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Noviembre 2017

Organizaciones

Banco Fotográfico de La Pastora

Victor Zambrano

Una fotografía de la Iglesia Parroquial de la Divina Pastora es el registro más antiguo entre los archivos del Banco Fotográfico de La Pastora. El recuerdo es de 1892 y se presume que la tomó un Embajador de los Estados Unidos que vivió cerca de la plaza. Víctor Zambrano, uno de los promotores de la iniciativa hace una salvedad: “Fíjate que la iglesia no tenía campanas. No las tuvo hasta 1960”.

La memoria puede ser efímera, pero las fotografías no. Por esta razón surge esta iniciativa en 2008, para resguardar la historia de la parroquia. Zambrano enseña un retrato de una señora llamada Rosalía a la que inmediatamente le sigue una anécdota: “Ella tiene un abasto en la esquina de Cola e’Pato. En las décadas de los sesenta y setenta todos los muchachos del Liceo Agustín Aveledo que querían tomar iban para allá, porque les vendía sin identificación. Todo el mundo conoce a Rosalía, porque además sigue allí”.

Hasta ahora tienen impresas más de 200 imágenes y 5.000 se conservan en formato digital. Abarca tradiciones, personajes, sitios y detalles arquitectónicos propios de La Pastora. Por ejemplo, las gárgolas o ductos para recoger el agua de lluvia que aún existen o los postes que daban electricidad al tranvía. Incluso el emblemático árbol de higuerote –o matapalo– que hay de Soledad a Acevedo figura entre las imágenes.

Zambrano continúa pasando fotos y aparecen los retratos de todos los concesionarios originales que tuvo el Mercado Municipal de La Pastora, cuando fue inaugurado en 1953. También tiene un recorte de prensa del diario Últimas Noticias del 29 de noviembre de ese año que da cuenta de la ceremonia encabezada por Marcos Pérez Jiménez. O del primer autobús de San Ruperto, con el chofer y fundador de la línea, Augusto Malavé García.

Cualquier foto puede formar parte de este archivo, siempre que vaya acompañada de una narrativa que dé cuenta de quién es el retratado o de lo que sucede en la gráfica. Concluye Zambrano: “El objetivo es que la gente tenga sentido de pertenencia. Dejar un legado a una parroquia que lo tuvo todo, incluyendo cuatro cines, y que se han ido perdiendo por las malas políticas de Estado. Hay que recordar lo que se tuvo y mantener lo que nos queda”.

Emily Avendaño
Foto: Efrén Hernández

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Arte

Teatro Nacional

Teatro Nacional

Ahí, en la esquina de Miracielos a Cipreses de la Parroquia Santa Teresa, dos esculturas resaltan en una fachada naranja y señorial: las representaciones de la comedia y la tragedia, sostenidas en dos columnas enormes que dejan claro que ese es el Teatro Nacional y no otro lugar. Aunque ha pasado por varias remodelaciones, las estatuas han resistido el paso del tiempo y son sello indiscutible de uno de los espacios culturales más representativos de la ciudad.

El teatro fue inaugurado el 11 de junio de 1905 y su construcción comenzó un año antes, por orden del presidente Cipriano Castro. Cuenta la historia que su esposa, doña Zoila de Castro, le sugirió crear un espacio que fuese más lujoso que el ya existente Teatro Municipal y en el que se pudieran presentar zarzuelas y óperas, además de obras teatrales. Desde que abrió sus puertas, ambos teatros se disputaban los espectáculos y hacían de Caracas una ciudad en constante movimiento cultural.

El diseño estuvo a cargo del arquitecto Alejandro Chataing, quien hizo equipo con el pintor Antonio Herrera Toro, el escultor Miguel Ángel Cabré y el ebanista José María Jiménez, para darle al teatro un estilo moderno y afrancesado, con una planta rectangular y tres niveles que han sido reestructurados con los años, pero en los que aún se conserva el patio en forma de herradura y poco menos de 700 butacas (originalmente tenía 797) y elegantes acabados de madera.

Si algo llama la atención al entrar, es el techo del teatro, donde se puede ver uno de los principales trabajos de Herrera Toro: Terpsícore, Euterpe, Melpómene y Talía; esas musas que representan a la danza, la música, la tragedia y la comedia. De hecho, en una de las remodelaciones que se hicieron en el segundo nivel, se descubrieron otros murales del pintor que, desde entonces, quedaron a la vista de todos.

Desde su inauguración con la presentación de la zarzuela “El relámpago”, este espacio fue durante muchos años el sitio insigne para estos espectáculos, pero también para la ópera, la opereta y repertorios líricos. Por ahí pasaron artistas como Alfredo Sadel, Plácido Domingo o Monserrat Caballé.

En el año 1979 fue declarado Monumento Nacional y en el 2010 se reinauguró con algunos cambios importantes: se eliminó el techo de la entrada y se cambió el color crema original de su fachada, por el naranja. Actualmente, se puede revisar su programación a través de la Fundación para la Cultura y las Artes (Fundarte).

Adriana Herrera
Foto: Hugo Londoño

Dirección: esquina de Miraflores a Cipreses, Parroquia Santa Teresa.
Metro: Teatros

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Personajes

Tomas Sanabria

TOMAS SANABRIA

Su curiosidad era insaciable. Nunca emprendía un proyecto sin conocer el sitio en el que se ubicaría. Su clima, a qué olía, cómo se sentía, qué pasaba cuando llovía, y cómo se comportaba la gente a diferentes horas del día. Tomás José Sanabria amaba el valle de Caracas y defendía sus espacios. Repetía: “La arquitectura sin diseño urbano no existe”. Su palabra se hizo dogma y la aplicó en edificios como el de La Electricidad de Caracas, el Banco Central de Venezuela, el Ince de la avenida Nueva Granada, la Biblioteca Nacional y el Hotel Humboldt.

