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Vida Urbana

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Catia

Catia

I
Unos de los sabores más arraigados de mi infancia era comer arepas rellenas con un tipo de jamón serrano que mi papá llevaba a casa con frecuencia. Esta delicia gastronómica se hacía en Catia. Papá trabajaba en la Giacomello, la fábrica de jamones, fiambres y embutidos que quedaba muy cerca de la Plaza Pérez Bonalde de Catia y que había sido fundada por un inmigrante italiano a principio de los años 50, el señor Felice Giacomello, oriundo de la región de la Emilia-Romagna.

La fábrica quedaba en una bella casa de piedra en forma de Castillo. Cuando el negocio prosperó, el señor Giaconello a mediados de los 70 decidió mudar la fábrica a un espacio más grande en Corralito, en la zona de Carrizal cerca de Los Teques, y en la casa del Castillo quedó viviendo la señora Sofía, una italiana risueña y bondadosa.

Cuando alguien nombra Catia, yo hablo del Castillo e italianos. Hace un año decidí ir en busca de aquel Castillo de los recuerdos. Viajé en metro, me bajé en la estación de Pérez Bonalde, caminé hasta la plaza homónima, seguí por una lateral y sin dar muchas vueltas lo hallé: un castillete de piedra con fachada de muralla medieval coronado con una bandera de Venezuela se ubica justo en la esquina entre la calle Argentina y la avenida Washington de Catia.

Ahora funciona allí una venta de cerámicas. Igual lloré, un collage de imágenes de inmediato pasaron por mi mente: mi papá jovencito, la señora Sofía merendando con mi mamá, las de sus hijos Walter y Pedro, y los amigos italianos de papá: Doménico, Pascual, Fabrizio y Gilda. También recordé los productos Giacomello: la mortadela italiana, los salchichones tipo Milano y Napoli, el jamón espalda, el jamón tender que comíamos en Navidad, y obviamente mi preferido: el jamón curado tipo Parma (el jamón serrano italiano).

Aunque parezca un argumento más de un guión de José Ignacio Cabrujas (también catiense), un industrial italiano venido de Egipto producía en el corazón de Catia el mejor prosciutto di Parma, que no tenía nada que envidiar a los que, con denominación de origen, se hacían en la terre matildiche.

II
Aunque Catia no solo fue el lugar de los italianos. Miles de inmigrantes provenientes de toda Europa y de algunos países árabes hicieron de esta comunidad en el Oeste de Caracas su hogar desde los años 40 del siglo XX.

En la zona de Alta Vista, en Catia, se asentaron un grupo de familias rusas, polacas, ucranianas, húngaras y eslovacas. La mayoría de ellos llegaron a La Guaira en 1947, en el famoso barco USS General S.D. Sturgis, vinieron al país huyendo de los horrores de la Segunda Guerra Mundial.

Una amiga de mi madre de toda la vida es rusa, Valentina, su esposo, Esteban, era polaco. La señora Valentina, con 90 años a cuestas, aún vive en Catia y hasta hace poco, en Semana Santa, nos mandaba un pan de pascua ruso con una corona blanca azucarada, muy parecido a un panettone, y huevos de pascua pintados de colores azul, rosa, naranja, amarillo y verde.

Pocos sospecharían que en Alta Vista, hasta el 2012, se ofrecían misas en una iglesia ortodoxa rusa ubicada en esta parte alta de Catia, pegada a la falda de El Ávila, y las oficiaba el Padre Alexander en ruso.

III
Aprovechando mi visita tras la pista del Castillo, desde la esquina de la casa de piedra caminé entre la quinta y sexta avenida, a lo largo de la calle Argentina, buscando la casa “de 9 cuartos” donde vivió Cabrujas. Miraba sus techos tratando de reconocer la famosa azotea donde leyó de adolescente “Los Miserables”, de Víctor Hugo, que según el dramaturgo fue el día exacto en el que decidió ser escritor.

