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Abril 2017

Historia

Semana Santa

SemanaSanta

Era Miércoles Santo en Caracas. Año 1902. Los caraqueños se volcaron a la Basílica de Santa Teresa para rezarle al Nazareno de San Pablo. Aún estaban frescos los recuerdos del terremoto que sacudió la ciudad el 29 de octubre de 1900 a las 4:42 a.m. el cual dejó 21 muertos y más de 50 heridos.  Cuenta José García de La Concha en su libro Reminiscencias Vida y costumbres de la vieja Caracas que cuando se celebraba la misa mayor a las 9 de la mañana se escuchó un grito: ¡misericordia, temblor! La reacción la produjo un cuadro que cayó de la pared y generó una confusión entre los feligreses exaltados por el recuerdo del terremoto. El pánico se expandió y los fieles salieron despavoridos, generando un tumulto que dejó heridos y dicen que hasta muertos.

“En la iglesia sólo quedo el altozano alfombrado de paraguas y sombrillas, faldas y zapatos, carrieles y andaluzas e infinidad de cosas. Muchos años más tarde encontraba a una señora con la oreja partida y nos decía: Mijito, eso fue cuando el zaperoco de Santa Teresa” . José García de La Concha en su libro Reminiscencias Vida y costumbres de la vieja Caracas,

Cincuenta años después. Un 9 de abril de 1952, para ser más exactos. Miércoles santo en Caracas. . La Basílica de Santa Teresa fue de nuevo escenario de un acontecimiento. Monseñor Hortensio Carrillo oficiaba la misa. El recinto estaba abarrotado de fieles, cuando de pronto se escuchó a alguien gritar: ¡fuego! El miedo se apoderó de los fieles, quienes corrieron en masa buscando la salida. Pero algunas puertas estaban cerradas y el pánico se adueñó de la situación. 49 personas resultaron muertas, entre ellas 24 menores de edad.

En esos días, los santos más venerados eran: El Domingo de Ramos, el Jesús del Huerto, de la Capilla de la Trinidad; el lunes, el Jesús en la Columna, de La Candelaria. Para el martes, La Humildad y la Paciencia, de Catedral; el miércoles, los Nazarenos de Santa Rosalía y el de San Pablo; el Jueves el Cristo de Burgos, en la Altagracia, y para el viernes, la gran solemnidad de la Dolorosa y el Santo Sepulcro de San Francisco.

Los jueves y viernes santos no circulaban los tranvías ni los coches de alquiler. Mientras que los negocios cerraban desde el jueves al mediodía hasta el sábado después del Aleluya. Los caraqueños, entretanto, se reservaban sus mejores trajes para lucirlos en Semana Santa. Tanto que sastres y modistas estaban atareados por aquellos días.

La gran  solemnidad era el jueves santo, en La Catedral. De la Casa Amarilla a la puerta principal de la Catedral, estaba tendido en dos filas un batallón en uniforme de gala. Himno Nacional, ¡Presenten armas!, y hacía su entrada el Presidente de la República, quien recibiría las llaves del Sagrario del señor Arzobispo.
Para la procesión, el Presidente tomaba el pendón y los ministros el palio. Y era de oír emocionado  en medio de tanta solemnidad la célebre marcha fúnebre de Pedro Elías Gutiérrez “Viernes Santo”. En la tarde escuchábamos las siete palabras, los mejores oradores sagrados se dejaban oír y la sacra música con las mejores voces de Caracas alternaban  y llegaban al espíritu de los fieles.

Caracas en Retrospectiva

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Arquitectura

Parque Central

La construcción de Parque Central fue el evento arquitectónico que marcó la ciudad en la década del setenta, según reseña la Guía de Arquitectura y Paisaje de Caracas. Ese proyecto, que prometía ser en sí mismo una ciudad moderna y ofrecer un nuevo modo de vivir, fue concebido por los arquitectos Daniel Fernández-Shaw y Enrique Siso como un conjunto de usos múltiples. Algo nunca antes visto. Ocho edificios residenciales convivirían con oficinas, comercios, museos y salas de convenciones. Todo construido con criterios de vanguardia: un sistema de extracción de basura al vacío, suministro de agua por tuberías de cobre y aire acondicionado integral con agua helada.

