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Diciembre 2017

Organizaciones

Dibujantes urbanos

DibujantesUrbanos

Una marca de lápices de colores patrocinó un evento para dibujar la ciudad en 2011.  Lo repitió al año siguiente. Y ese fue el punto de partida. Desde entonces, un grupo de entusiastas -liderado por Maximiliano González- decidió formar el colectivo Dibujantes urbanos Caracas para dibujar la ciudad en clave de sketches. “Un sketche es un boceto rápido, no pasa de los 40 minutos. Tratamos de ser una especie de cronistas, porque lo que dibujamos es lo que hay: las personas, los edificios y el entorno”.

En cada reunión se acerca una veintena de personas con diferentes niveles de experiencia: desde arquitectos hasta artistas populares, pasando por diseñadores gráficos y dibujantes principiantes. Como bien explica González, no se trata de una clase de dibujo, es un taller y la idea es intercambiar experiencias e información técnica, que pueda servir para mejorar el nivel de forma individual y colectiva.

Desde que se organizaron hace siete años han hecho unas 100 reuniones, con uno o dos encuentros al mes. El grupo se pone de acuerdo para buscar un punto; luego hacen recorridos, charlas, discuten varios temas como el lugar o el tema que van a registrar. Y aunque en estos años son muchos los lugares de Caracas a los que se han desplazado, el casco histórico parece ser su espacio más recurrente.

“En la plaza Bolívar la gente conversa contigo, los niños preguntan mucho. Nos gusta trabajar donde haya elementos históricos. No sólo dibujamos edificios, sino situaciones. Gente que se está tomando un café, una señora que va corriendo al trabajo, los que se quedan dormidos en un banco, el niño que quiere alimentar la ardilla de la plaza Bolívar. Hay un pequeño estrés al dibujar en la calle, pero la gente se porta muy bien con uno”.

En su grupo de Facebook (Dibujantes urbanos Caracas) no solo hacen las convocatorias para las reuniones de dibujo, sino que también sirve como vitrina para ver el trabajo de cada participante. También es una forma inusual de dar a conocer la ciudad: “En las redes sociales uno hace intercambio de dibujos, así que nosotros conocemos las ciudades a través de los ojos de otros y desde afuera conocen Caracas a través de nuestros dibujos”.

Isbel Delgado
Foto: Dibujantes Urbanos

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Arte

Fundación Bigott

Fundación Bigott

Es una casa grande de paredes amarillas y cinco ventanales azules. Allí todos tienen cabida. En especial los niños que llegan aún vistiendo sus uniformes escolares y con sus morrales de colores patrios en los hombros. Allá se va a aprender sobre cultura popular y fiestas tradicionales, música, técnica vocal y danza. Desde 1981, la Fundación Bigott se dedica a proyectar la cultura venezolana.

Esa casona amarilla en principio eran dos casas construidas a finales del siglo XIX y una de ellas fue la sede del Sindicato Nacional de Tabacaleros durante la segunda mitad del siglo XX. También hizo las veces de pensión hasta que las intervino el arquitecto Ramón Paolini para que albergara esta institución cultural. Lo logró. Al entrar hay una gran área central que muchas veces sirve de escenario para la danza.

Cuadros y esculturas adornan las paredes. Todas dan cuenta de las tradiciones del país. También hay muchísimos libros. A mano derecha está el Centro de Documentación que ofrece, no solo un archivo bibliográfico, sino también documental, musical y audiovisual de la cultura popular venezolana. En total son doce salones de clases y dos patios –uno anterior y otro posterior–. En todos se da cuenta del patrimonio intangible del país.

La casa empezó a funcionar como sede de la Fundación Bigott en el año 2000.

Trascienden las paredes de la casa ubicada en el Centro Histórico de Petare. Los talleres de cultura popular los han llevado a otras parroquias, como Caricuao y La Vega, y con el programa de Tradición en Línea superaron las barreras geográficas y temporales. Cada disciplina de las que imparten está al alcance de una conexión a internet, siempre que se tenga más de 16 años de edad.

Toda la producción musical y editorial de la Fundación sale de allí. También la producción de los documentales “Encuentro con…”, una serie televisiva de tradiciones y cultura popular, en la que han mostrado a cultores, grupos y celebraciones. La fundación ofrece un programa educativo comunitario, un área de promoción cultural y de investigación.

Emily Avendaño
Foto Efrén Hernández

Dirección: Centro Histórico de Petare. Calle Sucre, frente a la plaza Sucre. El horario de atención al público es de 9:00 am a 12:00 pm y de 2:00 pm a 5:00 pm.