Caminé luego hasta la plaza Pérez Bonalde, erigida en honor al poeta de “Vuelta a la Patria”, vi sus bancos y árboles e imaginé cómo serían esas tertulias del “grupo de la plaza” conformado nada menos que por un Cabrujas con ganas de trascender y conocer mundo; un Jacobo Borges quinceañero que dibujaba sobre el suelo de la explanada bocetos en carboncillo y tiza; un escritor Oswaldo Trejo, quien tal vez se inspiró acá para crear “Cuentos de la primera esquina”; y el cineasta César Bolívar, a quien no puedo dejar de rememorar por su maravillosa película “Domingo de resurrección”. Todos eran amigos y vecinos. La plaza era el punto en encuentro de una cofradía de artistas e intelectuales incipientes que también conspiraban desde el oeste en contra del dictador Pérez Jiménez, en esa Caracas de los 50 que se debatía entre la modernidad y la tiranía.

IV
Pocos metros al sur de la plaza está la bella estructura del Mercado de Catia, inaugurado en 1951. Dentro del recinto cuelgan sobre un mostrador una mortadela Giacomello, una tira de salchichas alemanas marca Bavaria y un paquete de pan pita del Arabito (cuya sede original está muy cerca, en la calle Colombia, detrás del Mercado).

Al lado, en el puesto de las especies se consigue cardamomo, azafrán, pimienta negra, cilantro en polvo, clavo, canela, nuez moscada, paprika y una mezcla de especies libanesas conocida como baharat. Unos puestos más allá, donde el gallego José, se exhibe una colección de aceites de oliva extra virgen y una variedad de aceitunas que incluye olivas griegas.

En la frutería de las portuguesas hay mamón, ciruelas, lulo, fresas, cambur titiaro, melocotón, manzanas, peras, nueves y avellanas. Muy cerca venden empanadas de cazón, caraotas, dominó, queso y carne mechada, ofrecen además jugos de guayaba, parchita, guanábana, níspero, papelón con limón y tres en uno. En un angosto pasaje que conduce hacia la venta de hierbas y gallinas vivas, en el puesto de María, se lee en un pequeño cartel: “Catia es mezcla y tiene tumbao”.

Jonathan Gutiérrez
Foto: Alberto Rojas @chamorojas

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Cuevas del Indio

Cuevas Del Indio

Un hombre mira hacia arriba. Una de las tantas paredes de piedra irregular del Parque Recreacional Cuevas del Indio se alza a sus pies. Porta zapatos para escalar y ropa deportiva. Un arnés le envuelve la cintura y las piernas, del que cuelgan mosquetones rojos, cintas exprés y un puñado de cuerdas grises. Se mete la mano izquierda en una pequeña bolsa que también le cuelga cerca del coxis. La saca llena de un polvo blanco. Se choca ambas manos, las frota y estira su brazo derecho hasta el recodo más cercano que alcanza, mientras otro hombre vigila su ascenso desde tierra.

El mapa del sitio que recibe a los visitantes indica tres puntos como ese para practicar escaladas. Cerca de 200 personas lo frecuentan en un fin de semana. La Hormiga, El Puente, El Tobogán, La Garganta… los mismos escaladores han etiquetado sus recorridos en vertical. Paran sus carros, camionetas o motos en el estacionamiento del recinto y se adentran en la naturaleza con morrales a cuestas. Algunos simplemente con las cuerdas en la mano. No necesitan más.

Mientras se anda por los senderos ya delimitados por el humano, el sonido de las chicharras opaca progresivamente el reggaetón que se escucha a todo volumen en la vía hacia el Cementerio del Este. Las formaciones rocosas se ubican en La Guairita, donde también está una quebrada, no apta para el consumo humano. El parque es un pulmón vegetal del municipio El Hatillo con una flora variada. Se perciben desde ceibas hasta plantas de café.

Aún permanecen las primeras señalizaciones, cuando el sitio se declaró espacio protegido por el Instituto Nacional de Parques (Inparques) en 1983. Unos trozos rectangulares de madera pintada de verde reciben a las personas con escritos: “Cueva del Pío 363 mts”, “Cueva del Indio 815 mts”, “Mirador del Indio 1080 mts”; uno encima del otro clavados en un árbol. También se leen mensajes como “Cuida tu parque” y “Evita incendios”.

Llegar hasta las cuevas implica recorrer sobre musgo resbaloso, iluminado por el sol que se cuela entre el abundante follaje. Desde las 8:30 de la mañana hasta las 12:30 del día está abierto al público, aunque las demás instalaciones, como el cafetín y cabañas para cumpleaños y actividades recreacionales están disponibles hasta las 4:30 de la tarde. Es lunes es el único día de la semana que el parque cierra.

