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Mayo 2017

Personajes

Carlos Raúl Villanueva

Villanueva

Carlos Raúl nació con la modernidad, cuando el siglo XX recién inauguraba. Era Londres, 30 de mayo de 1900. Su padre Carlos Antonio Villanueva era un ingeniero civil y diplomático venezolano. Su madre Paulina Astoul era una mujer de la aristocracia francesa.

Europa forjó la primera parte de su vida. Tuvieron que pasar 28 años para que el quinto hermano Villanueva posara su mirada por primera vez sobre Caracas y fue el único de ellos que decidió quedarse viviendo bajo esta luz, para construir parte fundamental de la identidad arquitectónica y urbanística de lo que hoy es la cotidianidad de los caraqueños.

Villanueva hizo su vida en Venezuela desde 1929, bajo la dictadura de Juan Vicente Gómez. Como no había concluido sus estudios de urbanismo decidió regresar a la Universidad de París en 1937, pero a los pocos meses volvió a Venezuela y, desde ese momento, su visión se hizo concreto. Maracay, Ciudad Bolívar y Maracaibo son algunas de las ciudades que cuentan con obras que llevan su sello. Pero Caracas recibió más que su dedicación.

En 1944 comenzó a encargarse de un proyecto que le tenía encomendado el entonces presidente Isaías Medina Angarita: la construcción de lo que sería la nueva sede de la Universidad Central de Venezuela, que estaba destinada a convertirse en su máxima obra, la de su huella indeleble: la Ciudad Universitaria de Caracas. Una conjunción tan perfecta dentro del concepto “síntesis de las artes”, que combinó de manera armónica la luz natural, el espacio abierto, el arte, la cultura y el hábitat. Una creación merecedora de ser Patrimonio Cultural de la Humanidad desde el año 2000.

Su obra estuvo orientada a la construcción del espacio público, a la identidad urbana que se hace desde la vida social, más allá de la contemplación. Para Villanueva el arte era la vida misma. Por eso, los caraqueños pueden sentirse orgullosos en decenas de lugares, muchos quizá sin saberlo, cuando entran al Museo de Bellas Artes o al Museo de Ciencias de estar rodeados de una estructura imponente diseñada por Villanueva. O estar en el medio del tráfico del centro capitalino y encontrarse con la urbanización El Silencio, sus pasillos frescos y sus conexiones perfectamente ensambladas.

Ni qué decir del espíritu irreductible que permanece en el 23 de enero, sus bloques, su vida, su identidad urbana, su marca. Y ojalá cada niño y adolescente que a diario convive en la escuela Francisco Pimentel sepa que estudia en un espacio diseñado por Villanueva. Ellos y todos los que cruzan esta ciudad de este a oeste en algún momento se sentarán bajo una sombra, recibirán la frescura de una corriente de aire perfectamente dirigida, mirarán desde su ventana la armonía del entorno y sentirán que el arte los rodea. Y sabiéndolo o no, nos encontraremos con la mirada de Villanueva hecha Caracas.

Gabriela Rojas
Foto: Fundación Villanueva
Para conocer más sobre su obra: http://www.fundacionvillanueva.org/

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Arquitectura

Plaza O’ Leary

Plaza O’Leary

Transitar por la Plaza O’Leary es revivir la Caracas esplendorosa de los años 40, 50 y 60, marcada por la transformación arquitectónica hacia la modernidad. Quienes circulan por las avenidas Bolívar, Sucre y San Martín, convergen en ese punto que está rodeado desde los cuatro puntos cardinales por los edificios de la Urbanización El Silencio, otra magnífica obra del arquitecto Carlos Raúl Villanueva.

Su construcción se inició en 1944 como parte del encargo que hiciera el presidente Isaías Medina Angarita al arquitecto Carlos Raúl Villanueva, para que construyera la urbanización El Silencio. Villanueva diseñó la plaza y le pidió al artista Francisco Narváez que se encargara de las fuentes.

La obra de Narváez lleva por nombre Las Toninas. Cada una está conformada por dos grupos de esculturas, de cuatro mujeres presentadas en distintas posiciones y con vestimentas ligeras que dan la sensación de desnudez. Todas, como de costumbre, talladas en piedra.

El escultor margariteño se inspiró en una leyenda de su tierra insular, que narraba que las toninas rescataban del mar a las personas que se encontraban en peligro. Y el artista logró hacer de las esculturas y del agua una sola composición, de gran atractivo ornamental.

