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Personajes

Sofía Ímber

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Nació lejos de Venezuela, pero este rincón del Caribe la atrapó. Muchas vueltas dio Sofía Ímber por el mundo, pero siempre volvió aquí. Incluso para morir. La primera vez que llegó a estas tierras lo hizo por el puerto de La Guaira, en 1930. Apenas tenía 6 años de edad y venía con su familia. Huían del horror que entonces era Europa. En este país encontraron paz. Vivieron un corto período en Maracay, para luego instalarse en Caracas. Ímber tocó piano, intentó estudiar Medicina, desarrolló una dilatada carrera como periodista en importantes diarios, canales de televisión y emisoras de radio, y se acercó al mundo de la cultura.

Ese universo la cautivó y marcó su vida. Se casó con el escritor Guillermo Meneses. Vivieron en París, Bogotá y Bruselas. Tuvieron cuatro hijos. Se divorciaron. Después contrajo nupcias con el intelectual Carlos Rangel, quien luego se suicidó. En agosto de 1973 fundó lo que sería su obra maestra: el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas. Su extensa colección de 4.000 obras lo convirtió en una referencia latinoamericana y mundial. Le valió prestigiosas condecoraciones como el Premio Nacional de Artes Plásticas y la Medalla Picasso que otorga la Unesco.

En 1990, bajo el gobierno de Carlos Andrés Pérez, el museo fue rebautizado con su nombre (Museo de Arte Contemporáneo Sofía Ímber), en reconocimiento a su cuidadosa labor. Así se mantuvo hasta que en 2001 el entonces presidente Hugo Chávez, a través de un programa de televisión, la destituyó. En su biografía, escrita por el periodista Diego Arroyo Gil, ella cuenta que cuando eso pasó ya tenía pensado renunciar: “Sabía que no iba a poder trabajar con una persona como Chávez en el gobierno. Él se adelantó a mi decisión”.

Sofía Ímber solía decir que morir era aún más difícil que vivir. Que era atea, pero que lamentaba haberse mantenido descreída. “Con todo, pienso que si hay un Dios bueno para mí, cuando llegue el momento de mi muerte, sea rápida”, le dijo a Arroyo Gil. Ella “escogió” el 20 de febrero de 2017. Quizás no fue azar. Con ello nos recordaría siempre la fecha en que el museo abrió sus puertas al público. Su gran legado.
Un paro respiratorio se la llevó. Rápido. Sin agonías.

Erick Lezama
Foto: Roberto Mata

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Lugares

Iglesia de Nuestra Señora de Lourdes

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No hay forma de que la mirada de un transeúnte pase por alto la presencia de la Iglesia Nuestra Señora de Lourdes, ubicada en la esquina de Palo Grande, en la avenida San Martín.

Algunos podrán identificar que se trata de un templo de estilo neogótico, otros sabrán que tiene casi 90 años en ese lugar –su construcción comenzó en 1926 y terminó un año más tarde- pero la mayoría sólo se sorprenderá con su majestuosidad que contrasta con el tráfico y bullicio de la avenida San Martín, en la parroquia San Juan.

La Iglesia Nuestra Señora de Lourdes domina el panorama del conjunto al cual pertenece, la Plaza Italia, en la cual hay varios monumentos que hacen honor al país europeo y que durante muchos años fue un importante centro de encuentro de esta comunidad en la ciudad.

Una de las memorias más persistentes, según recuerdan los vecinos con mayor tiempo en la zona, son las campanas a vuelo que tenía la iglesia. El llamado a misa o el anuncio solemne de algún evento religioso estaba marcado por esas campanadas fuertes y de sonido nítido que se oían hasta el casco central, en una época en la cual la acústica de Caracas no tenía que competir con el ruido de los carros y las motos.

Aunque afuera en los alrededores de la iglesia, el comercio informal, el ruido y el desorden que se multiplica a través de la avenida conviertan el lugar en un espacio poco atractivo para el visitante, a la Iglesia Nuestra Señora de Lourdes bien vale la pena conocerla.

Apenas al entrar, los vitrales de la nave central recogen la luz natural y la reflejan con una iluminación limpia y brillante en la que se cuentan episodios de la vida de Jesús cuando era joven. Esa historia narrada a través del arte de los vitrales también se complementa con los que están ubicados en las paredes laterales del templo, donde se puede ver parte de la vida del mesías adulto, convertido en Jesucristo.