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Lugares

Mansión Borges

MansionBorges_NC

René Borges decía entre sus amigos: “Mi casa no necesita cuadros, tengo el mejor que es Caracas”. El lienzo que enmarca la ciudad es un ventanal de 20 metros de largo, que ofrece la mejor vista panorámica de la capital, desde el salón de la que fue la mansión de los Borges por casi 40 años, una joya de la arquitectura caraqueña, en la que funciona el Centro Simón Díaz de la Alcaldía Metropolitana.

La quinta, de modernas líneas rectas y escasas paredes, está encaramada en uno de los cerros de Petare, esos que realzan la vocación de paila de Caracas —un valle en el que todos pueden mirarse—, como la ha descrito en algunos textos el escritor y arquitecto Federico Vegas. Sobre esa montaña que avistó Borges en un vuelo en helicóptero posó la casa como una dedicatoria de amor a su esposa Nelly Zingg. En 1956, quien urbanizó El Marqués, trajo desde Italia al arquitecto Athos Albertoni para que diseñara su casa.

La mansión tiene tesoros en su interior como las escaleras de mármol de Carrara sin vetas y el plafón florentino “Primavera”, que ilumina el baño principal, y representa un árbol de cristal de Murano iridiscente, en cuya copa anidan pájaros negros. Hay que levantar la cabeza para admirarlo. En el que era el baño de huéspedes está un espejo Italor, que estuvo de moda en los años sesenta “porque hacía verse más joven”, gracias a la tonalidad ámbar que proyectaba, ese color que tienen los recuerdos.

Mansion Borges - Centro Simon Diaz 24.11.2017

En fotos viejas se ven las montañas verdeadas que rodean este caserón sin lo que es hoy uno de los barrios más grandes de América Latina. Para el vecindario, la casa fue un misterio por un buen tiempo. En la barriada algunos creían que la casa, que estuvo casi en abandono por varios años, pertenecía al dictador Marcos Pérez Jiménez.

La familia Borges ocupó la casa hasta principios de la década del 2000. En 2006 la Alcaldía Metropolitana adquirió el inmueble y después de un largo proceso de remodelación se convirtió en el Centro Simón Díaz, que alberga un núcleo del Sistema de Orquestas Infantiles y Juveniles, una biblioteca, presta las instalaciones para la realización de talleres de formación de la Fundación Caracas para la Vida y además es sede de la Gerencia de Ambiente de la alcaldía.

La vista y la arquitectura bien valen el viaje a este lugar, al que se le llega por la vía que conduce a la Universidad Santa María, en la carretera Petare-Santa Lucía. La Alcaldía Metropolitana ofrece visitas guiadas con transporte asegurado desde la estación de Metro La California.

El espacio aún espera por el desarrollo de todo su potencial. Está por abrirse una escuela de gastronomía en el lugar, aprovechando la amplia cocina que construyeron los Borges para su casa de 26 habitaciones. Hay planes de instalar un comedor y un cafetín, asegura Aída Cachafeiro, presidente de la Fundación Caracas para la Vida, que administra el lugar. También está pendiente un proyecto de integración urbana que permitirá a esos vecinos más próximos ingresar a la casa a través de un sistema de rampas que tejerán esa frontera zanjada entre la mansión y las casas humildes del barrio Julián Blanco.

Florantonia Singer
Fotos: Natalie Carrillo.

Dirección: calle La Florencia, carretera Petare-Santa Lucía, Centro Simón Díaz
Horario: lunes a viernes / 8:30 am a 4:00 pm
Contacto para visitas: caracasparalavida@alcaldiametropolitana.gob.ve

 

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Vida Urbana

Catia

Catia

I
Unos de los sabores más arraigados de mi infancia era comer arepas rellenas con un tipo de jamón serrano que mi papá llevaba a casa con frecuencia. Esta delicia gastronómica se hacía en Catia. Papá trabajaba en la Giacomello, la fábrica de jamones, fiambres y embutidos que quedaba muy cerca de la Plaza Pérez Bonalde de Catia y que había sido fundada por un inmigrante italiano a principio de los años 50, el señor Felice Giacomello, oriundo de la región de la Emilia-Romagna.

La fábrica quedaba en una bella casa de piedra en forma de Castillo. Cuando el negocio prosperó, el señor Giaconello a mediados de los 70 decidió mudar la fábrica a un espacio más grande en Corralito, en la zona de Carrizal cerca de Los Teques, y en la casa del Castillo quedó viviendo la señora Sofía, una italiana risueña y bondadosa.

Cuando alguien nombra Catia, yo hablo del Castillo e italianos. Hace un año decidí ir en busca de aquel Castillo de los recuerdos. Viajé en metro, me bajé en la estación de Pérez Bonalde, caminé hasta la plaza homónima, seguí por una lateral y sin dar muchas vueltas lo hallé: un castillete de piedra con fachada de muralla medieval coronado con una bandera de Venezuela se ubica justo en la esquina entre la calle Argentina y la avenida Washington de Catia.