Se inauguró en 1945 con el nombre de Plaza Urdaneta. Pero siete años después cambiaría su nombre, luego que Francisco Narváez concluyera la estatua ecuestre de Rafael Urdaneta y fuese colocada en la plaza, ubicada en La Candelaria. Desde entonces se rebautizó como Plaza O’Leary, en honor a Daniel Florencio O’Leary, un irlandés que luchó en los ejércitos independentistas comandados por José Antonio Páez, José Antonio Anzoátegui y Simón Bolívar, de quien además fue su edecán y lo acompañó en sus luchas por la unión de la Gran Colombia.

La Plaza O’Leary mantiene su esplendor, luego de los trabajos de restauración que le hicieran en 2006.

Patricia Marcano
Foto: Hugo Londoño
Dirección: Final de la avenida Bolívar, urbanización El Silencio, parroquia San Juan.

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Arquitectura

Panteón Nacional

Panteon_Nacional

La idea de que los restos de los grandes héroes no estuvieran regados por doquier, sino descansando bajo el mismo techo, fue de Antonio Guzmán Blanco. La iglesia Santísima Trinidad, que el terremoto de 1812 había dejado en ruinas, estaba siendo restaurada y, sin importar que los trabajos estaban a medio camino, el entonces presidente decretó en 1875 que esa edificación se convertiría en el Panteón Nacional.

Al año siguiente, ordenó llevar hasta allí los restos mortales de Simón Bolívar, que desde 1842 estaban en la Catedral de Caracas. En un gesto provocador hacia la iglesia católica, institución a la que se oponía, dispuso que el cuerpo de El Libertador se colocara al final de la nave central, justo donde en la antigua iglesia estaba el altar mayor. Como una forma de imponer el culto a Bolívar, dicen los historiadores. Cuando eso sucedió ya allí reposaban los restos de Juan Crisóstomo Falcón, José Gregorio Monagas, Ezequiel Zamora y Luisa Cáceres de Arismendi.

La fachada del Panteón Nacional ha atravesado numerosas modificaciones a lo largo del tiempo, pero aún conserva su estilo neogótico. Ahora contrasta con el Mausoleo a El Libertador –una construcción con forma de rampa de grandes dimensiones– levantado en su patio posterior en 2013.

El techo está recubierto por 17 obras artísticas del pintor Tito Salas. Y cuelga una gran lámpara de cristal de Baccarat, con cuatro mil piezas de cristal y doscientas treinta luces. Quien recorra sus tres pasillos de mármol, podrá visitar las tumbas de 88 militares, 57 de civiles, monolitos en honor a Antonio José de Sucre, Andrés Bello y Francisco de Miranda, así como monumentos simbólicos a Manuela Sáenz, Pedro Camejo, el indio Guaicaipuro, Josefa Camejo, José Félix Ribas, Juana Ramírez “la avanzadora”, y las recién incorporadas, Matea, Apacuana e Hipólita. Al fondo, un pasillo lo conduce al nuevo Mausoleo de El Libertador.

Erick Lezama
Foto: Hugo Londoño

Dirección: Calle Real de Carballo, foro Libertador, Parroquia Altagracia. Caracas – Venezuela.
Horarios: martes a domingos de 9:00 a 12:00 – 13:30 a 16:30 hrs. Lunes en mantenimiento.
Estación del metro: capitolio.

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Personajes

Isidoro Cabrera

Isidoro Cabrera

Con el grito: “¡Epa, Isidoro!”, el maestro Billo Frómeta solía saludar al cochero cuando se lo encontraba de madrugada, al salir de alguna de sus presentaciones, pues Isidoro solía esperar fuera de los locales nocturnos a sus clientes para llevarlos a casa. Era el último conductor de coches a caballo que tuvo la ciudad. Y fue tal su empeño en mantener la tradición, que ejerció su oficio hasta el día de su muerte, en el año 1963.

Isidoro Cabrera nació en Caracas, en la parroquia Candelaria, el 2 de enero de 1880. Fue cochero durante 56 años. Comenzó siendo adolescente -aunque obtuvo la licencia oficial en 1911- y heredó el oficio de su padre.

