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marzo 2017

Historia

Radio City

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Su esplendor lo alejó de la simple denominación de una sala de proyección y lo colocó en la categoría patrimonial de “palacio del cine”. Para la década de los años cincuenta, el Cine Radio City se presentó como el emblema de la modernidad caraqueña y como el símbolo de la ciudad cosmopolita, por utilizar los criterios más avanzados de la época y los estilos arquitectónicos más vanguardistas. De allí su inspiración en su homónimo neoyorquino, que se erige en el Rockefeller Center de Manhattan desde 1932.

Este palacio cinematográfico abrió sus puertas al público el 15 de abril de 1953, con la proyección de la película Mesalina de la primera actriz María Félix. “La mujer más perversa en toda la historia del mundo en una película extraordinaria para un teatro excepcional”, rezaba el anuncio de aquel entonces, según comentó Guillermo Barrios, autor del libro Inventario del Olvido.

El diseño del Cine Radio City fue el reflejo de los tiempos de posguerra. De acuerdo con el arquitecto Nicolás Sidorkovs, la introducción de líneas curvas y acabados más suaves concordaban con esa respuesta anímica de deshacerse de los elementos agresivos y rígidos. “Aunque el Radio City conservaba algunos elementos rígidos en su interior, el lobby, los escalones y la forma -tanto en el plano como en el espacio- eran circulares. Asimismo, el cine se acopló a ese ambiente fantasioso de la época: tanto sus taquillas con forma de cuerno, como aquellas sirenas que se elevaban alrededor del arco de la pantalla eran elementos que carecían de agresividad”, afirmó Sidorkovs, autor del libro Los Cines de Caracas en el Tiempo de los Cines.

El Radio City fue la primera sala del sistema metropolitano que introdujo la innovación del cinemascope. “Radio City se prestó, junto al Junín, a la introducción del sistema de la 20th Century Fox que, a partir de lentes anamórficos, propone experiencias de proyección sin precedentes sobre inmensas pantallas cóncavas y sonido estereofónico”. reseñó Barrios en un trabajo publicado en la revista En Caracas.

El general Marcos Pérez Jiménez era un asiduo visitante y disponía de un palco presidencial en la parte posterior de la sala, para disfrutar de la innovación de aquella pantalla que cubría en todo lo ancho y largo el frente del escenario, con terminaciones curvas para no deformar la imagen. “A pesar de que el Radio City seguía la misma tendencia del resto de los cines del Este de tener sólo localidad de patio, se diseñó un pequeño espacio para que el presidente disfrutara del cinemascope. A ese palco se le construyó un pasadizo oculto para que el público no lo viera entrar ni salir de la sala”, recordó Sidorkovs.

Antonio García, quien frecuentó el cine en sus años de juventud, recuerda: “El Radio City era una especie de oasis, pues luego de recorrer el bulevar de Sabana Grande era un lugar propicio para el descansar, mediante el disfrute de una buena película. Además era un sitio muy familiar y el punto de encuentro de muchas personalidades por su cercanía con el Gran Café

Mirelis Morales Tovar

 

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Arquitectura

Plaza Bolívar

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Plaza Bolívar hay muchas. Sobre todo en este país. Cada pueblo, por muy pequeño que sea, tiene su espacio reservado para homenajear a El Libertador. Y Caracas obviamente no es la excepción.

La Plaza Bolívar es el centro neurálgico del casco colonial de la ciudad. Se creó en 1567 con el nombre de Plaza Mayor, en el lugar donde indicó Diego de Losada, fundador de la ciudad. A lo largo del tiempo ha cambiado de forma y función. Sin embargo, siempre ha sido lugar de encuentro de los caraqueños.

Su visita es parada obligada, no sólo porque alrededor de ella encontramos edificaciones históricas significativas, tales como la Catedral, la Casa Amarilla o la Gobernación, sino porque allí en ese mismo suelo nació Caracas hace cuatrocientos cincuenta años.

En el centro de la Plaza Bolívar se eleva una gran escultura de El libertador Simón Bolívar, del escultor Adán Tadalini, que data de 1874. Escondido bajo su pedestal, antes de su inauguración, el ex presidente Antonio Guzmán Blanco colocó una caja del tesoro con reliquias de la época como fotografías, libros y hasta billetes, la cual sigue allí intacta desde entonces. Ojo, ni haga el intento de subir en su pedestal, porque está prohibido.

En la zona siempre hay gran cantidad de personas, circulando por la plaza o sentados en sus bancos. Es normal ver a los niños alimentar las palomas o las ardillas negras que viven en los frondosos árboles (sí, son negras y casi no se ven así en ningún otro lugar). Vendedores de dulces se pueden encontrar a los alrededores de la plaza, al igual que varios cafés, chocolaterías y restaurantes, donde podrás sentarte a descansar. Incluso entre las esquinas Padre Sierra y Conde hay un lugar donde hasta no hace mucho se podía comprar una torta melosa, que se dice provenía de la misma receta que fuera favorita de Simón Bolívar.