Su edificación y el diseño permiten que el bullicio se quede puertas afuera para que la iglesia siga siendo un refugio de recogimiento y reflexión. Esta obra de gran valor arquitectónico se acerca a un siglo de existencia, reflejando el preciosismo de los detalles cuando alguien se detiene a contemplar su fachada.

Dirección: Esquina de Palo Grande, avenida San Martín. Metro: Capuchinos o Maternidad.

Gabriela Rojas
Foto: Norberto Mendez

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Vida Urbana

Plaza El Venezolano

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En la plaza El Venezolano, Caracas está viva. Una salsa retumba desde una corneta. “Para componer un son, se necesita un motivo”, se escucha cantar a Ismael Miranda. Más de un pie distraído se mueve al ritmo de esa clave. Otras parejas, sin pudor, se levantan a bailar.

Así es cada viernes, sábado y domingo desde hace casi una década, gracias al club de la tercera edad “Los buenos amigos”. La pachanga la comenzó Carlos Rodríguez, que hoy en día tiene 73 años. Él es el dueño de la corneta y el promotor de la fiesta, que cuenta con el aval de la Dirección de Control Urbano de la Alcaldía de Libertador. “Empezamos con la idea de hacer de la plaza un sitio de disfrute para todo el mundo”, explica.

Y lo consiguieron. Varios grupos de niños corretean detrás de pelotas. Sus madres los observan mientras conversan unas con otras. Otros –más bien muchos– señores mayores ojean periódicos o un libro. Los bancos se quedan cortos para la cantidad de gente que un sábado por la tarde toma los espacios de uno de los sitios públicos más antiguos de Caracas. La también conocida como Plaza de San Jacinto tiene sus orígenes en 1595, cuando los Dominicos establecieron allí su convento.

Antonio Guzmán Blanco fue quien bautizó la plaza como El Venezolano. Lo hizo en 1882, cuando también levantó allí una estatua en honor a su padre Antonio Leocadio Guzmán. Antes, en el año 1828, el ayuntamiento había transformado parte del terreno en su sede y en una cárcel pública local. En 1846 Leocadio Guzmán fue apresado allí.

Pero ese sábado nadie está pendiente de eso. Tampoco de la inscripción en la pared de Fogade. “Si se opone la naturaleza, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca”. Firma: Simón Bolívar. Justamente allí, el Libertador lanzó su proclama después del terremoto del 26 de marzo de 1812, que destruyó casi por completo el antiguo convento. De ese edificio solo quedó en pie la torreta.

Otra reliquia de la plaza es el Reloj de Sol construido en mármol por iniciativa de Alejandro Humboldt, en 1802. También tiene aditamentos recientes. En 2010, con motivo del bicentenario de la Independencia instalaron allí un obelisco negro y rojo. El presidente Hugo Chávez cuando lo inauguró declaró que se trataba de un “cohete ideológico”. La pieza rompe con el aspecto colonial de la plaza y esta vez sí, afortunadamente, es otro de los símbolos a los que nadie presta atención.

Dirección: Av. Sur 1, parroquia Catedral, Caracas
Metro: estación Capitolio

Emily Avendaño
Foto: Efrén Hernández

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Personajes

Alejandro Cañizales

Alejandro Canizalez_J.C.Ayala

A Alejandro Cañizales se le reconoce por su entonación. 16 años de reportes radiales han calado en la memoria auditiva de quienes viven en Caracas. Especialmente, en aquellos que deben lidiar con el tráfico vehicular de primera mano. Su cadencia al hablar quedó grabada como un exitoso jingle. Desde lo alto, se convirtió en los ojos omnipresentes de los caraqueños con información del tráfico precisa, veraz y pertinente.

El periodista egresado de la Universidad Central de Venezuela saltó de la fuente Política a los reportes del tránsito. Llevaba 8 meses como reportero cuando le ofrecieron el puesto y se convirtió en el locutor oficial de Traffic Center, programa de la cadena radial FM Center. Era el primer servicio integral para el conductor en el Área Metropolitana, lanzado en septiembre del 2000. Estuvo tras el micrófono por diez años.

Estudió mapas de la capital y la recorrió en carro repetidas veces -trancas incluidas- para alcanzar la rapidez y precisión que conserva. Rápido, descriptivo, preciso y contundente fueron las recomendaciones que aún recuerda de Germán Blanco, locutor pionero del aire, con más de 10 mil horas de vuelo sobre la Tango Tango Fox, avioneta de Radio Caracas Televisión.