Todo lo que prometía el futuro, estaría en Parque Central. Tanto, que el complejo arquitectónico se vendió con el eslogan “un nuevo modo de vivir que nada tiene que ver con el pasado”. Aquel material promocional que se le ofrecía a los futuros propietarios señalaba que el complejo contaría con los más modernos servicios, ascensores con capacidad para 24 personas, sistema de vigilancia por circuito cerrado de televisión las 24 horas y alarmas contra incendios en todos los pasillos.

 

Archivo Daniel Fernández-Shaw Escari0

Aparte, los apartamentos tendrían sanitarios sin tanque de agua, lavamanos con mezclador único de agua fría y caliente, pisos alfombrados sobre base de espuma de caucho y paredes decoradas con una combinación de pintura y tapizado. Todo ello inmerso dentro del paisajismo diseñado por el artista brasilero Roberto Burle Marx, el mismo que dirigió el proyecto del Parque del Este.

“Parque Central era una joya”, afirma Carlos Sánchez, residente del conjunto desde hace 37 años y dueño de un taller mecánico en el sótano 3. “Era tranquilo. Seguro. Era un conjunto residencial de puros profesionales. No tenías necesidad de salir porque aquí había de todo. Restaurantes, discotecas, cine, bancos. Era tu propio hábitat dentro de la ciudad”, agrega.

En aquellos inicios, la estructura se convirtió en una proyección de país. Era un reflejo de sus sueños, de lo que quería ser. De una ciudad moderna, democrática e inclusiva, según palabras del investigador Vicente Lecuna. “Parque Central fue un gran proyecto de desarrollo. Pero se construyó para un país inventado de la nada, que surgió de una modernidad instantánea, que no existe”, añade.

Mirelis Morales Tovar

 

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Gastronomía

Caffé Piú

Al entrar, verá un mensaje en italiano fijado en una pared : “Un angolo di mundo qui”, que traducido al español significa “Un ángulo del mundo aquí”… De eso precisamente se trata la experiencia de ir a Caffé Piú. Sentir que no se está en un sitio cualquiera, sino en un ángulo del mundo, en un lugar especial, donde el café es el protagonista y la excusa perfecta para pasar un rato en un pequeño local, rodeado de antigüedades y de una colección de objetos, que tienen significado para sus dueños Gian Franco Misciagna y su esposa, Marbelis Daliz.

Aquí, el menú de aromáticos va desde los clásicos capucchino, expreso y nocciola. Hasta variedades como Lima’s Piú (expresso y ralladura de limón), Andrea’s (ponche crema +  expresso + leche + extracto de vainilla), Da’Piú (leche condensada + expresso + canela + leche + cacao), entre otras mezclas. Que bien puede acompañar con sus empañadas de harina de trigo, panninis o tortas.

Gian Franco es quien suele estar detrás de la barra, manejando con experticia su máquina de café. Tal y como lo aprendiera de su padre, Giovanni Misciagna, fundador del Café Vomero (1959). Así que si alguien sabe hacer un buen café en Caracas, es precisamente él. Pero vale advertirle que es un personaje. Por tanto, no le extrañé si Gian Franco lo recibe cantando o tocando su bocina en forma de gallina. O si le pide que le ayude a arreglar las mesas y sillas de la terraza mientras termina de abrir el local. Su carisma le da autenticidad a Caffé Piú.

Llegar no le será ningún problema, pues Caffé Piú está ubicado en una esquina estratégica de la calle Chama de la urbanización Bello Monte. Estacionar sí, porque sólo cuenta con tres puestos en su frente. Pero sepa que todo tiene una razón de ser. Sus dueños son fieles defensores de los derechos de los peatones. Incluso, verá carteles en la fachada defendiendo el uso de la acera. Por tanto, bien podría decirse que Caffé Piú fue pensado para vivir la ciudad idílica, aquella donde se puede llegar a un sitio caminando, sentarse en la terraza al aire libre a tomarse un buen café, toparse con intelectuales e irse a casa al final de tarde con un buen gusto de haber pasado un rato agradable en una esquina del mundo.

Horario:

Lunes a Viernes: 8 am a 7 pm / Sábado: 9 am a 3 pm

Mirelis Morales Tovar

 

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