Nació en Caracas de Miseria a Pinto, en la parroquia de Santa Rosalía, un lunes 20 de marzo de 1922. Su infancia transcurrió en una siembra de caña en Valle Abajo –en lo que hoy son Los Chaguaramos y Santa Mónica–. Allí aprendió a amar la majestuosidad del Ávila, sus cerros y quebradas. De niño pasó por los colegios San Ignacio y La Salle, hasta que se graduó de Bachiller en el Liceo Andrés Bello en 1940. El mismo Sanabria escribió que fue allí donde comenzó a apreciar la sencillez y honrar el valor de la funcionalidad. Admiraba las dimensiones del bloque principal de aulas, su altura y los detalles de las escaleras.

En 1967 obtuvo el Premio Nacional de Arquitectura, otorgado por el INCIBA, por el edificio sede del Banco Central de Venezuela.

Empezó dibujando. En esa década de los cuarenta reunía dinero y se iba a Coro para trazar en papel lo que admiraba de la arquitectura colonial. Sabía que sería arquitecto, pero la carrera aún no abría en la Universidad Central de Venezuela, así que se inclinó por la Ingeniería Civil. Aprendió técnica constructiva, pero el cálculo infinitesimal fue su dolor de cabeza. Su oportunidad llegó en 1945. Era dibujante en la firma constructora Vegas & Rodríguez Amengual (VRACA), y le dieron una beca para que pudiera estudiar Arquitectura en Estados Unidos.

Se formó en la Graduate School of Design de la Universidad de Harvard. Eran 28 profesores para 25 alumnos. Los creadores de la escuela Bauhause, expulsados de Alemania por Hitler, se convirtieron en sus tutores. Regresó a Venezuela en 1947 y se convirtió en el primer Director de la Escuela de Arquitectura de la UCV. También mantuvo su oficina de arquitectura activa por 60 años consecutivos (1948 -2008), y fue piloto por más de 30 años.

El clima era otra de sus pasiones. Estudió, analizó y dejó constancia de los cambios climáticos en el valle de Caracas. Y su experiencia volando su avioneta le permitió tomar más de 7.500 fotografías de la ciudad en cenital. En 2007 declaró a la revista Estampas: “El futuro de Caracas es extraordinario. Yo la veo y me inspiro… ¡Cuánto me alegro por mi ciudad!”.

Tomás Sanabria falleció el 19 de diciembre de 2008.

Emily Avendaño
Foto: Efrén Hernández

Referencias:

Inicio

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Lugares

Escuela de Enfermería de la UCV

Caracas Shots

Misteriosa, llamativa, vetusta y amplia. Así se muestra la Escuela de Enfermería de la Universidad Central de Venezuela en la urbanización Sebucán, cerca de la falda del cerro El Ávila. Una historia casi centenaria le antecede y funge como albergue para los casi 600 estudiantes, profesores y trabajadores que la ocupan en la actualidad.

La Escuela, separada de la Ciudad Universitaria, es un vínculo entre la novedad que representa la juventud y esas páginas del pasado que muestra su estructura erigida en 1928 y que desde el año 1992 funciona como sede de pregrado de Enfermería de la UCV, así como de algunos postgrados en la especialidad médica. Antes sirvió como residencia del noviciado del Sagrado Corazón de Los Dos Caminos mientras era propiedad de la Congregación de Hermanos de La Salle. Ahora, en manos de la UCV, es objeto de proyectos de preservación y mejora de sus instalaciones, que, por falta de presupuesto, aún no se han podido realizar.

Recorrer sus cinco edificios rodeados por innumerables matas de mango y abrazadora vegetación lleva a dar un paseo mental por viejas escenas que asumes transcurrieron en sus pasillos. Incluso, en su interior creerías ver sombras de una actividad hospitalaria que ocurriera durante la década de los 50 en una Caracas muy diferente a la actual. Dentro de sus muros, se imparten enseñanzas a jóvenes. Pero esta edificación pareciera que posee aún más historias de las que cuenta.

Un gran salón, que recuerda la época del dictador Marcos Pérez Jiménez, sirve como auditorio. Muchas aulas de diversos tamaños completan la oferta académica, así como varios laboratorios. Cada edificio cuenta con cuatro pisos y múltiples escaleras, que, a pesar de necesitar mantenimiento, no deja de encantar a quienes descubren este tesoro arquitectónico en una zona residencial caraqueña. Un edificio que rompe en espacio y tiempo con todo a su alrededor.

El recorrido por la Escuela de Enfermería de la UCV no estaría completo si se obvia la leyenda de supuestas apariciones que deambulan por el edificio. Jackson, uno de los jóvenes que cuida  la instalación, cuenta que muchos estudiantes, profesores y compañeros de trabajo aseveran haber visto el fantasma de una monja  pasearse por los pasillos. A él no le consta, pero la leyenda persiste y la comparten algunos jóvenes que allí estudian.

Jesús Castro
Foto: Alberto Rojas @chamorojas

Dirección: Calle Miguel Otero Silva, sexta transversal de la avenida principal de Sebucán.

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