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Mayo 2018

Personajes

José Bestillero, el señor del hula-hula

Sr Ula Ula Jose Bestilleiro

El tráfico atascado en medio de la avenida Urdaneta, a la altura de la plaza La Candelaria. El humo de los carros, el corneteo ensordecedor de los autobuses, el rugido de las motos. Decenas de personas esperan que el semáforo cambie la luz para cruzar. Todas parecen llevar prisa a esta hora, 5:30 de la tarde, el momento más álgido de la hora pico caraqueña. Y, en medio de todo ese caos, en una isla de concreto que emerge en el centro de la vía, está José Bestillero. El señor del hula-hula.

El cabello cano, las arrugas pronunciadas de 84 años, el bigote afeitado a la mitad. Sin decir palabra alguna, hace girar con sobrada destreza un par de aros de plástico en su cuello –o en su pierna, o en su cintura, o en el brazo– como queriendo decir: “mira como bailo sobre el caos”. Allí lleva 13 años, y todavía hay quien lo ve con extrañeza.

Con su marcado acento español, dice que lo hace para amenizar el demencial tráfico de la ciudad. Antes no aceptaba el dinero que la gente le alcanzaba. Pero ahora sí, y lo ve como una forma divertida de tener ingresos. “La vida ahorita está muy dura”, dice. Lo que gana allí se le va en comida y atendiendo los achaques de la edad.

Cuando llegó a esta tierra Caribe con 25 años proveniente de La Coruña, España –que estaba arruinada por la guerra–, dejó atrás su oficio de agricultor. En Venezuela se dedicó a trabajar por décadas en varias bombas de gasolina. Pero tanto químicos hicieron mella en sus pulmones. Así que por recomendación médica –y por sensatez– se retiró. Entonces sobre este asfalto comenzó a jugar con el hula-hula.

A su hija no le gusta que esté haciendo eso, menos en medio de la calle. Le dice que por su edad le puede causar daño. Pero él insiste en venir. Porque desde que su esposa murió hace años la casa se le hace demasiado grande. Que la extraña más estando encerrado. Y la verdad es que el médico le dijo que no se preocupara, que el ejercicio le hace bien. La policía también ha querido sacarlo del medio de la calle. Pero allí permanece desde las 4:30 hasta las 6:00 de la tarde. “No me iré. Algunas veces me he sentido cansado, son 13 años en esto, pero me encanta cuando la gente se me queda viendo o cuando me hacen entrevistas”, admite antes de volver a agitar el hula-hula.

Erick Lezama
Foto: Efrén Hernández

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Organizaciones

La Rana Encantada

La Rana Encantada

La estudiante de comunicación social que comenzó a narrar historias en las áreas verdes de la UCV con el grupo Cuentos bajo la sombra, se enamoró de la lectura siendo una niña cuando leía y releía el cuento La Rana Encantada. Este fue el nombre con el que en 2008 bautizó a su emprendimiento social que promueve la lectura, las artes plásticas, la música y el teatro en niños y jóvenes.

Luego de su paso por el Banco del Libro, Linsabel Noguera -quien además es actriz de teatro y televisión, narradora oral, locutora y mamá- se dio cuenta que muchas veces los espacios públicos no permitían que los padres se sintieran a gusto y seguros con sus hijos. “El espacio que yo necesito, yo misma lo voy a crear”, se dijo hace nueve años y, desde entonces, con la organización que ideó, La Rana Encantada, se dedicó a contar cuentos en plazas y parques. De la mano de la narración oral llegó todo un ejercicio de ciudadanía.

Aunque la cantidad de personas que se dedica al oficio de cuentacuentos es una cifra desconocida, Venezuela tiene 35 miembros en la Red Internacional de Cuentacuentos y 17 de ellos están en Caracas.

“Cuando nos reunimos en un lugar para contar o escuchar cuentos, ese lugar cambia y se convierte en un espacio vivo que invita al encuentro y en el cual dejan de importar las diferencias. Propicias espacios de contención, donde te sientes en confianza para conectarte con la gente. Se da un intercambio de ideas, promueves la conciliación. Se sanan las relaciones con tu familia, con otros y con la ciudad. Las personas empiezan a valorar el sitio donde te reúnes en grupo a oír cuentos, haces tuyo ese lugar, traspasas las barreras del egoísmo y te haces ciudadano”, razona Noguera, quien convierte las actividades creativas en espacios para conversar.

Con su programa Postales para la Paz, la Rana Encantada es la encargada de poner a pensar a los niños en el tema de la creación de una cultura de paz. A partir de conversaciones estimuladas por la lectura, los pequeños comparten sus experiencias y reflexiones para difundir mensajes de tolerancia, respeto, conciliación y paz, que luego se exhiben en una exposición.

Con el programa Ríe, La Rana Encantada lleva el arte y la literatura de manera gratuita a niños con alguna discapacidad, visitan casas hogares, refugios y hospitales. Para autogestionarse, esta organización realiza talleres por los que cobra montos módicos en la Hacienda La Trinidad y en la Ludoteca de Los Palos Grandes.

Las historias para niños y adultos de la Rana Encantada se pasean por el Banco del Libro, el Parque Caballito de Altamira, el parque de Justicia y Paz de la avenida Mohedano en Chacao, las salas infantiles de la Red de Bibliotecas Nacionales, la Librería Sopa de Letras (Hacienda La Trinidad), el Centro de Arte Los Galpones (Los Chorros), el parque de bolsillo de Bello Campo; pero también llegan a comunidades, centros educativos y piñatas.

Delia Meneses
Foto: Efrén Hernández

Coordenadas: @ranaencantada / www.laranaencantada.com

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