Para los guardias de seguridad, adentrarse solo en las cavernas es una locura. En el Pío, son 195 metros de longitud y 11,5 de profundidad. En el Indio, un túnel descendiente de alrededor de 120 metros de longitud. No hay luz natural que ilumine los laberintos de estalagmitas y estalactitas para los visitantes. Dentro, sus cuerpos se cuelan entre paredes rocosas y se arrastran como reptiles por el suelo. Los rostros se llenan de tierra. La respiración se convierte en eco. Suena esporádicos aleteos rápidos. Murciélagos penden boca abajo del techo. El flash de las cámaras es poco recomendado.

Andrea Tosta
Foto: Tomada por Alexis Núñez para el blog @todoesunviaje de Raquel Monasterio.

Dirección: calle La Guairita. Vía El Cementerio del Este. Municipio El Hatillo.
Horario: martes a domingo 8:30 a.m. a 4 p.m.

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Jardines de Topotepuy

Jardines De Topotepuy

Alejarse de Caracas y tomar un respiro, siempre viene bien. Y eso lo saben quienes han llegado a la zona de El Volcán, cerca de El Hatillo, después de subir esa suerte de curvas por la montaña para terminar frente a una quinta con un jardín muy grande al que todos están invitados a pasar. Ese es Topotepuy, con su nombre sonoro, con su verde amplio, con sus colibríes y fuentes, con sus flores y sembradíos. Un lugar para abstraerse, para ver a Caracas allá abajo, como inocente, inadvertida.

Esto es posible gracias a la visión que en el año 1959 tuvieron William H. Phelps Jr. y Kathleen Phelps: viajeros incansables, pero sobre todo, amantes de la ecología, el conservacionismo, la ornitología y la jardinería. En aquel momento, decidieron comprar esta propiedad para convertirla en su sitio de descanso y así poder observar aves con tranquilidad y dedicarse a sus pasiones. Para eso, hicieron gran cantidad de expediciones por el país para armar la colección privada de aves más grande de América del Sur.

Durante muchísimos años fue un jardín privado. El deleite de sus dueños. Y fue apenas en el año 2003 cuando se le asignó al arquitecto Ricardo Fuenmayor, la responsabilidad de convertirlo en un sitio que fomentara la conciencia ecológica y de protección ambiental para ser económicamente sustentables. Así se hizo y en 2009 abrió por primera vez las puertas al público, conservando su nombre: Topotepuy, como recuerdo de los viajes que realizó la pareja durante sus expediciones hacia el sur de Venezuela, donde están los tepuyes que son las piedras más antiguas del planeta.

El resultado son cuatro hectáreas verdes, llenas de aire puro, por las que se pasean nueve especies de colibríes y muchas aves más. Un espacio para disfrutar de la naturaleza y en el que es posible hacer picnics –solicitando el debido permiso– y talleres ecológicos para niños, jóvenes y adultos. Además, caminar por sus instalaciones es muy sencillo: hay carteles que explican lo que se va viendo e indican por dónde continuar para no perderse de nada. Lo importante al estar allí será seguir la premisa de sus creadores: ir, para descansar un rato.

Adriana Herrera @viajaelmundo
Foto: Hugo Londoño @huguito

 

Dirección: final calle principal Los Guayabitos, Quinta Topotepuy, zona El Volcán (frente a las torres de CANTV). Baruta, estado Miranda

Horario: sábado y domingos familiares. 10:00 am a 4:30 pm. Visitas guiadas: miércoles, jueves y viernes 9:30 am a 11:30 am y 1:30 a 3: 30 pm

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Avenida Libertador

av libertador

No solo son dos niveles. También son dos velocidades y dos ambientes, dos modos de vivirla. La avenida Libertador son dos. Por abajo, veloz y cinética, gracias a los Módulos cromáticos de Juvenal Ravelo y el mural Uracoa del maestro Mateo Manaure. Por arriba da espacio a la pausa, al peatón y al paseo en anchas aceras, y en ciertos horarios a la cacería.

