por su belleza y su contenido sino por su historia, pues representa en su esencia el desafío de un artista al poder.

César Rengifo era un adversario de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez y se cuenta que estuvo a punto de negarse a hacer El mito de Amalivaca. Sin embargo, el político Salvador de la Plaza lo convenció. “Los gobiernos pasan, pero las obras quedan para le educación del pueblo”. Fue la frase que impulsó al artista a ponerse en marcha.

El mural de Amalivaca es una rapsodia de dorado, verde y azul con la que el artista escenifica una parte de la mitología de los pueblos originarios y reta a la modernidad impuesta por la dictadura. Basándose en esa paleta, el artista narró la génesis de los Tamanaco, una etnia que habitaba al norte del estado Bolívar.

Con trazos imponentes y elocuencia, Rengifo retrató dos grandes escenas: una, los hermanos Amalivaca y Vochi, quienes guiaron a su pueblo a través de una inundación, hasta el río Orinoco. Y la otra, la refundación del pueblo a través de las enseñanzas de los hermanos.

Su hermoso mosaico vidriado, traído de Italia, se realizó entre 1954 y 1955. Con el tiempo, sufrió daños importantes por la buhonería descontrolada que tomó las galerías del Centro Simón Bolívar durante la década de los noventa. Fundapatrimonio lo restauró y reinauguró en 2006.

Karla Franceschi
Foto: Luis Chacín / I am Venezuela

Ubicación: Av. Baralt, Centro Simón Bolívar, El Silencio
Metro: estación Teatros o Capitolio

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