Un Bell Ranger rojo era su oficina ambulante. El “Volkswagen escarabajo” de los helicópteros, como le dicen sus colegas. Para los radioescuchas, que ese punto rojo con aspas sobrevolara su perímetro significaba respuesta casi inmediata. Con una agilidad característica de quien conoce la ciudad de norte a sur y de este a oeste informaba a los oyentes sobre las “congestión vehicular”, el “tránsito lento” y la “cola fuerte” que había entre calles, avenidas y autopistas, con sus respectivos nombres. La frase “mejora la marcha” les relajaba los hombros a los conductores.

Todavía lo hace. Desde 2011, surca los cielos en el helicóptero amarillo de La Máquina del Aire. Su voz se escucha tres veces al día por Radiorama Stereo 103.3 FM, la emisora matriz. También hace enlaces rápidos para la audiencia de Venevisión. Es su servicio público. Pero no le bastó. Ese mismo año, se convirtió en embajador de Unicef Venezuela. Ya llevaba tres años colaborando como Amigo de Unicef. Por su labor, fue galardonado con el Premio Nacional de Periodismo Informativo Radio en 2007.

Para Cañizales, ver la capital desde arriba es como ver los toros desde la barrera. Indómita. Mientras que el verdor se contrapone a los nudos viales. Atestigua que la vegetación es uno de los sellos distintivos de la ciudad. Es un valle que hace honor a su nombre, a pesar de la civilización. Sus calles del noreste y sureste se tiñen de verde y hacen casi invisible al asfalto. Caracas a más de 2500 pies de altura es una imagen que no se le borra.

Andrea Tosta
Foto: Juan Carlos Ayala

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Gastronomía

Come a casa

ComeACasa

Estar allí un domingo es reposar en el lugar deseado: el hogar. Cerca de la ventana de la sala para no perder de vista la tranquilidad de la tarde o desde el patio para ser parte de ella. Pronto llegará una bebida refrescante y una comida recién hecha. Mientras una fotografía en blanco y negro sobre una repisa entre libros y portarretratos, rememora aquel barco que en los años cincuenta llegaba a Venezuela desde Sicilia y que traía a un grupo de italianos que huían de la guerra.

Allí venía la niña María Caradonna y sus recetas. Ahora con un poco más de 60 años de edad, las comparte con sus hijos, entre ellos, Giuseppe Zambito. En la pared de esa trattoria están trazadas las líneas culinarias de Sicilia, dispuestas sobre un mapa de la región en forma de delantal. Así han permanecido desde 2006, momento en que Giuseppe decide crear un lugar como si se tratara de una extensión de la cocina o casa de su madre: Come a Casa, nombre en italiano del sitio. En español: “Como en casa”.

Así lo hizo y, bajo la supervisión y orientación de la señora María en la preparación de las recetas, día a día sirven honestos y sencillos platos, como ellos dicen. Y vaya que lo son. Se colocan sobre mesas de madera, en vajillas y mantelería casera, de esos que se toman de los estantes para servir un almuerzo rutinario. Y entre sillas de colores, el descanso se hace alegre. Las notas de una guitarra van armonizando el soundtrack de La Vita é bella y logran la mesa perfecta.

Las estrellas de Belén que reposan en el centro hacen un espacio para que los tortelloni di carciofi, rellenos de alcachofas y ricota, salteados con champiñones, berenjenas y tomates sobre espejo de queso gorgonzola, tengan un lugar sobre el establo. Respirar ese aroma atenúa la ansiedad. Pero al probar el primer bocado, son las ganas de ir por más las que se incrementan. Del otro lado de la mesa se asoman los linguini al gamberi, una pasta de espinaca salteada en “aglio e olio” con camarones y tomate, aderezada con hinojo salvaje.

Lo casero en Come a Casa es esencial. Las semillas de hinojo las traen de Sicilia o amigos de la familia Zambito en Caracas, las siembran y el padre de Giuseppe se encarga de buscarlas. La pasta es elaborada por ellos mismos, así como también, la salchicha artesanal que contiene hinojo.

Y es que como en casa, donde hay risas y conversaciones de domingo, y más tarde se impone el silencio, el día termina con un café y un tiramisú. Están quienes prefieren despedirse con un canolis siciliana, para ir saboreando por el camino esa masa crocante, rellena de crema de ricotta.