Su parada, con su respectivo carruaje guiado por caballos, solía ubicarse en la cuadra que está entre las esquinas de San Francisco y Monjas, en una de las calles laterales de la actual Asamblea Nacional. Cuando no estaba allí, se encontraba en los alrededores del Capitolio, conocido en esos años. O en la plaza Altagracia, más al norte, hacia el bulevar Panteón.

Cronistas de la época cuentan que Ignacio Andrade (1898-1899), le pidió en una oportunidad llevarlo hasta la Casa de Gobierno. Conversaron durante el trayecto y al llegar a su destino, Andrade le pidió a Isidoro que regresara al día siguiente. “Le voy a regalar un coche”, le dijo el Presidente de la República.

No creyó en el ofrecimiento. Pero Isidoro igual acudió al día siguiente como le habían dicho y efectivamente recibió un regalo presidencial: un carruaje nuevo, un “Victoria inglés”. Hoy este coche forma parte de la colección del Museo del Transporte de Caracas.

Su partida, en diciembre de 1963, dejó a Caracas sin uno de sus íconos. Pero Billo Frómeta se encargaría de componerle una canción para que Isidoro no pasara al olvido.

Epa, Isidoro, buena broma que me echaste
El día que te marchaste sin acordarte de mi serenata
Epa, Isidoro, cuando vuelvas por Caracas
Explícale a las muchachas que te fuiste lejos sin decir adiós.

Patricia Marcano
Foto: Caracas en Retrospectiva

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Vida Urbana

San Agustín

San Agustín

Hay una sonoridad en la parroquia San Agustín que solo se puede explicar desde la calle. El que vende café casi lo canta, el que atiende la bodega despacha con la música de fondo que sale de un viejo radio, las que limpian los vidrios de sus ventanas van entonando y el que cruza la calle, en vez de saludar, silba. Es como si el sonido formara parte del aire en las calles y las casas de San Agustín.

Pero no es un misterio, es destino. La unión de tres eventos históricos armó ese espíritu: la existencia de uno de los primeros teatros de la ciudad en la década de los 40 – el Alameda- plaza de presentación de grandes músicos, la llegada de gente que venía principalmente de Barlovento y la costa del oriente del país que cargaron con su tradición musical y la rítmica en el ADN, y con ellos el hábito de la vida de pueblo de puertas abiertas que se trasladó al barrio y transformó la vida común en cultura de calle para que nunca más dejara de ser parte de su identidad.

La herencia de San Agustín tiene nombre propio: guaguancó. Sus paredes muestran el orgullo por tantos hijos que le dieron fama, sin duda los más especiales: el grupo Madera, que con su música trascendió a la tragedia que se los llevó en el río Orinoco.

Reinaldo Mijares, gestor cultural y sanagustinero de vida, cuenta parte de esta historia musical viendo el mismo muro en la calle que durante años le sirvió de tarima a estrellas locales e internacionales de la salsa, el jazz y música de todas las sonoridades. “En este barrio se hacía jazz, rock, música cañonera, gaita, joropo, salsa. El movimiento musical era muy fuerte y todos los artistas que venían a Venezuela se presentaban formalmente y después pedían venir a descargar en el afinque”.

El “afinque” les decía el maestro Jesús “el Pure” Blanco a los músicos para que se afincaran en la descarga del sonido de sus instrumentos. Allí en Marín, una calle interna del barrio que por uso y costumbre tiene alma de plazoleta, se armó el espíritu musical que hoy le da parte del nombre a la parroquia. En sus murales se dibuja parte de esa historia que aún se está escribiendo. Al frente, el teatro Alameda reúne el talento de la danza, la poesía, el baile popular, la canción y la puesta en escena de los niños y jóvenes que orbitan a su alrededor, como lo han hecho desde los años 50, como lo hizo con generaciones enteras el maestro de baile Carlos Orta, como lo hizo desde los años 60 el músico cubano Pedro Guapachá que se quedó para siempre a enseñar en San Agustín y como lo hizo Madera con el sonido que reivindicó la afrovenezolanidad.

“Para los niños que nacimos y crecimos en el barrio, lo normal es la música. La mayoría de nuestras decisiones de vida, lo que somos y lo que hacemos es porque la música está allí en la puerta de la casa, en la calle, es el mismo barrio, es nuestra cultura”, dice casi como un soneo, Reinaldo Mijares en medio de esa calle que a media mañana suena a bongó.