No se recomienda ir en carro, pues es muy complicado estacionar en la zona. Lo mejor es tomar el metro y bajar en la estación Capitolio, salida “Esquina la Bolsa-Padre Sierra”. Allí saldrá enfrente de la Asamblea Nacional, solo deberán bordearla hacia su mano izquierda y llegarán directamente a la Plaza.

Stefany Da Costa
Co-Fundadora de Urbanimia

Foto: Hugo Londoño @Huguito

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Arquitectura

Teatro Nacional

El Teatro Nacional fue construido por órdenes del presidente Cipriano Castro, a quien su esposa Doña Zoila de Castro le había sugerido construir otro teatro en la ciudad que fuera más lujoso que el Teatro Municipal.

Para cumplir los caprichos y deseos de Doña Zoila, el entonces presidente buscó al arquitecto Alejandro Chataing, quien trabajó junto al pintor Antonio Herrera Toro, el ebanista José María Jiménez y el escultor catalán Ángel Cabré.

Para su construcción se eligió el terreno que ocupaba el cementerio de Los Cipreses, el cual formaba parte del Oratorio de San Felipe de Neri.

El Teatro Nacional se inauguró el 11 de junio de 1905 con la presentación de la zarzuela “El Relámpago”. Este recinto cuenta con una capacidad de 797 butacas y un elegante interior donde los acabados de madera marcan la pauta. En su fachada se encuentran dos enormes columnas y, al final de ellas, dos estatuas que significan la comedia y la tragedia.

Arq. Ricardo Castillo G.
Director de Arquitectura Venezuela.
Twitter @Arquitecturavzl / Instagram @Arquitecturavzl / Facebook Arquitectura Venezuela

Foto principal: Hugo Londoño @huguito

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Arquitectura

Iglesia Ortodoxa Rumana de San Constantino y Santa Elena

Su estructura se pierde entre el follaje natural que la rodea. Sólo se divisa una nave que se asoma entre los árboles y es precisamente lo que llama la atención de los más curiosos. “¿Y esa casa de madera qué será?” se preguntan quienes circulan por la avenida Sur de La Lagunita.

Se trata de la Iglesia Ortodoxa Rumana de San Constantino y Santa Elena. Una verdadera joya arquitectónica. Ya sabrá por qué. En el mundo sólo existen 15 templos religiosos de este tipo y sólo dos se encuentran fuera de Rumania, según reseña el catálogo de Patrimonio Cultural en su capítulo dedicado al municipio El Hatillo.  Así que es un privilegio contar con este templo que constituye una muestra de la arquitectura religiosa ortodoxa del siglo XVI.

Al visitarla, uno no sabe si es más bella por dentro o por fuera. Este templo fue ensamblado pieza por pieza por artistas rumanos que vinieron especialmente al país para edificar esta iglesia que se inauguró el 7 de noviembre de 1999. Está construido de madera (roble y abeto), prefabricada y traída especialmente de Rumania. El techo lo conforma 40 mil tejas que fueron talladas y colocadas una a una.

Su interior está decorado con imágenes neo-bizantinas, elaboradas por artistas rumanos. Y aparte cuenta con otra particularidad: una angosta escalera que fue tallada en un sólo tronco.

Si tiene la oportunidad de visitarla, tómese el tiempo de ver cada detalle. No vaya a la carrera porque se perderá de apreciar, por ejemplo, el iconostasio propio de la iglesias ortodoxas, que es una pantalla o pared llena de íconos o imágenes de santos. En este caso, la estampa de nuestra Virgen de Coromoto no podía faltar como símbolo de unión entre dos culturas.

Mirelis Morales Tovar

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Personajes

William Niño: el novio de Caracas

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Él veía lo que otros no lograban ver. Era su curiosidad innata y esa mirada tan acuciosa lo que hacía que William Niño Araque revelara una Caracas que sus habitantes les sonaba desconocida. Su amor por lo estético, por la belleza, tan propia de su oficio de arquitecto, le confería esa sensibilidad para apreciar más allá del objeto. Por eso, como buen enamorado, siempre quiso mostrar el lado más hermoso de su ciudad. Sin obviar, claro está, las fallas que la carcomen.

“La curiosidad innata de William hizo que descubriera la ciudad de Caracas como su refugio favorito en el mundo”, comenta la urbanista María Isabel Peña. “Su amor por la buena arquitectura y por los personajes detrás de cada lugar y cada edificio, lo llevaron a ir más allá. Siempre fue un niño explorador… Logró ver lo que ya todos cansados no veíamos ni oíamos. Incluso, las sombras, lo oscuro. Recuerdo aquella pregunta que le hizo alguna vez Federico Vegas: A ver William ¿cuánto es que somos en Caracas? A lo que él respondió, luego de pensar un rato seriamente: ¿con o sin pájaros?”.