Carmen Victoria Inojosa
Foto: Efrén Hernández

Dirección: 1° Avenida con 2° Transversal – Los Palos Grandes
Horario: lunes a jueves: 12:00 m a 4:00 pm. Viernes hasta las 10:00 pm. Domingo: 1:00 pm a 4:30 pm.
Metro: estación Miranda

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Organizaciones

Dibujantes urbanos

DibujantesUrbanos

Una marca de lápices de colores patrocinó un evento para dibujar la ciudad en 2011.  Lo repitió al año siguiente. Y ese fue el punto de partida. Desde entonces, un grupo de entusiastas -liderado por Maximiliano González- decidió formar el colectivo Dibujantes urbanos Caracas para dibujar la ciudad en clave de sketches. “Un sketche es un boceto rápido, no pasa de los 40 minutos. Tratamos de ser una especie de cronistas, porque lo que dibujamos es lo que hay: las personas, los edificios y el entorno”.

En cada reunión se acerca una veintena de personas con diferentes niveles de experiencia: desde arquitectos hasta artistas populares, pasando por diseñadores gráficos y dibujantes principiantes. Como bien explica González, no se trata de una clase de dibujo, es un taller y la idea es intercambiar experiencias e información técnica, que pueda servir para mejorar el nivel de forma individual y colectiva.

Desde que se organizaron hace siete años han hecho unas 100 reuniones, con uno o dos encuentros al mes. El grupo se pone de acuerdo para buscar un punto; luego hacen recorridos, charlas, discuten varios temas como el lugar o el tema que van a registrar. Y aunque en estos años son muchos los lugares de Caracas a los que se han desplazado, el casco histórico parece ser su espacio más recurrente.

“En la plaza Bolívar la gente conversa contigo, los niños preguntan mucho. Nos gusta trabajar donde haya elementos históricos. No sólo dibujamos edificios, sino situaciones. Gente que se está tomando un café, una señora que va corriendo al trabajo, los que se quedan dormidos en un banco, el niño que quiere alimentar la ardilla de la plaza Bolívar. Hay un pequeño estrés al dibujar en la calle, pero la gente se porta muy bien con uno”.

En su grupo de Facebook (Dibujantes urbanos Caracas) no solo hacen las convocatorias para las reuniones de dibujo, sino que también sirve como vitrina para ver el trabajo de cada participante. También es una forma inusual de dar a conocer la ciudad: “En las redes sociales uno hace intercambio de dibujos, así que nosotros conocemos las ciudades a través de los ojos de otros y desde afuera conocen Caracas a través de nuestros dibujos”.

Isbel Delgado
Foto: Dibujantes Urbanos

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Arte

Fundación Bigott

Fundación Bigott

Es una casa grande de paredes amarillas y cinco ventanales azules. Allí todos tienen cabida. En especial los niños que llegan aún vistiendo sus uniformes escolares y con sus morrales de colores patrios en los hombros. Allá se va a aprender sobre cultura popular y fiestas tradicionales, música, técnica vocal y danza. Desde 1981, la Fundación Bigott se dedica a proyectar la cultura venezolana.

Esa casona amarilla en principio eran dos casas construidas a finales del siglo XIX y una de ellas fue la sede del Sindicato Nacional de Tabacaleros durante la segunda mitad del siglo XX. También hizo las veces de pensión hasta que las intervino el arquitecto Ramón Paolini para que albergara esta institución cultural. Lo logró. Al entrar hay una gran área central que muchas veces sirve de escenario para la danza.

Cuadros y esculturas adornan las paredes. Todas dan cuenta de las tradiciones del país. También hay muchísimos libros. A mano derecha está el Centro de Documentación que ofrece, no solo un archivo bibliográfico, sino también documental, musical y audiovisual de la cultura popular venezolana. En total son doce salones de clases y dos patios –uno anterior y otro posterior–. En todos se da cuenta del patrimonio intangible del país.

La casa empezó a funcionar como sede de la Fundación Bigott en el año 2000.

Trascienden las paredes de la casa ubicada en el Centro Histórico de Petare. Los talleres de cultura popular los han llevado a otras parroquias, como Caricuao y La Vega, y con el programa de Tradición en Línea superaron las barreras geográficas y temporales. Cada disciplina de las que imparten está al alcance de una conexión a internet, siempre que se tenga más de 16 años de edad.

