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Vida Urbana

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Senderos Aéreos

Senderos Aéreos

Caracas puede ser vista desde las alturas. El Ávila permite hacerlo en cualquier momento. Pero sobre la superficie de la montaña es posible ascender un poco más. En el sector Los Venados del Parque Nacional, Senderos Aéreos ofrece subir hasta la copa de los árboles para mirar la capital desde, al menos, 25 metros por encima del suelo. Es el inicio de un recorrido de cinco plataformas, un puente colgante y tres tirolinas que completan la oferta de hacer Canoping.

Esto comenzó en Mérida hace ya 14 años. Álvaro Iglesias se encargaba de montar las cuerdas que usaban los profesores y estudiantes de la Universidad de Los Andes para hacer trabajos de investigación desde las copas de los árboles”, cuenta Lenín Sierra, uno de los encargados de Senderos Aéreos en Caracas. “Más adelante, él lo propuso como tesis y oportunidad de ecoturismo”, añade. Se materializó en Mérida, pero también en la capital.

Jesús Alexander Cegarra entonces era viceministro de Conservación Ambiental del Ministerio del Ambiente y vio en la propuesta de Iglesias un atractivo inigualable para festejar el 50 aniversario de la declaratoria de El Ávila como Parque Nacional. En diciembre de 2008 se inauguró el recorrido como oferta turística y, también, como oportunidad para el estudio de la biología del pulmón vegetal caraqueño.

“Cuando uno sube siente el clima fresco y tiene unas vistas de Caracas inigualables. Luego viene toda la adrenalina y la emoción del vértigo”, describe Lenín al detallar el recorrido que comienza con una primera plataforma de 25 metros de altura, seguida de varias más de mínimo 7 metros por encima del suelo, además de un puente colgante de 20 metros y las tirolinas de 20, 60 y 120 metros. “Viene mucha gente a recrearse, pero también grupos que vienen a estudiar”, detalla Sierra.

Y es que Senderos Aéreos en El Ávila sirve no sólo para retar a la gravedad, también para la formación. Allí se dan cita grupos de escuelas y liceos que van a hacer prácticas de biología y escuchar charlas ambientales, de conservación. “Para eso aprovechan las plataformas en una actividad que se les hace bastante divertidas a los chamos”. Lenín Sierra calcula que lo que comenzó con apenas 10 clientes un fin de semana, ahora recibe grupos completos de 30 personas en un solo momento. “Los días buenos son sábados y domingos, pero todo depende del clima”.

Víctor Amaya
Foto: Senderos Aéreos / Ángel Mora

Dirección: Sector Los Venados. Parque Nacional El Ávila.
Horarios de visita: Viernes a domingo, 9:30 a.m. a 3:30 p.m.

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Vida Urbana

23 de enero

23 de Enero

Sus primeros habitantes recuerdan cuando se le llamaba Urbanización 2 de diciembre. Aquel primer nombre evocaba el inicio del mandato de Marcos Pérez Jiménez, como un reconocimiento a quien había ordenado construir ese complejo habitacional para resolver el déficit de vivienda que signaba a la Caracas del siglo XX.

Paradójicamente, ese sería uno de los bastiones más rebeldes durante los hechos que acabaron con la dictadura y que determinaron que se rebautizara con el nombre del 23 de enero, en honor a la incipiente democracia.

Este complejo residencial fue concebido por el arquitecto Carlos Raúl Villanueva y se levantó entre 1955 y 1959. Formó parte de una propuesta urbana ambiciosa que estaba incluida dentro del Plan Nacional de la Vivienda. El objetivo era trasladar  a los habitantes de los ranchos a un modelo de vivienda con altos niveles de confort, lo que representaba una novedad en medio de una ciudad que crecía desparramada y se desbordaba por sus cuatro costados.

Para su construcción, Villanueva contó con la colaboración de los arquitectos del Taller de Arquitectura del Banco Obrero. El conjunto se levantó en tres etapas: la primera (Sector Este), en 1955; la segunda (Sector Central), en 1956 y la Tercera Etapa (Sector Oeste y Terraza H), en 1957.

Los 38 superbloques de 15 plantas y 42 de cuatro niveles, estaban inspirados en el modelo de “la Cité Radieuse” del suizo Le Corbusier. Pero más allá del planteamiento estético con el que se suprimió una red de barrios que se unían desde El Calvario hasta Catia, la obra se tradujo un aporte social de 9.176 apartamentos para familias obreras y de escasos recursos.

