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Con la llegada del Obispo Diez Madroñero a Caracas, en el siglo XVIII, los Carnavales se convirtieron en tres días de rezos, rosarios y procesiones, por considerar que eran fiestas pecaminosas.

Al arribar el Intendente José Abalos, volvió nuevamente el Carnaval a Caracas, aunque de forma más refinada. Se celebraba con comparsas, carrozas, arroz y confites, dejándole a los esclavos y a la plebe los juegos con agua y sustancias nocivas.

El juego del Carnaval con agua, harina y otras sustancias nocivas era de una violencia considerable. Así como los bailes callejeros -entre los que resaltaban el fandango, la zapa y la mochilera- que permitían entre hombres y mujeres contactos físicos inaceptables para la moral entonces.

Durante el gobierno de Antonio Guzmán Blanco, se realizaron elegantes celebraciones. Este presidente se propuso acabar con la constante agresión con agua y darle paso a un Carnaval con numerosas comparsas y disfraces, así como confettis y perfumes.

La tradición de la guerra de agua durante los Carnavales tenía muchos detractores. Ya en 1866 se quejaban. En una suerte de Correo del Pueblo para dar tribuna a la ciudadanía, El Federalista transcribía en su número 747 —con el título Carnestolendas— las palabras de un muy molesto Benigno Goya, a propósito de la inminente llegada del Carnaval:

“Se acercan esos olvidados días en que toda persona que se estime tiene que privarse de salir a la calle, en atención a que, según parece, nuestros abuelos acordaron que en el año debían tratarse las personas con consideración durante trescientos sesenta y dos días, y los restantes faltarse el respeto, lo cual no es muy apetecible; según el decir de muchos, las palabras ‘carnes tollendas’ (carnes quitadas) quieren decir abuso; esto es, echarle agua a toda persona que se encuentre fuera de su casa; porque, según ellos, ‘son días de eso’; mas como se ve, las mencionadas palabras latinas no autorizan a tanto; y desearíamos que el ciudadano Prefecto aboliese, o por lo menos restringiese en la capital ese abuso que impropiamente se llama juego, y que, bien mirado, no es otra cosa que una fuente de desórdenes y delitos”.

 

Llegó a decirse que por aquella práctica del viejo Carnaval “Caracas tenía que cerrar sus puertas y ventanas, la autoridad las fuentes públicas y la familia que esconderse para evitar ser víctima de la turba invasora”. Cosa muy distinta se decía de las fiestas que vinieron a partir de 1878 durante el mandato de Antonio Guzmán Blanco, que se catalogó como la era de las fastuosas fiestas del rey Momo, con esos aires cosmopolitas y parisinos legados por “El Ilustre Americano”.

Así llegó al siglo XX la tradición del Carnaval con carrozas, disfraces, bailes populares y en salones refinados. A mediados de los años cincuenta y hasta finales de los sesenta, apareció un nuevo elemento: las famosas «negritas», quienes escondían la identidad en el disfraz para disfrutar sin complejos de la festividad.

En tiempos de Juan Vicente Gómez, los carnavales eran un alarde de solemnidad y todos salían a la calle a ver los desfiles, cual si se tratara de una procesión.

Mientras que en la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, las fiestas eran de gran tronío en calles, templetes, clubes y hoteles. Miles de mujeres disfrazadas de negritas acudían al grito de llamada que decía “en el Ávila es la cosa”. Por lo menos, 40 orquestas extranjeras visitaban la ciudad. No había desorden y todos los días se protagonizaban desfiles por las calles. La gente se apostaba en las aceras y gritaban “aquí es, Aquí es” esperando recibir caramelos de los carros y carrozas.

Entre los años 60 y 80, las fiestas de Carnaval se fueron enfriando en Caracas y quedaron sólo para los niños, Sin embargo en la mayoría de los pueblos esta fiesta ha conservado su tradición.

María F .Sigillo – Caracas en Retrospectiva
http://mariafsigillo.blogspot.com

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mimoto

The author mimoto

Periodista. Ciudadana de a pie, de a moto y de autobus. Autora del blog www.caracasciudaddelafuria.blogspot.com. Culpable del proyecto "Caracas en 450".

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