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Febrero 2018

Historia

Ceiba de San Francisco

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Emerge en el medio del concreto. De su tronco grueso de 30 metros de altura, brotan ramas que forman una fronda verde y espesa. Allí, frente a la esquina San Francisco, una ceiba se ha mantenido imbatible desde mediados de 1866. Es más que una guarida al sol de mediodía en el centro de Caracas: el árbol es uno de los más longevos de la ciudad y ha sido testigo de números episodios históricos.

Se desconoce quién lo plantó. Una de las versiones dice que fue la pequeña hija de un policía quien la sembró y regó hasta que creció. A su alrededor, entonces estaba el Convento de las Carmelitas (donde ahora se encuentra el Palacio Federal Legislativo), el Palacio de las Academias y el Convento de la Inmaculada Concepción.

Bajo su sombra se reunían a trabajar comerciantes y corredores. De allí que el logotipo de la Bolsa de Valores de Caracas tenga su figura. Frente a la planta, el presidente Antonio Guzmán Blanco ordenó colocar una estatua suya denominada El Saludante, que luego el Congreso ordenó derribar. Por cosas como ésas el árbol se fue convirtiendo en un emblema de la capital.

Inspiró a Miguel Otero Silva, en versos tremendistas (1942): “Casi un siglo vivir junto al Congreso/ oyendo tantas vainas sin moverte/ no hay piedra ni árbol que resista eso/ más noble es el regazo de la muerte”. También fue musa para Julio Garmendia, que le escribió versos así: “La vida apenas es un breve momento/ y yo con ser Ceiba, soy perecedera. Hago un testamento: el día que muera le dejo a la tierra toda mi madera y todas mis flores”.

La Ceiba de San Francisco está lejos de morir. Constantemente la podan como parte del mantenimiento necesario para que siga con vida, y a sus pies construyeron un jardín con plantas de flores. Por toda su historia, en 2001 fue declarada Patrimonio Natural de Venezuela.

Erick Lezama
Foto: Efrén Hernández

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Arte

Abra Solar

Abra Solar

A ratos son rombos y al otro triángulos. Por momentos también pueden ser cuadrados. Lo que no cambia es su color. Un plateado que encandila, que refleja el sol, el verde, los edificios de alrededor. Todos los caraqueños la han visto alguna vez, ella marca –de cierta manera- un punto de referencia en la ciudad. Es el Abra Solar de Alejandro Otero, un hito visual en medio del corazón de la ciudad.

Esta escultura geométrica, elaborada con 33 mariposas de acero inoxidable de 16 por 42 metros, es una de las más reconocidas del artista plástico, nacido en el Manteco, estado Bolívar. El Abra Solar representó a Venezuela en la XL Bienal de Venecia, celebrada en 1982. Un año después, la pieza pasó a decorar la Plaza Venezuela, como parte de las obras integradas a ese espacio urbano, que incluye la Fisicromía de Carlos Cruz-Diez, la estatua de Andrés Bello y la fuente.

El artista Alejandro Otero también es el autor –junto a Mercedes Pardo- de la obra Los Cerritos, ubicada en la autopista Caracas-LaGuaira a la altura de Catia desde 1967. La pieza está compuesta por 79 móviles de colores sobre una estructura metálica piramidal, que simula un papagayo. Los Cerritos fue restaurada por Pdvsa-La Estancia en 2008.

Pero a partir de 2005, las mariposas dejaron de girar, luego que las manos del vandalismo deshiciera el trabajo del artista para aprovechar el acero. Lo mismo ocurrió con las obras de arte que se encuentran a su alrededor y la fuente de Plaza Venezuela que sufrió el desmantelamiento de su sistema hidraúlico. Tras años de abandono, PDVSA La Estancia emprendió la recuperación de las piezas, bajo la supervisión de los familiares del artista. Y en 2007, el Abra Solar volvió con su esplendor original.