Toda la producción musical y editorial de la Fundación sale de allí. También la producción de los documentales “Encuentro con…”, una serie televisiva de tradiciones y cultura popular, en la que han mostrado a cultores, grupos y celebraciones. La fundación ofrece un programa educativo comunitario, un área de promoción cultural y de investigación.

Emily Avendaño
Foto Efrén Hernández

Dirección: Centro Histórico de Petare. Calle Sucre, frente a la plaza Sucre. El horario de atención al público es de 9:00 am a 12:00 pm y de 2:00 pm a 5:00 pm.

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Lugares

Mansión Borges

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René Borges decía entre sus amigos: “Mi casa no necesita cuadros, tengo el mejor que es Caracas”. El lienzo que enmarca la ciudad es un ventanal de 20 metros de largo, que ofrece la mejor vista panorámica de la capital, desde el salón de la que fue la mansión de los Borges por casi 40 años, una joya de la arquitectura caraqueña, en la que funciona el Centro Simón Díaz de la Alcaldía Metropolitana.

La quinta, de modernas líneas rectas y escasas paredes, está encaramada en uno de los cerros de Petare, esos que realzan la vocación de paila de Caracas —un valle en el que todos pueden mirarse—, como la ha descrito en algunos textos el escritor y arquitecto Federico Vegas. Sobre esa montaña que avistó Borges en un vuelo en helicóptero posó la casa como una dedicatoria de amor a su esposa Nelly Zingg. En 1956, quien urbanizó El Marqués, trajo desde Italia al arquitecto Athos Albertoni para que diseñara su casa.

La mansión tiene tesoros en su interior como las escaleras de mármol de Carrara sin vetas y el plafón florentino “Primavera”, que ilumina el baño principal, y representa un árbol de cristal de Murano iridiscente, en cuya copa anidan pájaros negros. Hay que levantar la cabeza para admirarlo. En el que era el baño de huéspedes está un espejo Italor, que estuvo de moda en los años sesenta “porque hacía verse más joven”, gracias a la tonalidad ámbar que proyectaba, ese color que tienen los recuerdos.

Mansion Borges - Centro Simon Diaz 24.11.2017

En fotos viejas se ven las montañas verdeadas que rodean este caserón sin lo que es hoy uno de los barrios más grandes de América Latina. Para el vecindario, la casa fue un misterio por un buen tiempo. En la barriada algunos creían que la casa, que estuvo casi en abandono por varios años, pertenecía al dictador Marcos Pérez Jiménez.

La familia Borges ocupó la casa hasta principios de la década del 2000. En 2006 la Alcaldía Metropolitana adquirió el inmueble y después de un largo proceso de remodelación se convirtió en el Centro Simón Díaz, que alberga un núcleo del Sistema de Orquestas Infantiles y Juveniles, una biblioteca, presta las instalaciones para la realización de talleres de formación de la Fundación Caracas para la Vida y además es sede de la Gerencia de Ambiente de la alcaldía.

La vista y la arquitectura bien valen el viaje a este lugar, al que se le llega por la vía que conduce a la Universidad Santa María, en la carretera Petare-Santa Lucía. La Alcaldía Metropolitana ofrece visitas guiadas con transporte asegurado desde la estación de Metro La California.

El espacio aún espera por el desarrollo de todo su potencial. Está por abrirse una escuela de gastronomía en el lugar, aprovechando la amplia cocina que construyeron los Borges para su casa de 26 habitaciones. Hay planes de instalar un comedor y un cafetín, asegura Aída Cachafeiro, presidente de la Fundación Caracas para la Vida, que administra el lugar. También está pendiente un proyecto de integración urbana que permitirá a esos vecinos más próximos ingresar a la casa a través de un sistema de rampas que tejerán esa frontera zanjada entre la mansión y las casas humildes del barrio Julián Blanco.

Florantonia Singer
Fotos: Natalie Carrillo.

Dirección: calle La Florencia, carretera Petare-Santa Lucía, Centro Simón Díaz
Horario: lunes a viernes / 8:30 am a 4:00 pm
Contacto para visitas: caracasparalavida@alcaldiametropolitana.gob.ve

 

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Vida Urbana

Catia

Catia

I
Unos de los sabores más arraigados de mi infancia era comer arepas rellenas con un tipo de jamón serrano que mi papá llevaba a casa con frecuencia. Esta delicia gastronómica se hacía en Catia. Papá trabajaba en la Giacomello, la fábrica de jamones, fiambres y embutidos que quedaba muy cerca de la Plaza Pérez Bonalde de Catia y que había sido fundada por un inmigrante italiano a principio de los años 50, el señor Felice Giacomello, oriundo de la región de la Emilia-Romagna.