Gabriela Rojas
Fotos: Comunidad de San Agustín

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Arquitectura

Torre La Previsora

Torre La Previsora

Desde el aire sirve de referencia. Desde el asfalto funciona como reloj. Su ubicación convierte a la Torre La Previsora en una estructura imponente y determinante de su entorno. Aparte de ser el centro de ruta de los aviones que aterrizan en el aeropuerto La Carlota, según comenta Ramón Eduardo Tello, fundador del proyecto arquitectónico.

La edificio de forma piramidal mide 117 metros de altura y posee 24 pisos para uso empresarial. Comenzó a ser diseñada en 1970 cuando la Junta Directiva de Seguros La Previsora se propuso buscar una edificación que se convirtiera en emblema de la empresa. La decisión fue alzar una estructura propia y para ello la compañía hizo emisión de bonos de dos días para un total de 34 millones de bolívares de entonces, que financiaron la compra del terreno y el desarrollo de la construcción.

El sitio planteó retos, principalmente el alto nivel freático del terreno debido a la cercanía con el río Guaire. Además, se debió adelantar un extenso proceso de expropiaciones de inmuebles colindantes. El contrato fue adjudicado al Consorio Integral Fertec, quienes convocaron un concurso para el diseño arquitectónico que ganaron Francisco Pimentel -sobrino y nieto de los arquitectos Louis Raimond Malaussena y Louis Antonie Malaussena, respectivamente-, Bernardo Borges y Pablo Lasala.

En el proyecto original se pensó dotarla de un restaurante giratorio en la última planta, aunque luego se desistió pues algunos de los directivos pensaban que los comensales “se iban a marear mientras comían”, según relata Tello. Las obras se iniciaron en 1971 y el edificio se inauguró en 1973, coronado por un reloj digital luminoso único en el mundo para aquel momento. Este tuvo que ser ideado y desarrollado en Venezuela por la “Internacional de Control y Registro”, que importó desde el extranjero los componentes del sistema.

El aparato ocupa los laterales de la torre y alcanza cuatro pisos de altura. Fue creado por Ignacio Fungairiño a partir de un reloj suizo Patek Phillipe que da la hora y es reflejada en una pizarra electrónica de 600 bombillos. Su instalación se realizó durante ocho meses, por insistencia del presidente de la compañía aseguradora, pues los diseñadores de la torre se oponían. En lo que sí hubo coincidencia fue en la inclusión de un espacio cultural coronado por una sala de cine en la mezzannina del edificio, que fue referencia de las películas de autor en los 80 y 90.

Victor Amaya
Foto: Hugo Londoño @Huguito

Dirección:
Metro: Plaza Venezuela
Horarios de atención: Lunes a Viernes 9:00am a 4:00pm

Dato: La puerta del edificio es una Cromoestructura del maestro Carlos Cruz Diez instalada en 1992.

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Historia

Teleférico de la Guaira

TelefericoGuaira

Un portón amarrado con unas guayas rojizas muy antiguas da entrada a un viaje en el tiempo: cabinas, torres y estructuras marcadas por las inclemencias del sol, la lluvia y el óxido, son los vestigios de lo que fue el viejo sistema teleférico de Caracas- Litoral, que quedó incrustado en medio del Parque Nacional El Ávila.

El teleférico del Litoral (Ávila – El Iron – Loma de Caballo – El Cojo) se inauguró el 29 de diciembre de 1956 por el General Marcos Pérez Jiménez. El tramo Ávila – El Cojo tiene una longitud total de 7,6 km, posee torres de soporte que varían su tamaño desde 9 hasta 50 metros de altura y el recorrido desde La Guaira hasta El Ávila era de aproximadamente 30 minutos.

Antes de construir el sistema tuvieron que realizar un teleférico de carga, acondicionar la vía de Galipán y hacer un camino que condujera al Humboldt. En ese entonces, los sacos de arena, cemento y las estructuras de metal eran trasladados en burro. Cuando finalmente comenzaron a usar carros para llevar los materiales, estos estaban tan pesados que las dos ruedas de adelante se levantaban y no tocaban el suelo. Cuentan que había dos personas, cuyo trabajo era acostarse en el capo para hacer el contrapeso.