En el Abra Solar ha encontrado inspiración también la moda. El diseñador venezolano Hugo Espina llevó en esta pieza icónica del arte cinético venezolano al traje típico que en 2010 lució la Miss Venezuela Marelisa Gibson en el Miss Universo. El vestido incluyó 3.000 piezas de plata y metal, completadas con 9.000 cristales Swarosky, para simular el brillo enceguecedor de este ícono caraqueño. Dicen que su luz encandiló a Lady Gaga, quien quiso comprar el traje.

Karla Franceschi
Foto: Efrén Hernández

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Gastronomía

La Praline

LaPraline

Al entrar, un delicioso olor envuelve. Hay que exhalar largo, como si quisiera retener esa sensación dulce por más tiempo. Pero el sonido del celofán lo traerá de vuelta. Dos mujeres en un extenso mesón seleccionan los pequeños chocolates y van empacando. El aroma a cacao se condensada cada vez que hacen crujir un bolsita. Es como la fanfarria previa a ser entregados. Enseguida una mezcla dulce y untuosa comienza a cubrir los dientes, hasta que desaparece en la boca.

La Praline cuenta con más 80 tipos de bombones. La creación de cada uno puede tardar entre dos y tres meses. Son casi joyas. Por eso, pareciera que estuvieran atesorados detrás del mostrador. En ocasiones, resultar necesario deslizar el dedo por encima del vidrio como para asegurar que es real lo que hay allí dentro. Y sí, son tan reales que desde 1985 el matrimonio de inmigrantes belgas, Ludo y Lisette Gillis, comenzaron a elaborarlos en casa.

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Personajes

Sofía Ímber

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Nació lejos de Venezuela, pero este rincón del Caribe la atrapó. Muchas vueltas dio Sofía Ímber por el mundo, pero siempre volvió aquí. Incluso para morir. La primera vez que llegó a estas tierras lo hizo por el puerto de La Guaira, en 1930. Apenas tenía 6 años de edad y venía con su familia. Huían del horror que entonces era Europa. En este país encontraron paz. Vivieron un corto período en Maracay, para luego instalarse en Caracas. Ímber tocó piano, intentó estudiar Medicina, desarrolló una dilatada carrera como periodista en importantes diarios, canales de televisión y emisoras de radio, y se acercó al mundo de la cultura.

Ese universo la cautivó y marcó su vida. Se casó con el escritor Guillermo Meneses. Vivieron en París, Bogotá y Bruselas. Tuvieron cuatro hijos. Se divorciaron. Después contrajo nupcias con el intelectual Carlos Rangel, quien luego se suicidó. En agosto de 1973 fundó lo que sería su obra maestra: el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas. Su extensa colección de 4.000 obras lo convirtió en una referencia latinoamericana y mundial. Le valió prestigiosas condecoraciones como el Premio Nacional de Artes Plásticas y la Medalla Picasso que otorga la Unesco.

En 1990, bajo el gobierno de Carlos Andrés Pérez, el museo fue rebautizado con su nombre (Museo de Arte Contemporáneo Sofía Ímber), en reconocimiento a su cuidadosa labor. Así se mantuvo hasta que en 2001 el entonces presidente Hugo Chávez, a través de un programa de televisión, la destituyó. En su biografía, escrita por el periodista Diego Arroyo Gil, ella cuenta que cuando eso pasó ya tenía pensado renunciar: “Sabía que no iba a poder trabajar con una persona como Chávez en el gobierno. Él se adelantó a mi decisión”.

Sofía Ímber solía decir que morir era aún más difícil que vivir. Que era atea, pero que lamentaba haberse mantenido descreída. “Con todo, pienso que si hay un Dios bueno para mí, cuando llegue el momento de mi muerte, sea rápida”, le dijo a Arroyo Gil. Ella “escogió” el 20 de febrero de 2017. Quizás no fue azar. Con ello nos recordaría siempre la fecha en que el museo abrió sus puertas al público. Su gran legado.
Un paro respiratorio se la llevó. Rápido. Sin agonías.

Erick Lezama
Foto: Roberto Mata

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