Este corredor vial fue construido por el presidente Rómulo Betancourt en los años sesenta, pero fue iniciada por Marcos Pérez Jiménez en 1957. El dictador salió del poder sin verla lista, como tampoco la ha visto ningún caraqueño. La vía termina abruptamente a la altura de Chacao, donde pierde el carácter de vía expresa y desemboca con lentitud en la autopista Francisco Fajardo, por lo que una prolongación sigue entre los pendientes de la ciudad.

En el proyecto original diseñado por el urbanista Antonio Cruz Fernández iba a tener más de 2 kilómetros, pero el plan, que pasó por tres presidentes, fue modificado. Es la única avenida de Caracas con dos niveles y en su recorrido atraviesa las urbanizaciones Santa Rosa, Los Caobos, Maripérez, La Florida Sur, Las Delicias, La Campiña, Sabana Grande, Campo Alegre, Chacao, El Retiro, El Rosal y Bello Campo. Fue inaugurada el 13 de diciembre de 1965 por Raúl Leoni y es considerada una de las mejores obras de ingeniería del país.

Por su travesía hay edificios de interés patrimonial como la sede de la Cantv con una colección de obras de arte que merece ser visitada, la sede principal de Pdvsa, la empresa estatal más importante del país, y una serie de edificios residenciales que son una muestra de la arquitectura moderna de los años sesenta. El comienzo de la avenida está identificado con un vitral hecho por el artista Leonel Durán que tiene el rostro de El Libertador Simón Bolívar, que da nombre a esta importante arteria vial.

Esta avenida también alberga historias subterráneas, aunque ellas ocurren en la parte superficial de la vía. Lo profano y lo sagrado hacen un circuito en esta zona. En su camino está la Funeraria Vallés, con 53 años de historia, el principal tanatorio de la ciudad con su hermoso edificio patrimonial.

En el mismo perímetro los deudos coinciden, antes solo de noche, ahora también de día, con mujeres en tacones altos y vestidos cortos. Esta avenida es considerada una especie de zona de tolerancia no declarada para las trabajadoras sexuales, donde las transacciones se hacen a la vista. Un vehículo detenido, la ventana del carro abajo y en la acera una silueta que se ofrece. Eso también es la Libertador.

Florantonia Singer
Foto: Efrén Hernández

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Dibujantes urbanos

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Una marca de lápices de colores patrocinó un evento para dibujar la ciudad en 2011.  Lo repitió al año siguiente. Y ese fue el punto de partida. Desde entonces, un grupo de entusiastas -liderado por Maximiliano González- decidió formar el colectivo Dibujantes urbanos Caracas para dibujar la ciudad en clave de sketches. “Un sketche es un boceto rápido, no pasa de los 40 minutos. Tratamos de ser una especie de cronistas, porque lo que dibujamos es lo que hay: las personas, los edificios y el entorno”.

En cada reunión se acerca una veintena de personas con diferentes niveles de experiencia: desde arquitectos hasta artistas populares, pasando por diseñadores gráficos y dibujantes principiantes. Como bien explica González, no se trata de una clase de dibujo, es un taller y la idea es intercambiar experiencias e información técnica, que pueda servir para mejorar el nivel de forma individual y colectiva.

Desde que se organizaron hace siete años han hecho unas 100 reuniones, con uno o dos encuentros al mes. El grupo se pone de acuerdo para buscar un punto; luego hacen recorridos, charlas, discuten varios temas como el lugar o el tema que van a registrar. Y aunque en estos años son muchos los lugares de Caracas a los que se han desplazado, el casco histórico parece ser su espacio más recurrente.

“En la plaza Bolívar la gente conversa contigo, los niños preguntan mucho. Nos gusta trabajar donde haya elementos históricos. No sólo dibujamos edificios, sino situaciones. Gente que se está tomando un café, una señora que va corriendo al trabajo, los que se quedan dormidos en un banco, el niño que quiere alimentar la ardilla de la plaza Bolívar. Hay un pequeño estrés al dibujar en la calle, pero la gente se porta muy bien con uno”.

En su grupo de Facebook (Dibujantes urbanos Caracas) no solo hacen las convocatorias para las reuniones de dibujo, sino que también sirve como vitrina para ver el trabajo de cada participante. También es una forma inusual de dar a conocer la ciudad: “En las redes sociales uno hace intercambio de dibujos, así que nosotros conocemos las ciudades a través de los ojos de otros y desde afuera conocen Caracas a través de nuestros dibujos”.

Isbel Delgado
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