Algunas cabinas, con capacidad para 24 personas, aún conservan los asientos. Llenas de hojas y tierra, dan la impresión que la naturaleza se hubiese apropiado de ellas. Las abejas también han creado su respectivo hogar en uno de los carriles. Dicen que todo aquel que se subía al funicular debía beberse un rico batido de fresas o de mora que se le obsequiaba a modo de bienvenida, con el lema “Si no te lo tomas, no subes”.

Si bien este proyecto tuvo una visión turística no debemos obviar su objetivo militar. Marcos Pérez Jiménez decía que en cualquier momento podíamos tener una invasión. Así que si fallaba la autopista Caracas-La Guaira para la evacuación de la ciudad, estaría el teleférico.

El 7 de agosto de 1977 el sistema sufrió un accidente. Resulta que las dos guayas pujantes se rompieron en el último tramo (Loma de Caballo – El Cojo). Hubo que desalojar inmediatamente las cabinas y todo el sistema. El cartel “Cerrado al público” puso fin a su funcionamiento. Desde entonces, el sistema teleférico del Litoral no volvió a prestar sus servicios. Sin embargo, hay recursos aprobados para su recuperación, así como una maqueta que podemos ver en la estación de Maripérez.

¿Cómo llegar? La Fundacion Historia Ecoturismo y Ambiente (Fundhea) organizan el recorrido y te cuentan la historia que giran en torno a este viejo sistema teleférico.

Minerva Vitti
Foto: Hugo Londoño

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Historia

Botica Velázquez

Botica Velásquez

Los oscuros mostradores de madera de cedro construidos en el siglo XIX preservan el olor característico de las fórmulas medicinales. Sulfato de cobre, flor de azufre, hojas de sen, raíz de valeriana. Los envases de cerámica blanca etiquetados con los compuestos químicos para las recetas han visto pasar a incontables clientes que siguen observando esos estantes un siglo y medio después.

La Botica de Velásquez, el local comercial más antiguo de Caracas, resiste 140 años más tarde, silenciosa en la misma esquina que lleva su nombre en la avenida Lecuna. A esos mostradores llegaron alguna vez los médicos José Gregorio Hernández y Domingo Luciani para formular recetas a sus pacientes. La Botica tiene en su haber la fórmula propia del jarabe Lamedor, remedio para la tos que extendió su fama y que hoy sigue siendo parte de las consultas diarias de quienes llegan buscando medicina para las dolencias.

Los cronistas de Caracas registran que el primer dueño del local fue el doctor y boticario Carlos Punceles, su fundador en 1877, pero el nombre de Velásquez se lo debe al profesor de Latín y Retórica, Domingo Velásquez, quien compró el local y se mudó al edificio donde aún está la célebre farmacia que se convirtió en punto de encuentro de estudiantes, visitantes, amigos y personalidades cercanas al profesor.

Un “barbero cirujano”, un ganador de lotería, un profesor de latín y un médico boticario se cuentan dentro de sus sucesivos dueños.La mayoría de los clientes entra, pregunta y sale. Pero un grupo habitual aparece cada tanto, sin los apuros que permite la tercera edad para saludar y conversar un rato con los dependientes que aún mantienen el hábito de atender a las personas uniformados de bata blanca y con el nombre bordado al frente.

Afuera un mural pintado reproduce la primera imagen registrada de la Botica con un ambiente rural de fondo totalmente ajeno al entorno que hoy la rodea. Pero a pesar del tiempo, el tráfico y el bullicio, con solo dar un paso dentro del pequeño recibidor, la memoria viaja a tiempos nunca vividos que hacen imaginar una Caracas con vías cruzadas por carretas y fórmulas de alquimia para curar.

Gabriela Rojas
Foto: Archivo Audiovisual de la Biblioteca Nacional / Caracas en Retrospectiva

Dirección: esquina de Velásquez con avenida Lecuna.
Horarios: Lunes a sábado de 8:00 am a 5:00 pm

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Arte

Museo de Arte Afroamericano de Caracas

Museo de Arte Afroamericano

Un recinto sagrado. Eso es el Museo de Arte Afroamericano de Caracas. Este espacio, que exhibe una colección de máscaras de culturas milenarias y aborígenes de África, te traslada a un mundo donde lo shamánico se muestra a través de rostros relacionados con la naturaleza y los espíritus. El olor de Congo, Nigeria, Burkina Faso, Camerún, Malí, Guinea, Etiopía y Haití aún se huele en estas piezas que cuentan su historia y su grito de resistencia.