La fábrica quedaba en una bella casa de piedra en forma de Castillo. Cuando el negocio prosperó, el señor Giaconello a mediados de los 70 decidió mudar la fábrica a un espacio más grande en Corralito, en la zona de Carrizal cerca de Los Teques, y en la casa del Castillo quedó viviendo la señora Sofía, una italiana risueña y bondadosa.

Cuando alguien nombra Catia, yo hablo del Castillo e italianos. Hace un año decidí ir en busca de aquel Castillo de los recuerdos. Viajé en metro, me bajé en la estación de Pérez Bonalde, caminé hasta la plaza homónima, seguí por una lateral y sin dar muchas vueltas lo hallé: un castillete de piedra con fachada de muralla medieval coronado con una bandera de Venezuela se ubica justo en la esquina entre la calle Argentina y la avenida Washington de Catia.

Ahora funciona allí una venta de cerámicas. Igual lloré, un collage de imágenes de inmediato pasaron por mi mente: mi papá jovencito, la señora Sofía merendando con mi mamá, las de sus hijos Walter y Pedro, y los amigos italianos de papá: Doménico, Pascual, Fabrizio y Gilda. También recordé los productos Giacomello: la mortadela italiana, los salchichones tipo Milano y Napoli, el jamón espalda, el jamón tender que comíamos en Navidad, y obviamente mi preferido: el jamón curado tipo Parma (el jamón serrano italiano).

Aunque parezca un argumento más de un guión de José Ignacio Cabrujas (también catiense), un industrial italiano venido de Egipto producía en el corazón de Catia el mejor prosciutto di Parma, que no tenía nada que envidiar a los que, con denominación de origen, se hacían en la terre matildiche.

II
Aunque Catia no solo fue el lugar de los italianos. Miles de inmigrantes provenientes de toda Europa y de algunos países árabes hicieron de esta comunidad en el Oeste de Caracas su hogar desde los años 40 del siglo XX.

En la zona de Alta Vista, en Catia, se asentaron un grupo de familias rusas, polacas, ucranianas, húngaras y eslovacas. La mayoría de ellos llegaron a La Guaira en 1947, en el famoso barco USS General S.D. Sturgis, vinieron al país huyendo de los horrores de la Segunda Guerra Mundial.

Una amiga de mi madre de toda la vida es rusa, Valentina, su esposo, Esteban, era polaco. La señora Valentina, con 90 años a cuestas, aún vive en Catia y hasta hace poco, en Semana Santa, nos mandaba un pan de pascua ruso con una corona blanca azucarada, muy parecido a un panettone, y huevos de pascua pintados de colores azul, rosa, naranja, amarillo y verde.

Pocos sospecharían que en Alta Vista, hasta el 2012, se ofrecían misas en una iglesia ortodoxa rusa ubicada en esta parte alta de Catia, pegada a la falda de El Ávila, y las oficiaba el Padre Alexander en ruso.

III
Aprovechando mi visita tras la pista del Castillo, desde la esquina de la casa de piedra caminé entre la quinta y sexta avenida, a lo largo de la calle Argentina, buscando la casa “de 9 cuartos” donde vivió Cabrujas. Miraba sus techos tratando de reconocer la famosa azotea donde leyó de adolescente “Los Miserables”, de Víctor Hugo, que según el dramaturgo fue el día exacto en el que decidió ser escritor.

Caminé luego hasta la plaza Pérez Bonalde, erigida en honor al poeta de “Vuelta a la Patria”, vi sus bancos y árboles e imaginé cómo serían esas tertulias del “grupo de la plaza” conformado nada menos que por un Cabrujas con ganas de trascender y conocer mundo; un Jacobo Borges quinceañero que dibujaba sobre el suelo de la explanada bocetos en carboncillo y tiza; un escritor Oswaldo Trejo, quien tal vez se inspiró acá para crear “Cuentos de la primera esquina”; y el cineasta César Bolívar, a quien no puedo dejar de rememorar por su maravillosa película “Domingo de resurrección”. Todos eran amigos y vecinos. La plaza era el punto en encuentro de una cofradía de artistas e intelectuales incipientes que también conspiraban desde el oeste en contra del dictador Pérez Jiménez, en esa Caracas de los 50 que se debatía entre la modernidad y la tiranía.