La canción “Hay fuego en el 23” de la Sonora Ponceña ha querido asociarse a este populoso sector. Sin embargo, para desilusión de algunos, la famosa canción se refiere a la quema de un apartamento en la calle 110 del barrio Harlem en Nueva York. En todo caso, la relación no es de gratis. El 23 de enero tiene buena fama de haber formado generaciones de buenos salseros. Así como de haber sido la cuna de muchos pensadores de izquierda.

Julio Materano
Foto: Efrén Hernández

El 23 de Enero tiene un “Bloque Fantasma”. La numeración salta del 7 al 9, sin razón aparente. ¿Qué pasó con el bloque 8? El 7 de agosto de 1957 ocurrió una tragedia en Cali (Colombia). 7 camiones del ejército cargados con 1053 cajas de dinamitas estallaron. Murieron 4 mil personas. El gobierno de Pérez Jiménez ordenó construir un bloque de viviendas para acoger a los damnificados. El edificio aún se llama Unidad Residencial República de Venezuela.

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Vida Urbana

La Pastora

La Pastora

La Pastora es un barrio de puertas abiertas. Los niños corretean sin pudor por sus callejones y la gente allí se saluda por su nombre de pila. Tiene aires de pueblo y mucho de historia. Sus habitantes se enorgullecen de su gentilicio, que muchas veces abarca varias generaciones. Si hay un sitio con mucho para contar es esta parroquia, oficialmente fundada en 1889, aunque desde el siglo XVI era el primer pueblo que se encontraba el viajero al entrar y salir de Caracas.

Tiene, por ejemplo, el cuento del Bulevar Brasil, un pasaje que comenzó a funcionar en los tiempos de Juan Vicente Gómez. En 1919, el cónsul venezolano fue invitado a hacer los honores en la inauguración de la Avenida Venezuela en Río de Janeiro, así que en seguida el General llamó al Gobernador de Caracas y le preguntó cuál avenida estaba próxima a estrenarse. Era esa que iba de Camino Nuevo (de Miraflores, Caño Amarillo y Catia) a Camino Viejo (la ruta de los españoles).

No se dijo más. Se mandó a arbolar la calle a la usanza de la brasilera y se invitó al cónsul de ese país a hacer los honores acá. La avenida Brasil pasó a ser un bulevar cuando se cerró una de sus calles en tiempos de Luis Herrera, para hacer una gran acera. Si se sigue al norte por esa caminería se llega hasta la Puerta de Caracas. Allí está el monumento a José Félix Ribas. En el punto exacto en el que se colocó su cabeza, después de que lo asesinaran para que los enemigos de la corona vieran lo que les podía ocurrir si se metían con el Rey de España.

Justo en la entrada al Camino de Los Españoles hay una toma de agua que ahora regenta Hidrocapital, y que en algún momento recogió el caudal de la quebrada Catuche y la bajaba por una acequia hasta lo que ahora es la esquina de Caja de Agua. También hay un mural que remite a las pilas a las que se iba a recoger el líquido en los tiempos de la colonia y que explican por qué la esquina que da entrada a la parroquia se llama Dos Pilitas.

Lo religioso es fundamental. El templo de la Divina Pastora data del año 1740, cuando la imagen de la advocación llegó a la iglesia. Se presume que la figura, que aún adorna el altar, fue tallada alrededor de 1716. Cada 6 de enero, desde hace más de 70 años, se celebra en ese lugar la Misa del Deporte, una tradición iniciada en 1945. En resumen en esa parroquia se aplica lo escrito en las dos placas que dan entrada al santuario: “Ninguno es tan bueno que no necesite entrar” y “Ninguno es tan malo que no pueda entrar”. En La Pastora todos son bienvenidos.

Emily Avendaño
Foto: Efrén Hernández

Uno de los dos puentes coloniales que todavía sobreviven en Caracas –en uso– se encuentra en La Pastora. Se llama Carlos III. Está por encima de la quebrada Catuche y allí todavía se lee la placa puesta en lo que finalizó su construcción, que reza: “Se acabó la obra de este puente el día XXXI de marzo, reinando nuestro monarca Carlos III”. Se terminó de fabricar en 1784, a cargo de Juan Domingo del Sacramento Infante. El puente fue declarado Monumento Histórico Nacional, según Gaceta Oficial Nº 31.139, del 27 de diciembre de 1976.

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Vida Urbana

Bulevar de Sabana Grande

Sabana Grande

Sabana Grande es una síntesis de contrastes. De día, muchos andan con prisa; mientras otros, no parece preocuparles el tiempo. Algunos caminan viendo las tiendas, haciendo compras. En el día, los niños juegan. Se observan bailarines ejecutando sus coreografías y actores haciendo de estatuas vivientes. Hay kioskos de chuchería y de flores. Y mucha –mucha– gente caminando. Pero de noche –incluso desde antes que cierren las tres estaciones del metro– se convierte en un callejón oscuro y solitario. Decenas de locales abren sus puertas a la rumba: resuena reggaetón, salsa y bachata, se bebe cerveza. De noche, se abarrotan sus hoteles de paso, los burdeles y los sitios de ambiente.