Era caraqueño nato. No “gocho” como algunos llegaron a creer. Nació en Caracas el 03 de marzo de 1954, en el seno de una familia oriunda de San Cristóbal. Eso si. Era el mayor de cuatro hermanos. Su apego a la familia lo mantuvo hasta el final, pues nunca rompió con la costumbre de almorzar religiosamente en casa. Esmeralda Niño recuerda que desde siempre quiso estudiar arquitectura, pues estaba muy unido al tema de las artes plástica. Su padre le fomentó ese interés y estimuló su curiosidad por recorrer la ciudad.

“Mi padre era comerciante y William lo acompañaba siempre en sus recorridos”, recuerda Esmeralda. “Ambos fueron a la inauguración del teleférico y le gustaba pasear por los mercados libres de Caracas”.  Esos paseos los evocaba William con tal entusiasmo entre sus amigos y colegas, que algunos piensan que esa fascinación por la ciudad viene desde la infancia. “Él siempre contaba esos paseos con su padre por el centro, hablaba sobre la fascinación que le producía las torres del Centro Simón Bolívar, el goce infinito de atravesar los túneles de la autopista de la Guaira y el gusto por los mercados del Cementerio y San Martín”.

Su capacidad de sorpresa no dejaba de impresionar al fotógrafo Vazco Szinetar. Esa facilidad para entender las ciudades y compartir esa mirada tan suya, que siempre resultaba ser una visión creativa del mundo urbano. “Andar por la calle con William era fascinante. Era hacer una revisión de la ciudad, por donde uno habitualmente va ensimismado. Era un ejercicio de conocimiento. Él se planteaba de manera espontánea conocer la ciudad. Le deba una mirada acuciosa, creativa… Para William, la ciudad era una tarea”.

Ese afán de hallar y ese curiosidad inquietante que lo caracterizaba, caminaba de la mano de una necesidad imperiosa por compartir aquello que descubría. De no quedárselo para sí. Lo que explica por qué se empeñó durante el tiempo que estuvo en la Galería de Arte Nacional y en la Fundación para la Cultura Urbana, a emprender proyectos de difusión. Fuesen exhibiciones, publicaciones, programas de radios o lo que su mente se atreviera a proponer para divulgar sus hallazgos y contagiar al resto de los mortales de aquello que lo apasionaba.

“William quería enamorar a todos del entusiasmo que le producían sus hallazgos sobre la belleza en la arquitectura, sobre la sabiduría de la naturaleza. De las señoras de Caracas en sus jardines, de las vistas tan insólitas que experimentó al sobrevolar nuestra ciudad o la comprensión integral de su país a través de álbumes de familia”, afirma Peña.

“El legado de William Niño Araque no es nada desdeñable”, agrega Marco Negrón. “En primer lugar hay un conjunto variado de libros sobre temas de ciudad, que aun no siendo todos de su autoría directa, si respondieron a su iniciativa y a su tenacidad para que se materializaran. Aparte, hay un conjunto de videos sobre el tema urbano, que vieron luz gracias a su iniciativa.  Y por último su labor museográfica, que hizo posible la realización de exposiciones sobre la obra de Tomas Sanabria, Jimmy Alcock, Cipriano Rodríguez y aquella titulada “1950:  el espíritu moderno”, que para muchos fue una revelación sobre un período en la historia del gusto venezolano no siempre valorado”.

Ya sea en un formato o en otro, William logró hacer lo que, a juicio de sus allegados, nunca había hecho nadie: mirar la ciudad integralmente. Primero entendió su naturaleza: los vientos, las cercanías con el mar, la frontera vegetal; luego explicó su condición moderna, sin nostalgias por el pasado armónico de “la ciudad que no fue” y, después, trató de encontrarle salidas a su fracaso actual. No en vano inventaría el concurso “100 ideas por la ciudad”.

Su pensamiento quedó plasmado en más de 230 artículos que publicó en el Diario El Nacional, desde finales de la década de los setenta. Hacer un compendio de sus mejores textos fue su gran anhelo. Pero los múltiples compromisos que asumió, por esa manía suya de no saber de decir que no, lo llevaron a postergarlo. “Todo lo que tenía que ver con él tendía siempre a desplazarlo, porque se comprometía con demasiadas cosas. Incluyendo su salud”, cuenta Esmeralda.

La muerte inesperadamente le llegó el 17 de diciembre de 2010, a la edad de 56 años.  La ciudad entera lloró la partida de quien fuera el “Novio de Caracas”. Sintió el pesar de perder a un amante honesto, apasionado y fiel. Creyente de que vivíamos en un lugar único por tener, en pleno centro, un jardín vertical de 85 mil hectáreas llamado Ávila. Pero convencido de que padecía de la incomprensión tanto de sus habitantes como de sus gobernantes.

Mirelis Morales Tovar

Fotografía: Natalia Brand para el-universal.com. Asistente de fotografía: Anita Carli. Fotoilustración: Gabriel Naranjo, publicada originalmente en La Caracas de William Niño Araque.

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