IV
Pocos metros al sur de la plaza está la bella estructura del Mercado de Catia, inaugurado en 1951. Dentro del recinto cuelgan sobre un mostrador una mortadela Giacomello, una tira de salchichas alemanas marca Bavaria y un paquete de pan pita del Arabito (cuya sede original está muy cerca, en la calle Colombia, detrás del Mercado).

Al lado, en el puesto de las especies se consigue cardamomo, azafrán, pimienta negra, cilantro en polvo, clavo, canela, nuez moscada, paprika y una mezcla de especies libanesas conocida como baharat. Unos puestos más allá, donde el gallego José, se exhibe una colección de aceites de oliva extra virgen y una variedad de aceitunas que incluye olivas griegas.

En la frutería de las portuguesas hay mamón, ciruelas, lulo, fresas, cambur titiaro, melocotón, manzanas, peras, nueves y avellanas. Muy cerca venden empanadas de cazón, caraotas, dominó, queso y carne mechada, ofrecen además jugos de guayaba, parchita, guanábana, níspero, papelón con limón y tres en uno. En un angosto pasaje que conduce hacia la venta de hierbas y gallinas vivas, en el puesto de María, se lee en un pequeño cartel: “Catia es mezcla y tiene tumbao”.

Jonathan Gutiérrez
Foto: Alberto Rojas @chamorojas

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Tradiciones

Feria del Ateneo

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Han pasado más de tres décadas desde que se organizó la primera Feria del Ateneo de Caracas. Era un espacio ideado desde la gerencia del espacio cultural como una feria de antigüedades. Así se planteó en 1984. El Ateneo apenas tenía un año en su entonces novedosa sede ubicada frente a la plaza Morelos, adyacente al Teatro Teresa Carreño y en pleno eje cultural naciente de la ciudad.

“Al principio se hacía solamente en la planta baja, pero a medida que fue aumentando la demanda de expositores, se extendió hacia la galería de los Espacios Cálidos”, cuenta Judy Schaper, actual coordinadora del evento que se ha repetido ininterrumpidamente durante 33 años. Más tarde, se incorporaron otros niveles, diseñando circuitos peatonales. “Hasta que llegamos al tope del edificio y había expositores en el último piso, en la terraza”, agrega. Eran tiempos de un centenar de expositores, en sus mejores años.

Las nuevas autoridades de la Gobernación de Miranda, encabezadas por Héctor Rodríguez no permitieron la realización de la Feria del Ateneo en los espacios del Parque Miranda. Lo que obligó a los organizadores en noviembre de 2017 a suspenderla por primera vez en su historia.

La Feria del Ateneo se consolidó como opción navideña. Lo que comenzó vendiendo antigüedades se extendió hacia los regalos, las artesanías y demás detalles para el regalo óptimo al final del año. “Al hacerla cada año se inició un proyecto de consecución de fondos para el Ateneo, un proyecto de autosustentación, que es lo que ha sido todos estos años”. Por eso la Feria nunca se acaba, porque todo el empuje cultural del Ateneo de Caracas aprovecha su impulso.

En mayo se inicia la preselección de las ofertas. También la preventa. “La Feria prácticamente se vende sola, porque tiene demasiado tiempo. Hay expositores que tienen 15 y hasta 20 años seguidos con nosotros”, cuenta Schaper. “Cuando salimos de nuestra sede en 2009 fuimos al Macaracuay Plaza, donde estuvimos dos años seguidos. Luego estuvimos en Altamira, en un terreno de la CAF y al final tenemos un convenio con la Gobernación de Miranda para hacerlo en Parque Miranda, desde 2013”.

La nueva sede del Ateneo de Caracas, en La Colina, se ha ido llenando de cultura, aprovechando cada rincón de la casa que alberga a la institución. “Pero como son espacios pequeños a veces no dan los fondos por taquilla, además la situación hace cada vez más difícil hacer cumplir las metas. Por eso para nosotros es fundamental la Feria”, admite su coordinadora al detallar que al seleccionar los expositores buscan que haya variedad y originalidad. “Cada vez hay menos artesanos, pero aumentan los diseñadores jóvenes o al gastronomía”.

Victor Amaya
Foto: Héctor Ordóñez

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