Por ese trecho de 1.6 kilómetros que une el centro y el este de la ciudad, transitan a diario más de 300 mil personas a pies, según cálculos de Pdvsa La Estancia. Pero esas 12 cuadras que abarcan 90 mil metros cuadrados tienen más pasado que presente. En la época de la colonia se llamaba La Calle Real de Sabana Grande. Era una zona de hatos y haciendas, utilizada como un lugar de esparcimiento a las afuera del centro de la ciudad.

Luego de que se estableciera allí una estación del tranvía eléctrico en 1898, poco a poco se fue poblando. En 1941, El Recreo se convirtió en una parroquia. Entonces se construyeron avenidas, edificios elevados. Se trasformó en la metáfora del desarrollo comercial de la capital de un país pujante. Intelectuales de izquierda conversaban en El Gran Café o en la Librería Suma. La zona además era referencia de la moda, de grandes boutiques. Tanto, que había una tienda Dior.

En ese entonces, todavía no estaba completamente acondicionado para peatones. El bulevar se culminó en 1981, dos años antes de que se inaugurara el tramo del metro que va de La Hoyada a Chacaíto. Cuentan que fue entonces cuando se prohibió la circulación de vehículos. De a poco, a finales de la década de los 90, miles de buhoneros colmaron todo el corredor. Finalmente fueron desalojados en 2007 para que el lugar recobrara su escancia: un espacio para el ciudadano de a pie.

Erick Lezama
Foto: Alberto Rojas @chamorojas
Metro: estación Plaza Venezuela, Sabana Grande y Chacaíto.

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Mata de Coco

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Ya nada despierta sospechas de arte en ese rincón aséptico de Caracas. Concreto, ladrillos, vayas publicitarias y vehículos que cruzan la avenida Blandín de La Castellana como si estuvieran compitiendo en Indianápolis. Ya no hay nada de lo que hubo, que era cultura, sobre todo pop, y ahora es historia.

Jurarían que el silencio es absoluto, pero no. Quien tiene el oído bien calibrado para estas cosas puede parar la oreja y, allá, pequeñito en el fondo, percibirá unas voces. Y después, unas baterías, guitarras, bajos, sintetizadores… Oirá rock, pop, ska, música comercial de la mejor que se ha hecho en Venezuela.

No teman. Son fantasmas de vivos y muertos que alguna vez tocaron allí. Es el fantasma de una época en la que las entradas decían Estudio Mata de Coco, Teatro Mata de Coco, Discoteca Mata de Coco. No había consenso sobre qué era realmente. En lo que sí había unanimidad era en considerarlo un lugar ideal, como ninguno en Caracas, para organizar conciertos.

Yordano fue de los primeros. Corría el año 1985 cuando el cantautor estaba buscando donde bautizar su exitosísimo ‘disco negro’ que todavía no era exitosísimo. Nada le gustó hasta que encontró ese “mini-Poliedro”, con aforo para unos 1.200 asistentes —ni mucho ni poco— con un balcón y unas gradas movibles que permitían una inusual cercanía entre público y artista.

Los dueños del antiguo cine olfatearon la oportunidad de negocios y así llegaron Franco de Vita, Ilan Chester, Frank Quintero, Adrenalina Caribe, Daiquirí, Karina, Colina, Melissa, Ricardo Montaner, Carlos Mata, Guillermo Dávila… En Venezuela, Rodven y Sonográfica libraban una batalla de hits, pero los artistas de ambas compañías disqueras confluían en Mata de Coco.

Si se agudiza el oído, se captará el pop de Aditus y el de Témpano, y también el rock de Sentimiento Muerto. Sonará el ska satírico y reivindicativo de Desorden Público, el desparpajo erótico de Zapato 3 y los primeros sabores letales de los Caramelos de Cianuro.

Los extranjeros también visitaban ese rincón de la capital donde se produjo el primero contacto de Soda Stereo con el público venezolano. En su marquesina se deletrearon los nombres de los argentinos Charly García y Fito Páez, y los de los españoles Joaquín Sabina, El Último de la Fila y Mecano. Sí, Mecano, cuando los muertos allí la pasaban muy bien entre flores de colores.

Para un venezolano, decir Mata de Coco es evocar la banda sonora de una época, es viajar inevitablemente a un capítulo de nuestra historia contemporánea, patria… y pop.

Gerardo Guarache Ocque
Foto: cortesía Carlos Sánchez

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