Ahora funciona allí una venta de cerámicas. Igual lloré, un collage de imágenes de inmediato pasaron por mi mente: mi papá jovencito, la señora Sofía merendando con mi mamá, las de sus hijos Walter y Pedro, y los amigos italianos de papá: Doménico, Pascual, Fabrizio y Gilda. También recordé los productos Giacomello: la mortadela italiana, los salchichones tipo Milano y Napoli, el jamón espalda, el jamón tender que comíamos en Navidad, y obviamente mi preferido: el jamón curado tipo Parma (el jamón serrano italiano).

Aunque parezca un argumento más de un guión de José Ignacio Cabrujas (también catiense), un industrial italiano venido de Egipto producía en el corazón de Catia el mejor prosciutto di Parma, que no tenía nada que envidiar a los que, con denominación de origen, se hacían en la terre matildiche.

II
Aunque Catia no solo fue el lugar de los italianos. Miles de inmigrantes provenientes de toda Europa y de algunos países árabes hicieron de esta comunidad en el Oeste de Caracas su hogar desde los años 40 del siglo XX.

En la zona de Alta Vista, en Catia, se asentaron un grupo de familias rusas, polacas, ucranianas, húngaras y eslovacas. La mayoría de ellos llegaron a La Guaira en 1947, en el famoso barco USS General S.D. Sturgis, vinieron al país huyendo de los horrores de la Segunda Guerra Mundial.

Una amiga de mi madre de toda la vida es rusa, Valentina, su esposo, Esteban, era polaco. La señora Valentina, con 90 años a cuestas, aún vive en Catia y hasta hace poco, en Semana Santa, nos mandaba un pan de pascua ruso con una corona blanca azucarada, muy parecido a un panettone, y huevos de pascua pintados de colores azul, rosa, naranja, amarillo y verde.

Pocos sospecharían que en Alta Vista, hasta el 2012, se ofrecían misas en una iglesia ortodoxa rusa ubicada en esta parte alta de Catia, pegada a la falda de El Ávila, y las oficiaba el Padre Alexander en ruso.

III
Aprovechando mi visita tras la pista del Castillo, desde la esquina de la casa de piedra caminé entre la quinta y sexta avenida, a lo largo de la calle Argentina, buscando la casa “de 9 cuartos” donde vivió Cabrujas. Miraba sus techos tratando de reconocer la famosa azotea donde leyó de adolescente “Los Miserables”, de Víctor Hugo, que según el dramaturgo fue el día exacto en el que decidió ser escritor.

Caminé luego hasta la plaza Pérez Bonalde, erigida en honor al poeta de “Vuelta a la Patria”, vi sus bancos y árboles e imaginé cómo serían esas tertulias del “grupo de la plaza” conformado nada menos que por un Cabrujas con ganas de trascender y conocer mundo; un Jacobo Borges quinceañero que dibujaba sobre el suelo de la explanada bocetos en carboncillo y tiza; un escritor Oswaldo Trejo, quien tal vez se inspiró acá para crear “Cuentos de la primera esquina”; y el cineasta César Bolívar, a quien no puedo dejar de rememorar por su maravillosa película “Domingo de resurrección”. Todos eran amigos y vecinos. La plaza era el punto en encuentro de una cofradía de artistas e intelectuales incipientes que también conspiraban desde el oeste en contra del dictador Pérez Jiménez, en esa Caracas de los 50 que se debatía entre la modernidad y la tiranía.

IV
Pocos metros al sur de la plaza está la bella estructura del Mercado de Catia, inaugurado en 1951. Dentro del recinto cuelgan sobre un mostrador una mortadela Giacomello, una tira de salchichas alemanas marca Bavaria y un paquete de pan pita del Arabito (cuya sede original está muy cerca, en la calle Colombia, detrás del Mercado).

Al lado, en el puesto de las especies se consigue cardamomo, azafrán, pimienta negra, cilantro en polvo, clavo, canela, nuez moscada, paprika y una mezcla de especies libanesas conocida como baharat. Unos puestos más allá, donde el gallego José, se exhibe una colección de aceites de oliva extra virgen y una variedad de aceitunas que incluye olivas griegas.

En la frutería de las portuguesas hay mamón, ciruelas, lulo, fresas, cambur titiaro, melocotón, manzanas, peras, nueves y avellanas. Muy cerca venden empanadas de cazón, caraotas, dominó, queso y carne mechada, ofrecen además jugos de guayaba, parchita, guanábana, níspero, papelón con limón y tres en uno. En un angosto pasaje que conduce hacia la venta de hierbas y gallinas vivas, en el puesto de María, se lee en un pequeño cartel: “Catia es mezcla y tiene tumbao”.

Jonathan Gutiérrez
Foto: Alberto Rojas @chamorojas

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