Todo comenzó hace más de cuarenta años en Nueva York, cuando Nelsón Sánchez Chapellín, director y fundador de esta institución museística, compra la primera pieza de arte. Una colección que ahora cuenta con alrededor de cinco mil piezas de la cultura africana, la más grande de Venezuela y posiblemente de Latinoamérica. Aparte, de una colección bibliográfica especializada, de discos y videos que pueden consultarse en su Centro de Investigación y Documentación.

“Somos afrodescendientes, no importa el color de la piel o de dónde sean tus abuelos. Todos los hombres venimos del continente africano, porque allí está el origen de la vida”. Nelson Sánchez Chapellín.

El Museo de Arte Afroamericano de Caracas existe físicamente desde hace cinco años en la  urbanización San Bernardino, pero había sido ideado y puesto en marcha por la Fundación Nelson Sánchez Chapellín hace varias décadas atrás. Las piezas permanecían en un apartamento de 200 metros en Las Mercedes, donde pasantes ayudaban en la clasificación. Y, de tanto en tanto, se hacían exposiciones itinerantes en algunas comunidades del estado Aragua.

Hoy, este espacio se ha convertido en un aula abierta, ya que es constante la actividad formativa y talleres, donde estudiantes de colegios, universidades y grupos de diversa índole, se aproximan al conocimiento de lo afroamericano. Además, se presentan conciertos y exposiciones.

Minerva Vitti
Foto: Museo de Arte Afroamericano

Dirección: Avenida Occidente, urbanización San Bernardino, una cuadra antes de llegar al IESA.
Mapa: https://museodearteafroamericanocaracas.wordpress.com/ubicacion/
¿Cómo llegar?
Transporte público desde la estación Bellas Artes. El bus te deja al frente del museo.

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Gastronomía

Café Noisette

Café Noisette

Siempre suena jazz de fondo. Otras veces, una banda toca en vivo. Pero la música nunca falta. En una mesa, una pareja conversa en francés. Del otro lado, una maestra del Colegio Francia degustando una crêpes En las paredes, hay retratos de la gran Édith Piaf y afiches que recuerdan a París. Ningún detalle es al azar. Todo en Café Noisette está dispuesto para que quien entre tenga que la sensación de que no está en Caracas sino en un bistró parisino.

Exactamente así se lo imaginaron sus dueños Marc Manceau y François Roux. Nacidos y criados en Francia, quienes se enamoraron del Caribe y en el 2000 decidieron hacer vida aquí. Pero mucho extrañaban su Patria y pensaron que la idea de abrir un café como los que se encuentran en cualquier calle del país europeo los haría sentir cerca de casa. Después de dar vueltas, encontraron su espacio en La Carlota, donde existe un pequeño circuito francés, formado por la pastelería La Galia y el Colegio Francia. Han pasado siete años y se sienten orgullosos de la buena fama que los cobija: “Sin publicidad poco a poco se fue llenando de gente, aunque no es una zona muy transitada”, dice François con su español bien aprendido.

Como buen local inspirado en París, la carta es muy importante. Está mitad en francés, mitad en español. Hay crêpes dulces (glaseadas, con nutella y frutas), crêpes saladas (queso de cabra, pollo, nueces, queso, ajoporro), tartines (tostadas con quesos, patés, fiambres), distintas ensaladas. Entre los postres, además de las tartas, está el fondant de chocolate con crema inglesa que es el favorito de muchos. Y no puede faltar el café, de buen sabor, cultivado de forma artesanal en Biscocuy, Portuguesa.

Es un lugar para desayunar, almorzar o merendar. Y es muy probable que su orden la prepare Marc Manceau o François Roux, quienes con simpatía suelen atender al público. Hay un plus: la música en vivo. Muchos egresados de las filas del Sistema de Orquestas ofrecen conciertos íntimos de jazz cada miércoles, jueves, viernes y sábados, desde las 6:00 de la tarde hasta las 7:45 de la noche.

Erick Lezama

Dirección: Av principal de la Carlota, edificio Marco Aurelio, PB. La Carlota.
Horario: lunes y martes: 12 am a 7pm / Miércoles a viernes: 7:30am a 8 pm Sábados: de 8:30am a 8pm.
Estación del metro: Los Dos Caminos

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